La cicatriz

El oscuro vestido de la mujer atravesaba la noche, haciendo que fuera casi invisible. Apenas unos tímidos rasgos de su rostro se dejaban entrever entre su largo pelo de color azabache, y sus pisadas eran tan silenciosas como su respiración. Cuando llegó al puente de piedra que cruzaba el río, se detuvo. Esa noche sería la primera vez que aquella criatura humanoide tendría contacto con ella. Después de varias lunas, por fin tenía la oportunidad de hablar con él.

Al igual que las anteriores noches, una sombra voló alrededor del puente. Una penumbra que poco a poco dejó de ser lo que era, para transformarse en una leve luz que fue tomando forma. Cuando el humanoide aterrizó al otro lado del puente, no hubo movimiento. Ella la miró y él devolvió una mirada fija, intensa, llena de decisión. Pero la mujer no tenía miedo. Siguió andando hasta que pudo ver sus ojos centelleando en la oscuridad, unos ojos de color indescriptible que contenían todos los colores y ninguno. El resto de su fornido cuerpo se hallaba constantemente marcado por varias cicatrices. A pesar de su ligera vestimenta, el humanoide no parecía someterse al frío. La mujer anduvo a su alrededor pacientemente. Observó a su visitante mientras formaba círculos en torno a él. Una de sus manos tocó su brazo izquierdo; en él, una cicatriz recorría su muñeca hasta el bíceps. En otro brazo, eran tres pequeñas cicatrices las que se entrecruzaban en una espiral. Con su fría mano tocó su pecho, donde otra cicatriz horizontal era dividida en dos por otra aún más grande. La mujer miró al visitante a sus ojos, cuya mirada parecía perdida y tranquila, pero a la vez fulminante. Ella habló.

–¿Quién eres?
–No tengo nombre –respondió el visitante con una voz grave y carente de sentimiento.
–¿Qué eres?
–No me conocéis en esta tierra. Algunos me llamáis ángel, otros demonio. En otras tierras soy un ancestro, una estrella caída, un mito.
–¿Y por qué tienes forma humana?
–¿Por qué la tienes tú?

La mujer se quedó pensativa mientras seguía observando su cuerpo y decidió hacer otro tipo de pregunta.

–¿Qué son todas estas cicatrices?
–Errores.
–¿Qué clase de errores?
–Errores de mi vida anterior.
–No te entiendo.

El visitante pestañeó por primera vez y su lengua tardo más tiempo en expulsar las palabras. Cada vez que hablaba, su grave voz retumbaba en los oídos de ella.

–Mi inmortalidad se ha ido. Me desterraron.
–Así que ahora vagas como un espectro por nuestra tierra, intentando encontrar un hogar.

El visitante no asintió, pero su mirada y su silencio fueron claros. La mujer seguía queriendo saciar su curiosidad. Tocó el pecho del visitante con una fría mano. Éste ni se inmutó.

–¿Cuál es la razón de esta cicatriz?
–Mi cobardía en una batalla.
–¿Y esta otra? –preguntó tocando su cuello.
–Furia descontrolada.

La mujer siguió preguntando sin insistir en los detalles mientras tocaba las cicatrices de su espalda, rostro y vientre con sus finos dedos. Apreció una de ellas ubicada en su pectoral izquierdo, cercano al corazón. Tenía forma de aspa adornada con múltiples semicírculos.

–¿Y qué simboliza ésta?

El visitante adoptó una mueca parecida a una sonrisa. El primer indicio de expresión facial desde que adoptó la forma humana aquella noche. Aquel simple gesto hizo que ella se apartase unos cuantos pasos. La mirada fulminante del ser la seguía allá donde iba.

–Es el único error entre mis cicatrices que no forma parte de mi pasado. Forma parte del futuro.
–¿Cuál es ese error para que sea tan importante representarlo antes de que ocurra?
–Tú. Eres tú.

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