El saxofonista

No era consciente de cuánto tiempo llevaba tocando allí, tampoco sabía si alguien lo escuchaba. Su simbiosis con el saxofón era puramente vocacional. No buscaba monedas, ni aplausos. Tocaba en la calle cada sábado, a la misma hora y en el mismo lugar. Ya fuera invierno o verano, el pequeño callejón recibía a su anfitrión entre el silencio y la puerta trasera del Waterfront Pub. De vez en cuando, los clientes salían y se quedaban escuchando por curiosidad, pero ninguno de ellos mostraba demasiado interés en las notas del saxofonista. El increíble talento del hombre pasaba desapercibido en un lugar que no estaba acomodado para tales eventos improvisados. Sin una barra, un lugar donde sentarse o un lugar donde no pasar frío en invierno, los transeúntes acabaron conociéndolo como el saxofonista del callejón, relegado a un segundo plano. Irónicamente, el Waterfront Pub ofrecía conciertos gratuitos de jazz cada sábado por la noche. El saxofonista disfrutaba mezclando las notas del artista desconocido que provenían del interior, jugaba con ellas, las cambiaba y alteraba, dominaba con frenesí el estilo y el tono, experimentaba. La mayoría de los sábados, cuando el artista del pub acababa su concierto, él detenía su respectivo concierto privado. Escuchaba los aplausos de su interior, los gritos de júbilo, los cristales de las copas tintinear a lo lejos, las conversaciones que subían de volumen gradualmente y los instrumentos siendo recogidos. Los gerentes del local lo conocían aunque nunca trataban con él. Nunca le dieron oportunidad ni fue invitado al interior, pero a él nunca le importó.

Un sábado como otro cualquiera, en plena noche de invierno, hubo un importante concierto de jazz. Los aclamados músicos entraron acompañados de las voces de sus seguidores y comenzaron a montar el escenario mientras los clientes aún refrescaban sus gaznates con refrescos y bebidas alcohólicas. Cuando las notas comenzaron a sonar, algo falló. Algo se había vuelto vacío e incompleto. Los reconocidos integrantes del grupo, tanto nacional como internacionalmente, tocaron al igual que docenas de veces anteriores en otros locales. El mismo sonido de su último álbum superventas, las mismas canciones que tanto se escuchaban en las cadenas de radio de todo el país. Mas un silencio cubrió el final del concierto. Cuando los artistas abandonaron el Waterfront Pub, los gerentes del local programaron otros conciertos diferentes, todos con los mismos resultados. Desesperados por mantener a la clientela que cada vez escaseaba más, buscaron todo tipo de soluciones y recurrieron contratar al saxofonista del callejón por una noche. Su sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron que se había ido y llevaba semanas sin venir.

El saxofonista llevaba meses completando las notas de los artistas invitados del interior del pub, creando unas notas tan bellas y una atmósfera tan profunda que maravillaba a los oyentes. Los clientes disfrutaban de la música del pub cada fin de semana; llegaron a sentirse parte de la melodía, afinaban sus sentidos, moldeaban su ánimo. Lo que no sabían y nunca supieron es que fue el amor a la música de un músico sin nombre lo que provocó su fascinación.

El último sábado de enero, el Waterfront Pub cerró sus puertas definitivamente. Una nota pegada a la pared de ladrillo del callejón aún ondea al viento hoy en día:

«Gracias por tocar conmigo. Nos volveremos a ver».

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