Fuego de estrella

El arma aún desprendía calor. Su mecanismo aún seguía latiendo. Los dedos del soldado de guantes negros la agarraban con fuerza, como si aún existiese algún peligro. Pero él sabía que no era así, había librado de alimañas aquel oscuro lugar y su sonrisa era testigo de ello. Convencido del éxito de su misión, aflojó la mano y relajó los músculos de su cuerpo. Apoyado ahora en el sillón del comandante con la postura propia de un rey, se detuvo a pensar mientras miraba la gran pantalla holográfica que tenía enfrente. «5 horas para el despliegue». Ahora no habría ninguno gracias a él. Rió y su macabra sonrisa permaneció en su rostro. Apuntó de forma cómica a la pantalla y disparó, la cual emitió una serie de chispeantes sonidos. Ese sería su último disparo así que dejó caer el arma al suelo, impregnándose de sangre que aún seguía corriendo por la cubierta de la nave.

Dos años de espera tuvo que soportar para burlar las medidas de seguridad e incubar un plan que tuviese éxito. La Ignis debería haber sido la primera nave colonizadora que habría alcanzado distancias nunca antes vistas. «Y todo para qué, el barco bien puede ser de oro y que las ratas infesten los sótanos». El soldado, alistado en el ejército privado de la Ignis, no tuvo acceso a las armas hasta que activó las alarmas y simuló una confrontación en el puente, por lo que después de llamar a sus compañeros, acabó con todos. Los ojos de las pobres almas que había liquidado aún conservaban la sorpresa en su rostro. Probablemente sus superiores no entenderían sus actos, pero él sí. «Esta carraca ha sido construida mediante dinero robado y manchado de sangre». Estaba cansado de observar injusticias, violencia y corrupción. No iba a permitir que aquellas ideas infestasen otro mundo. Ya tenía suficiente con lo que había visto desde que nació. Miró los ojos abiertos de los que lo habían considerado un hermano y le invadió una paz absoluta. El único ruido que podía oír eran las intermitentes chispas de la pantalla y un constante pero agradable zumbido. Eran los motores de la nave esperando una nueva orden. Cansado de la oscuridad, se levantó del gran sillón y se dirigió a los controles. Los configuró para virar la nave en dirección a la estrella de aquel sistema. Sabía que sus ojos no resistirían tal cantidad de luz si no activaba las protecciones necesarias, pero no le importaba. «Es tan bello».

Minutos después, el prototipo de idea que había gestado en su mente cobró forma y sus guantes tocaron una pantalla secundaria con la imagen esquemática de los motores. Con una delicadeza que no había mostrado desde hacía horas, puso en marcha los propulsores y el agradable zumbido aumentó de frecuencia. «Es aún más bello así». Incrementó la velocidad vertiginosamente y puso rumbo a la estrella. Rió de nuevo, convencido de que había salvado a un planeta virgen y fértil de la degeneración. En menos de media hora, él y todos los de a bordo se fundirían con la estrella y se beneficiarían de su luz. Una luz que deberían haber cosechado en su interior desde hacía décadas.

Selección natural

El blanco pelaje de la hembra ondeaba al son del viento de otoño. A su lado, el macho y su pelaje negro se ocultaban perfectamente en las sombras de la noche. El invierno estaba cada vez más próximo y ambos lobos recorrían la colina con presteza. Sus majestuosos y fornidos cuerpos dedicados a la supervivencia y a la caza dejaban atrás árboles y arbustos en un incesante sonido de pisadas y ramas partidas. Los salvajes jadeos mientras atravesaban los bosques ahuyentaban a las presas cercanas. Sus afilados colmillos resplandecían a la luz de la enorme luna llena, la cual era perfectamente visible desde todos los rincones del lago. Pero las nubes que amenazaban con una lluvia torrencial asomaban por doquier; la tranquilidad de las aguas del lago cercano no era más que un espejismo. Aquélla era noche de caza.

Los dos animales pararon en lo alto de una colina y observaron algo que se movía sosegadamente. La hembra gruñó al macho y éste le respondió con otro mientras frotaba levemente su cabeza contra ella. Olían nerviosamente a su presa y competían por ella. Carne fresca, comida, hambre. La bajada de la colina no era demasiado pronunciada y a su izquierda existía un camino que les permitiría atacar a su objetivo sin que apenas se diera cuenta de ello. Era una pequeña explanada de hierba, libre de árboles en unos pocos metros. La sombra que había debajo pareció darse cuenta de su presencia y se paralizó. Sabía que no contaba con la velocidad propia de los lobos, ni siquiera de una pequeña parte de su fuerza. Cualquier movimiento brusco o un paso en falso y todo habría terminado. Los lobos apreciaron la repentina inmovilización del bípedo. Sus patas se movieron lentamente bajando la colina y sus gruñidos eran cada vez más audibles conforme se acercaban al homo erectus, una criatura que rara vez aparecía por esos bosques. La pareja depredadora dibujó círculos a su alrededor, gruñendo y erizando su pelaje en una expresión corporal de agresividad. Su cuerpo se agachaba conforme se preparaban para saltar a su víctima que intentaba protegerse con un palo y una piedra, profiriendo unos gritos poco constantes y asustados. La primera en atacar fue la hembra, la cual saltó sobre el torso del homínido, que inmediatamente se defendió con un golpe del palo dirigido al cráneo. La hembra se alejó aturdida y el macho aprovechó para saltar encima de su presa mordiéndole una costilla. Sus colmillos se tiñeron del rojo de la sangre y su caliente sabor. Cuando el homínido reaccionó, lanzó la piedra con dificultad y golpeó en una de sus patas traseras al lobo. Ambos lobos volvieron a su posición inicial, dudando de las posibilidades de la víctima. El homo erectus sangraba en abundancia y sabía que no iba a resistir un segundo ataque, así que se colocó en posición defensiva y gruñó todo lo que pudo para intimidar a sus oponentes y que con suerte lo dejasen en paz.

En ese mismo momento, un inesperado rayó cayó del cielo y destrozó el enorme tronco de un árbol cercano con un aterrador sonido que acompañó a más truenos. La lluvia de la tormenta empapó ligeramente la explanada, pero no duró mucho. Los tres animales se protegieron instintivamente y los lobos se alejaron aún más de su presa, creyendo que era algún nuevo truco de su enemigo. El homínido se levantó del suelo y contempló el tronco. Ahora estaba lleno de una extraña luz. Una caliente luz que se extendía por la madera, como nunca antes había visto. Para él, el crepitar del fuego en las ramas cercanas al árbol era cosa de magia, algo místico. Ni siquiera el líder de su tribu había hecho algo parecido jamás. Bajó la cabeza sin apartar la vista de los depredadores y tocó con un tímido dedo el ardiente extremo de una de las ramas. Se quemó ligeramente la mano con un leve quejido y volvió a mirar a los lobos. Sin dudarlo, se armó de la rama partida por el otro extremo y comenzó a intimidarlos moviéndola a los lados. El cambio del estado de agresividad al miedo se tradujo en un arqueamiento del lomo de los lobos y unas orejas más aplanadas. El homínido, consciente de su inminente victoria, cargó rápidamente contra el macho y los cazadores se convirtieron en los cazados. Ambos abandonaron el lugar del encuentro y desaparecieron entre las ramas.

El dolor de la costilla ensangrentada no cesaba, así que el homínido quiso volver al refugio de la cueva con su clan. Decidió llevar la rama de fuego consigo. Una vez el clan vio llegar a su desaparecido compañero, se sorprendieron de la maravilla que portaba. Muchos de ellos tocaron el fuego, quemándose de la misma manera. Cuando el fuego se apagó, el recién nombrado nuevo líder del clan descansó un pequeño momento. Una vez que el dolor cesó y pudo volver a andar sin demasiadas molestias, llevó a su clan hacia la pequeña explanada donde aún se podían observar los restos del incendio provocado por el rayo. El antiguo líder del clan no estaba de acuerdo con el cambio de poder, así que lo retó a una pelea. Antes de que la lucha tuviese lugar, el homínido vislumbró unas pequeñas señales de humo y brasas que había en el centro del tronco. Sin pensarlo, frotó las ramas unas contra otras y la madera prendió de nuevo, provocando un fuego aún mayor que el que trajo consigo al refugio. El antiguo líder del clan se rindió ante esa muestra de supremacía y el homínido se dirigió al centro de la explanada. Los demás miembros del clan hicieron un círculo en torno a él y aclamaron su superioridad con sendos y excitados sonidos guturales. Éste alzó la nueva rama ardiente hacia el cielo como símbolo de su poder. Un poder que conllevaría la supervivencia de su clan y la de su familia.

La humanidad había descubierto el fuego.

Refugiado

Camino errante,
mas no estoy perdido,
está mi hogar en ruinas
pero no así mi destino.

La historia me ha demostrado
que no hay muros suficientemente altos,
ni barreras imposibles de levantar,
ni verjas que duren mil años.

Pero no son los muros
los que se interponen en mi camino.
Es la falta de voluntad,
la inexistencia de empatía,
el vacío de sentimientos,
la indiferencia del poder.

He apartado el odio,
suficientes cargas he soportado,
es un arma que más daño hace
a quien decide portarla.

Mis manos ensangrentadas
se agarran a la verja,
la que me niega el camino
y mis sueños aleja.

Convertiré el frío en calor,
la sed en esperanza,
el hambre en determinación
y mi cansancio en fortaleza.

Mi única esperanza reside
en aquellos que me la niegan,
porque la historia será su juez
y mi sueño siempre será,
por encima de todo,
la libertad.

Emperador

–Preso número 65. Entrando –se oyó por el pasillo.
–Entra el preso 65. Abra la puerta –le dijo el acompañante al guardia de la puerta.

El guardia apoyó un dedo en el sensor y la doble puerta se abrió hacia ambos lados imitando a un iris. Éste se apartó y la luz se introdujo dentro de la celda. El interior era lúgubre, a diferencia del resto de la estación que conservaba una apariencia impecable.

–Quieto –dijo el acompañante–. Separa las piernas y no te muevas.

Un sensor integrado en su mano hizo las funciones de detección de anomalías y equipamiento no autorizado.

–Todo correcto. ¡Entra!

El prisionero entró con timidez al habitáculo. De repente, cayó al suelo con un golpe en la pierna.

–¡Vamos! ¡No tengo todo el día!

Finalmente, entró en la celda. Una celda totalmente metálica con forma circular y techo muy alto, expresamente reservada para los prisioneros de mayor importancia. A su derecha, un hombre sin camiseta, con cicatrices y el pelo largo y andrajoso, únicamente vestido con unos pantalones que en su día fueron de uniforme, se encontraba atado con unas fuertes cadenas a sus antebrazos. Su único asiento era un pequeño trozo de metal que sobresalía del suelo. Apenas pudo mirar a su nuevo compañero cuando lo encadenaron frente a frente con él. Una vez el acompañante y el guardia los dejaron prácticamente en la oscuridad, el prisionero más antiguo comenzó a toser violentamente y dijo al recién llegado:

–¿Quién eres tú?
–Soy… Señor, soy… El capitán de… –titubeó el preso número 65.
–¿Señor? –rió exageradamente–. ¡Uh, qué bien! El primer compañero de celda que tengo y tiene que ser uno de mis súbditos. Y encima militar, si no me equivoco.
–Sí, yo… Era uno de los capitanes de la defensa orbital de la capital. Me llamo Raegus…
–Sí, sí, me da igual lo que seas y quién seas, chico. Es de esperar que los imperiales hayan borrado casi todo vestigio de nuestra nación por ineptos como tú, los que no supieron mantener su posición cuando nos dieron por todas partes.
–Señor, la capital resistió todo lo que pudimos cuando… –intentó decir Raegus.
–¡Deja de llamarme señor, gusano! Ahí fuera puede que fuese tu emperador, pero aquí solo soy emperador de esta bonita celda. Ni siquiera respetan mi rango metiendo en la misma celda a un enclenque como tú. Déjame en paz.

Los siguientes días de Raegus, el prisionero número 65, no fueron agradables. Las cadenas le apretaban los brazos con un dolor agudo. Apenas podía sacarle una conversación al emperador que no durase más de dos minutos, pero con el paso del tiempo fue la única opción de éste para desahogarse.

–Tú, Raegus, o como te llames… ¿Sabes dónde estamos?
–En órbita fuera del planeta y justo encima de la capital, si no me equivoco.
–Esos ventanales minúsculos que puedes ver ahí arriba del todo. ¿Los ves?
–Sí.
–Si te fijas, de vez en cuando se puede ver una pequeña luz. Agua, tierra y nubes.
–Nuestra capital.
–Muy listo. Estamos en una mierda de estación espacial que no se puede ni mantener por sí misma. Anteriormente esto era un satélite de comunicación muy antiguo. No sé a cuántos de los nuestros estarán masacrando esos cabrones allí abajo pero si tienen que encerrar al emperador en una carraca como está, no es buena señal. Mucho aparatito y tecnología en sus soldados de juguete, pero estas instalaciones parecen sacadas del siglo XXI.
–¿Es posible que puedan oírnos?
–¿Oírnos? ¡Ja! Cuando me metieron en este agujero ni siquiera habían reconvertido las instalaciones, aprovecharon el satélite tal y como estaba. De hecho, me obligaron a entrar el primero por si alguno de los nuestros hubiese colocado una trampa. ¿Sabes lo que fue esta celda en su día?

Raegus negó.

–Lanzamiento de cápsulas salvavidas al espacio exterior. –Raegus palideció–. En efecto, mi buen amigo, como les toquemos mucho las narices nos enviarán a casa… Literalmente.
–Pero… Señor, ¿cómo fue capturado usted tan rápidamente?

Las cadenas del emperador se agitaron con furia cuando éste las sacudió bruscamente.

–¿Y me lo preguntas tú, gusano? ¡Si tu basura de flota hubiese resistido la primera oleada contra el Imperio como debería haber ocurrido, no estaría ahora en esta situación! Hubiese dado cien de mis naves por haberme escapado a Hegalia como estaba previsto!
–¿Iba a escaparse a Hegalia sin ni siquiera dar un comunicado? ¿Dejando la capital a merced del Imperio?
–¡Hubiese dado tu cabeza y la de todos los malditos capitanes de la flota por haberme escapado de este condenado mundo! ¡Un sacrificio aceptable!

El semblante de Raegus cambió por completo. Sus extremidades se enderezaron, sus ojos penetraron la mirada del emperador, su espalda se irguió y su voz se tornó más grave y decidida.

–Ya es suficiente.

Con un pequeño grito, se liberó de las cadenas casi sin esfuerzo y se levantó lentamente. Crujió su cuello y retorció sus dedos con una sonrisa macabra. El aún preso emperador lo miraba con una mezcla de estupefacción e ira.

–¿Qué…? ¿Cómo te has liberado…? Pero… –dijo el prisionero.
–Me presento. Emperador Marko Zais Raegus, séptimo emperador del Imperio, hijo del difunto Markus VI.
–¿Qué? ¿Estás fuera de tus cabales, chaval?
–¡Operación completada! –gritó Raegus–. ¡Abran la puerta!

La puerta de la celda se abrió cegando a ambos presos con luz artificial y varios guardias hicieron una pequeña reverencia. Raegus dio la orden.

–Aquí hemos terminado. Ya sabemos la localización de los últimos rezagados que huyeron de la capital. Busquen puestos de avanzada en Hegalia y aplasten a los supervivientes. Que no quede nadie con vida.
–¡Maldita alimaña con patas! ¡Me has engañado! ¡Todo esto era un montaje! ¡Voy a arrancarte la cabeza!

Raegus se dispuso a salir de la celda y se dio la vuelta.

–Raegus es mi tercer nombre. Es increíble que ni siquiera haya tenido en cuenta que es parte del nombre del enemigo que ha invadido su hogar. Eso me da más motivos para borrarlo de la faz de la tierra. Lo siento, pero sus servicios ya no son necesarios. Le doy un consejo de emperador a emperador: la próxima vez, preocúpese de conocer a su enemigo. Ah, disculpe, no habrá una próxima vez. ¡Activen el lanzamiento!

El emperador salió de la celda acompañado de los gritos de maldición del prisionero mientras las puertas se cerraban lentamente.

–Lanzamiento orbital en 5… 4… 3… –resonó una voz femenina automatizada por todo el satélite.

Y así fue cómo el emperador volvió al lugar que le correspondía.

Destino

El viajero encontró un lugar donde pasar la noche. Las ruinas de un antiguo edificio servirían de cobijo hasta que amaneciese. Apenas quedaban columnas en pie dentro de ellas pero las paredes derruidas ayudarían a mantener el calor y encender una hoguera. Sacó un par de trozos de carne fresca comprada en un cruce del camino y las clavó en una fina estaca. La carne roja empezó a hacerse lentamente. La bebida que acompañaría al manjar sería un vino rosado del este, el cual esperaba que le durase al menos hasta llegar a la siguiente ciudad y reabastecerse. Apoyó el saco de dormir en un saliente de piedra y se relajó mientras la carne se hacía. Estaba realmente hambriento.

Cuando la cena estuvo casi hecha, unas pisadas resonaron por las ramas de los árboles cercanos a las ruinas. Alguien se acercaba. El viajero se puso de pie y se acercó a una de las ventanas sin cristal para ver de dónde provenía aquel ruido.

–¡Alto! ¿Quién eres?

La sombra del caminante se detuvo al instante. La oscuridad de la noche no mostraba su rostro.

–¿Y tú? –le respondió–. ¿Quién eres tú, amigo mío?
–Solo un viajero. Me dirijo a Aurora.
–Yo también.

El viajero rompió el siguiente silencio invitando al caminante a compartir su cena y su vino. Una vez hubieron terminado, el anfitrión del improvisado refugio habló.

–¿Cómo te llamas?

El huésped, sentado frente a su anfitrión, tenía la cara cubierta por la sombra de la noche y sus facciones viejas y delgadas se dejaban entrever tímidamente entre el crepitar del fuego.

–Soy un caminante.
–Ese no es tu nombre.
–Agradezco tu hospitalidad, viajero. Pero dudo mucho que revelar mi nombre sea lo más necesario ahora. Dentro de poco, seguiré mi camino y te olvidarás de él.

Otro silencio ensombreció las ruinas. El único ruido provenía de los grillos y del fuego de la hoguera. El anfitrión intentó romper de nuevo el silencio, animando a su huésped a hablar.

–Así que, ¿viajas a Aurora?
–Sí.
–¿Y por qué ibas en dirección contraria?
–¿Por qué vas tú por el camino más corto?

El anfitrión se quedó pensando. Sin duda, era un anciano enigmático.

–Es de lo único que se habla en mi ciudad natal últimamente. Todo el mundo quiere emigrar en busca de oportunidades nuevas y prosperidad.
–Dime, ¿han estado ellos en Aurora?
–No.
–¿Cuál es el nombre de tu ciudad?
–Artem.
–Muy bien. ¿Tenías cobijo allí?
–Sí.
–¿Alimento? ¿Un oficio? ¿Amistades? ¿Familia?
–No estaba casado, pero sí.
–¿Y por qué viajas hacia Aurora, mi amable amigo? ¿Has usado tu propio juicio para guiarte en esta aventura o ha sido el juicio de los demás?

El anfitrión se quedó pensando, asaltado por una nueva duda que hasta entonces no había considerado digna de ocupar su mente.

–Supongo que está en la naturaleza de algunos seres humanos querer mejorar y prosperar en la vida.
–¡Ah! –dijo con una gran sonrisa el huésped–. Pero ahí es donde reside la confusión. ¿Qué creías encontrar precisamente en Aurora? ¿Una casa más grande? ¿Un taller más moderno? ¿Más monedas? ¿Más mujeres?
–Quizás una vida mejor.
–Una vida mejor, sí…

El huésped calló durante unos instantes mientras el fuego seguía con su danza.

–Mi querido anfitrión, ¿por qué no todo Artem ha salido en busca de esa vida mejor que prometen en Aurora? ¿Por qué estás solo?
–Desgraciadamente, no todo el mundo conoce los caminos ni todos son capaces de viajar durante tantas semanas. Sin contar que el abastecimiento sale muy caro por estos lares.
–¿Cuánto te queda en esa bolsa?
–No sé si lo suficiente para llegar a Aurora.
–Pero has compartido tu cena conmigo. ¿Por qué?
–No voy a mentirte, anciano. Pensaba que podrías ser uno de esos nobles ricos que salen en busca de aventuras, aburridos de su monótona vida en palacio. Tendría el resto del camino solucionado.

El anciano huésped rió con amabilidad.

–Agradezco tu sinceridad. ¿Te das cuenta? Solo sabes vivir a través de expectativas, sin fijarte en lo que te rodea.
–Solo quiero ser alguien.
–Todos somos alguien.
–Yo no.
–¿Por qué no?
–Soy un simple trabajador, no soy una celebridad en mi ciudad. Nunca me he casado ni tenido hijos. No creo que vaya a dejar un gran legado en este mundo.
–Ese deseo que procesas es una trampa. Esa ansia por ser alguien te va a consumir por dentro. Ya eres alguien, aunque no te des cuenta de ello. Es cierto, no tienes joyas, ni tierras propias, y es posible que pudieses tener un trabajo mucho mejor que el que tienes ahora. Sin embargo, acabas de gastar prácticamente todas tus monedas y abandonado a todos los que allí conocías para convertirte en alguien que seguramente no aprecies mucho.
–¿En quién?
–En un noble. Es por eso por lo que me has invitado a cenar junto a tu refugio, ¿verdad? Sientes respeto hacia ellos. Dime, ¿había nobles en Artem?
–Sí.
–¿Lavaban tu ropa?
–No.
–¿Cocinaban tu cena?
–No.
–¿Te apoyaban en tus malos momentos?
–No.
–Sin embargo, estoy seguro de que toda la gente humilde que te rodeaba, toda esa gente que no es nadie, era capaz de hacer que tu mundo cambiase de una lágrima a una sonrisa, ¿verdad?
–Sí, es cierto…
–Y los has dejado atrás por convertirte en aquellos que no dan nada por ti. Entonces, ¿por qué quieres convertirte en alguien que no eres? ¿Por qué deseas con tanta fuerza transformarte en alguien que vaya a ser reconocido de tal manera? En el caso de que consiguieses triunfar en la vida, como tú lo llamas, y tener tierras, una rica mansión, un trabajo que te permita disfrutar de todos los placeres vacíos de la vida, reconocimiento… ¿Qué queda?
–Tendría una vida plena y tranquila.
–¿Una vida plena y tranquila?

El anciano volvió a reír con simpatía.

–No, mi querido anfitrión, no. En muchas ocasiones, la avaricia humana no tiene fin. No vivirías una vida plena. Vivirías una vida ofuscado en conseguir más de lo que tienes, por mucho que ya tuvieras. Más poder, más monedas, más tierras, más mujeres. Eso no acabaría. Muchos establecemos un objetivo claro y sencillo en nuestra vida. Sin embargo, cuando llegamos a él nos sentimos más vacíos de lo que nos hemos sentido nunca.
–Aún no me has dicho por qué vas a Aurora por un camino diferente, si realmente piensas como tu lengua habla.
–Por el mismo motivo por el que ahora te hablo.
–¿Cuál es?
–Para mí, el viaje en sí es más bello que alcanzar el destino.