Brisa de verano

El verano llegó un año más,
con los vientos cálidos del sur
y con las brisas marinas del norte,
olor a comida en las terrazas
y sabor a cerveza en los labios.

La música suena por las calles,
las sonrisas relucen más aún,
el sol otorga esperanza
y el mar lo acompaña.

Tú viajabas al norte,
y yo iba hacia el sur.
¿Por qué entonces,
posaste tu atención en mí?

Aún recuerdo tu voz entre mil,
tus ojos siguiendo mi mirada,
tu sonrisa despreocupada,
el calor de la juventud.

En un mar de gente,
tú fuiste mi sol en la noche
el calor de un invierno
el limón de mi cerveza.

Creíamos que el verano no acabaría,
que de algún modo,
nuestra juventud no se extinguiría.
Septiembre fugitivo,
eterno agosto.

El calor dio paso al frío,
y las calles apagaron su música
pero yo siempre recordaré aquel verano,
porque cuando junio llega, también llegas tú.

Tú eres mi viento cálido,
mi brisa marina
y el mejor sabor que han tenido mis labios,
de aquel y de todos los veranos.

Calma

Un insignificante punto se movía en el gran océano de oscuridad. Un objeto apenas perceptible que rompía la tranquilidad y la gran calma del espacio. Los astros, ajenos a todo interés, continuaban su lenta pero constante danza. La inteligencia que habitaba en el objeto recopiló los datos del pasado. Humanos, tierra, vestigios de una civilización perdida. Todos los logros, caídas, sueños y luchas de millones de años de evolución. Ahora, generaciones después, no quedaba nadie en el sistema solar. Ningún rastro de la infinidad de sucesos que la primitiva raza aconteció. Únicamente silencio. La inteligencia del objeto analizó todos los posibles destinos que esta civilización podría haber tomado. Siguió su camino hacia otros sistemas, en busca de una raza ancestral que había construido su legado a través de las estrellas.

Arte humano

–Señor Friedman. ¿Puede enseñarme el resto? Le aseguro que incluiré todo lo que vea aquí en mi siguiente columna del periódico.
–Claro, pase.

La amplitud del estudio describía una variedad de zonas divididas por pequeños tabiques separadores, iluminadas por amplios ventanales con vistas a los suburbios. En cada zona del estudio se exponía privadamente una obra del artista anfitrión. El periodista se detenía en cada una de ellas mientras tomaba apuntes en su libreta.

–¿Desde cuándo construye obras como las que estoy viendo? –preguntó el periodista.
–Desde los 16 años, aproximadamente.
–¿Cómo ha llegado hasta este tipo de arte?
–Bueno. Cuando estaba en el instituto me apunté a unas clases extraordinarias relacionadas con la pintura. Un par de años más tarde, a los 18, me interesé por la escultura. Me apasionaban las esculturas de la Antigua Grecia más que ninguna otra. ¿Ha observado alguna vez la nitidez de las túnicas de aquellas estatuas? Son una pura obra de arte. Casi parece que se puede doblar sus mantos apretando los dedos contra la piedra.
»Años después, cuando terminé la carrera, me apunté a un pequeño grupo que trabajaba con escultura moderna. Me enseñaron varias cosas que no aparecían en los libros de la universidad: movimientos modernos y abstractos que estaban empezando a surgir tímidamente.
»En una exposición grupal tuve la oportunidad de presentar mi segunda obra después de varios intentos. Resultó ser todo un éxito. Después de eso, tuvimos la ocasión de que nos contratasen individualmente. Me alejé cada vez más del grupo hasta que por fin formé mi propio estudio. No me puedo quejar. Tengo una vida austera, pero vivo de lo que me gusta y soy feliz con lo que tengo.
–Hace poco, mi periódico publicó un artículo en contra de los nuevos movimientos de arte. El redactor dijo algo parecido a «arte de segunda clase». ¿Qué opina de todo esto?
–No es la primera vez que lo oigo. Respeto su opinión, pero tengo claro lo que hago y por qué. Es un método de sacar lo que llevo dentro, expresión de sentimientos, conciliación conmigo mismo, búsqueda interior.
–Sin embargo, pocos quieren entender su arte.
–Creo que en este caso, solo el artista es capaz de comprender enteramente su propia obra. Si se da cuenta, es como una canción que nos maravilla. Todos entendemos la letra, todos admiramos la música y muchos hemos visto el videoclip. Sin embargo, el mensaje de la canción no es siempre el que creemos que es. Existen muchos factores que condicionan su significado real. Al igual que una canción nos marca por el momento o la persona con la que la escuchamos, el artista se sumerge en su propio ser para escribir un significado propio e íntimo que no todo el mundo llega a comprender.
–¿Diría usted que eso es lo que ocurre con sus obras, señor Friedman? –dijo el periodista volviendo a alzar la cabeza de su libreta.
–Totalmente. Cuando expreso mi arte no busco el entendimiento total. El entendimiento total en el arte es una ilusión. Nos engañamos creyendo creer el significado total de una obra al igual que la canción, y no es así. Los factores condicionantes son demasiado íntimos y complejos como para que todo el público pueda admirarlos. No. Yo pienso que la belleza en este asunto reside en el propio significado que cada individuo le ofrece, en conjunción con lo que el artista ha dejado ver en su obra, sea mucho o poco.
–¿Cree usted, a pesar del pensamiento que usted comparte, que sus esculturas son menos llamativas para un público amplio? Que, en comparación, solo una minoría se interesa hoy día por verlas. Perdone la franqueza, son datos de la encuesta realizada hace dos semanas por mi periódico.
–No se preocupe, entiendo lo que quiere decir y no me ofende. Le voy a contar algo –dijo Friedman hasta que se detuvieron en el último ventanal–. Desde el inicio de los tiempos, el ser humano ha expresado sus inquietudes, preocupaciones, festejos, felicidad, amistad, amor y demás sentimientos fuera de la forma que fuera. Desde los primeros grabados tallados en la roca hasta la última canción del top 100 en la radio. ¿Por qué? Yo tengo tres opiniones.

»La primera de ellas es quizás la más egoísta. Se trataría de hacer arte con ánimo de lucro y reconocimiento. Reconocimiento encauzado a más reconocimiento por el simple hecho de ganar dinero. Aunque por supuesto, existen los artistas que han conseguido unas ganancias enormes con sus creaciones. Eso no significa que todos los que hayan triunfado económicamente con sus obras pertenezcan a esta vertiente. Para nada, todo lo contrario. Como decía mi padre: “En todos los jardines crecen buenas y malas hierbas”.

»La segunda opción sería la creación de un legado: creación de arte, plasmado de opiniones, grabado de los hechos y acciones concretas. Todo lo necesario para que tu nombre no caiga en el olvido. Esta opción, al igual que la anterior, no tiene nada que ver en hacer arte con el corazón. Se podría hacer con el corazón o se podría no hacerlo. Algunos considerarían una suerte que tu legado fuese justo aquello que te hace feliz, a lo que te dedicas por vocación y entusiasmo toda tu vida.

»La tercera sería por puro placer y pura necesidad. Usar tu mente para crear algo que tu corazón intenta describir. Al igual que los primeros humanos dibujaban en las cuevas, los egipcios construían sus pirámides, los griegos sus esculturas, los renacentistas sus capillas, el soldado de la Primera Guerra Mundial que grababa su nombre en la arena de Galipolli… No sería una razón concisa. No sería una razón que se pudiera describir con palabras. Sería algo humano. Algo que el ser humano necesita hacer generación tras generación. En este caso, no sería por reconocimiento, ni por fama, ni por crear un legado concreto. Supongo que la raza humana lleva el arte en sus genes como método de expresión para intentar explicar quién es, de dónde venimos y adónde vamos. Sus victorias, sus fallos, su empatía, su vacío, su humanidad. En definitiva, la definición de un ser humano.

Luna

–¡Nashia! ¡Ven, pequeña!

La niña dejó de jugar en el charco para acercase a la hoguera. Se irguió y fue corriendo hacia su abuelo. Éste le miró con simpatía y felicidad apreciando la inocencia y felicidad de la infancia.

–¡Ya estoy aquí, abuelo!
–¿Qué hacías, pequeña?
–Pues… Estaba jugando en el charco. ¡Se ven las estrellas y la luna en el agua!
–¿Sabes que no todo el mundo puede ver las estrellas como nosotros?
–¿Por qué no? –preguntó Nashia con curiosidad.
–Fíjate en nuestro alrededor, cariño. Vivimos en una aldea en el monte, rodeado de montañas y árboles y solo necesitamos un poco de luz para realizar nuestras tareas. ¿Sabes qué tiene que ver eso?

La niña negó con la cabeza mientras lo miraba sin parpadear.

–Es debido a que la gente en las ciudades utiliza mucha luz para realizar sus tareas y eso hace que tapen la luz de las estrellas. ¿Recuerdas cuando te llevé con tus padres a la ciudad, cuando eras más pequeña?
–Sí, me acuerdo, todo era muy extraño y lleno de luces.

El abuelo de Nashia solía contarle historias de todo tipo y ella las recibía y escuchaba atentamente. La pequeña ya estaba esperando un nuevo cuento para aquella noche, y acertó.

–Se cuenta que antiguamente en el cielo, vivían Luna y su hermana Leina. Leina era la mayor de ellas, y cada noche aparecían en el cielo nocturno. Luna salía poco después que su hermana mayor y compartían la noche hasta el amanecer.
»Una medianoche como otra cualquiera, las estrellas desaparecieron del cielo. Todo el mundo salió de sus casas y los que dormían se despertaron por los gritos de asombro de sus vecinos. Miraron hacia el cielo a la espera de que aquella noche sin nubes volviese a traer de nuevo aquellas luces. Nadie durmió durante horas observando el firmamento. Cuando el sol dio paso al día, todo volvió a la normalidad aunque con la incertidumbre de lo que ocurriría la noche siguiente. Y en efecto, las estrellas no aparecieron.
»Noche sí, y noche también, las dos hermanas observaban la tristeza de las gentes que vivían en la tierra. Luna, la menor, advirtió a Leina de que no hiciese nada al respecto, de que algún día volverían y todo se solucionaría. Pero los meses pasaron y no regresaban. Así que una noche, Leina no salió como siempre. Tal era su tristeza por sus compañeras desaparecidas que lloró durante 100 noches. Un espectáculo de luces se cernió sobre las gentes de la tierra, como miles de fuegos artificiales de diferentes colores bailando en el cielo. Por desgracia, Leina murió, pero sus lágrimas crearon las estrellas que hoy conocemos hoy en día y pudimos volver a dormir en paz.

–¿Y qué paso con Luna? -preguntó Nashia.
–Es la que ves cada noche, pequeña. Luna se quedó sola en el cielo y cada noche, cuando ves que se mueve entre las estrellas, significa que está buscando a su hermana mayor, a la espera de que algún día pueda volver a verla.

Nashia derramó un par de lágrimas sobre sus mejillas y dijo al abuelo:

–Es una historia triste. No me gustan las historias tristes.
–Tiene una moraleja.
–¿Y cuál es?
–No todas las lágrimas son en vano.

Un falso techo

El motor del coche rugía con furia conforme se adentraba en las montañas. El desdichado hombre escapaba, huía, volaba. Sus lágrimas pasaban desapercibidas en el agua de lluvia que se introducía por la ventanilla rota. Anduvo entre caminos serpenteantes y escaleras que la luna apenas dejaba entrever. Encontró su solitaria casa y abrió la puerta entrando a su último refugio, la última escapada que haría en mucho tiempo. Allí, pasó días y noches interminables junto a sus pensamientos.

«Aquí estaré solo, no volverán a hacerme daño».

La tranquilidad de la soledad, la imposibilidad del rechazo, la indiferencia ante la maldad humana… Buscaba todo aquello, pero no era más una ilusión. Era su propio miedo quien lo manipulaba. Un miedo que negó su fuerza y destruyó todo su coraje, hasta que finalmente ganó la batalla.

«Aquí no estarás solo, no volverán a hacerte daño».