Reflejo

Ella llegaba con el amanecer,
junto a los cálidos colores
que del sol emanaban,
junto a la fría brisa
que el otoño despertaba.

La mujer contemplaba su reflejo
en el agua cristalina,
durante días y minutos,
su rostro impasible,
las manos en su regazo.

El invierno llegó,
la primavera despertó,
el verano no avisó,
el otoño regresó.

La mujer seguía en el lago
contemplando su reflejo,
un anhelo del futuro,
un deseo de lo que no alcanzaba.

Pero la vida pasaba,
las estaciones corrían,
el sol se ponía una y otra vez,
el mundo giraba
y ese futuro
nunca llegó.

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Socializar

Anduve por las calles de la ciudad hasta que entré en uno de mis bares preferidos. Era sábado por la noche y estaba a rebosar: grupos de amigos hablando a gritos, familias riendo y enamorados besándose. Pedí tequila para beber y desconectar un poco de la rutina.

Dos antiguos compañeros del instituto me vieron en la barra y me pidieron con alegría desmesurada e interés falso y exagerado que me uniese a un grupo de desconocidos, supongo que para que la ebriedad no se extinguiera demasiado pronto. Rechacé la oferta amablemente y ambos sujetos transformaron su rostro instantáneamente, profiriendo todo tipo de insultos y vejaciones de las que pasé olímpicamente, y con medalla de oro.

Un poco más tarde, se me acercó una mujer hablando de una manera forzada e inmadura para intentar algo conmigo. No sabía qué era, pero difícilmente erraría en la respuesta. Rechacé amablemente su oferta y le pedí que dejase de hablarme de manera tan infantil, que yo prefería una conversación como los adultos que éramos, no este carnaval de máscaras. La mujer me puso un mote despectivo, me insultó y acabó hablando como la adulta que era justo antes de irse de la barra. Lástima que no lo hiciera desde el principio.

Acabé mi cuarta copa de tequila y el camarero me dio las gracias con una sonrisa artificial y fabricada. Le respondí que no hacía falta que me las diese, dado que hacía cinco minutos le había escuchado recitar una sarta de creativos insultos a todos y cada uno de sus clientes. Después de eso, me gané el tercer mote de la noche.

Aún era pronto cuando salí del bar, pero estaba completamente borracho y no quería seguir bebiendo ni mantener conversaciones superfluas, las cuales dudosamente llevarían a alguna parte. Cuando crucé la calle, una madre le dijo a su hijo que me mirara, que se fijase bien en mí para no acabar como yo, un borracho más sin educación ni sentido cívico. También le dijo que seguro que robaba a la gente y que era peligroso.

Cambié bruscamente de opinión y volví a entrar en el bar. Así que hice lo que la sociedad quería que hiciese en ese momento. Me reuní con mis antiguos compañeros para aquella competición de a ver quién decía la tontería más grande y creer que conocía a gente nueva. Me llevé a la cama a aquella mujer interesada por mí simulando ser quien no soy en verdad y le di la mano al camarero antes de irme diciendo que me encantaba su bar. Hice amigos, ligué, socialicé y me sentí parte de algo.

Qué mentira.

Desde las alturas

Observo la ciudad desde mi despacho en la última planta. Sus interminables rascacielos, el constante movimiento de personas cual hormigas, la frenética actividad del día a día. Me aliso el traje y me peino con las manos. Consulto mis últimas ganancias en los papeles, mucho mayores que de costumbre. Lo tengo todo: un buen y cómodo trabajo, una casa enorme, un coche de lujo, un móvil de última generación. Soy el hombre que esta sociedad califica de éxito.

Después de estar sentado durante media hora vuelvo a postrar mi impecable figura ante los enormes ventanales de mi despacho. Me quedo observando a una mujer de un bar que ríe sin parar, gesticula con gracia mientras toma el café y muestra cariñosos gestos a los que tiene alrededor. Mi teléfono del despacho suena. Me reclaman.

–Señor García, los accionistas quieren verlo.

Aparto mi mirada de la ciudad y salgo de mi despacho. Daría todo lo que tengo por sonreír como aquella mujer.

El cubo

–Veinte kilómetros –dijo Howard mientras su voz se camuflaba entre interferencias y estática–. Con suavidad. Ten cuidado o dañará el casco. Esa cosa es muy grande.

La nave recuperadora atraía suavemente el desconocido objeto situado a poca distancia mediante los modificadores de gravedad. En la planta superior de la nave, Jake respondía por el comunicador instalado a poca distancia del oído.

–No te preocupes, Howard. Está todo controlado.
–Céntrate y no te confíes.

Más interferencias.

–Repite, Jake.
–…apagado.
–Apenas te oigo, Jake. Hay demasiadas interferencias.
–Decía, ¿estás seguro de que lo que estamos recogiendo es seguro?
–Los escáneres no muestran signos de energía peligrosos. Las pruebas térmicas han dado negativo. No hay nadie en su interior. Este trasto está moviéndose a la deriva por el espacio.

Ruido de estática.

–¿Apagado, Howard? ¿Y qué son todas esas interferencias? No han aparecido hasta que nos hemos acercado al objeto.
–Puede ser una antena que intenta enviar una señal de socorro y que esté averiada, no lo sé. Puede que sea casualidad.
–Por ahí sí que no paso, amigo. He visto demasiadas cosas en este trabajo y no me gusta creer en las casualidades. Deberíamos avisar a la compañía.

En la planta inferior, Howard movía las manos en el aire enviando órdenes a la pantalla inteligente mientras mostraba los diferentes menús y análisis en directo. Se quedó mirando un pequeño panel holográfico ubicado en una esquina y le habló a su compañero.

–Tengo el informe preparado y nuestra ubicación exacta respecto al mundo habitable más cercano. Al menor problema, solo tengo que parpadear y lo sabrán todo.
–Hazlo ya. Esto me da mala espina.

Howard rió.

–Para ser tan grande, te asustas con facilidad.
–Aún así, deberíamos hacerlo ya.
–Prefiero que no.
–¿Por qué?

Interferencias.

–¿Por qué, Howard?
–Si mandamos ahora la señal, los demás recuperadores podrían piratearla y exigir parte del botín.
–Se supone que eso es lo que deberíamos hacer.
–¿Y volver a casa compartiendo los beneficios con una decena de recuperadores más? ¿Qué le vas a decir a Anna esta vez, Jake? ¿Que tu sentido del honor y tu ética incomparable ha hecho que vuestra hija no vaya a recibir la ración de la semana?
–Al menos tendría la conciencia tranquila.
–La conciencia tranquila y el estómago vacío.
–¿No vas a parar hasta convencerme?
–No. Y menos ahora. –La pantalla mostraba 10 kilómetros restantes–. ¡Observa eso!

Jake apartó la vista de sus respectivas pantallas de la planta superior y por primera vez desde que atraían el gran objeto hacia ellos, pudo observar su inmensidad.

–Las interferencias han provocado desviaciones en el sistema de escaneo, pero los drones han podido completarlo. ¿Quieres que te mande el resultado? –preguntó Howard.
–No, qué va. Mejor me quedo aquí arriba esperando e imaginando las dimensiones con la palma de mi mano.
–Grandullón y gruñón.
–Cállate y envíalo.

Howard envió el resultado con una sonrisa. A Jake se la salieron los ojos de sus órbitas al recibirlo. Era una nave antigua, desaparecida hace décadas, quizá siglos. No había indicios de desperfectos considerables. Su tamaño era mayor que la nave de los recuperadores, pero los modificadores de gravedad hacían un trabajo excelente. Hubo un momento de silencio.

–Deduzco que el silencio no es debido a las interferencias… ¿Verdad, Jake?
–No, no lo es.
–¿Te he convencido ya?

Jake resopló y se recostó sobre su asiento desgastado.

–No es tan grande como un crucero militar, pero tampoco es tan pequeña como una nave mercante estándar.
–Sea lo que sea, está vacía. Las vainas de escape hace tiempo que se lanzaron. Debieron abandonarla.
–Estás jodidamente loco, Howard. Quieres saquear una nave abandonada que vaga sola por el espacio antes de que tú o yo naciéramos, con indicios claros de que sucedió una evacuación de emergencia, y sin avisar a la compañía.
–Para eso tenemos los trajes. ¡Vamos! ¿Qué puede salir mal? Esta nave puede datar de la época de las Guerras de las Colonias. Estoy seguro de que la evacuación fue a raíz de una batalla perdida.
–¿Y por qué no hay signos visibles en el casco?
–Quizá los drones de reparación siguieron en modo automático hasta que la nave fue restaurada después de la batalla. Estamos en medio de la nada. Si la batalla hubiese ocurrido cerca de algún planeta o estación, la nave habría sido desmantelada hace mucho.
–No me convence tu explicación, Howard.
–Escucha, es posible que no sea tan grande como un crucero actual, pero si fue una nave militar, tendremos a nuestra disposición una gran cantidad de combustible y posiblemente, una gran reserva de botines de batalla.
–Está bien, está bien. Me estoy cansado de las conjeturas. Haremos un chequeo rápido y nos iremos. Pero luego llamaremos a la compañía. Yo no cogeré nada que no me pertenezca. Y no… No diré nada si tú lo haces, es más, no quiero saberlo.
–Así me gusta, Jake.

Cinco kilómetros.

–Ponte el traje. He puesto nuestra nave en piloto automático en dirección a la esclusa 2. En pocos segundos estaremos conectados y podremos cruzar por allí.
–Entendido.

Pocos minutos después, ambos hombres se encontraron ante una puerta circular metálica enfundados en un traje blanco. Iban cubiertos en su totalidad portando un arma de proyectiles rudimentaria. En estos casos, las armas de energía eran más impredecibles y menos seguras.

–Hola, Jake. Esto de vernos cara a cara y tener que seguir hablando mediante el comunicador me exaspera un poco.
–Acabemos con esto. Estoy deseando volver a casa. Llevo cuatro días sin ver a la familia.

Sin más dilación, Howard apoyó la mano sobre una luz azul que se encontraba en un panel cerca de la puerta y ésta se abrió con increíble rapidez. El otro lado de la antigua nave apareció al final de un largo pasillo, que era más alto que ancho. Los movimientos de los dos recuperadores eran lentos y precavidos. Los sonidos de sus respiraciones retumbaban en sus propios cascos.

–Mira –dijo Howard–. El metal de las paredes es muy antiguo. Esta nave tendrá más de un siglo de antigüedad. Mi teoría de la Guerra de las Colonias aún se sostiene.

Howard se adelantó unos metros y llego a una gran sala circular. Era considerablemente más amplia que el pasillo. El techo apenas acababa de vislumbrarse del todo y la sensación de espacio abierto era abrumadora. La sala parecía ser la conectora de otros muchos pasillos y contaba con una gran mesa sin asientos. Un cubo de color negro descansaba sobre ella, que parecía unido a la propia mesa. Jake se acercó a uno de los ordenadores de las paredes mientras Howard intentó saciar su avaricia.

–Fíjate en esto. Estos ordenadores solo funcionan mediante el tacto en un teclado separado. Qué primitivo.

Howard seguía observando el cubo de la mesa y lo tocó suavemente con los guantes del traje. Durante unos milisegundos que apenas ninguno de los dos pudieron percibir, las funciones de sus trajes se apagaron por completo y se reiniciaron debido a un pulso de interferencias. Miró hacia su compañero. Dudó en comentar el pequeño lapso de interferencia con él, pero finalmente no lo hizo. No estaba seguro si eran imaginaciones suyas.

–¿Puedes acceder al diario?
–Estoy en ello, dame un segundo.

Una cascada de información apareció en la pequeña pantalla. Howard fue desechando datos poco relevantes hasta que aparecieron las últimas anotaciones de la nave.

«4475. Hemos encontrado un objeto de forma cúbica. Color negro. Dimensiones pequeñas. Origen desconocido. Viajaba por la deriva en el espacio despidiendo una cantidad increíble de energía».

Jake avanzó en el diario.

«4951. El objeto parece resistirse a todas las pruebas. No sabemos qué más hacer. Su contenido es desconocido y la forma en la que guarda la energía incomprensible. Seguiremos investigando».

Howard seguía ensimismado por la perfección del cubo. Colgó su arma a la espalda e intentó extraerlo de la mesa sin éxito.

«4958. Es obvio que el cubo no es de origen terrestre. Al menos, no en su totalidad. Ninguna de las tecnologías conocidas hoy en día podría hacer algo como esto. Los lectores de energía se salen de la escala y el material con el que está construido es totalmente desconocido».

–Cuidado, Jake.
–¡No, espera!

Howard había cogido su arma y había disparado contra los soportes de la mesa. Los proyectiles rebotaron en un estruendo que los ensordeció a ambos. El cubo se separó de la mesa con un sonido metálico y agudo. Howard puso el seguro y dejó su arma en el suelo. Se agachó ligeramente y con ambas manos, cogió el cubo.

–¡Eres idiota, Howard! ¡Eres jodidamente idiota! ¡No sabes lo que es!

Howard quedó perplejo.

–Mira. Ni un rasguño. Nada. Acabo de dispararle todo un cargador y ni siquiera tiene marcas.
–Es lo que estaba leyendo. Hay muchas anotaciones sobre ese cubo. Parece ser que lo encontraron a la deriva.
–Vamos a quitarnos el casco. Voy a analizarlo mejor. Mis instrumentos me dicen que el aire es seguro. No hay bacterias peligrosas y la temperatura es buena.

Con unos ligeros toques en el cuello, los cascos de ambos hombres desaparecieron y se integraron con los sistemas del traje. Howard se quitó un guante y pasó la mano por el cubo. Era extraño al tacto, como tocar una estatua perfecta de hielo sin sentir frío alguno.

–Voy a seguir leyendo, pero no vuelvas a hacer una tontería así nunca más.
–No pasa nada. Tranquilo.

Jake siguió la lectura.

«5351. El objeto no ha respondido a ningún estímulo externo. Hasta hoy. Ninguna prueba ha dado ningún resultado hasta que el doctor Andrew lo ha tocado. El objeto se activó en cuestión de segundos e infestó todo el material orgánico de la sala de pruebas. Todo indica a que reacciona a la cercanía de un ser vivo».

«5354. La infestación se ha propagado por toda la nave de una manera vertiginosa. Solo quedamos Andrew y yo».

«5356. La infestación ha sido considerada amenaza de nivel 1. Las vainas de escape han sido desechadas y no se permite evacuar a nadie. Esta nave será nuestra tumba».

«5357. Ha consumido literalmente a aquellos que la portaban. En los pocos minutos que estoy escribiendo esto, he sido testigo de cómo toda mi tripulación ha desaparecido en una descarga eléctrica incomprensible después de un pequeño tiempo al entrar en contacto con la infestación. No quedaba rastro de ellos. Si esto llega a ocurrir en un planeta habitado sería un desastre. Un maldito desastre».

«5358. Andrew está mostrando los síntomas a velocidad extrema. Una extraña luz roja está recorriendo por sus venas, al igual que ocurrió con los demás. No tengo más remedio que seguir escribiendo hasta que…»

«Fin del diario de a bordo».

–¡Jake! ¡Se ha abierto!

El cubo había ensanchado su forma, mostrando una franja de luz rojiza que atravesaba su interior. Jake palideció y levantó su arma. Apuntó directamente a su compañero sin parpadear.

–¿Qué haces? ¿Qué estás haciendo?

Quitó el seguro. Las venas de los brazos de Howard resplandecían con un rojo intenso.

–¡Jake! ¡Mierda, Jake! ¡Para! ¡JAKE!

Jake chorreaba de sudor mientras todo su cuerpo temblaba por lo que acababa de leer. Sin mediar una sola palabra disparó una ráfaga a Howard y éste cayó al suelo. La mesa se llenó de sangre, pero el cubo seguía intacto, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo en la sala. Tocó el cuello del traje, volvió a ponerse el casco y echó a correr todo lo deprisa que pudo a través del pasillo inicial por donde habían venido. Una oleada de pánico atravesaba todo su ser y no paró hasta que cerró la enorme compuerta que separaba ambas naves. Se sentó en el sillón del piloto y segundos después, activó los sistemas de la nave. Un mensaje emergente apareció en las pantallas. El informe pendiente de Howard. El informe que avisaría a la compañía y a los vecinos de su posición y su descubrimiento. Asustado y confuso, Jake envió el informe sin ninguna encriptación. En menos de una hora, la primera nave de muchas llegaría a aquel lugar.

Saltó al hiperespacio para dirigirse a su planeta natal. Una pequeña luz rojiza empezó a correr por sus venas. Y el cubo seguía abierto.