Desde las alturas

Observo la ciudad desde mi despacho en la última planta. Sus interminables rascacielos, el constante movimiento de personas cual hormigas, la frenética actividad del día a día. Me aliso el traje y me peino con las manos. Consulto mis últimas ganancias en los papeles, mucho mayores que de costumbre. Lo tengo todo: un buen y cómodo trabajo, una casa enorme, un coche de lujo, un móvil de última generación. Soy el hombre que esta sociedad califica de éxito.

Después de estar sentado durante media hora vuelvo a postrar mi impecable figura ante los enormes ventanales de mi despacho. Me quedo observando a una mujer de un bar que ríe sin parar, gesticula con gracia mientras toma el café y muestra cariñosos gestos a los que tiene alrededor. Mi teléfono del despacho suena. Me reclaman.

–Señor García, los accionistas quieren verlo.

Aparto mi mirada de la ciudad y salgo de mi despacho. Daría todo lo que tengo por sonreír como aquella mujer.

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