Hielo

Paso tras paso,
camino en un mundo de hielo,
en un mundo sin luz,
donde el sol no llega nunca,
donde no hay sitio para la luna.

Siento frío en mis pies descalzos,
siento dolor en mis ojos de fuego,
siento el calor escapando de mi cuerpo.

Me desnudo ante el hielo,
derrito montañas nevadas,
inundo bosques helados,
ilumino la eterna noche.

Fuego contra hielo,
voluntad contra rendición,
valentía frente a cobardía,
la esperanza frente a la desolación.

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La transacción

–Dos monedas de plata y una de oro, por favor.

Sin duda, era menos de lo que esperaba por estos ingredientes. Aunque era exactamente el trato que esperaba de los comerciantes de la ciudad.

–Aquí tienes. La próxima vez espero un mejor precio.
–La próxima vez, forastero, espero más respeto –me contestó el.

Las campanas de la fortaleza comenzaron a sonar. El sonido grave y metálico retumbó por todas y cada una de las calles. Los habitantes de la ciudad se empujaban unos a otros y los puestos de las tiendas se volcaban, desparramando todos los productos por el suelo. Las criaturas invadieron la ciudad y no dejaron supervivientes.

Mentiría si dijese que no sabía que esto fuera a ocurrir, pero yo había terminado mi transacción y eso es todo lo que había venido a hacer. Al salir de la ciudad, cogí una manzana del suelo y pegué un mordisco mientras el humo de los incendios tapaba mis fosas nasales.

Amanecer

Amaneció con una bola de fuego cayendo del cielo. La resplandeciente luz se abrió camino a través de las pocas nubes del nuevo día y acabó estrellándose con un gran estruendo que resonó a través de la selva. Los incendios que provocó aquel objeto se apagaron gracias a los drones de reparación automatizados que aún funcionaban. El objeto permaneció inmóvil durante varias horas mientras los árboles de la selva bailaban al son del viento y las exóticas criaturas mordían el casco del metal, aún caliente.

Finalmente, una figura humana abrió la compuerta y cayó al suelo. Sangraba abundantemente de un brazo hasta que se inyectó la medicina para casos como aquellos. La mujer consiguió levantarse y andar varios pasos hasta la playa cercana. Era la primera humana que veía aquel paisaje, adornada ahora con los numerosos colores del atardecer, el gigante de gas que orbitaba y las dos lunas que podían verse en ese preciso momento. Era un espectáculo maravilloso y tremendamente único al que decidió prestar toda su atención, independientemente del estado de la nave, que ya había enviado una señal de socorro automática.

La piloto consumió una ración de emergencia y se quedó dormida toda la noche. Abrió los ojos esperando tocar la agradable textura de su cama de la nave orbital. Pero sus manos se hundieron en la arena y comenzó a recordar dónde estaba. Abrió un bolsillo del traje y extrajo el comunicador, que le proporcionó información en tiempo real mediante hologramas en realidad aumentada. Algo no cuadraba. La fecha actual mostraba ser 15 de agosto, pero debería ser 16 de agosto. 15 de agosto era la fecha de su aterrizaje accidentado. Mientras lo pensaba, el amanecer volvió a mostrar una bola de fuego cayendo del cielo y se estrelló exactamente en el mismo lugar de la selva. La piloto guardó su comunicador y corrió hacia la nueva nave. Los drones ya estaban apagando cualquier rastro de incendio y desperfectos graves. Ella abrió la compuerta desde el exterior y se vio a sí misma inconsciente. Fecha que mostraba el panel de la nueva nave: 15 de agosto.

Autómatas

Tus pupilas se dilatan. Ignoro si es un acto reflejo o una atracción verdadera. Me siento delante de ti y no pestañeo, a la espera de alguna reacción por tu parte. Nuestras miradas se cruzan durante segundos, durante minutos. Intento descifrar si alguno de tus nimios gestos no son más que una reacción física por tu parte. Necesito la química que tanto nos hizo funcionar en el principio. ¿Qué es lo que estás mirando? ¿A mí, al vacío? ¿Qué esperas que haga? Los segundos siguen pasando y me niego a mostrar ninguna reacción por mi parte. Quiero que respondas a mi mirada, a la dilatación de mis pupilas, a mi deseo obsesivo de que muevas un solo músculo. Te contemplo y no me percato de que estás esperando lo mismo que yo. Sin darnos cuenta, nuestra dependencia nos ha convertido en autómatas.

Martillo

Un golpe de martillo. Ese es el sonido que marca el comienzo de todos mis días. Sigo la línea interminable de trabajadores con uniforme azul grisáceo hasta que me detengo en mi puesto de la fábrica. Golpe tras golpe, trabajo. Golpe tras golpe, ensamblo. Golpe tras golpe, construyo. Al finalizar la jornada de doce horas, el olor a grasa, aceite y sudor impregnan el aire de vuelta a casa.

Las únicas luces que veo cada día son los fugaces destellos del amanecer y los focos del interior de la fábrica. Soy una orgullosa pieza más del engranaje que mantiene todo a flote. Mi trabajo es el hogar, la fábrica es alimento para mi cuerpo y mi libertad es el martillo que empuño. Lo golpeo de nuevo con todas mis fuerzas y sonrío de sentirme tan afortunado en este engranaje tan perfecto.