La frontera

Era otoño en el pueblo y los días se hacían cada vez más oscuros. No tenía nada que ver con las inclemencias del tiempo ni la fugaz visita de los rayos de sol que acompañaban aquella estación. Vivíamos en una casa modesta desde hacía más de veinte años. Éramos granjeros, gente sencilla. En verano leímos las noticias: la guerra había estallado. Pensábamos que a gente como nosotros nunca les afectaría algo así. ¿Qué es lo que iban a querer de nosotros? A pesar de vivir en la frontera, nos equivocamos creyendo que las botas de los soldados jamás resonarían por un pueblo tan insignificante.

Los días se oscurecieron por el humo de la artillería. Divisiones enteras de soldados cruzaban el puente que separaba nuestro pueblo con el siguiente. Al principio, estábamos tan asustados que no podíamos comer, tampoco dormir. Mi mujer y yo permanecíamos abrazados escuchando los ecos de la guerra. Conforme pasaron los días, nos levantamos del sofá de la sala y comenzamos a comer de nuevo. Encendimos la televisión para observar las noticias que provenían del frente. Ella bebía zumo de naranja y yo un vaso de leche. No decíamos nada, ni falta que hacía. Simplemente nos mirábamos y comprendíamos todo lo que el otro quería decir.

Llegó el otoño y los bombardeos se hicieron más encarnizados. Seguimos trabajando en las cosechas del patio trasero mientras los aviones hacían temblar la tierra a nuestros pies. Yo intentaba mirar a mi mujer, transmitirle mi mirada de tranquilidad y amor como hice todos aquellos días. Ella no quería mirarme, es más, no quería mirar a nada. Sus ojos se convirtieron en unos simples y vacíos receptores visuales sin sentimiento alguno. El ruido de los bombardeos era tan grande que teníamos que dormir en el sótano, desafiando al peligro de que algún proyectil alcanzase nuestra casa y quedásemos atrapados. Cuando volvíamos arriba, observábamos que una casa más del poblado había desaparecido. Cada vez que dormíamos en el sótano, una pequeña parte del pueblo era destruida. Con firme y decidido paso, la guerra destruía nuestro hogar con precisión quirúrgica y una paciencia insoportable.

A finales de otoño, me desperté en el sótano intentando acariciar el rostro de mi mujer, pero mi mano tocó la áspera pared de ladrillo. Me levanté preocupado y subí arriba. No estaba por ninguna parte y el ruido era ensordecedor. Miré por la ventana y vi al amor de mi vida dirigiéndose hacia el puente del pueblo entre explosiones y escombros volando por los aires. Intenté gritar pero mi voz desapareció entre aquellas cuatro paredes. No lo entendí en el momento pero lo acepté tiempo después. Su locura la llevó a desafiar a su destino y no retrasar más el inevitable final. Al menos, de esa manera, creía que era ella quien estaba tomando la decisión. Nunca más volví a verla.

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