El lobo blanco (parte 2)

Eran espejos. Espejos por todas partes. Los había de todos los tamaños y formas, colgados por el techo, las paredes o reposando en el suelo. La habitación era enorme. Anduve hasta el centro de la sala, el único lugar donde no había ningún objeto a varios pasos. Miré al suelo y pude apreciar la cara de un lobo grabada en ella. El lobo que había entrado conmigo correteó por la sala hasta que llegó a un gran sillón ubicado en el fondo e iluminado por varias antorchas. Allí, el animal me miró con curiosidad. Casi parecía que sabía todo lo que estaba ocurriendo. Su mirada me transmitía una atención perpleja, aunque no agresiva. Ni un gruñido, ni un gesto. En un momento de duda y nerviosismo pensé en echar a correr y volver a bajar las escaleras del castillo, atravesar el pueblo y coger el primer tren de vuelta pero ese pensamiento se desvaneció cuando los espejos comenzaron a mostrar imágenes. No era mi propia silueta ni el reflejo de nada más. Era mi propia vida. Escenas que apenas recordaba y que no recordaría si no fuese por aquel momento. Los espejos mostraban sucesos de mi niñez, aventuras de mi adolescencia y dramas de mi adultez. Las escenas cambiaban rápidamente y parecían borrosas, como cuando se sueñan acontecimientos propios pero vividos en tercera persona. Lo que más me inquietó del todo es que varios de los espejos mostraban una persona más anciana que yo, con momentos que yo no recordaba…, pero que recordaría. Aquel rostro era el mío. Era mi yo anciano. Sucesos que aún no habían ocurrido.

–¡Ya basta! –grité.

El lobo blanco me volvió a mirar y esta vez su mirada era completamente diferente.

–No sé quién eres, o lo que eres. Solo sé que tú no eres un lobo común. Hay algo de raro en ti. ¿Por qué he oído pisadas antes de abrir la puerta? ¿Quién me ha escrito la nota que apareció en la nieve? Tengo la sensación de conocerte, sin embargo, pareces un simple animal. ¿Qué es es todo esto? ¡Quiero una respuesta!

La criatura detuvo todo movimiento corporal unos segundos, hasta que por fin su musculatura y pelaje comenzaron a transformarse en algo diferente. Sus ojos cambiaban, la forma de su cuerpo se alteraba entre espasmos y sus miembros evolucionaban a algo diferente. Segundos después, la figura de un hombre cubierto de blancos ropajes se encontraba ante mí. Con una extraordinaria normalidad, se sentó tranquilamente sobre el sillón de aquella enigmática habitación.

–Hola, Alexander.
–Debo suponer que has sido tú quien ha escrito la nota.
–En efecto.
–¿Qué es este lugar?
–Es el lugar de los perdidos.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Alexander frunciendo el ceño.
–Sabes tan bien como yo lo que quiero decir.

Dentro de él, sabía que tenía la respuesta, aunque no lograba llegar a ella, la había enterrado hace mucho bajo engaños y mentiras.

–Explícamelo.

La figura anduvo unos pasos alrededor de la sala de los espejos, observando cada una de las escenas presentes, pasadas y futuras.

–¿Qué ves aquí?
–Mi… vida. ¿Mi futuro?
–Tu vida. Exacto.
–¿Cómo es posible que esté viendo cosas que aún no han sucedido?
–Eso solo lo eliges tú.
–¿A qué te refieres? –preguntó extrañado.

La figura se detuvo y miró al hombre con sus pálidos ojos.

–Alexander, ¿hace cuánto tiempo que abandonaste?
–¿Abandonar? ¿Yo?

La figura sonrió maliciosamente mostrando una dentadura más propia de un lobo que de un ser humano.

–Es increíble como puedes engañarte a ti mismo a sabiendas de que sabes la respuesta correcta a eso.

El rostro de Alexander esgrimió una mueca.

–¿Por qué estoy aquí?
–Soy tu lobo blanco.
–¿Mi lobo blanco?
–Así es –dijo mostrando una sonrisa más amable que la anterior–, yo mismo elegí serlo.
–No lo entiendo. ¿Y qué significa eso?
–Hace tiempo que abandonaste. Hace tiempo que tus ambiciones murieron. Hace tiempo que no sueñas. ¿Es eso cierto?

Alexander se mantuvo en silencio.

–No hace falta que digas nada. Ya lo sabes. Haces culpable a los demás de tus fracasos, cada día entras en una espiral de derrota más profunda y te niegas a aceptar que los errores de tu vida hayan sido provocados por ti en gran medida.
–Dudo que tú seas capaz de juzgar cuáles son los errores de mi vida, ¿no crees?
–No sé si soy capaz o no soy capaz. Nosotros, los lobos blancos, incitamos a aquellos perdidos como tú a venir aquí, a esta sala de espejos. La influencia que podemos provocaros desde aquí es muy escasa. Se necesitan muchos años para que al final decidáis venir aquí. Por eso llevo tanto tiempo esperándote.
–¿Y qué quieres de mí?
–Quiero que dejes tus penas y tus quejas y vuelvas a comenzar… Uniéndote a nosotros.

Alexander volvió a mirarlo a los ojos con aire dubitativo.

–¿Unirme a vosotros?
–En efecto.
–¿Sois muchos?
–Los necesarios.
–Necesito saber qué implicaría unirme a vosotros.
–Si te unes a nuestra hermandad tendrás un nuevo comienzo entre nosotros. Ayudarás a gente como tú que vaga sin rumbo por el mundo.
–Gente como yo…

El lobo blanco volvió a esgrimir aquella sonrisa enigmática.

–Exacto, como tú. Si aceptas. No voy a obligarte. Estás en tu derecho de dar la vuelta y marcharte.

Alexander paseó por la habitación observando aquellos espejos de su vida.

–Mi vida en el futuro… ¿Sería la que estoy viendo en algunos de estos espejos?
–Solo si te marchas. Si te unes a la hermandad, no tendrás un futuro como humano… Del todo. Las visiones de estos espejos no se harán realidad. A partir de ahí, tú mismo forjarás tu futuro.
–¿Qué ocurre si me marcho después de ver los espejos? ¿No se supone que una vez que veo el futuro puedo cambiarlo?
–Eso no funciona así, Alexander.
–Me estás hablando del destino.
–Si quieres usar esa palabra… Los humanos tenéis esa necesidad de etiquetarlo todo.
–No creo en el destino.
–Eso escapa bajo mi control. Yo no controlo los espejos ni las escenas que se muestran en él.
–¿Y quién lo hace?
–No lo sé. Algunos lo saben. Yo no, ni quiero saberlo. No es mi trabajo.

Alexander paseó varios minutos por la sala mientras pensaba en su próxima decisión.

–¿Qué ocurrirá si acepto?
–Te unirás a la hermandad. Gozarás de nuestros poderes. Ayudarás a los errantes.
–¿Y ya está?
–No puedo contarte más. Lo verás cuando entres. Pero recuerda, no hay vuelta atrás. Dejarás de ser todo lo que eras. Olvidarás tu pasado. Olvidarás a aquellos con quien alguna vez has hablado. Lo dejarás todo. Renacerás en un lobo blanco. No podemos esperar más tiempo. ¿Cuál es tu elección, Alexander?

Mucho tiempo después…

Un hombre seguía a aquel misterioso animal por la costa. La luz de la luna dejaba entrever su hermoso pelaje blanco. Le suplicaba entre jadeos que aguardase, exigiendo respuestas. La nota que había encontrado hacía pocos minutos le animaba a seguir al animal, que parecía escabullírsele a cada paso que daba. El hombre se preguntaba el por qué de la nota y el por qué de aquel misterioso lugar que tanto le atraía. Cuando quiso darse cuenta, el camino de la costa terminaba en un pequeño y ruinoso castillo en medio del bosque. El lobo blanco había desaparecido entre las ramas, pero pudo encontrar una figura humana paseando en el vestíbulo de aquel enigmático edificio. La figura finalmente se dio la vuelta y el hombre pudo ver su sincera pero misteriosa sonrisa, reflejada en varios de los espejos de aquella sala. Las primeras palabras de aquel ser retumbaron en la estancia con una voz grave y hermosa.

–Bienvenido. Mi nombre es Alexander.

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El lobo blanco (parte 1)

Nada más detenerse el tren, bajé por la pequeña escalera hasta que mis botas hicieron contacto con el frío suelo de la estación. No sé si alguien más viajaba en alguno de los vagones. Lo único que sabía es que esa parada solitaria me llamaba por algún motivo. Anduve varios pasos hasta cruzar la salida y me encontré en un pequeño pueblo de apariencia abandonado. Ignoraba si los ruidos que oía de fondo eran personas. Las casas estaban cubiertas de nieve y la mitad de las farolas de la calle no irradiaban luz alguna. No parecía haber ninguna actividad reciente ¿Qué era aquel lugar? ¿Por qué lo había dejado todo para ir hasta allí? Un sentimiento ajeno a la razón me invadió hace tiempo, una necesidad, una corazonada. No sabría cómo llamarlo. Lo único que sabía es que llegó un momento en el que el deseo eclipsó toda razón y me llevó hasta allí. A pesar de mi largo abrigo, guantes, bufanda y mis inseparables botas, me sentía completamente desnudo. Pensé y medité. Al final, pude percatar que unos ojos brillantes y salvajes me miraban desde el final de la calle.

Eran los ojos de un lobo, con una mirada penetrante aunque calmada. No vi agresividad en sus ojos, sino compasión. Aquella criatura provocaba en mí una extraña calma que me animaba a seguir andando por aquella calle. Intenté seguirlo conforme mi abrigo ondeaba entre el viento y los pequeños copos de nieve que arrastraba consigo. El temporal aumentó su fuerza y apenas me mantenía en pie. El lobo parecía totalmente ajeno a las condiciones del invierno y seguía mirándome sin apartar la mirada. Intenté acercarme a él, pero cuando llegué al final de la calle dio la vuelta y desapareció rápidamente por la esquina, perdiéndose entre las casas abandonadas y la nieve. El viento cesó en su empeño de llevarme consigo y por fin pude llegar al lugar donde había estado la criatura. Mi sorpresa fue mayúscula cuando pude reparar en un objeto que parecía ser un pequeño y viejo pergamino que sobresalía tímidamente entre la nieve, desafiando con su amarillento color el blanco y negro del lugar. Así que me agaché y lo cogí, sin saber si verdaderamente quería leer su contenido. Tenía miedo.

Necesitaba sentir el tacto del pergamino. Así que me quité los guantes y sentí el arrugado papel en la llama de mis dedos. Lo que más me extrañó era que el papel parecía tan caliente como mi propio cuerpo. ¿Cómo era posible? Ni siquiera dejándolo de nuevo en la nieve parecía enfriarse. Tardé varios segundos en reaccionar. Intentaba buscar la explicación lógica a todo ello y parecía que cuanto más lo pensaba, más incógnitas me creaba. Así que dejé de pensar y me dejé llevar. Desenrollé con cuidado el pergamino todo lo que pude, intentando no romperlo. La letra parecía escrita por alguien que amaba la escritura. Aquella bella caligrafía me dejó sorprendido, porque incluso las imperfecciones de la tinta parecían realizadas para adornar la belleza del conjunto. El pergamino decía así:

«Por fin estás aquí. Te he estado esperando mucho tiempo. Tú no lo sabes, pero llevo años imaginando este momento. Sigue al lobo blanco».

Leí de nuevo la nota intentando encontrar palabras nuevas en las frases que había leído previamente, intentando asimilar lo que decía. Volví a enrollar el pergamino, me puse los guantes y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo. El frío comenzaba a hacerse más partícipe aún, así que decidí moverme hacia la calle por la cual el lobo había desaparecido dejando un rastro de huellas en la nieve.

Seguí las pisadas a través de un pueblo que parecía no tener fin, sin poder observar movimiento humano. Lo único que se movía entre la nieve y la niebla, eran pequeños animales e insectos que correteaban alegremente, totalmente ajenos a mi presencia. Los edificios estaban destartalados y las fábricas parecían haber sido abandonadas hacía ya mucho tiempo. Las huellas del lobo eran extrañas, era como si la nieve no se atreviera a volver a posarse sobre ellas.

Llegué a una calle más ancha que el resto, todas confluían allí. Una gran escalera de piedra comenzaba a extenderse sin fin. ¿Dónde estaba el ser que había escrito ese pergamino? ¿Por qué me esperaba a mí? Yo no era más que una persona como otra cualquiera, con sus propias ambiciones y preocupaciones. Nunca imaginé que alguien pudiera llevar tanto tiempo esperándome. ¿Y por qué? Las huellas seguían escaleras arriba y yo las seguí. Anduve subiendo durante muchos minutos hasta que el pueblo que debía ver desde las alturas comenzaba a desaparecer entre la ventisca y la niebla. Mi campo de visión se reducía. Cuando llegué al último peldaño, las huellas del lobo desaparecieron. Unas huellas humanas continuaban el camino hacia un castillo oculto entre la niebla. ¿Serían las de aquel enigmático ser?

La niebla no me dejaba ver gran cosa, pero ahí estaba. La gran puerta de piedra del castillo custodiada por el tan escurridizo lobo blanco. Me miraba con esos ojos inexpresivos. Temía que en cualquier momento su expresión corporal cambiase totalmente y se abalanzase sobre mí, pero ahí permaneció, con la lengua fuera y las orejas caídas. Dado que la niebla ya cubría del todo las escaleras y era muy peligroso volver por ellas, decidí que no tenía nada que perder. Me acerqué con cautela mientras mis botas resonaban entre el leve ruido del viento de aquellas alturas. Me detuve a un par de metros del lobo e intenté no mantener demasiado contacto visual. No quería despertar instintos agresivos en el animal. Dio la vuelta y se alejó varios metros para dejar que me acercara a la entrada. Tanteé con la mano la pesada puerta de piedra y empujé con suavidad para ver si se movía. Nada. Estaba cerrada a cal y canto.

—¿Y ahora qué? —me dije.

Una pisada.
Paré todo movimiento de mi cuerpo e intenté escuchar entre el viento.
Otra pisada. Y otra más.

No cabía duda. Había alguien dentro del castillo y se acercaba a la puerta. Las bisagras de la puerta emitieron un quejido chirriante. Segundos después, el gran pomo que simulaba la cara de un lobo comenzó a moverse. Cuando la puerta por fin se abrió fue como si la temperatura cambiase mágicamente y el frío que me estaba helando los huesos se desvaneciera para dejar paso a un ambiente más cerrado. El caliente y cargado aire me golpeó la cara y sentí por primera vez desde que cogí el tren que llevaba demasiadas capas de ropa. La oscuridad del interior se disimuló con la nieve que traía consigo el furioso viento. Sentía dolor en los ojos. El súbito cambio hizo que la incómoda sensación se calmara un poco. Di varios pasos para entrar en el castillo mientras perdía de vista al lobo blanco por el rabillo del ojo. Puse mi mano con cuidado delante de mí mientras atravesaba la puerta, por miedo a encontrarme con algún peligro que no sabría definir. De repente, oí un portazo tremendo y la puerta se cerró. Allí se encontraba el lobo blanco. No le había visto siquiera entrar, pero allí estaba. Seguía mirándome con aquellos ojos inexpresivos. Cuando mi cuerpo se fue calentando, fui quitándome el abrigo y alguna capa de ropa más intentando no llamar demasiado la atención del animal. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y empecé a fijarme en el salón que me rodeaba. No era del todo modesto, pero tampoco era el enorme castillo que contaban en los cuentos cuando eras niño. Una escalera subía a un segundo piso y había varias estanterías con libros iluminadas pobremente por unos viejos candelabros. La arquitectura parecía bastante antigua y los muebles muy viejos. El lobo blanco corrió hacia la puerta de mi derecha y se movió inquietamente a su lado, como aguardando algo con inquietud. Esta vez no hizo falta esperar nada. Se abrió por si sola y el lobo entró. Fue al acercarme y observar el interior de la habitación cuando reconocí algo al instante.

Continúa en la segunda parte…

Buck

Buck sostuvo la mirada a su dueño. Él ya conocía todos los trucos que necesitaba para salir a pasear, aunque el hombre lo imaginase. No importaba, le gustaba poner su mirada tierna, igual que había hecho desde que era un cachorro.

Buck llegó a casa de Francis por casualidad. Separado de sus pequeños hermanos, anduvo entre los árboles y las pequeñas calles del pueblo hasta que llegó a la casa del final de la calle. Un delicioso olor a comida hizo que se quedara en su jardín, a la espera de poder probar un bocado. Cuando Francis salió para tirar un pequeño trozo que había sobrado de la cena, vio un par de ojos llorosos de cachorro que lo miraban desde el contenedor de basura. El hombre se quedó mirando al animal, que le devolvió aquella mirada tierna que le acompañaría después. Apenado, le dejo el trozo de comida en el asfalto de la calle. No le convencían mucho los perros y jamás había pensado en tener uno, pero nunca le había gustado tirar la comida a la basura y mucho menos bajo aquella mirada.

Desde aquel momento, Buck se acercaba cada noche a casa de Francis y recibía un bocado cada vez más grande. Al principio, el anciano no prestaba atención a los ladridos de cachorro, pero poco a poco fue dejando un poco de comida intencionadamente para dárselo al pequeño. Ya no se escondía tanto y sus pequeñas patas rascaban la madera de la puerta principal.

–¡Vamos! ¡No arañes la puerta, chucho! Te daré comida, pero deja de molestar.

Buck dejó de arañar la puerta cuando vio la comida. Sabía que las palabras del humano pretendían ser amargas y ofensivas, pero su tono revelaba otra cosa. Comió su porción de comida como cada noche y cuando acabó, se quedó mirando a Francis.

–¿Quieres más? ¿Es que tú no te llenas nunca, pulgoso?

Buck ladeó su pequeña cabeza, intentando entender lo que quería decir. De nuevo, su tono no revelaba un enfado real así que mantuvo su acostumbrada mirada. El hombre resopló con la mirada fija en la calle opuesta.

–Vale… Tú ganas. Entra a casa, pero solo te quedarás esta noche. Creo que puedo darte algún hueso o algo así. ¡Pero no te acostumbres!

Buck entró a casa de Francis y empezó a olisquear y corretear por todas las habitaciones. El anciano comenzaba a ponerse nervioso y a perseguir a la criatura por todos los rincones.

–¡Oye! ¡No! ¡Deja eso! ¡Vas a mancharme toda la casa!

Conforme pasaban las semanas, las visitas de Francis preguntaban por su perro. Él, con el humor avinagrado de siempre, respondía:

–¿Este perro? Tengo que deshacerme de él. No hace más que morderlo todo.
–¿Te gusta, verdad?
–¿Cómo me va a gustar? Es peludo, baboso y…
–Y no puedes evitar quererlo.
–¡Yo no he dicho eso!

Buck creció y creció. Pasaron dos años y Francis tuvo que cambiar su avinagrado discurso. Ya nadie creía la versión del anciano, que afirmaba no seguir queriendo que el perro se quedase en su casa. Todo el mundo sabía que eran inseparables, por mucho que aquel cabezota refunfuñase para sus adentros.

Un día, Francis recibió una oferta de trabajo. Su prestación por desempleo ya no le daba para pagar su casa y llegar a fin de mes, así que tenía que marcharse hacia la costa oeste. No le quedaba mucho para jubilarse, pero tendría que trabajar y ahorrar un poco más para entonces. La única pega es que Buck no podría ir con él; los apartamentos proporcionados por la empresa no admitían animales. Mientras Francis pensaba sobre el asunto con una copa de whisky en la mano, el perro se subió al sofá y comenzó a gruñir de manera juguetona.

–Ahora no, Buck.

El perro ladró.

–¡He dicho que ahora no!

La cara de Buck cambió por completo. Esta vez intuía que algo no funcionaba, así que se echó junto a él en el sofá con un pequeño gruñido y se relajó. Sabía que algo iba a pasar, pero desconocía el qué.

Al día siguiente, Buck observaba a su dueño coger objetos, meterlos en cajas y moverlo todo. No entendía qué hacía porque jamás había hecho algo como aquello. ¿Entraría él dentro de sus planes? La casa estaba más vacía y oscura que nunca, aquel aparato que emitía luz y ruido ya no estaba y el sofá estaba cubierto por una sábana.

Francis había recuperado su humor avinagrado de siempre. Un camión de mudanzas ya se había llevado todo lo que le importaba en aquella casa y Buck era el único cabo suelto. Mientras el taxi que había llamado cargaba su última maleta, el animal lo miró con su mirada tierna de siempre. El anciano lo miró y le dijo algo que no entendió, pero captó su tono triste y desesperanzado. Se metió al coche así que Buck también lo intentó pero la puerta se cerró en sus narices y el coche arrancó. El perro comenzó a ladrar hasta que el coche se perdió de vista.

Los ladridos eran cada vez menos audibles dentro del taxi, así que Francis intentó relajarse y olvidarse del perro al que nunca había imaginado que amaría. Intentó dormir un poco pero no pudo. Después de un bache que el taxista no quiso esquivar, observó el cartel de salida de la ciudad.

–Pare.

Una hora después, el taxi volvió a aparecer por la calle. Buck seguía sentado en el mismo sitio en el que Francis le ofreció comida por primera vez. Con sus ojos llorosos, con su mirada tierna.

Hogar

El humo de la cena ascendía hasta el cielo. El pequeño e improvisado jardín de la casa sería la cocina aquella noche. El aroma de la comida haciéndose hizo que la mujer saliera de la casa construida por escombros de metal, con un libro en la mano y sus gafas rayadas en la otra.

–¿Otra vez leyendo ese libro? ¿Es que no te cansas de él? –le dijo el hombre mientras removía el caldo de la cena.
–Solo es la cuarta vez que me leo éste. Además, ¿hace cuánto que no lees?
–Hace… –intentó responder él mientras su mirada se perdía entre pensamientos.
–Te pillé.

Ella se sentó en la silla de delante. Aspiró el aroma con una mueca placentera, volvió a abrir el libro y se puso sus gafas rayadas.

–¿Y bien? –dijo él.
–¿Y bien qué?
–He visto tu cara. Te gusta.
–Bueno… Es un comienzo. No tengo esperanzas en que sepas cocinar del todo la carne de depredador pero…
–Estará bueno y lo sabes.

Ella sonrió con rabia juguetona, sabía que la mueca la había delatado. Poco después, el hombre sirvió la carne con especias de la montaña. Esta vez se sentaron en un asiento de metal improvisado y se apoyaron el uno en el otro. Contemplaron las estrellas, que esta noche brillaban con una luz desacostumbrada.

–He estado pensando… ¿Y si nunca vienen a por nosotros? –dijo ella.
–Vendrán, sé que vendrán.
–¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que la señal se transmitió correctamente antes de estrellarnos? ¿Cómo sabes que conocen este mundo y que…?

Él puso un dedo en sus labios y ella entendió lo que él quería transmitirle: no tiene sentido preocuparse por algo que no puedes controlar. La mujer, embarazada de 6 meses, tenía en su vientre al primer humano que nacería en ese planeta ignorado. Ambos se quedaron mirando a las estrellas intentando discernir cuál de ellas sería el Sol, un insignificante punto luminoso entre un mar de millones de estrellas. El hogar.

–Comamos, se enfría la cena.

La taberna

Improvisado cobijo,
hogareño calor.

Jugosa comida,
caprichosa bebida.

Ancestrales canciones,
historias interminables.

La noche se detiene,
descansan las espadas,
cesa el camino,
hasta el amanecer siguiente.

Tambores,
la guerra se acerca.

Campanas,
las puertas se cierran.

Trueno,
el trueno se acerca.

La taberna no se inmuta,
siguen los cánticos,
continúan los cuentos,
el hidromiel no acaba.

La entrada se ha cerrado,
de ella el mundo se ha olvidado.