El lobo blanco (parte 1)

Nada más detenerse el tren, bajé por la pequeña escalera hasta que mis botas hicieron contacto con el frío suelo de la estación. No sé si alguien más viajaba en alguno de los vagones. Lo único que sabía es que esa parada solitaria me llamaba por algún motivo. Anduve varios pasos hasta cruzar la salida y me encontré en un pequeño pueblo de apariencia abandonado. Ignoraba si los ruidos que oía de fondo eran personas. Las casas estaban cubiertas de nieve y la mitad de las farolas de la calle no irradiaban luz alguna. No parecía haber ninguna actividad reciente ¿Qué era aquel lugar? ¿Por qué lo había dejado todo para ir hasta allí? Un sentimiento ajeno a la razón me invadió hace tiempo, una necesidad, una corazonada. No sabría cómo llamarlo. Lo único que sabía es que llegó un momento en el que el deseo eclipsó toda razón y me llevó hasta allí. A pesar de mi largo abrigo, guantes, bufanda y mis inseparables botas, me sentía completamente desnudo. Pensé y medité. Al final, pude percatar que unos ojos brillantes y salvajes me miraban desde el final de la calle.

Eran los ojos de un lobo, con una mirada penetrante aunque calmada. No vi agresividad en sus ojos, sino compasión. Aquella criatura provocaba en mí una extraña calma que me animaba a seguir andando por aquella calle. Intenté seguirlo conforme mi abrigo ondeaba entre el viento y los pequeños copos de nieve que arrastraba consigo. El temporal aumentó su fuerza y apenas me mantenía en pie. El lobo parecía totalmente ajeno a las condiciones del invierno y seguía mirándome sin apartar la mirada. Intenté acercarme a él, pero cuando llegué al final de la calle dio la vuelta y desapareció rápidamente por la esquina, perdiéndose entre las casas abandonadas y la nieve. El viento cesó en su empeño de llevarme consigo y por fin pude llegar al lugar donde había estado la criatura. Mi sorpresa fue mayúscula cuando pude reparar en un objeto que parecía ser un pequeño y viejo pergamino que sobresalía tímidamente entre la nieve, desafiando con su amarillento color el blanco y negro del lugar. Así que me agaché y lo cogí, sin saber si verdaderamente quería leer su contenido. Tenía miedo.

Necesitaba sentir el tacto del pergamino. Así que me quité los guantes y sentí el arrugado papel en la llama de mis dedos. Lo que más me extrañó era que el papel parecía tan caliente como mi propio cuerpo. ¿Cómo era posible? Ni siquiera dejándolo de nuevo en la nieve parecía enfriarse. Tardé varios segundos en reaccionar. Intentaba buscar la explicación lógica a todo ello y parecía que cuanto más lo pensaba, más incógnitas me creaba. Así que dejé de pensar y me dejé llevar. Desenrollé con cuidado el pergamino todo lo que pude, intentando no romperlo. La letra parecía escrita por alguien que amaba la escritura. Aquella bella caligrafía me dejó sorprendido, porque incluso las imperfecciones de la tinta parecían realizadas para adornar la belleza del conjunto. El pergamino decía así:

«Por fin estás aquí. Te he estado esperando mucho tiempo. Tú no lo sabes, pero llevo años imaginando este momento. Sigue al lobo blanco».

Leí de nuevo la nota intentando encontrar palabras nuevas en las frases que había leído previamente, intentando asimilar lo que decía. Volví a enrollar el pergamino, me puse los guantes y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo. El frío comenzaba a hacerse más partícipe aún, así que decidí moverme hacia la calle por la cual el lobo había desaparecido dejando un rastro de huellas en la nieve.

Seguí las pisadas a través de un pueblo que parecía no tener fin, sin poder observar movimiento humano. Lo único que se movía entre la nieve y la niebla, eran pequeños animales e insectos que correteaban alegremente, totalmente ajenos a mi presencia. Los edificios estaban destartalados y las fábricas parecían haber sido abandonadas hacía ya mucho tiempo. Las huellas del lobo eran extrañas, era como si la nieve no se atreviera a volver a posarse sobre ellas.

Llegué a una calle más ancha que el resto, todas confluían allí. Una gran escalera de piedra comenzaba a extenderse sin fin. ¿Dónde estaba el ser que había escrito ese pergamino? ¿Por qué me esperaba a mí? Yo no era más que una persona como otra cualquiera, con sus propias ambiciones y preocupaciones. Nunca imaginé que alguien pudiera llevar tanto tiempo esperándome. ¿Y por qué? Las huellas seguían escaleras arriba y yo las seguí. Anduve subiendo durante muchos minutos hasta que el pueblo que debía ver desde las alturas comenzaba a desaparecer entre la ventisca y la niebla. Mi campo de visión se reducía. Cuando llegué al último peldaño, las huellas del lobo desaparecieron. Unas huellas humanas continuaban el camino hacia un castillo oculto entre la niebla. ¿Serían las de aquel enigmático ser?

La niebla no me dejaba ver gran cosa, pero ahí estaba. La gran puerta de piedra del castillo custodiada por el tan escurridizo lobo blanco. Me miraba con esos ojos inexpresivos. Temía que en cualquier momento su expresión corporal cambiase totalmente y se abalanzase sobre mí, pero ahí permaneció, con la lengua fuera y las orejas caídas. Dado que la niebla ya cubría del todo las escaleras y era muy peligroso volver por ellas, decidí que no tenía nada que perder. Me acerqué con cautela mientras mis botas resonaban entre el leve ruido del viento de aquellas alturas. Me detuve a un par de metros del lobo e intenté no mantener demasiado contacto visual. No quería despertar instintos agresivos en el animal. Dio la vuelta y se alejó varios metros para dejar que me acercara a la entrada. Tanteé con la mano la pesada puerta de piedra y empujé con suavidad para ver si se movía. Nada. Estaba cerrada a cal y canto.

—¿Y ahora qué? —me dije.

Una pisada.
Paré todo movimiento de mi cuerpo e intenté escuchar entre el viento.
Otra pisada. Y otra más.

No cabía duda. Había alguien dentro del castillo y se acercaba a la puerta. Las bisagras de la puerta emitieron un quejido chirriante. Segundos después, el gran pomo que simulaba la cara de un lobo comenzó a moverse. Cuando la puerta por fin se abrió fue como si la temperatura cambiase mágicamente y el frío que me estaba helando los huesos se desvaneciera para dejar paso a un ambiente más cerrado. El caliente y cargado aire me golpeó la cara y sentí por primera vez desde que cogí el tren que llevaba demasiadas capas de ropa. La oscuridad del interior se disimuló con la nieve que traía consigo el furioso viento. Sentía dolor en los ojos. El súbito cambio hizo que la incómoda sensación se calmara un poco. Di varios pasos para entrar en el castillo mientras perdía de vista al lobo blanco por el rabillo del ojo. Puse mi mano con cuidado delante de mí mientras atravesaba la puerta, por miedo a encontrarme con algún peligro que no sabría definir. De repente, oí un portazo tremendo y la puerta se cerró. Allí se encontraba el lobo blanco. No le había visto siquiera entrar, pero allí estaba. Seguía mirándome con aquellos ojos inexpresivos. Cuando mi cuerpo se fue calentando, fui quitándome el abrigo y alguna capa de ropa más intentando no llamar demasiado la atención del animal. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y empecé a fijarme en el salón que me rodeaba. No era del todo modesto, pero tampoco era el enorme castillo que contaban en los cuentos cuando eras niño. Una escalera subía a un segundo piso y había varias estanterías con libros iluminadas pobremente por unos viejos candelabros. La arquitectura parecía bastante antigua y los muebles muy viejos. El lobo blanco corrió hacia la puerta de mi derecha y se movió inquietamente a su lado, como aguardando algo con inquietud. Esta vez no hizo falta esperar nada. Se abrió por si sola y el lobo entró. Fue al acercarme y observar el interior de la habitación cuando reconocí algo al instante.

Continúa en la segunda parte…

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