Hegalia

La noche que las grandes naves del Enemigo se posaron sobre la atmósfera de su planeta natal, el pánico cundió por las calles, las ciudades ardían, los saqueos no dejaban un solo comercio en pie y miles de familias veían como sus lazos tan fuertemente arraigados desaparecían tras el humo. Los atacantes tenían por fama no haberse retirado de ningún asedio y de someter incontables mundos a su dominio.

Así vio Aewel la caída de su hogar. Piloto de la reserva, siempre mediocre en las pruebas y entrenada por el ejército como último recurso debido a la escasez del presupuesto, jamás pensó que tendría que recurrir a tales conocimientos para ponerlos en práctica. Una vez el sol del amanecer fue sepultado bajo millones de toneladas de los grandes cruceros de guerra, los ejércitos de Hegalia plantaron cara por última vez al gran Enemigo, comúnmente llamado así por las costumbres adquiridas durante generaciones. La inteligencia artificial de muchos de los escuadrones permitían a los vehículos aéreos y de defensa batallar con aquellas moles de diferentes aleaciones (que incluso los hegalianos desconocían) sin ningún tipo de control humano. Otros escuadrones con maquinaria más obsoleta no tuvieron tanta suerte y fue preciso una llamada a filas casi bajo obligación. Una vez los ancianos padres de Aewel vieron como los soldados hegalianos se la llevaban por la puerta de casa, supieron que sería la última vez que verían su rostro. Los escudos de fase que protegían las ciudades no aguantarían más de un par de días.

El plácido sueño de los habitantes desapareció. Los bombardeos y armas de ambos ejércitos convertían la noche en día, y no había una sola hora que algún interceptor enemigo cayese sobre algún barrio de la capital. En la última noche del planeta, los desesperados líderes hegalianos crearon un escuadrón cargado de armas de destrucción de enorme potencial que lanzaron contra varios de los cruceros de guerra. La contaminación y la liberación de energía provocada por aquellas armas provocó la inestabilidad de los escudos de las ciudades que afectaron más a los propios hegalianos que al invasor. Observaron con incredulidad cómo los cruceros aún seguían sin un rasguño y cómo las ciudades caían una tras otra en una sinfonía de autodestrucción sin posibilidad de vuelta atrás.

Aewel fue la única que vio la verdad. Al fallar la detonación de su arma, se dirigió hacia el cielo, atravesando la atmósfera del planeta mientras las nubes desaparecían a su lado a una velocidad vertiginosa. Ni siquiera en ese momento supo cuál era su propósito: rendirse, impactar contra un crucero o intentar escapar de algún modo a otro continente en asedio.

Una vez en la oscuridad del espacio, los cruceros de guerra desaparecieron como por arte de magia dejando a la vista una ínfima parte de la flota que mandaba señales de luz hacia el planeta. Fue una trampa. Los colosales cruceros de guerra que se vislumbraban desde las ciudades no eran más que proyecciones holográficas y la táctica del Enemigo funcionó. Y ellos lo sabían. Sabían que en su desesperación, las gentes de aquel lugar usarían armas que acabarían impactando colateralmente contra su propia gente, con el único fin de intentar mantener su orgullo y hacer el máximo daño posible al invasor. Aewel observó y comprendió la astucia del enemigo. Habían conseguido lo que ningún otro ejército de aquel sector había hecho: exterminar Hegalia bajo el uso del engaño. El planeta quedó convertido en un páramo radiactivo y una cultura entera desapareció de la noche a la mañana.

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