Conocimiento

Viento y niebla que apenas otorgaba visión a varios pasos. Por fin llegó a la puerta de madera, que tantéo con los ojos cerrados por el frío aire que entraba en ellos. Al abrir la puerta encontró al ermitaño, quien estaba leyendo un gran y viejo tomo lleno de polvo.

–¡Oh! ¡Un visitante! –dijo con una amable sonrisa.

El visitante se quitó su abrigo y lo colgó sobre una percha cercana. Saludó y no apartó la vista del ermitaño en ningún momento. Él le dijo:

–Ven conmigo. Aquí tienes el mundo a tu disposición.

El visitante siguió al ermitaño, que caminaba encorvado y con una lentitud casi irritante. El ermitaño se dio cuenta de la exasperación de su visita.

–Tienes que tener más paciencia, hombre. Aquí dentro el tiempo se detiene, incluso yo diría que viaja atrás en el tiempo, ya sabes, muchos libros de acontecimientos pasados y muchos libros con sueños de futuro.

Llegaron a una gran sala circular llena de libros que se perdían hacia un techo que la vista apenas llegaba a discernir.

–Aquí tienes, visitante. Tómate tu tiempo, estos libros son tan tuyos como míos. El conocimiento pertenece a todos, ¿no crees?
–Supongo.
–Estaré en la entrada leyendo. Si necesitas algún tomo en especial, solo tienes que decírmelo.
–A decir verdad…

El visitante anduvo varios pasos mientras tocaba cubiertas de libros viejas y ásperas, ubicados en docenas de estanterías de la sala. Cuando terminó, sacudió levemente sus dedos llenos de polvo.

–¿Has leído todos estos libros? –dijo el visitante.
–En efecto, todos y cada uno de ellos. Conozco las civilizaciones de nuestro pasado, conozco sus herramientas, su historia, sus celebridades, sus sueños.
–¿Y qué has aprendido?
–Que la raza humana es capaz de cosas tan horribles como maravillosas.
–¿Y cómo lo sabes?

El ermitaño abrió un poco más sus ojos, hasta que el visitante pudo por fin articular una frase mirando sus pupilas.

–¿Cómo sabes de lo que somos capaces?
–Todos estos libros contienen la verdad.
–También contienen la mentira, viejo.
–¿Cómo dices?
–¿Qué es un libro, más que los pensamientos e ideas de sus autores?
–Es un medio de conocimiento.
–¿Y quién dice que ese conocimiento sea verdadero, viejo? ¿Quién decide quién tiene que saberlo y quién no? ¿Dónde está el poder?

El ermitaño parecía confundido por primera vez. El visitante siguió hablando:

–Para haber leído tanto, no pareces muy perspicaz. Te has convertido en un saco de huesos con muchos datos en la cabeza y una muy escasa intuición.

Se oyeron varios pasos amortiguados en la entrada que iban haciéndose cada vez más claros. Dos hombres encapuchados aparecieron detrás del ermitaño. Éste, se dio la vuelta y les dijo:

–No recuerdo haberles invitado a mi casa.

Sin previo aviso, un largo cuchillo atravesó su corazón. El visitante lo extrajo de su cuerpo y dejó que el hombre se desangrara en el suelo.

–Este es el conocimiento que te ofrezco yo ahora, viejo. A partir de este momento, yo decido lo que la gente quiere saber. El poder del conocimiento y el conocimiento del poder.

Tiró el cuchillo junto al cadáver del ermitaño.

–Quemadlo todo.

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