Idealista

Seguí conduciendo por aquella carretera mal asfaltada mientras mi coche daba un tumbo tras otro. Un bache me cogió por sorpresa y una de las ruedas acabó incrustada en un agujero que nadie se había dignado a arreglar todos esos años. Enfurruñado, me bajé del coche y observé el paisaje ante mí. Las únicas luces que llegaban a la carretera provenían de las industrias contaminantes que expulsaban toda la suciedad al aire. Un pequeño y mugriento río me separaba de tan necesaria actividad económica. El resto del destrozado camino era un completo misterio.

Y sin embargo, allí estaba de nuevo, visitando la ciudad en la que había crecido. ¿Siempre fue así? Me cuesta creer que esta ciudad de mala muerte me provocase tanta añoranza cuando pude escapar de sus garras. Quizás mi joven yo tenía la capacidad de ignorar todos estos detalles negativos que sabía que no podía cambiar, o siendo idealistas, creía que algún día tendría algún puesto importante que le permitiese hacer la vida mejor a los vecinos. ¿El bache de la carretera? Recuerdo que mi primer coche acabó destrozado a los dos años por el mal estado de las carreteras. Y me lo tomé con humor. ¿El paisaje? A mi joven yo no le importó cuando la industria creó empleos contaminantes en la ciudad. Y me lo tomé con humor. ¿El mugriento río? Un daño colateral. Y sí, me lo tomé con humor.

Me he convertido en lo que no quise convertirme. El idealismo ha desaparecido por completo y ahora la vida me parece demasiado ajetreada como para luchar. He decidido no soñar y escapar a otro lugar donde pueda respirar un aire más puro, donde no falte iluminación, donde las carreteras estén bien asfaltadas y donde el agua sea cristalina. Aún me queda esperanza como para pensar que un joven idealista como yo llegará a este agujero y pinchará una rueda. Después de eso, se lo tomará con humor y se consolará sabiendo que aquello se arreglará de alguna manera en un futuro. Lo que no sabrá es que seguramente se convierta en un hombre ajetreado como yo, preso de la rutina y del camino correcto a seguir en la vida, esclavo de la corriente de opinión mayoritaria y de la ideología del sentido común único. Todo aquel idealismo se pudrirá junto con la suciedad que lleva el río. Y la esperanza volverá a surgir. Alguien más arreglará este desastre mientras yo me siento en el sofá a ver cómo ocurre.

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