Autopista

Destellos fugaces
pasan a toda velocidad
atravesando la noche,
escapando del sol,
deteniendo el tiempo.

Luces artificiales
en una autopista que no acaba,
carreteras asfaltadas
atravesando sin pausa
una ciudad que no duerme.

Como una criatura invisible,
como una promesa irrompible,
la noche se apodera de la ciudad
y yo cabalgo sobre ella.

El silencio es una mentira
y la calma es engañosa.

Acelero sin rumbo,
mi coche ruge
y me dejo llevar.

La autopista
es la arteria de la noche.
El atardecer nunca existió
y el amanecer jamás llegará.

Mis instintos despiertan.
Nunca pude verte
bajo la luz del sol,
pero ahora te veo
porque tú y yo
somos la ciudad,
somos la noche.

En silencio

Un lugar olvidado por la música,
sin notas,
sin canciones,
sin bandas.

Melodías de viento,
canciones de arena,
orquestas de agua,
generaciones en silencio.

Un vacío inexplicable,
falta de tempo,
silencio de día,
silencio de noche.

La música había muerto,
nadie la conocía
pero todo el mundo
en falta la echaba.

La escalera

El edificio parecía más pequeño por fuera. Nada más abrir la puerta, no encontré otra cosa que una gran escalera ascendiendo hasta un techo al que la vista no llegaba. Subí las escaleras sin pausa. Cada peldaño que tomaba se traducía en una meta de mi vida. Algo me decía que podía detenerme en uno de esos peldaños a saborear cada uno de esos momentos, pero me negaba. Quería más, era adictivo. Más metas a cumplir, más objetivos. Mis pies no paraban, ascendían por la escalera cada vez más rápido y yo intentaba encontrar el peldaño definitivo en el cual estaría completamente satisfecho. Aquel peldaño en el que yo tendría el control, en el que no necesitaría más para poder saborear la completa felicidad.

Soy un necio. No importa cuántos peldaños subiera, siempre habría otro más. Siempre habría una razón para la insatisfacción. Ambición, control, felicidad. Debería haber comprendido al abrir la puerta que esta escalera no tiene fin.

Anomalía

Todo ha cambiado.

El sol a medianoche,
las estrellas a mediodía,
sequía en invierno,
nieve en verano.

Odio tu amor,
amo tu odio,
me excita tu incultura,
admiro tu pasividad,
la mentira está en tu verdad
y tu verdad en la mentira.

Las relojes restan tiempo,
el poder es impotente,
el dinero no tiene valor,
las sonrisas destrozan vidas.

Hay luz en tu oscuridad
y oscuridad en tu luz,
porque ahora lo blanco es negro
y lo negro es blanco.

La anomalía se extiende,
avanza sin control,
consume nuestras vidas,
revoluciona nuestro mundo.

Nada ha cambiado.

El muelle

Paz absoluta. Comía mi ración enlatada una noche más bajo la mirada de las estrellas en el pequeño muelle de madera. Hacía tiempo que la plaga había exiliado a todas las gentes de este pequeño pueblo costero. Todas las casas, ya fueran de los pescadores o de los más ricos, habían sido abandonadas hacía mucho tiempo y eso dejaba a mi disposición todos los víveres que podría necesitar durante meses. Llegué al punto de perder la cuenta de cuántas semanas habían transcurrido desde el inicio del exilio, aunque dejé de darle vueltas. El tiempo no tenía mucho sentido en una situación como la mía; no había reuniones que atender, facturas que pagar ni compromisos a los que acudir.

El muelle de madera no era solo un lugar acogedor para cenar y gozar de la paz absoluta, también era un punto estratégico desde donde podía observar la entrada y la salida del pueblo, que cruzaba la misma carretera de una punta a otra. Aquella noche observé a una persona entrando por la carretera a pie. Era la primera persona que veía entrar al pueblo desde que lo llamé mi hogar. Mi cuerpo sufrió un espasmo involuntario al querer levantarme del muelle y gritar, gritar para que aquella persona supiese que no estaba sola. Nadie podría verme desde el pueblo a esas horas de la noche a no ser que encendiese mi linterna para hacer señas, pero detuve mi movimiento al instante. La sombra de aquella persona estuvo indagando casa por casa buscando suministros. Solo esperaba que no se llevara los víveres más valiosos que tenía ocultos en la casa de la colina. Finalmente pude ver que caminaba hacia la salida del pueblo y mi mano volvió a realizar aquel movimiento automático para avisar al desconocido antes de que fuese tarde, pero hice que parara.

Cuando la sombra se fue, abrí una cerveza y la bebí contemplando el mar nocturno con la melodía del agua chocando contra la madera. Sin ruido de coches, sin gritos, sin la estridente televisión hablando a todas horas, sin la artificial vida ajetreada que habíamos creado. No, solo la naturaleza y yo. Había hecho bien.