Retroceder

Los veía cada día. Grupos interminables de personas andando por el camino con paso firme, pero sin demasiada prisa. Avanzando por el camino asfaltado con la cabeza cabizbaja y los sentidos apagados. Nunca pude ver cuál era su destino pero aquellos individuos me suscitaban curiosidad y envidia, a pesar de sus infelices caras. Mientras yo miraba desde mi ventana acompañado de los míos, aquellas mujeres y aquellos hombres me señalaban con el dedo por no moverme.

Un día, salí con ellos y agaché mi cabeza. Ya era parte de la manada. Seguía sin ver el final del camino, el destino de aquel grupo, pero ya era irrelevante. A pesar de haber dejado atrás a los míos, ellos ya no me señalaron nunca más.

Producto

Calles que se cruzan y revuelven,
ciudades que laten sin pausa,
organismos de cemento,
con criaturas sin rostro
reflejándose en escaparates
allá donde la vista alcanza.

Anuncios luminosos,
publicidad totalitaria
que compra el miedo,
importa felicidad,
adquiere el propósito,
define el futuro.

Eres un producto,
una etiqueta,
factura,
un número más
en un enorme cuaderno
que no tiene título.

Estás a la venta
y tú ni siquiera lo sabes.

Propaganda

Una pieza más de un engranaje que no funcionaba. Él ya llevaba años sin producir para el sistema. Parado, inactivo, apartado. Todos los días salía de su apartamento en el centro de la ciudad para tener contacto con la realidad. Mientras bajaba en el ascensor del edificio, escuchaba la radio. Cuando pedía un capuchino en el bar de la esquina, ojeaba las diferentes noticias que la aplicación del móvil había personalizado para él. Al sentarse en el parque a tomar el sol, leía el último número de su revista económica preferida.

Antes de que su mujer llegara de trabajar, volvía al apartamento y encendía la televisión. Le maravillaban todos aquellos números verdes bailando en la pantalla. Cifras económicas optimistas, un futuro brillante para los jóvenes, la última reforma exitosa. Exactamente lo que los medios llevaban diciéndole todo el día. El país iba bien, la economía aún mejor. Pronto volvería a ser aquel engranaje tan necesario para la sociedad.

—¿Ya estás viendo esa porquería? —le decía su mujer al volver del trabajo. Se refería al debate económico televisivo de todas las tardes.
—No es ninguna porquería. Los números son realmente buenos. Seguro que salimos de ésta en muy poco tiempo.

Su mujer estaba cansada de discutir por algo que sin ninguna duda les había hecho un daño enorme, pero él estaba cada vez más sumido en aquella fuente de información. Necesitaba beber del optimismo de las cifras como el aire que respiraba. Necesitaba explicarlo todo con una razón objetiva y desinteresada. Después de un silencio de varios minutos, ella dijo:

—Me han bajado el sueldo.
—Eso seguro que es debido a la flexibilidad temporal que permite…
—¿Escuchas algo de lo que te digo?
—Solo es cuestión de tiempo. Es una reforma necesaria que todos…

Su mujer salió de la sala sin querer oír nada más. La televisión seguía sonando y los expertos opinaban sobre la nueva reforma que iba a traer más flexibilidad al mercado. Era un paso necesario para poder recuperar derechos en un futuro. ¡Tenía tanta lógica! ¡No era posible que todos los expertos se equivocaran! ¿Por qué ella no quería entenderlo? Había que pensar en el bien común.

Meses después, él siguió bajando al mismo parque. En el camino, le pareció ver a más gente pidiendo dinero por la calle y recordaba las plazas algo mejor conservadas, pero creyó que no eran más que ilusiones de un pasado borroso. Hacía varias semanas que su mujer le había dejado. Ahora vivía del poco dinero que sus padres tenían ahorrado puesto que las prestaciones por desempleo habían desaparecido completamente. Gracias a gente como él, la recesión no había provocado una alteración en el orden. ¡Menos mal! Porque todo iba mejor cada día, las cifras seguían en verde y las reformas funcionaban. Abrió el último número de la revista económica y sin dudarlo, se metió su dosis diaria.

La cabaña

Me encontraba leyendo un viejo tomo después de la cena. La cabaña de madera en la que me hospedé aquel fin de semana tenía como inesperada sorpresa muchísimos libros viejos. Descansaban todos sobre un único mueble que parecía más nuevo que el resto de la casa. Nada más llegar aquella noche, dejé mi equipaje y encendí la calefacción. Afuera llovía muchísimo y el frío hizo que mis manos tardasen en responder, así que me preparé algo rápido de cenar y al acabar me aproximé al mueble. Tanteé con mis manos las cubiertas de aquellos libros viejos y polvorientos. Algunos incluso llegaron a estropearse parcialmente con los suaves movimientos de mis manos. Uno de ellos llegó a deshacerse, convirtiéndose en polvo que cayó a la madera del suelo. ¿Cuántos años tendría?

Ya llevaba un par de horas leyendo el viejo tomo de fantasía por el que me decidí, cuando la lluvia paró de repente. Y me refiero a que la lluvia se detuvo al segundo. Las copas de los árboles dejaron de bailar al son del viento y la noche se convirtió en un silencio total. No sabía qué estaba ocurriendo así que dejé el libro en una mesa y miré por la ventana durante varios minutos, sin ninguna respuesta concreta. El viejo libro que estaba leyendo cayó al suelo de imprevisto y me di la vuelta, asustado por el ruido que había provocado. Cuando lo recogí, me sentí confuso y lo volví a introducir en el mueble. Al hacerlo, todo el entorno, la cabaña, el mueble y los árboles desaparecieron en un fugaz vuelo y noté algo extraño en mi cabeza.

Al abrir los ojos, pude observar que estaba en el mismo lugar que el libro describía en las primeras páginas. Los personajes que había conocido fugazmente estaban todos allí, charlando como si fuera uno más. Quedé atrapado en la historia del libro e imaginé que tendría que vivir toda la aventura con ellos hasta el final. Tenía muchas preguntas pero podían esperar.

La lluvia volvió a caer fuertemente y las copas de los árboles volvieron a moverse con un constante sonido entre el repiqueteo de la lluvia en las hojas. El fin de semana siguiente, un nuevo viajero apareció en la cabaña.