La rueda de la historia

El día de la celebración. Las papeletas volaban por todas partes, las calles se llenaban de pintadas y los eslóganes se colgaban en los balcones de las casas, cual recordatorios de la simpleza del nuevo poder dominante. Pan, trabajo, futuro. Las premisas y promesas de la nueva clase que ejercía su poder preocupados por el bien del pueblo.

Al abrir la puerta de mi edificio me encontré con un grupo de jóvenes simpatizantes que no tenían ni idea de lo que significaba haber cambiado de poder establecido. Toda revolución inspira un aire fresco hasta que se muerde su propia cola. Me gritaron varias consignas aprendidas de su nuevo panfleto, el cual no conocían hacía apenas una semana. Anduve sin prisa pero sin pausa entre la multitud extasiada por el baile de colores y el contagio de las emociones primarias. Una nueva pertenencia a un grupo social, un nuevo escalón al que poder acceder, un nuevo sentido del día a día.

La procesión de soldados y vehículos continuaba en una fila que parecía no tener fin, mientras los ingenieros instalaban estatuas del nuevo líder en las plazas más emblemáticas de la ciudad. Aquellos edificios que aún pecaban de estar vacíos de significado ideológico se llenaron de carteles enormes de propaganda donde aparecían mujeres y hombres de diversa clase y oficio entregándose en cuerpo y alma al desarrollo de su pueblo. Llaves inglesas, probetas de laboratorio y rifles. Todo valía para exaltar la voluntad del pueblo. Cuando llegué al centro de la plaza principal de la ciudad, uno de los altos dignatarios del partido realizaba un discurso utilizando palabras genéricas pero llenas de emoción, acordes con el momento y exageradas por un lenguaje corporal digno de una obra de teatro antigua.

«Paz, orden, desarrollo, país, pueblo, fuerza».

Otro grupo de soldados cacheaba a la multitud de la plaza en busca del mínimo rastro de amenaza. Me alejé de la multitud que rodeaba al hombre del partido y crucé el puente de la ciudad, deteniéndome en el centro. Desde allí podía ver toda la celebración. Soy un hombre viejo y no puedo sino decir que los seres humanos tenemos una memoria selectiva e interesada. No es la primera vez que las botas de los soldados resonaban entre las calles de esta ciudad, pero actuamos como si nuestros nuevos salvadores fuesen mejores que los antiguos. Creo que en cierto momento de nuestra historia, nos cansamos de llevar las riendas de nuestro propio destino y cedemos nuestra libertad de elección a quienes sepan cuidarla mejor que nosotros. Una vez reconocemos a nuestro poder dominante, el cual por supuesto nos representa, olvidamos lo que ha ocurrido en anteriores ocasiones y preferimos olvidarlo. La esperanza también se sirve en plato caliente. Esta vez será la buena, esta vez saldremos victoriosos. Es preciso borrar todo rastro de memoria en un momento en que las emociones a flor de piel nos aseguran que esto sí puede funcionar. Ahora sí.

La última pancarta se colgó sobre el puente en el que estaba y un oficial exigió ver mi documento de identidad.

Circule.

Crucé el puente y un grupo de cazas en perfecta formación sobrevoló la ciudad con un ruido ensordecedor. Entré en el bar de la esquina, mi santuario desde que tengo memoria. Los vasos aún se tambaleaban por el paso de los aviones. Pedí una cerveza y miré la televisión, donde glorificaban el nuevo movimiento creado por y para la paz, por y para el pueblo. Bebí media cerveza de un trago y observé las calles desde una de las ventanas del local. Y allí me quedé hasta la noche, esperando a que la rueda de la historia volviese a girar. Y cuando lo hiciera, nuestra memoria haría desaparecer otra valiosa lección, como cualquier panfleto que aquel día acabó pisoteado por botas militares.

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