Juventud

Espero al final de la escalera,
sabes quién soy,
sabes lo que quiero,
diría que estás perdida,
pero la perdición
ya nos alcanzó a ambos
y forjamos nuestras almas
en el fragor de la batalla
deteniendo mareas
y derritiendo soles.

Conozco todo sobre tu dolor
y el dolor nos conoció hace ya mucho.
Por eso sigues caminando
subiendo la escalera,
lo llamas amor,
quizás no son más que reminiscencias
de una juventud idealizada,
de sueños quebrados,
de esperanzas humilladas.

Espero al final de la escalera,
escuchando tus pasos
mientras el cielo calla
y los elementos se detienen.
El tiempo se congela,
los segundos nos obedecen,
y aunque conozcamos el dolor,
aunque esperemos la desdicha,
tú me ves
y yo te veo
más de lo que nadie
nos ha visto jamás.

Camino por el borde del edificio,
tus pasos me siguen,
nuestros instintos sonríen
y yo me lanzo al vacío
pero la gravedad
queda a mi merced
y sigo caminando.

Con un gesto de mi mano
y una mirada de deseo
te invito a que me sigas.

Solo en este vacío
fuera de cualquier escalera,
fuera de cualquier edificio,
en contra de los elementos
y en contra de la gravedad
cualquier odio se disipa.

Solo en este vacío
vuelven los sueños,
vuelve la esperanza.

Volvemos a ser jóvenes
porque intentaron que no lo fuéramos,
porque nunca dejamos de serlo.

Pilares de barro

Vuela alto,
vuela conmigo
y observa.

Aquella criatura tan frágil,
llamada ser humano
alzando su mano al cielo,
construyendo su imperio en la tierra.

Pilares de barro y fango,
adorando al sol y a las estrellas,
desde los desiertos más inhóspitos
hasta las cumbres más heladas.

Cuando la última luz del día desaparece,
aquellos pájaros sin alas
claman su deseo de volar,
mas la noche llega
y su imperio de fango
sobrevive un día más.

Vuela conmigo,
vuela alto,
abre tus alas al sol
y derriba tus pilares de barro.

Hagamos que nuestra sombra
permanezca para siempre
en este mundo mortecino.

Polvo y cerveza

Pedía lo mismo de siempre en aquel local. Un pub lleno del constante ruido de las conversaciones, golpes de vasos y risas intermitentes que rebotaban en mi cabeza mientras la cerveza bajaba por mi gaznate. Me sentaba en la esquina del bar un par de horas hasta que el alcohol alcanzaba su punto máximo, esperando el mismo destino de siempre.

Sin previo aviso, la gente comenzaba a desvanecerse en el mismo sitio en el que estaban sentados. Uno por uno y sin pausa, desaparecían sin explicación alguna. Las bebidas se secaban, las mesas se pudrían, la luz se apagaba y los camareros se esfumaban. Incluso el olor cambiaba. Pero mi bebida seguía ahí, la cual terminaba de un trago como si fuese la primera que tomaba en toda la noche. A la misma hora de la madrugada, el pub siempre volvía a su estado natural: un local abandonado y desprovisto de clientes.

Me aferraba con orgullo al pasado, esperando que algún día todo volviera a ser como antes. Esperando que algún día la gente no se desvaneciera, que el local recuperase su antiguo esplendor y que los míos volvieran a la barra. Cada fin de semana me acercaba a la misma esquina del pub pero todo acababa convirtiéndose en polvo. Tenía la vana esperanza de que sin mover un dedo quizás volvería a disfrutar de una compañía etílica que un día llamé amistad. Sabía que aquella ilusión no era más que una trampa. Una vez conoces la verdad y la razón de tu felicidad pasada, es imposible sentirla al completo de una manera tan natural como antaño.

El local se quedó a oscuras y yo salí de él, apagando de nuevo la voz racional de mi mente que me avisaba de la futilidad de todo aquello. El próximo fin de semana volvería con mis recuerdos. Todo aquello me resultaba más fácil que crear nuevos. Era cómodo, era un engaño, era una ilusión. Pero era mi ilusión, y en mi ilusión mando yo.