Leyenda (parte 4)

Los dos marineros subieron al barco a través de la escalera de cuerda. Ambos sabían perfectamente que algo extraño estaba sucediendo pero no podían explicarlo con palabras, así que permanecieron en silencio mientras examinaban la cubierta.

–Algo ha cambiado, Alfred.
–¿El qué?
–¿Recuerdas las armas que cogimos aquí?

Alfred anduvo por la cubierta húmeda mientras la lluvia seguía repiqueteando en la madera y entendió lo que quería decir.

–Siguen aquí.
–Exacto, es como si nunca hubiéramos estado aquí.
–¿Qué es eso, novato? ¡Mira allí!

Un nuevo navío se acercaba a la costa. Alfred hizo señas a Rowan para que se agachara mientras los nuevos visitantes amarraban y le susurró:

–Tenemos que irnos de aquí ahora mismo. Esto no me gusta nada.
–¿Qué ocurre? –preguntó el joven.
–¿Aún tienes el pergamino?
–Sí.
–¡Dámelo!

Rowan sacó el enigmático pergamino de uno de sus bolsillos y se lo entregó a Alfred.

–No discutas, novato, y escúchame. Ahora vamos a bajar de este navío. Tú te vas a ocultar en la vegetación y vas a encender una pequeña antorcha ahora mismo sin que te vean los recién llegados.
–No entiendo nada.
–Yo sí. Conozco esta leyenda. ¡Es la única manera de no quedar atrapados aquí para siempre!
–¿Atrapados?
–¡Cállate y hazlo!

Rowan miró a Alfred con estupefacción y comenzó a hacer un fuego con las pocas maderas secas que encontró debajo de unos baúles. Cuando la antorcha resplandecía en la noche, ambos marineros bajaron por el lado opuesto del navío y tal y como Alfred le había dicho, Rowan se ocultó en la vegetación. Éste observó al veterano dirigirse con la antorcha hacia la tienda de campaña mientras sujetaba el pergamino con la otra mano.

Rowan lo entendió al instante: los nuevos visitantes que habían llegado a la costa eran ellos mismos y el hombre de la antorcha y la tienda siempre había sido Alfred. ¿Pero cómo era posible? ¿Qué magia era ésta? ¿Y dónde había ido Alfred después de entrar en la tienda de campaña? El joven giró la cabeza y observó a ellos mismo dirigirse hacia la tienda de campaña, tal y como ellos mismos habían hecho hacía unos instantes.

Dentro de la tienda, Alfred dejó el pergamino en el lugar donde le correspondía.

«Piensa, piensa, piensa… ¿Qué tengo que hacer ahora? Cuando vimos al hombre de la antorcha entrar aquí, desapareció dentro de la tienda. Tengo que cumplir lo que he visto o podemos quedarnos atrapados aquí…»

Alfred comenzó a excavar rápidamente en un rincón mientras escuchaba los pasos de sus otros yo acercándose rápidamente. Justo en el mismo momento que entraron, el veterano salió de la tienda por el lado opuesto, tapando el pequeño túnel con un montón de arena para disimular su escapada. Y ahí se quedó, apoyado en el lado opuesto de la tienda, esperando que todo volviera a ocurrir como estaba previsto.

«¿Y ahora qué?»

Continúa en la quinta parte…

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Leyenda (parte 3)

La tienda del desconocido emitía unas sombras que bailaban al son de la luz de la pequeña hoguera. Alfred se acercó a la tienda de nuevo, junto con Rowan que lo seguía con la daga en alto. Volvieron a repetir la acción y se apostaron a ambos lados de la entrada para sorprender al desconocido.

–Uno, dos… ¡Tres!

Los dos hombres apartaron los pliegues de la tienda de un empujón y entraron en ella. Rowan se quedó temblando con la daga en alto y Alfred bajó su espada ante la sorpresa de lo que estaban viendo.

–Novato, dime que no estoy viendo lo que estoy viendo.
–¿Eso es una pregunta?

En la tienda no había absolutamente nadie. El caldero y la hoguera seguían en su sitio, tal y como lo habían dejado, pero el hombre de la antorcha se había esfumado. Apenas pudieron pronunciar una palabra durante varios segundos hasta que Rowan despertó de su ensimismamiento y le dijo a Alfred:

–¿Has leído lo que pone el pergamino?
–No.
–Hazlo.

Alfred miró al joven. Su rostro expresaba un sentimiento contradictorio, no acostumbrado a recibir órdenes de Rowan. Pero la excepcionalidad de la situación hizo que su rostro se relajara y abriera el pergamino. Su rugosa textura era agradable al tacto; parecía un documento bastante antiguo.

–¿Qué dice?
–¡No son más que estupideces!

Alfred tiró el pergamino cerca del caldero. Rowan lo cogió del suelo y lo leyó.

–Aquí dice que este lugar tiene propiedades mágicas y que los designios del tiempo no obedecen las leyes naturales.
–¿Qué significa ese montón de palabras? ¡No son más que fantasías de algún loco!
–No lo sé, Alfred. Pero, ¿te has fijado en el material con el que está hecho el pergamino?
–Tengo cosas más importantes que pensar ahora mismo que en eso.
–Es realmente antiguo y muy poco probable que se pueda conservar en este estado sin las técnicas apropiadas.

Alfred miró a su alrededor y buscó pacientemente entre los diferentes utensilios de dentro de la tienda.

–No hay nada más aquí.
–Enséñame dónde estaba el pergamino.

Rowan guardó el pergamino en uno de sus bolsillos y el veterano le enseñó un baúl. El joven lo examinó.

–Es imposible que se haya conservado tan bien aquí dentro, a no ser que lo hayan introducido aquí recientemente o…
–O… ¿Qué? –preguntó Alfred impacientándose.
–¿Y si dice la verdad?
–¿La verdad? ¡No son más que un montón de cuentos! ¿Cómo puede ser eso verdad?

Rowan incluso llegó a arrepentirse de formular la pregunta. Alfred siguió hablando:

–No tenemos más opción que acercanos y entrar en su barco. Es posible que allí encontremos respuesta de algún tipo.

Ambos sabían que lo que acababa de ocurrir no era un fenómeno natural, pero no podían quedarse allí eternamente. Con un movimiento de cabeza, Rowan siguió al veterano mientras ambos seguían con sus armas en alto. Anduvieron por la orilla un par de minutos hasta que dieron con otra escalera similar a las de su propio navío.

–¡Espera! –dijo el joven–, ¡este es nuestro navío!
–¿Cómo dices?
–¡Fíjate! Esta escalera de cuerda es exactamente la misma que compré en Lisboa. ¿Lo recuerdas?

Alfred se giró hacia Rowan dispuesto a gritarle como ya había hecho tantas veces. El movimiento de sus labios se interrumpió por una expresión de asombro.

–¿Qué ocurre, Alfred?
–¿Dónde está nuestro barco?

Rowan se giró también. Observó las huellas que entraban y salían de la tienda. No se habían equivocado de dirección: el navío había desaparecido.

–De acuerdo –dijo el joven–, ¿qué está pasando aquí?

Continúa en la cuarta parte…

Leyenda (parte 2)

El barco de los dos norteños se deslizó suavemente por las aguas tranquilas y cristalinas, alejándose todo lo posible del segundo navío. Amarraron en la costa y permanecieron observando la escena, agachados detrás de los barriles y tablones de madera que aún no se habían perdido en el mar. Alfred estuvo en silencio, pero concentrado en los sonidos de aquel extraño lugar. Ni siquiera parecía existir fauna, solo una lluvia constante y ligera.

–¿Quiénes son? –preguntó Rowan.
–No consigo ver ninguna marca en el navío, ni banderas, ni velas. Está demasiado oscuro. Tenemos que acercarnos.
–¿Acercarnos? ¿Para qué?
–Nuestro barco no podría soportar otro viaje por alta mar. Solo tienes que ver su estado.

Rowan permaneció con la boca abierta, dispuesto a refutar el argumento del norteño hasta que decidió que no le faltaba razón. Miró detrás de sí y confirmó el lamentable estado del navío.

–¿Qué pasa si están armados? –preguntó de nuevo.

Alfred rebuscó entre las cajas circundantes y abrió una de ellas con una patada.

–¿Tienes que ser así para todo?
–Algún día lo agradecerás, novato.
–Bueno, ¿cuál es tu plan?
–Éste es el primer paso –dijo mientras extraía una espada corta–, y éste es el segundo. ¡Tuyo!

Rowan acertó a coger la pequeña daga por el mango.

–¡Podrías haberme cortado! ¡No sé usar estas cosas!
–¿Aún no recuerdas el trato de Lisboa?
–Yo no llamaría trato clavarle una daga a tu comprador en la pierna después de aceptar el dinero.
–Ya, puedes que tengas razón. Pero era más seguro así.

Rowan suspiró mirando al cielo.

–¿Qué vamos a hacer? ¿Robar el barco sin más?
–¿Tienes alguna otra idea?
–Quizás… ¿Hablar?

Alfred siguió buscando objetos para poder utilizar como arma, hasta que desistió en su empeño y miró a su compañero.

–Hablar… Podemos intentarlo.
–La siguiente vez que hagas un trato con alguien, procura no clavarle nada metálico.
–Lo intentaré.

Bajaron por una pequeña escalera de cuerda hasta la arena mojada de la playa. Sus botas se llenaron de agua salada mientras avanzaban hacia el segundo navío. Alfred daba señas de permanecer en silencio hasta que llegaron a una roca cercana.

–¿Consigues ver algo más? –preguntó Rowan.
–No veo marcas de ningún tipo. Parece un barco construido en el sur de Europa, pero no veo nada más.
–Me refería a alguien que respire.

Alfred esgrimió una mueca de cansancio a su compañero.

–El navío parece en buen estado y hay humo saliendo de aquella parte del barco y también en la playa. No estoy seguro, pero creo que hay una pequeña tienda asentada en la playa.
–¿Humo?
–Posiblemente la cena.
–Me muero de hambre.
–Vamos.

Corrieron agazapados hacia la tienda y se apostaron en su entrada: Alfred a la izquierda y Rowan a la derecha. El veterano hizo señas a su compañero para entrar a la vez. Una, dos… ¡Tres! Con la espada en alto, abrieron los pliegues de la tienda y entraron. No había nadie pero un pequeño caldero reposaba sobre una hoguera mientras el agua hervía con algo parecido a sopa.

–¡Busca algo que nos sirva! ¡Rápido! –dijo Alfred.

Alfred rebuscó entre los baúles y los ropajes, intentando encontrar alguna pista de quiénes eran y qué hacían allí. Encontró una pequeño pergamino pero al abrirlo, Rowan susurró:

–¡Alfred! ¡Alfred! ¡Viene alguien! ¡Vámonos!
–Espera, espera…
–¡No hay tiempo!
–¡Mierda! ¡Vámonos!

Alfred cogió el pergamino sin dudar y salió de la tienda. Los dos hombres corrieron playa adentro y se ocultaron detrás de varias palmeras. Un hombre con antorcha se dirigió a la tienda, la apagó y entró dentro.

–¿Has encontrado algo? –preguntó el veterano.
–Nada, ¿y tú?
–Un pergamino. Hay algo escrito pero no me ha dado tiempo a leerlo.
–¿Ni siquiera una marca?
–No.

Alfred desenrolló el pergamino pero no pudo ver nada. La noche era completamente oscura.

–¿Y ahora qué? –preguntó Rowan.
–Lo haremos a tu manera. Hablaremos con el hombre de la tienda.

Continúa en la tercera parte…