Leyenda (parte 5)

Alfred escuchó a sus otros yo hablando sobre el pergamino, sobre la desaparición del enigmático hombre de la antorcha y sobre todo lo que habían vivido hacía escasos momentos. ¿Qué podría hacer para detener este bucle? Podrían quedar atrapados viviendo los mismos momentos una y otra vez. Ninguno de sus otros yo se habían encontrado con ellos, lo que significaba que hasta entonces lo habían hecho bien, ¿o no?

Cuando sus otros yo abandonaron la tienda de campaña y se dirigieron al barco, Alfred corrió cabizbajo hacia donde Rowan lo estaba esperando.

–Creo que ya lo tengo, novato. Sé cómo romper este bucle. Si esperamos mucho más, aquellos que han estado en la tienda ahora mismo pensarán lo mismo que nosotros y nos encontrarán aquí. Tenemos que romper esto de una vez por todas.
–Sí, pero ¿cómo podemos hacer eso?
–¡El pergamino! ¡La clave está en el pergamino!
–Eso no lo sabes.
–Si destruimos el pergamino, el bucle se romperá. Lo leí en el libro. ¿Recuerdas cuando entramos aquí por primera vez pasando por todas aquellas ruinas? La descripción era exactamente igual. Los escritos que hablan de este lugar decían una y otra vez de no levantar la voz, de permanecer en silencio, tal y como te dije cuando nos acercábamos a la costa. También hablaban sobre un escrito que contenía el secreto de este lugar. ¿Acaso crees que es todo casualidad?
–¿Tú lees? ¿Desde cuándo? Me cuesta difícil creer todo esto.

Alfred estuvo a punto de decir una de sus maravillosas frases improvisadas para insultar a Rowan, pero se detuvo en una mueca extraña.

–Escúchame, Rowan, y déjate de tonterías. Tenemos que actuar rápido. Nuestros otros yo van a volver aquí y van a introducir el pergamino de nuevo en la tienda. ¿No lo entiendes? Tenemos que destruirlo ahora.
–¿Cómo lo hacemos?
–Vamos a movernos de aquí sin que puedan encontrarnos, ése es el primer paso. Ven conmigo.

Ambos marineros se movieron entre la vegetación hasta que encontraron un lugar seguro para poder observar todos los acontecimientos.

–Alfred, ¿esas personas son nosotros en verdad o son meras ilusiones?
–Eso es algo que no podemos saber, novato. Tenemos que centrarnos en nuestro objetivo y salir de aquí. ¡Mira! Mi otro yo se aproxima a la tienda. Tengo que darme prisa. ¡Quédate aquí!

Rowan se dispuso a mediar palabra con Alfred, pero él ya había salido entre la oscuridad. Alfred sabía que tenía que esperar a que su otro yo dejara el pergamino dentro de la tienda y se ocultara, justo antes de que el bucle volviera a repetirse y el pergamino volviera a desaparecer. Cuando entró en la tienda, se pudo a ver a sí mismo excavando hacia el otro lado. Eso significaba que el pergamino ya se encontraba donde tenía que estar.

«Esto me está dando dolor de cabeza, pero voy a acabar con esto ahora mismo».

Los pasos de sus nuevos yo se encontraban cada vez más cerca y tenía que hacerlo ya, sin perder un solo instante.

«Así que es por eso por lo que no se puede levantar la voz en este lugar. Cualquier cambio o paradoja en el bucle podría atrapar a sus visitantes. Ahora lo entiendo todo».

En el preciso momento que los pliegues de la tienda se abrían, Alfred arrojó el pergamino al fuego. Cuando lo hizo, una intensa presión se apoderó de su mente. A Rowan le ocurrió lo mismo y el mundo a su alrededor pareció colapsarse en imágenes borrosas, acciones sin sentido y luces inconexas que desafiaban a la noche. Alfred, en la tienda, observó a sus otros yo entrando en ella, pero ya no se movían; estaban completamente paralizados. Un nuevo pinchazo de dolor en su cabeza y su entorno se revolvió hasta ser incomprensible a ojos humanos, hasta que quedó totalmente inconsciente. Ambos marineros se desvanecieron en ese preciso instante.

***

Tiempo después, ambos marineros despertaron en su propio barco. Su entorno solo atisbaba agua infinita. No había tierra a la vista.

Alfred despertó y observó su entorno confundido. Su mente no dejaba de bailar entre imágenes. ¿Ruinas? ¿Fuego? ¿Escritos? ¿Leyendas? Cuando vio a Rowan escupir agua mientras se despertaba, fue donde él y lo ayudó a levantarse.

–¿Estás bien? –le preguntó.
–¡Vaya, viejo lobo de mar! ¿Qué son estas atenciones? No son muy propias de ti.

Alfred soltó su brazo y su menté comenzó a despejarse hasta que sus pensamientos comenzaron a tomar forma de tratos, dinero y rutas comerciales.

–¿Qué ha pasado aquí, novato?
–No… No lo sé. ¿No estábamos en Lisboa?
–Sí, eso creía yo.

El viejo lobo de mar consultó sus cartas de navegación y sus últimos apuntes.

–Creo que según esto, estamos bastante lejos de Lisboa. Hacia el sur…
–¿Qué nos ha pasado? ¿Recuerdas algo?

Alfred dejó sus cartas y apuntes y observó el horizonte. Los colores del amanecer proporcionaban una vista sin igual y el mar se encontraba en calma total.

–No, no recuerdo nada. ¿Y tú? –preguntó Alfred.
–Yo tampoco. Imágenes poco nítidas pero tiene que haber sido una tormenta.
–¿Y si ha sido algo más?
–¿Algo más?

El veterano miró a su compañero y recordó un extraño libro que había leído hacía tiempo. Un libro que hablaba sobre tierras de leyenda cercanas a su posición. Tierras que aparecían y desaparecían sin explicación alguna. Alfred apartó la mirada hacia el sol del amanecer.

–No, Rowan. Es cierto, ha sido una tormenta. El resto son solo leyendas.

FIN

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