Legado

Un día más en la calle y otra lluvia torrencial que no amainaba. El gentío andaba por la acera con su acostumbrado y urgente paso de ciudad. Sombras borrosas de personas en largos abrigos y paraguas pasaban a miles, desde el amanecer hasta que las calles morían de nuevo. El hombre de la larga barba pasaba desapercibido entre las miradas rápidas de los transeúntes, mientras las pocas monedas de su plato resonaban con escasa esperanza de poder llenar la tripa aquel día.

Él se sentaba en el mismo rincón todos los días. Dormía allí, comía allí y disfrutaba de la compañía de su fiel perro, quien nunca lo abandonaba a pesar de que él también estaba hambriento, y a veces incluso comía más que el propio hombre. En ocasiones cambiaba de calle para probar suerte en una nueva esquina, pero las caras seguían siendo igual de borrosas. Las miradas seguían siendo escurridizas, demasiado acostumbradas a las penurias de este tipo, con sentimientos que el individualismo creciente enterraba en lo más profundo. Sin embargo, él nunca se tomaba nada como algo personal; a veces incluso se preguntaba si él no haría lo mismo de estar en su misma situación. Era una pregunta difícil de responder y que requería apartar por completo todo el ego y la ética que uno podría tener.

«Espero que no», se decía él repetidas veces.

El hombre de la larga barba dormía a intervalos. Las pesadillas y el frío eran difíciles de congeniar para poder dormir de noche del tirón. Algunos vecinos de la calle consideraban al hombre como parte de la escena urbana. Sabían que siempre estaría allí, pidiendo una moneda más. En cierto momento, comenzaron a sospechar de él. En una época en la que pudo llenar su plato de dinero suficiente para poder comer copiosamente, tanto él como su perro, e incluso comprar varios libros, el hombre parecía estar cada vez más delgado. Esto atrajo las sospechas de los vecinos, quienes aseguraban que todo el dinero lo gastaba en bebida y que mientras nadie lo veía, se emborrachaba por las noches para ahuyentar el frío, conciliar el sueño y olvidar todo lo posible. Incluso había gente que aseguraba haberle visto en la tienda de licores comprando varias botellas de ron.

A partir de ese momento, el plato comenzó a estar cada vez más vacío. En una época de escasez, los vecinos no estaban dispuestos a alimentar los vicios de nadie que no fueran ellos mismos, lo que por supuesto, era más aceptable que los vicios del resto. Así pues, el hombre de la larga barba había bajado de peso hasta que comenzó a afectarle a la salud. Muchos de los transeúntes comenzaron a pensar que se lo merecía, por gastarse el dinero en bebida en vez de en alimentarse como era debido.

Un día, el hombre de la larga barba no permaneció en su mismo rincón de la calle. La gente comenzó a fijarse en tan extraño acontecimiento, después de meses, e incluso años de verlo allí. Comenzaron a hacerse miles de preguntas, alimentados por la curiosidad.

—Mamá, ¿dónde ha ido el señor de la barba? —preguntó el hijo de una de las vecinas que se negó a darle dinero durante meses.
—No lo sé, hijo. Pero si lo ves, no te acerques a él.
—¿Por qué?
—Es un borracho. No quiero que hables con él, ¿entendido?
—Vale.

El niño, en su bendita inocencia, no creyó a su madre. Así que un día, jugando en los columpios, preguntó a sus amigos a ver si lo habían visto en algún otro lugar. Uno de ellos aseguró haberle visto en una especie de oficina de una calle a la que a veces solía ir y pedir dinero. La calle estaba cerca, así que se dirigió allí después de pasar una tarde jugando. Cuando dejó de correr, leyó el título de una de las tiendas que allí se encontraban: «Tienda de licores».

«Oh no, mamá tenía razón…»

El niño desistió en su empeño de buscar al hombre creyendo que había gastado todo su dinero restante en alcohol, hasta que de pura casualidad lo vio subiendo a un autobús. En ese preciso momento, el conductor le estaba negando la entrada al mismo porque no podía viajar con su perro. Nadie lo ayudó. El niño no quiso hablar con él, pensando que los había engañado a todos. Así que vio como desaparecía definitivamente cruzando la esquina en un mar de gente. Pero algo había en el suelo, algo había caído de la gabardina del hombre. Se acercó a la estación de autobuses y leyó el papel; era un recibo de una transferencia bancaria de varios miles destinada a un orfanato. Había estado donando todo su dinero a ayudar a niños y niñas con problemas, no a beber con desenfreno como todo el mundo sospechaba. En el papel, había una observación escrita:

«A mi no me queda mucho tiempo, pero estos niños tienen todo un futuro por delante. Cuídenlos como se merecen y tendrán el mejor regalo que la generación venidera pueda soñar».

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