El faro

Un mundo a conquistar,
cabalgamos entre mareas
que solo el tiempo
va a recordar.

Guardianes de un faro,
somos la sombra
de una época,
el grano de arena
de una playa sin fin,
un mero suspiro
en una tormenta.

Y aun así
el mundo es nuestro,
cada día nos pertenece,
cada noche nos acoge.

Sabemos
que nuestra estancia es efímera
nuestra voluntad finita
y nuestros latidos contados,
mas tenemos un mundo a conquistar,
guardianes de un faro.

Miénteme,
y dime que el mundo
recordará nuestra luz.

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Megalópolis

Anduvo descalza sintiendo la frescura de la fría hierba en los pies, cegándose por la luz de los rayos del sol atravesando las ramas en flor y escuchando el sonido del arroyo cercano.

La ciudad acababa en ese mismo lugar, donde la naturaleza comenzaba y no tenía fin. El paisaje que se abría ante ella era el más hermoso que había podido observar: un cielo azul pintado de montañas, árboles, ríos y fauna salvaje. Todos los sentidos se encontraban igualmente excitados y relajados; existía en ella un nuevo horizonte, una nueva y posible comunión con la naturaleza. Sin embargo, la mujer miró atrás y vio la megalópolis. Los rascacielos y el humo de la industria lo cubrían todo sin excepción.

Algo le oprimió el pecho. Odiaba la gran ciudad, odiaba sus costumbres, las prisas, la mala calidad del aire, los trabajos precarios, las tiendas saturadas, la comida procesada y los gritos de la gente. Sin embargo, era su hogar y siempre lo había sido. La libertad se encontraba a un solo paso más, pero aquel sinfín de cemento hizo lo que ninguna cárcel y lo que ningún sistema consiguió: vivir en una cárcel sin muros, una cárcel de la que nunca querrías escapar.