Arroyo

El sol de aquel día era abrasador. Nada más salir del coche, una ráfaga de aire caliente me cubrió por completo y mi mano sufrió con el contacto de la puerta al cerrarla. Estaba cansado de autopistas, paisajes de cemento y olor a gasolina. Sin duda, mi destino no era el lugar en el que me había detenido, y es posible que amargas consecuencias me esperasen si no llegaba a tiempo a la ciudad, pero no me importaba.

Mis zapatos gozaron del contacto de la hierba y el aire, aunque caliente, ofrecía un respiro más natural. No era la primera vez que veía aquel arroyo desde la carretera pero esta vez consideré necesario detenerme allí. Como en piloto automático, había pasado los últimos meses navegando entre bosques de hierro y asfalto. Había olvidado lo que se sentía al volver estar en comunión con la naturaleza.

Dirigí mis pasos hacia el sonido del arroyo cercano, el cual atravesaba todo el pequeño valle. El arroyo se abría paso fuerte y orgulloso entre múltiples obstáculos naturales. No se detenía ante nada, fuera cual fuera el inconveniente. Existía ajeno a todo lo que le rodeaba; una única dirección guiaba su corriente. Un designio que era imposible arrebatarle.

Me agaché a observar el paso del agua e introduje mi mano en ella. En ese momento deseé poder tener las maravillosas cualidades del arroyo. Deseé poder ser agua, abriéndose paso indiferentemente en una vida que no dejaba de gritar.

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