Statu quo

Era una sala pequeña rodeada de cristales tintados e iluminada por una sola lámpara que caía del techo. La estancia se componía de colores grises, un completo silencio salvo del ruido del extractor de aire y el humo de un puro a medio apagar en el borde de la mesa de metal. Los dos sujetos sentados a ambos lados esperaban pacientemente a cumplir su rol.

El hombre con traje preguntó al paciente:

—¿Qué es lo que ves aquí?

Mostró una de las láminas que tenía preparadas para realizar el famoso test de Rorschach y el paciente observó las difusas manchas con detenimiento. Casi sin pestañear, volvió a mirar a los ojos del psicólogo y respondió tras varios segundos manteniendo una sonrisa irónica.

—Yo, bailando en la playa mientras bebo caipiriña y disfruto de las vistas de un bonito atardecer.

La sonrisa dejó paso a una expresión totalmente seria que se ubicaba entre la expectación y el desprecio. El psicólogo mostró una mueca, imaginando que el paciente no era precisamente cooperativo.

—¿Qué ves aquí? —preguntó mostrando otra lámina.
—Arcoíris y gatitos rodeándome mientras salgo totalmente cuerdo de aquí —contestó sin apenas detenerse a mirarlo.
—¿Y aquí?
—Una barbacoa celebrándolo en el jardín de mi casa.

El psicólogo guardó las láminas junto a las otras que tenía preparadas, en un brusco movimiento que daba a entender su desazón. Agarró el puro a medio apagar y le dio otra calada mientras la cara de ambos se iluminaba en un fugaz destello.

—Dime, Owen —dijo éste—, ¿por qué no quieres cooperar?
—Cooperar, ¿con usted?
—Sí, con nosotros.

La expresión de Owen cambió a incredulidad pero a la vez erguía un semblante serio, casi amenazante. Su voz era grave y ronca.

—¿Cooperar, doctor? ¿Cooperaron ustedes al sacarme de mi apartamento delante de mi familia?
—Ya hemos pedido disculpas por eso, Owen. No creo que sea momento de volver a sacarlo. Nuestro informe decía que era posible que estuviese ocurriendo algo violento dentro de su casa. El algoritmo no suele fallar nunca.

La expresión de Owen ya no mostraba incredulidad, únicamente desprecio.

—Jamás pondría un dedo encima a mi familia ni a nadie, a diferencia de lo que hicieron ustedes con ellos para evitar que me sacaran de allí.

El doctor se recostó en la silla, derrotado por esa pequeña batalla dialéctica de la que no tendría ninguna posibilidad de ganar. Sabía perfectamente que los servicios de seguridad no habían actuado con proporción. Tras varios segundos de incómodo silencio, el psicólogo cruzó las manos y acercó su rostro al del paciente.

—¿Por qué no dejas que te ayudemos, Owen?
—¿Ayudarme? ¿Cuándo he pedido ayuda?
—Nuestros informes…
—Sus informes no valen nada —le interrumpió Owen.
—¿Por qué dices eso?
—No he hecho daño a nadie. No sé por qué estoy aquí. Solo quiero volver a casa con mi familia.
—Estás aquí porque nuestro algoritmo ha revelado que hay un 92,5% de posibilidades de que…

La sonora carcajada de Owen volvió a interrumpir al doctor.

—¡El famoso algoritmo! ¡Estoy aquí por un cálculo automático de un programa informático!
—Sí, Owen, pero escucha…
—No, me va a escuchar usted a mí ahora, doctor. No sé qué clase de persona se cree que es usted para invadir mi privacidad y encerrarme en este tugurio por orden de una maldita máquina, pero sí le diré algo: yo no he pedido esto, yo no quiero esto. Es más, yo no necesito esto. Usted está sentado ahí, con su cheque anual de 6 cifras intentando dar lecciones a los demás sobre lo que necesitan y no necesitan porque tiene un certificado que así lo dice, cuando no tiene ni idea de las penurias que una persona de mi estatus socioeconómico ha tenido que vivir. ¿Esta sucia sala es como pretende ayudarme, es esa su definición de ayuda? Creo que simplemente quiere someterme al rebaño en el que se siente inseguro de ver a alguien que piensa diferente. Además, quién soy yo para dudar del todopoderoso algoritmo que clasifica la salud mental de los ciudadanos, ¿verdad? ¿Es éste el brillante y maduro futuro sobre el que hablaban las novelas de ciencia ficción de finales del siglo XX? ¿O es más el inicio de una distopía totalitaria que ni siquiera es capaz de admitir que está apoyando ahora mismo? Yo estaré encerrado aquí, pero usted está encerrado en una cárcel social que está ayudando a mantener en nombre de alguien a quien ni siquiera conoce, en nombre de un sistema que no da absolutamente nada por usted y ni siquiera es capaz de verlo. ¿Quiere identificar a un loco? ¡Mírese al espejo, joder!

El doctor separó sus manos y volvió a apoyar su espalda sobre la silla. Ningún paciente había hablado tan abiertamente sobre el algoritmo. Se suponía que todos respetaban el juicio de algo tan puramente calculado, tan lógico, tan carente de toda emoción humana que prejuzga todo lo que ve. Owen esperó un par de minutos mientras el doctor terminaba su puro y lo apagaba del todo en el cenicero.

—Dígame entonces, doctor. Si el algoritmo detecta todos aquellos que no son adeptos al statu quo, ¿por qué el test de Rorschach?

El doctor guardó todo en su maletín y antes de salir por la puerta, le contestó:

—Quería darte una oportunidad de hablar, Owen. Tienes razón, en todo. El algoritmo falla y la sociedad es el virus en sí, pero no está diseñado para detectar fallos internos. Nos volveremos a ver… Muy pronto.

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