Cambio

Todo cambia
a tu alrededor
y te dices
que sigues siendo igual,
que tienes el mismo camino
andando con pies diferentes
y una mochila más grande.

No sé quién es más necio:
el que cierra los ojos
o el que nunca los ha abierto,
el que pisa la tierra
creyendo no dejar huella
o el que vive la vida
esperando la muerte.

Veo el dolor en tus ojos,
las dudas en tu rostro,
tu voz interior gritando,
tus músculos tensos,
pero te niegas al cambio
y sigues caminando
como hace décadas.

Te rendiste hace mucho tiempo
y ni siquiera lo sabes.

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La gasolinera

El sonido de las ruedas sobre el asfalto hizo que la mujer del mostrador levantara la vista del libro que estaba leyendo. En el exterior, un nuevo cliente se bajaba de su coche y entraba por la puerta de la gasolinera.

—¿Tiene cargador para este móvil?
—Allí está. Tercera estantería, justo antes de la ventana.

El desconocido comparó dos cargadores antes de decidirse por uno y aprovechó a coger algo de picar para el viaje. El sol ya se estaba poniendo y varias luces automáticas se encendieron, haciendo que el lugar tomara un nuevo matiz. El viajero se extrañó de tanta oscuridad; aún no era tan tarde en esa época del año. Se acercó al mostrador, donde la mujer le cobró todo lo que llevaba en la mano. El reloj marcaba las 16:34.

El hombre volvió a su coche y arrancó, aún extrañado por la inusual oscuridad. Dos horas más tarde, el sonido de las ruedas sobre el asfalto volvió a sonar entre la penumbra y el hombre volvió a la misma gasolinera. Nada más entró en el edificio, se detuvo. Era el mismo lugar, pero él había conducido hacia el este. Era imposible. Se acercó al mostrador y preguntó dónde estaba.

La mujer sonrió y las luces que habían estado encendidas desde un principio se apagaron sin previo aviso. El reloj comenzó a pasar minutos y horas cada vez más rápido. Las luces recobraban su intensidad y volvían a apagarse, emitiendo fogonazos que impedían al viajero ver nada claro. Cuando la locura paró, abrió los ojos como si de un sueño se tratara, intentando discernir los detalles para poder completar su caótico puzle mental. El reloj marcaba las 14:30 y el sol volvía a estar en lo alto. Esa era la hora en la que había salido de casa. Ahora no había nadie en el mostrador y el lugar estaba abandonado: ni cargadores, ni comida, ni estanterías. No había ni rastro de la mujer.

Asustado y confuso, el viajero salió corriendo del edificio y pisó el acelerador hacia el oeste, de vuelta a casa. Al salir de la región, volvió a pasar por alto el letrero de bienvenida del pueblo, del cual solo se podía leer lo siguiente:

«Abandonado en 1959».