Metrópoli

Es otra de esas calurosas noches de verano, en las que parece que ni siquiera la oscuridad de la madrugada ofrece la más mínima brisa. Me encuentro fumando un cigarrillo en la terraza de mi casa, observando la ciudad desde las alturas mientras el humo asciende lentamente al cielo y distorsiona el luminoso espectáculo que tengo delante. Una enorme autopista corta la ciudad de norte a sur con su interminable flujo de luces. ¿Alguna vez os habéis preguntado hacia dónde se dirigen todos esos coches a las dos de la madrugada? Aunque lo mismo podría decir cualquiera que viera mis fugaces destellos mientras doy una calada tras otra.

Cuando la ciudad me vio caminar mis primeros pasos sobre ella, yo estaba dubitativo. Me acababa de mudar de un tranquilo pueblo de las afueras a una capital, una gran ciudad. Todo ese choque de gentes y baile de luces me resultaba extraño, desconocido. Sin embargo, conforme pasaban las semanas, el sonido de la autopista comenzó a provocar un efecto relajante en mí. Me parecía curioso cómo un susurro proveniente del tráfico, de un concepto creado artificialmente por la mano del hombre, se me asemejase a un efecto casi somnífero, como si de algo natural se tratara.

Ahora mismo me costaría imaginar un silencio absoluto en mis noches. Uno de esos silencios tan comunes viviendo en un lugar en las afueras, en los que cada movimiento parece no estar acompañado por una base que lo modela, como es el caso de la arteria que conecta esta ciudad. Ese murmullo constante, parte similar al viento y parte similar al agradable sonido con el que te quedas dormido mientras viajas en autobús.

No sé si puede existir en verdad una preferencia por vivir en una ciudad antes que estar rodeado de naturaleza. Al fin y al cabo, somos poco más que animales conscientes. Hasta hacía poco, creía que todos aquellos que lo decían no habían saboreado lo que es de verdad vivir lejos de la civilización. Pero ahora, no estoy muy seguro de ello, ya que amo estas vistas, amo este paisaje de luz y amo esta ciudad tan llena de historias que contar.

Acabo el cigarrillo con mi última calada y siento la primera brisa desde hace horas. Quizás ha sido el pensar en el frío de mi tierra natal, o quizás ha sido otra cosa completamente diferente, no lo sé. Dirijo mi mirada hacia la autopista una última vez antes de volver a entrar en casa, deseando que el susurro nunca se apague.

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