Caos

Quédate,
escucha el canto
del próximo amanecer,
cuya luz descubre
nuestro castillo de naipes,
las ruinas
de nuestros cuerpos,
la tierra baldía
de nuestra mente.

El sol perfila nuestra silueta,
aún desnudos en la cama,
quemando nuestra piel,
silenciando las mentiras
de una noche
entre caretas
y bailes de engaño.

Juntos somos
entropía
sin máscaras,
imperfección
en completa armonía,

Nuestra química
es caos.

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La barca

La barca rompía el curso natural del agua con una delicadez exquisita. El reflejo del cielo y de la vegetación cercana se cortaba y difuminaba cada vez que el hombre introducía el remo en la superficie cristalina. El entorno estaba bañado en tonos de azul y verde oscuro y el cielo no amenazaba alterar la tranquilidad del lugar. No se veía tierra, más bien eran pantanos y lodazales imposibles de caminar en ellos.

El viaje del hombre había durado más tiempo del que podía recordar. Partió al alba hacía ya demasiadas lunas, con provisiones suficientes para poder llevar a cabo aquella misión. Recogía agua dulce de la lluvia, comía predominantemente pescado y usaba sus provisiones cuando su estómago le exigía algo diferente. No obstante, la tranquilidad del lugar no parecía contagiar al viajero; algo no encajaba.

Su travesía fue un medio de escape de una vida turbulenta, compañías poco agraciadas y aspiraciones materialistas. Esperaba acabar remando hacia su nuevo destino, lleno de gloria, nuevas oportunidades y un aire fresco que le llenara los pulmones al despertarse cada mañana. Su obsesión por alcanzar la felicidad hizo que cada día remase más y más fuerte, ignorando los puertos cercanos llenos de maravillas e historias que contar, pasando de largo por torres de blanca caliza llenas de conocimiento milenario y desatendiendo los lejanos saludos de marineros y taberneros dispuestos a ayudarlo.

Su odisea estuvo colmada de experiencias enriquecedoras que podrían haber durado más de una vida, mas no se detuvo en ninguna. Brazada tras brazada, la barca dio la vuelta al mundo. Por supuesto que algo no encajaba; el viajero estaba cruzando los lodazales de su pueblo natal. Había vuelto a su tierra, una tierra que irremediablemente le había vuelto a atrapar en su fango. Irónicamente, su empeño por eludir todo aquello le había atrapado aún más.

La barca se detuvo en medio del lodazal y el hombre saltó al agua. Las corrientes y las ondas creadas en la superficie volvieron a su cauce natural en pocos segundos.

Vigilia

Mentiría si dijera que no he querido permanecer navegando en las mareas de mis sueños más de una noche. En aquellas corrientes de pensamiento que se entrecruzan, como afluentes de un río que tiene como destino acabar en el mar. Nuestro océano, una visión interminable de todos nuestros anhelos, victorias y derrotas en la vida, mas es demasiado grande para sentirnos cómodos en él. El río de los sueños y sus afluentes nos ofrecen una visión más simplista de la vida y un control mucho más férreo de nuestras emociones. Es cómodo, es seguro y es predecible. Pero al igual que la vigilia, las corrientes de Morfeo pueden ser conquistadas por horribles pesadillas. Despierta y no sigas corriendo. Siempre hay un monstruo al acecho, tanto en el río como en el océano. Y ese monstruo somos nosotros.

El faro

Un mundo a conquistar,
cabalgamos entre mareas
que solo el tiempo
va a recordar.

Guardianes de un faro,
somos la sombra
de una época,
el grano de arena
de una playa sin fin,
un mero suspiro
en una tormenta.

Y aun así
el mundo es nuestro,
cada día nos pertenece,
cada noche nos acoge.

Sabemos
que nuestra estancia es efímera
nuestra voluntad finita
y nuestros latidos contados,
mas tenemos un mundo a conquistar,
guardianes de un faro.

Miénteme,
y dime que el mundo
recordará nuestra luz.

Megalópolis

Anduvo descalza sintiendo la frescura de la fría hierba en los pies, cegándose por la luz de los rayos del sol atravesando las ramas en flor y escuchando el sonido del arroyo cercano.

La ciudad acababa en ese mismo lugar, donde la naturaleza comenzaba y no tenía fin. El paisaje que se abría ante ella era el más hermoso que había podido observar: un cielo azul pintado de montañas, árboles, ríos y fauna salvaje. Todos los sentidos se encontraban igualmente excitados y relajados; existía en ella un nuevo horizonte, una nueva y posible comunión con la naturaleza. Sin embargo, la mujer miró atrás y vio la megalópolis. Los rascacielos y el humo de la industria lo cubrían todo sin excepción.

Algo le oprimió el pecho. Odiaba la gran ciudad, odiaba sus costumbres, las prisas, la mala calidad del aire, los trabajos precarios, las tiendas saturadas, la comida procesada y los gritos de la gente. Sin embargo, era su hogar y siempre lo había sido. La libertad se encontraba a un solo paso más, pero aquel sinfín de cemento hizo lo que ninguna cárcel y lo que ningún sistema consiguió: vivir en una cárcel sin muros, una cárcel de la que nunca querrías escapar.