La celda de luz

Eras la única luz de todo el lugar, de todos y cada uno de los días en los que recorría aquel misterioso sitio. Caminabas dentro de aquella celda que mi mano no podía atravesar. La luz de tu cuerpo emanaba una claridad que jamás había visto, pero tú permanecías de pie mirándome, observándome, penetrándome con la mirada como nadie era capaz de hacer. Nunca pude acercarme a ti lo suficiente para poder verte mejor, únicamente te limitabas a realizar aquellos pequeños y tímidos pasos, los suficientes para girarte y sonreírme humildemente mientras yo me mantenía a distancia.

Intentaba hablarte para obtener respuesta, intentaba que la celda de luz me permitiera introducir mi mano. Jamás ocurrió. Y aunque no pude dejar de volver al mismo lugar día tras día, comencé a entenderlo. No estaba preparado para amarte. Aquella pureza no era digna de mis imperfecciones. Aún no podía entregar un corazón que seguía quebrado, y tú lo sabías mejor que nadie. Sonreí ante aquella sabia perspectiva. En la última noche de verano, abandoné aquel lugar con la esperanza de volver en un futuro.

La marca de mi mano quedó impresa en su celda de luz, a la espera de que algún día fuese digno de ella.

La sombra

Otra noche más caminando en la nieve. Otra noche más buscando. Aparecía siempre en aquella época del año. La sombra, la voz, la razón. Nunca me llegué a preguntar del todo quién era, o qué era. Esa pregunta perdía todo sentido una vez escuchaba sus palabras. No me importaba de qué boca salieran o qué viento traería su voz, simplemente no tenía importancia alguna. Sabía que en aquel momento era todo lo que necesitaba oír pero un año de espera era demasiado tiempo. La sombra siempre aparecía en invierno y no volvía hasta el siguiente.

Mientras el viento me golpeaba en la cara, una mancha negra fue acercándose a mí. Sus movimientos no parecían humanos y su caminar no parecía precedido de ningún movimiento físico. Era la sombra. Su silueta era humanoide pero sus movimientos describían todo lo contrario. En ese momento me encontraba al borde de las lágrimas, sumido en una espiral de pensamientos inconexos, dudas y miedos de todo tipo. Necesitaba a la sombra más que en ningún otro momento.

Me fallaron las fuerzas para continuar caminando y caí entre ramas, hojas y nieve. Me golpeé la cabeza y quedé aturdido varios segundos. Mi fuerza se esfumaba y mi esperanza volaba con el viento helado. Aquel golpe solo fue una excusa más que mi cuerpo necesitaba para derrotarme una vez más, una entre muchas. Cuando alcé la vista esperando ver a la silueta humanoide y confirmar por fin ante qué tipo de ser me encontraba, no vi más que un entorno difuminado. El paisaje nevado cambió por un entorno más cálido, una especie de habitación decorada con muebles antiguos. Sin embargo, las formas no llegaban del todo a mi mente por lo que seguí aturdido varios segundos. La sombra comenzó a hablar:

—Tienes miedo. Lo sé.

Levanté la cabeza, intentando que mis lágrimas y mi dolor de cabeza me dejaran responder algo con sentido.

—Lo tengo. No tengo fuerzas. Estoy tremendamente cansado.
—Te conozco lo suficiente para saber que en el fondo nunca te has rendido.
—Sí que me he rendido. Muchísimas veces. Más de las que tú puedes imaginar.
—Mientes. Lo sé todo sobre ti.

Mi cabeza empezó a dolerme más intentando explicarme a mí mismo quién o qué era esa sombra, pero una vez más me encontraba ante una pregunta estúpida. Quería sus palabras, nada más. Ese ser parecía ser capaz de comprenderme mejor que yo mismo.

—Si lo sabes todo sobre mí, ¿qué es lo que buscas?
—Ayudarte.
—¿Por qué?
—¿Existe razón para ayudar a alguien?
—Siempre existe una razón para ayudar a alguien.

Esa última frase salió de mi boca sin pasar por mi mente. Un atisbo de optimismo en el océano formado por el caos de mis pensamientos. La sombra continuó hablando:

—Sé que tienes miedo. Sé que piensas que te has rendido. Sin embargo, eso no es más que una afirmación provocada por la desesperación, por el dolor. Tu dolor es grande y no te deja ver lo que tienes frente a ti.
—No puedo con esto.
—Estás en lo cierto, tanto si dices que no puedes, como si dices que puedes.
—¿Qué quieres decir?
—Tienes que comprender el dolor. El dolor no es más que una señal de aviso de que algo no funciona en tu vida. Como todo, el dolor es algo que nos mantiene despiertos, creativos, ávidos de conocimiento y de entender el mundo que nos rodea. Si de verdad podemos diferenciarnos de alguien es en la manera que canalizamos ese dolor.
—Quiero que desaparezca.
—Eso sería el camino fácil. El camino cobarde.
—Que no haya dolor no es cobarde, es el objetivo.
—Te equivocas.

La sombra calló durante varios segundos antes de continuar hablando:

—El dolor no es más que una prueba. La recompensa de saber canalizar ese dolor es la fuerza, la claridad, la superación. El error es intentar apaciguar ese dolor con distracciones esporádicas o salir corriendo de él. Tarde o temprano te encontrará. Incluso si has corrido más rápido que él durante años, te encontrará.
—¿Qué intentas decirme?
—Sabes qué es lo que tienes que hacer. Solo que ahora mismo no lo ves. Eres incapaz solo porque tú piensas que lo eres. Tienes que abrazar el dolor, pelear con él, hablarle a la cara. Huir no es una opción. No tienes opción.
—¿Y qué hago?
—Haz del dolor un compañero de vida. La vida nunca estará carente de dolor. Si aceptas ese dolor, si lo llevas contigo, te hará más fuerte y poderoso de lo que nunca hubieras imaginado. Ese es el verdadero poder: aceptar el dolor sin llegar a destruirnos por dentro, aceptar el dolor sin perder la esperanza, aceptar el dolor sin llegar a convertirnos en algo que no deseamos.

El entorno de la habitación comenzó a difuminarse aún más.

—¿Te marchas? —le pregunté a la sombra.
—Tengo que irme, no puedo quedarme.

La sombra comenzó a desaparecer y el entorno nevado volvió a aparecer ante mí. El frío del invierno volvió a golpearme la cara y la sombra comenzó a alejarse cada vez más.

—¡Espera! ¿Quién eres?

Justo antes de desaparecer un año más, la sombra me dijo:

—Lo sabes. Siempre lo has sabido.

Tenía razón, y no quise verlo.

Elementos

Me senté frente al mar. Las olas estaban demasiado calmadas, el viento apenas soplaba y no se veía ninguna nube en esa noche tan espléndida. La arena de la playa estaba templada y nadie amenazaba mi particular tranquilidad.

Así que decidí cambiar todo eso y comencé a alterar mi entorno. Usé mis poderes para dibujar la naturaleza a mi antojo. Creé olas de cinco metros, un viento atronador que lo cubrió todo bajo una tormenta de arena y de un cielo despejado apareció una tormenta terrible. Los elementos me cubrieron y danzaron a mi alrededor.

—Así está mejor.

Bandera blanca

Despídete.
Súbete al coche,
pisa el acelerador
y alza tu mano al viento.

Acelera y no pares,
que los edificios desaparezcan,
que el paisaje cambie,
que la luz del día termine,
pero sigue acelerando.

Sigue,
continúa,
ondea la bandera blanca,
hoy tienes derecho a rendirte,
mañana tendrás derecho a enfadarte,
pasado tendrás derecho a llorar.

Y cuando el coche pare
y acabes en mitad del camino,
gritarás,
chillarás,
golpearás el capó
y dirás: ¡Me rindo!

Ondea tu bandera blanca
y ríndete con orgullo.

Solo los valientes se rinden
para resurgir más fuertes.
Solo los valientes se rinden
para luchar otro día.
Solo los valientes
admiten hoy la derrota.

Ondea tu bandera blanca
pero regresa,
vuelve,
te estaré esperando.

Recuerdo

Recuérdame,
cuando camines entre las brasas,
cuando corras entre la hierba
y el aire del desierto te queme
o la brisa del otoño te apacigüe.

Recuérdame,
en tu batalla más peligrosa,
y en la paz de tu victoria.
En tu sonrisa más sincera
y en tus lágrimas más inesperadas.

Levanta tu mirada,
frota tus ojos,
y despeja tu cabeza.

No me recuerdes más,
porque entre las brasas y la hierba,
entre el aire caliente y la brisa,
en batalla y en paz,
en tu sonrisa y en tus lágrimas,
yo nunca me fui de tu lado.