Libre albedrío

Una ilusión, eso es lo que reafirmas a cada paso que das por la calle. Sientes el libre albedrío por doquier, la capacidad de decidir la respuesta ante la próxima elección, por muy nimia que sea. Tus piernas se mueven bajo tus órdenes y sientes ese estallido de libertad, de control absoluto sobre tu vida. ¿Izquierda o derecha? ¿Arriba o abajo? ¿Más rápido o más lento? No te importan las respuestas a dichas preguntas, porque sabes que sea cual sea la elección que tomes, será automática. Te engañas diciendo que ese automatismo es producto de la costumbre, al igual que te engañas creyendo que has elegido girar a la izquierda en el último cruce porque lo has pensado racionalmente.

Y es justo cuando cruzas la calle a la izquierda que tu mente se ilumina con un fogonazo por un brevísimo periodo tiempo. En menos de un segundo surge la duda de tu vida, surgen las preguntas interminables, las rotondas de la mente de las que los pensamientos no pueden salir ni llegar a ninguna conclusión racional: ¿He girado a la izquierda porque lo he decidido? ¿Estoy cruzando por esta calle porque me parecía lo más lógico? ¿Cuándo decidí que vivir en esta ciudad sería lo mejor para mí? ¿Hasta qué punto sé que mis estudios fueron elección mía y no una manipulación externa?

Pero continúas andando por la calle de la izquierda. Aunque esta vez, ese fogonazo de la mente ha dejado encendida una luz que antes no existía. Te abres ante un mundo de preguntas y posibilidades infinitas en el que no sabes hasta qué punto controlas tu vida. Tenías claro hasta hacía cinco minutos que todas esas elecciones eran producto del libre albedrío, de tu control sobre el entorno y no al revés. ¿Qué es lo que ha pasado exactamente? ¿Por qué ya no sientes ese control sobre tu vida? ¿Cómo llenas los vacíos de unas preguntas cuyas respuestas nunca encontrarás?

Sin darte cuenta has comenzado a andar más rápido. Un cruce tras otro pasan por el rabillo del ojo. Hace medio kilómetro que has sobrepasado tu destino pero sigues atravesando cruces. Te niegas a admitir que exista un control sobre las elecciones que realizas. Es por eso por lo que ahora te sientes seguro al evadir tu destino de hace medio kilómetro. Nadie esperaba que te alejases tanto, nadie esperaba un cambio brusco en dicha elección. Pero otra pregunta surge en tu mente: ¿Esto también es producto del control? ¿Alguien está manipulándote? ¿Es esta sensación nueva de libre albedrío una nueva función con hilos de marioneta?

Paras sobre el escaparate de una tienda y te apoyas en él, exhausto. Te detienes a observar a los demás, preguntándote si alguno de ellos han llegado a ese punto de su vida. No, seguro que no. Seguro que tú eres el único que ha pensado que el libre albedrío no existe. ¡Qué locura! ¿Será eso? ¿Estás perdiendo la cabeza?

Vuelves a casa y te asomas al balcón mientras te fumas un cigarro. Ahora estás más calmado y ni siquiera te preguntas si la decisión de fumar un cigarro ha sido propia. No te lo preguntas más, te agota demasiado. Vivir pensando en los hilos del destino o en los hilos como marioneta es una labor agotadora.

Al día siguiente te despiertas con un ligero recuerdo de los pensamientos del día anterior. Intentas olvidarlos pero la bruma del despertar hace que sea más difícil de conseguir y el silencio de una mañana de invierno no ayuda demasiado. Después de ducharte, vestirte para el trabajo y montar en el transporte público, esos pensamientos van difuminándose hasta que se convierten en un ligero recuerdo de un momento de locura.

Has retomado el control de tu vida. No había hilos del destino, ni marionetas. La falta de libre albedrío es solo un pensamiento reservado para los dementes. Una ilusión, eso es lo que reafirmas a cada paso que das por la calle.

Juventud

Espero al final de la escalera,
sabes quién soy,
sabes lo que quiero,
diría que estás perdida,
pero la perdición
ya nos alcanzó a ambos
y forjamos nuestras almas
en el fragor de la batalla
deteniendo mareas
y derritiendo soles.

Conozco todo sobre tu dolor
y el dolor nos conoció hace ya mucho.
Por eso sigues caminando
subiendo la escalera,
lo llamas amor,
quizás no son más que reminiscencias
de una juventud idealizada,
de sueños quebrados,
de esperanzas humilladas.

Espero al final de la escalera,
escuchando tus pasos
mientras el cielo calla
y los elementos se detienen.
El tiempo se congela,
los segundos nos obedecen,
y aunque conozcamos el dolor,
aunque esperemos la desdicha,
tú me ves
y yo te veo
más de lo que nadie
nos ha visto jamás.

Camino por el borde del edificio,
tus pasos me siguen,
nuestros instintos sonríen
y yo me lanzo al vacío
pero la gravedad
queda a mi merced
y sigo caminando.

Con un gesto de mi mano
y una mirada de deseo
te invito a que me sigas.

Solo en este vacío
fuera de cualquier escalera,
fuera de cualquier edificio,
en contra de los elementos
y en contra de la gravedad
cualquier odio se disipa.

Solo en este vacío
vuelven los sueños,
vuelve la esperanza.

Volvemos a ser jóvenes
porque intentaron que no lo fuéramos,
porque nunca dejamos de serlo.

Pilares de barro

Vuela alto,
vuela conmigo
y observa.

Aquella criatura tan frágil,
llamada ser humano
alzando su mano al cielo,
construyendo su imperio en la tierra.

Pilares de barro y fango,
adorando al sol y a las estrellas,
desde los desiertos más inhóspitos
hasta las cumbres más heladas.

Cuando la última luz del día desaparece,
aquellos pájaros sin alas
claman su deseo de volar,
mas la noche llega
y su imperio de fango
sobrevive un día más.

Vuela conmigo,
vuela alto,
abre tus alas al sol
y derriba tus pilares de barro.

Hagamos que nuestra sombra
permanezca para siempre
en este mundo mortecino.

Polvo y cerveza

Pedía lo mismo de siempre en aquel local. Un pub lleno del constante ruido de las conversaciones, golpes de vasos y risas intermitentes que rebotaban en mi cabeza mientras la cerveza bajaba por mi gaznate. Me sentaba en la esquina del bar un par de horas hasta que el alcohol alcanzaba su punto máximo, esperando el mismo destino de siempre.

Sin previo aviso, la gente comenzaba a desvanecerse en el mismo sitio en el que estaban sentados. Uno por uno y sin pausa, desaparecían sin explicación alguna. Las bebidas se secaban, las mesas se pudrían, la luz se apagaba y los camareros se esfumaban. Incluso el olor cambiaba. Pero mi bebida seguía ahí, la cual terminaba de un trago como si fuese la primera que tomaba en toda la noche. A la misma hora de la madrugada, el pub siempre volvía a su estado natural: un local abandonado y desprovisto de clientes.

Me aferraba con orgullo al pasado, esperando que algún día todo volviera a ser como antes. Esperando que algún día la gente no se desvaneciera, que el local recuperase su antiguo esplendor y que los míos volvieran a la barra. Cada fin de semana me acercaba a la misma esquina del pub pero todo acababa convirtiéndose en polvo. Tenía la vana esperanza de que sin mover un dedo quizás volvería a disfrutar de una compañía etílica que un día llamé amistad. Sabía que aquella ilusión no era más que una trampa. Una vez conoces la verdad y la razón de tu felicidad pasada, es imposible sentirla al completo de una manera tan natural como antaño.

El local se quedó a oscuras y yo salí de él, apagando de nuevo la voz racional de mi mente que me avisaba de la futilidad de todo aquello. El próximo fin de semana volvería con mis recuerdos. Todo aquello me resultaba más fácil que crear nuevos. Era cómodo, era un engaño, era una ilusión. Pero era mi ilusión, y en mi ilusión mando yo.

La rueda de la historia

El día de la celebración. Las papeletas volaban por todas partes, las calles se llenaban de pintadas y los eslóganes se colgaban en los balcones de las casas, cual recordatorios de la simpleza del nuevo poder dominante. Pan, trabajo, futuro. Las premisas y promesas de la nueva clase que ejercía su poder preocupados por el bien del pueblo.

Al abrir la puerta de mi edificio me encontré con un grupo de jóvenes simpatizantes que no tenían ni idea de lo que significaba haber cambiado de poder establecido. Toda revolución inspira un aire fresco hasta que se muerde su propia cola. Me gritaron varias consignas aprendidas de su nuevo panfleto, el cual no conocían hacía apenas una semana. Anduve sin prisa pero sin pausa entre la multitud extasiada por el baile de colores y el contagio de las emociones primarias. Una nueva pertenencia a un grupo social, un nuevo escalón al que poder acceder, un nuevo sentido del día a día.

La procesión de soldados y vehículos continuaba en una fila que parecía no tener fin, mientras los ingenieros instalaban estatuas del nuevo líder en las plazas más emblemáticas de la ciudad. Aquellos edificios que aún pecaban de estar vacíos de significado ideológico se llenaron de carteles enormes de propaganda donde aparecían mujeres y hombres de diversa clase y oficio entregándose en cuerpo y alma al desarrollo de su pueblo. Llaves inglesas, probetas de laboratorio y rifles. Todo valía para exaltar la voluntad del pueblo. Cuando llegué al centro de la plaza principal de la ciudad, uno de los altos dignatarios del partido realizaba un discurso utilizando palabras genéricas pero llenas de emoción, acordes con el momento y exageradas por un lenguaje corporal digno de una obra de teatro antigua.

«Paz, orden, desarrollo, país, pueblo, fuerza».

Otro grupo de soldados cacheaba a la multitud de la plaza en busca del mínimo rastro de amenaza. Me alejé de la multitud que rodeaba al hombre del partido y crucé el puente de la ciudad, deteniéndome en el centro. Desde allí podía ver toda la celebración. Soy un hombre viejo y no puedo sino decir que los seres humanos tenemos una memoria selectiva e interesada. No es la primera vez que las botas de los soldados resonaban entre las calles de esta ciudad, pero actuamos como si nuestros nuevos salvadores fuesen mejores que los antiguos. Creo que en cierto momento de nuestra historia, nos cansamos de llevar las riendas de nuestro propio destino y cedemos nuestra libertad de elección a quienes sepan cuidarla mejor que nosotros. Una vez reconocemos a nuestro poder dominante, el cual por supuesto nos representa, olvidamos lo que ha ocurrido en anteriores ocasiones y preferimos olvidarlo. La esperanza también se sirve en plato caliente. Esta vez será la buena, esta vez saldremos victoriosos. Es preciso borrar todo rastro de memoria en un momento en que las emociones a flor de piel nos aseguran que esto sí puede funcionar. Ahora sí.

La última pancarta se colgó sobre el puente en el que estaba y un oficial exigió ver mi documento de identidad.

Circule.

Crucé el puente y un grupo de cazas en perfecta formación sobrevoló la ciudad con un ruido ensordecedor. Entré en el bar de la esquina, mi santuario desde que tengo memoria. Los vasos aún se tambaleaban por el paso de los aviones. Pedí una cerveza y miré la televisión, donde glorificaban el nuevo movimiento creado por y para la paz, por y para el pueblo. Bebí media cerveza de un trago y observé las calles desde una de las ventanas del local. Y allí me quedé hasta la noche, esperando a que la rueda de la historia volviese a girar. Y cuando lo hiciera, nuestra memoria haría desaparecer otra valiosa lección, como cualquier panfleto que aquel día acabó pisoteado por botas militares.