Bandera blanca

Despídete.
Súbete al coche,
pisa el acelerador
y alza tu mano al viento.

Acelera y no pares,
que los edificios desaparezcan,
que el paisaje cambie,
que la luz del día termine,
pero sigue acelerando.

Sigue,
continúa,
ondea la bandera blanca,
hoy tienes derecho a rendirte,
mañana tendrás derecho a enfadarte,
pasado tendrás derecho a llorar.

Y cuando el coche pare,
y acabes en mitad del camino,
gritarás,
chillarás,
golpearás el capó
y dirás: ¡Me rindo!

Ondea tu bandera blanca
y ríndete con orgullo.

Solo los valientes se rinden
para resurgir más fuertes.
Solo los valientes se rinden
para luchar otro día.
Solo los valientes
admiten hoy la derrota.

Ondea tu bandera blanca
pero regresa,
vuelve,
te estaré esperando.

Recuerdo

Recuérdame,
cuando camines entre las brasas,
cuando corras entre la hierba
y el aire del desierto te queme
o la brisa del otoño te apacigüe.

Recuérdame,
en tu batalla más peligrosa,
y en la paz de tu victoria.
En tu sonrisa más sincera
y en tus lágrimas más inesperadas.

Levanta tu mirada,
frota tus ojos,
y despeja tu cabeza.

No me recuerdes más,
porque entre las brasas y la hierba,
entre el aire caliente y la brisa,
en batalla y en paz,
en tu sonrisa y en tus lágrimas,
yo nunca me fui de tu lado.

Victoria

Ella siempre tomaba apuntes. Constantemente. Escribía y escribía mientras miraba a los demás cómo hablaban, cómo sus labios se movían y cómo gesticulaban exageradamente, como si eso afirmase su opinión y despejase toda duda de su veracidad. Los gritos eran algo común. Aquellas personas no hablaban para opinar, no hablaban para escuchar y ni siquiera hablaban para solucionar nada. Aquello se parecía más a un discurso interno, a una autoafirmación en grupo de sus propias opiniones y totalmente inamovibles. ¡Debate! Así se titulaba aquel momento del día. Cada vez que ella lo leía en el cartel de la entrada, sonreía irónicamente y entraba en la sala.

Ella opinaba poco, y cuando lo hacía se basaba en sus apuntes y en los datos que traía consigo. Cuando comenzaba a hablar con calma pero de forma decidida, los demás interrumpían constantemente. No era algo nuevo. Aquellas interrupciones no tenían como objetivo señalar lo erróneo de su opinión, sino evitar que una nueva duda asaltase la fortaleza intelectual de sus cabezas, custodiada por guardias autómatas. Como siempre, los gritos y las descalificaciones hacia la mujer pretendían reafirmar una opinión carente de fundamento pero sobrada de testosterona. Finalmente, ella quedó apartada del grupo dominante. Sus miembros reían entre ellos y hablaban de superficialidades. Aquella fue la recompensa de la mujer por haber intentado dialogar y derrumbar los dogmas que impregnaban la sala: la marginación social.

Sin embargo, cuando la mujer dejó de asistir a las reuniones, nadie retomó la conversación. El ruido del aire acondicionado era todo lo que quedó entre esas cuatro paredes. Ya no había risas, ni opiniones subidas de tono, ni discursos internos, porque ahora todo ello carecía de sentido sin un enemigo a la vista, y sus opiniones quedaron verificadas. Las vacías apariencias de sociabilidad y arraigo entre sus miembros ya no hacían falta sin la presencia de un enemigo que contemplara el despliegue de su fuerza. Así que los miembros del grupo fijaron su vista al suelo y callaron durante largos minutos, sabiendo que detrás de todo eso había algo que no funcionaba bien. Ahora había una muralla más alta en la fortaleza, custodiada por un número mayor de guardias. Victoria.

Sirenas

Era como una voz que cabalgaba con el viento. Atrapada en el sonido y el eco de las olas que rompían fuertemente contra el casco de la nave. Los marineros y guerreros ni siquiera despertaron por el extraño sonido, pero uno de ellos permaneció despierto. Se acercó a proa intentando vislumbrar algo entre la niebla y la oscuridad de la noche. La única luz emanaba de lo poco que las nubes permitían mostrarse a la luna. La voz se hizo más fuerte y más aguda, diferenciándose poco a poco del viento. El navío siguió su rumbo y el marinero empuñó su lanza en una mano y una antorcha en la otra.

–¿De quién son estas aguas? –gritó al aire.

Ninguno de los marineros despertó por el grito, ni siquiera cuando el hombre de la lanza lo intentó avisando del inminente peligro.

–¿Cuáles es vuestro designio? ¡Contestad y lo cumpliremos! ¡No queremos una batalla!

La voz que cabalgaba el viento se hizo aún más fuerte y fue alcanzando un volumen que hizo revolverse a las aguas. El resto de la tripulación seguía durmiendo. El navío cruzaba ahora entre un paso estrecho rodeado de rocas cuando unas siluetas aparecieron por todas partes. Miraban desde las rocas, se movían entre ellas e incluso había algunas rodeando el barco bajo el agua. El marinero bajó la lanza, anticipando que sería inútil mostrar resistencia hacia tal número. Una de las siluetas emergió lentamente del agua y de un solo salto, llegó a la proa del barco. El hombre retiró la antorcha para poder ver el rostro de la sirena, una bella criatura con ojos sin pupilas y piel azulada.

–Eres nuestro –dijo ella con una sonrisa.

Al amanecer, los marineros y guerreros dormidos despertaron en las arenas de una isla desierta. Entre la confusión, pudieron ver un barco que escapaba hacia el horizonte, dibujando su silueta en el anaranjado sol. La sombra de un hombre observaba impasible desde el más alto de los mástiles.

Canto a la luna

Nací bajo la luna,
criado en su reflejo,
moldeado por su destello,
forjado por su abrazo.

Mi luz en la noche,
mi guía en la oscuridad,
mi sombra en el desierto,
mi hoguera en la montaña.

Tu palabra,
el bien y el mal,
tu consejo,
mis designios,
tu luz,
mi aire.

¿Dónde estás?
Muéstrate,
ya no te puedo ver.

Mi noche
jamás ha sido
tan oscura,
tan fría,
tan silenciosa.

Nada soy sin tu luz.
Nada quiero sin tu compañía.
¿Dónde estás?
¿Por qué me abandonaste?

Nací bajo la luna
y moriré sin ella.