Victoria

Ella siempre tomaba apuntes. Constantemente. Escribía y escribía mientras miraba a los demás cómo hablaban, cómo sus labios se movían y cómo gesticulaban exageradamente, como si eso afirmase su opinión y despejase toda duda de su veracidad. Los gritos eran algo común. Aquellas personas no hablaban para opinar, no hablaban para escuchar y ni siquiera hablaban para solucionar nada. Aquello se parecía más a un discurso interno, a una autoafirmación en grupo de sus propias opiniones y totalmente inamovibles. ¡Debate! Así se titulaba aquel momento del día. Cada vez que ella lo leía en el cartel de la entrada, sonreía irónicamente y entraba en la sala.

Ella opinaba poco, y cuando lo hacía se basaba en sus apuntes y en los datos que traía consigo. Cuando comenzaba a hablar con calma pero de forma decidida, los demás interrumpían constantemente. No era algo nuevo. Aquellas interrupciones no tenían como objetivo señalar lo erróneo de su opinión, sino evitar que una nueva duda asaltase la fortaleza intelectual de sus cabezas, custodiada por guardias autómatas. Como siempre, los gritos y las descalificaciones hacia la mujer pretendían reafirmar una opinión carente de fundamento pero sobrada de testosterona. Finalmente, ella quedó apartada del grupo dominante. Sus miembros reían entre ellos y hablaban de superficialidades. Aquella fue la recompensa de la mujer por haber intentado dialogar y derrumbar los dogmas que impregnaban la sala: la marginación social.

Sin embargo, cuando la mujer dejó de asistir a las reuniones, nadie retomó la conversación. El ruido del aire acondicionado era todo lo que quedó entre esas cuatro paredes. Ya no había risas, ni opiniones subidas de tono, ni discursos internos, porque ahora todo ello carecía de sentido sin un enemigo a la vista, y sus opiniones quedaron verificadas. Las vacías apariencias de sociabilidad y arraigo entre sus miembros ya no hacían falta sin la presencia de un enemigo que contemplara el despliegue de su fuerza. Así que los miembros del grupo fijaron su vista al suelo y callaron durante largos minutos, sabiendo que detrás de todo eso había algo que no funcionaba bien. Ahora había una muralla más alta en la fortaleza, custodiada por un número mayor de guardias. Victoria.

Propaganda

Una pieza más de un engranaje que no funcionaba. Él ya llevaba años sin producir para el sistema. Parado, inactivo, apartado. Todos los días salía de su apartamento en el centro de la ciudad para tener contacto con la realidad. Mientras bajaba en el ascensor del edificio, escuchaba la radio. Cuando pedía un capuchino en el bar de la esquina, ojeaba las diferentes noticias que la aplicación del móvil había personalizado para él. Al sentarse en el parque a tomar el sol, leía el último número de su revista económica preferida.

Antes de que su mujer llegara de trabajar, volvía al apartamento y encendía la televisión. Le maravillaban todos aquellos números verdes bailando en la pantalla. Cifras económicas optimistas, un futuro brillante para los jóvenes, la última reforma exitosa. Exactamente lo que los medios llevaban diciéndole todo el día. El país iba bien, la economía aún mejor. Pronto volvería a ser aquel engranaje tan necesario para la sociedad.

—¿Ya estás viendo esa porquería? —le decía su mujer al volver del trabajo. Se refería al debate económico televisivo de todas las tardes.
—No es ninguna porquería. Los números son realmente buenos. Seguro que salimos de ésta en muy poco tiempo.

Su mujer estaba cansada de discutir por algo que sin ninguna duda les había hecho un daño enorme, pero él estaba cada vez más sumido en aquella fuente de información. Necesitaba beber del optimismo de las cifras como el aire que respiraba. Necesitaba explicarlo todo con una razón objetiva y desinteresada. Después de un silencio de varios minutos, ella dijo:

—Me han bajado el sueldo.
—Eso seguro que es debido a la flexibilidad temporal que permite…
—¿Escuchas algo de lo que te digo?
—Solo es cuestión de tiempo. Es una reforma necesaria que todos…

Su mujer salió de la sala sin querer oír nada más. La televisión seguía sonando y los expertos opinaban sobre la nueva reforma que iba a traer más flexibilidad al mercado. Era un paso necesario para poder recuperar derechos en un futuro. ¡Tenía tanta lógica! ¡No era posible que todos los expertos se equivocaran! ¿Por qué ella no quería entenderlo? Había que pensar en el bien común.

Meses después, él siguió bajando al mismo parque. En el camino, le pareció ver a más gente pidiendo dinero por la calle y recordaba las plazas algo mejor conservadas, pero creyó que no eran más que ilusiones de un pasado borroso. Hacía varias semanas que su mujer le había dejado. Ahora vivía del poco dinero que sus padres tenían ahorrado puesto que las prestaciones por desempleo habían desaparecido completamente. Gracias a gente como él, la recesión no había provocado una alteración en el orden. ¡Menos mal! Porque todo iba mejor cada día, las cifras seguían en verde y las reformas funcionaban. Abrió el último número de la revista económica y sin dudarlo, se metió su dosis diaria.

Idealista

Seguí conduciendo por aquella carretera mal asfaltada mientras mi coche daba un tumbo tras otro. Un bache me cogió por sorpresa y una de las ruedas acabó incrustada en un agujero que nadie se había dignado a arreglar todos esos años. Enfurruñado, me bajé del coche y observé el paisaje ante mí. Las únicas luces que llegaban a la carretera provenían de las industrias contaminantes que expulsaban toda la suciedad al aire. Un pequeño y mugriento río me separaba de tan necesaria actividad económica. El resto del destrozado camino era un completo misterio.

Y sin embargo, allí estaba de nuevo, visitando la ciudad en la que había crecido. ¿Siempre fue así? Me cuesta creer que esta ciudad de mala muerte me provocase tanta añoranza cuando pude escapar de sus garras. Quizás mi joven yo tenía la capacidad de ignorar todos estos detalles negativos que sabía que no podía cambiar, o siendo idealistas, creía que algún día tendría algún puesto importante que le permitiese hacer la vida mejor a los vecinos. ¿El bache de la carretera? Recuerdo que mi primer coche acabó destrozado a los dos años por el mal estado de las carreteras. Y me lo tomé con humor. ¿El paisaje? A mi joven yo no le importó cuando la industria creó empleos contaminantes en la ciudad. Y me lo tomé con humor. ¿El mugriento río? Un daño colateral. Y sí, me lo tomé con humor.

Me he convertido en lo que no quise convertirme. El idealismo ha desaparecido por completo y ahora la vida me parece demasiado ajetreada como para luchar. He decidido no soñar y escapar a otro lugar donde pueda respirar un aire más puro, donde no falte iluminación, donde las carreteras estén bien asfaltadas y donde el agua sea cristalina. Aún me queda esperanza como para pensar que un joven idealista como yo llegará a este agujero y pinchará una rueda. Después de eso, se lo tomará con humor y se consolará sabiendo que aquello se arreglará de alguna manera en un futuro. Lo que no sabrá es que seguramente se convierta en un hombre ajetreado como yo, preso de la rutina y del camino correcto a seguir en la vida, esclavo de la corriente de opinión mayoritaria y de la ideología del sentido común único. Todo aquel idealismo se pudrirá junto con la suciedad que lleva el río. Y la esperanza volverá a surgir. Alguien más arreglará este desastre mientras yo me siento en el sofá a ver cómo ocurre.

Buck

Buck sostuvo la mirada a su dueño. Él ya conocía todos los trucos que necesitaba para salir a pasear, aunque el hombre lo imaginase. No importaba, le gustaba poner su mirada tierna, igual que había hecho desde que era un cachorro.

Buck llegó a casa de Francis por casualidad. Separado de sus pequeños hermanos, anduvo entre los árboles y las pequeñas calles del pueblo hasta que llegó a la casa del final de la calle. Un delicioso olor a comida hizo que se quedara en su jardín, a la espera de poder probar un bocado. Cuando Francis salió para tirar un pequeño trozo que había sobrado de la cena, vio un par de ojos llorosos de cachorro que lo miraban desde el contenedor de basura. El hombre se quedó mirando al animal, que le devolvió aquella mirada tierna que le acompañaría después. Apenado, le dejo el trozo de comida en el asfalto de la calle. No le convencían mucho los perros y jamás había pensado en tener uno, pero nunca le había gustado tirar la comida a la basura y mucho menos bajo aquella mirada.

Desde aquel momento, Buck se acercaba cada noche a casa de Francis y recibía un bocado cada vez más grande. Al principio, el anciano no prestaba atención a los ladridos de cachorro, pero poco a poco fue dejando un poco de comida intencionadamente para dárselo al pequeño. Ya no se escondía tanto y sus pequeñas patas rascaban la madera de la puerta principal.

–¡Vamos! ¡No arañes la puerta, chucho! Te daré comida, pero deja de molestar.

Buck dejó de arañar la puerta cuando vio la comida. Sabía que las palabras del humano pretendían ser amargas y ofensivas, pero su tono revelaba otra cosa. Comió su porción de comida como cada noche y cuando acabó, se quedó mirando a Francis.

–¿Quieres más? ¿Es que tú no te llenas nunca, pulgoso?

Buck ladeó su pequeña cabeza, intentando entender lo que quería decir. De nuevo, su tono no revelaba un enfado real así que mantuvo su acostumbrada mirada. El hombre resopló con la mirada fija en la calle opuesta.

–Vale… Tú ganas. Entra a casa, pero solo te quedarás esta noche. Creo que puedo darte algún hueso o algo así. ¡Pero no te acostumbres!

Buck entró a casa de Francis y empezó a olisquear y corretear por todas las habitaciones. El anciano comenzaba a ponerse nervioso y a perseguir a la criatura por todos los rincones.

–¡Oye! ¡No! ¡Deja eso! ¡Vas a mancharme toda la casa!

Conforme pasaban las semanas, las visitas de Francis preguntaban por su perro. Él, con el humor avinagrado de siempre, respondía:

–¿Este perro? Tengo que deshacerme de él. No hace más que morderlo todo.
–¿Te gusta, verdad?
–¿Cómo me va a gustar? Es peludo, baboso y…
–Y no puedes evitar quererlo.
–¡Yo no he dicho eso!

Buck creció y creció. Pasaron dos años y Francis tuvo que cambiar su avinagrado discurso. Ya nadie creía la versión del anciano, que afirmaba no seguir queriendo que el perro se quedase en su casa. Todo el mundo sabía que eran inseparables, por mucho que aquel cabezota refunfuñase para sus adentros.

Un día, Francis recibió una oferta de trabajo. Su prestación por desempleo ya no le daba para pagar su casa y llegar a fin de mes, así que tenía que marcharse hacia la costa oeste. No le quedaba mucho para jubilarse, pero tendría que trabajar y ahorrar un poco más para entonces. La única pega es que Buck no podría ir con él; los apartamentos proporcionados por la empresa no admitían animales. Mientras Francis pensaba sobre el asunto con una copa de whisky en la mano, el perro se subió al sofá y comenzó a gruñir de manera juguetona.

–Ahora no, Buck.

El perro ladró.

–¡He dicho que ahora no!

La cara de Buck cambió por completo. Esta vez intuía que algo no funcionaba, así que se echó junto a él en el sofá con un pequeño gruñido y se relajó. Sabía que algo iba a pasar, pero desconocía el qué.

Al día siguiente, Buck observaba a su dueño coger objetos, meterlos en cajas y moverlo todo. No entendía qué hacía porque jamás había hecho algo como aquello. ¿Entraría él dentro de sus planes? La casa estaba más vacía y oscura que nunca, aquel aparato que emitía luz y ruido ya no estaba y el sofá estaba cubierto por una sábana.

Francis había recuperado su humor avinagrado de siempre. Un camión de mudanzas ya se había llevado todo lo que le importaba en aquella casa y Buck era el único cabo suelto. Mientras el taxi que había llamado cargaba su última maleta, el animal lo miró con su mirada tierna de siempre. El anciano lo miró y le dijo algo que no entendió, pero captó su tono triste y desesperanzado. Se metió al coche así que Buck también lo intentó pero la puerta se cerró en sus narices y el coche arrancó. El perro comenzó a ladrar hasta que el coche se perdió de vista.

Los ladridos eran cada vez menos audibles dentro del taxi, así que Francis intentó relajarse y olvidarse del perro al que nunca había imaginado que amaría. Intentó dormir un poco pero no pudo. Después de un bache que el taxista no quiso esquivar, observó el cartel de salida de la ciudad.

–Pare.

Una hora después, el taxi volvió a aparecer por la calle. Buck seguía sentado en el mismo sitio en el que Francis le ofreció comida por primera vez. Con sus ojos llorosos, con su mirada tierna.

Monosílabo

Persona 1 está escribiendo un mensaje…
Persona 2 responde con un monosílabo.
Persona 1 está escribiendo un mensaje…
Persona 2 recibe un mensaje y vuelve a responder con otro monosílabo.

Persona 1 escribe dos páginas de texto y envía el mensaje a persona 2, quien no responde durante una semana.
Persona 2 lee el mensaje y esta vez no responde.

Persona 1 se pregunta qué ha hecho mal. Se pregunta qué ha dicho, qué no ha dicho, qué ha podido mejorar, qué ha ignorado.
Persona 2 no dice nada, sigue callada, sigue deseando que vuelva a llegar otro mensaje de persona 1 para poder ignorarlo de nuevo.