Diferentes

La mujer de la gabardina roja está apoyada en la esquina del vagón del tren. Permanece cabizbaja mientras su pulgar desliza actualizaciones y noticias en su móvil. En un segundo incierto se da cuenta de que ha adoptado una mala postura y se pone recta, guardando su aparato en el bolso. Observa a los demás, que mantienen la misma postura que tenía ella hace cinco segundos. Se fija en un hombre con traje negro que sonríe como un idiota ante la pantalla de su móvil.

«Yo no estoy tan enganchada como esta gente. ¿Qué imagen estamos dando como sociedad? Tenemos que hablar más entre nosotros, leer más y dejarnos de tanta red social».

Pocos minutos después, el hombre del traje negro observa a la mujer de la gabardina roja desde su asiento. Él también tiene su móvil en la mano pero se fija en su postura cabizbaja y su sonrisa hacia la luz de la pantalla, que hace que sus dientes adopten un color más blanco y azulado.

«Qué ridículo. Yo utilizo el móvil para cosas más importantes. Seguro que ella está mirando cualquier tontería sin sentido. Es una pena. Todos tendríamos que hablar más entre nosotros y acabar con estos silencios tan incómodos».

Cuando el tren para en la estación, la mujer de la gabardina y el hombre del traje chocan para poder salir antes. Ambos se procuran una sarta creativa de insultos y malas caras que se olvidarán en los próximos cinco minutos. La mujer abandona la estación por la salida 1 y el hombre por la salida 2. A pesar del encuentro, mantienen su opinión respecto al silencio del tren y respecto a los demás viajeros. Una sabrosa sensación de pensamiento a contracorriente.

«No soy como ellos. Soy especial».

Bandera

–Dos más por el este, un grupo de cinco a seis por el suroeste.
–Captado. No les voy a poder ver bien hasta que amanezca.
–¿A qué están esperando?
–No lo sé, pero mantente alerta.

Los dos compañeros de armas compartieron la ración de aquella noche debido a la escasez de suministros. Sus miradas se perdían en el vacío de sus pensamientos. Llevaban combatiendo en esa guerra más de diez años.

–¿Tienes la bandera?
–Lista y dispuesta.

Cuando empezaba a salir el sol, sus disparos iluminaron los edificios que ya estaban cubiertos de la tenue luz anaranjada del amanecer. Cuando solo quedaron ellos, plantaron la bandera en la cima del edificio más alto. Todo aquel territorio era un campo de ruinas, ciudades reducidas a la nada, un entorno natural convertido en desierto.

Uno de los soldados le dijo al otro:

–Victoria. ¡Por fin!

El otro no esgrimió ninguna mueca.

–¿Qué significa esto?

El soldado de la bandera miró al segundo con cara de estupefacción, incluso con una leve mueca de sorpresa, pero rápidamente adoptó el mismo semblante que su compañero. Miró la bandera ondeando al leve viento y respondió:

–No tengo ni idea. ¿Seguimos?
–Seguimos.

Victoria

Ella siempre tomaba apuntes. Constantemente. Escribía y escribía mientras miraba a los demás cómo hablaban, cómo sus labios se movían y cómo gesticulaban exageradamente, como si eso afirmase su opinión y despejase toda duda de su veracidad. Los gritos eran algo común. Aquellas personas no hablaban para opinar, no hablaban para escuchar y ni siquiera hablaban para solucionar nada. Aquello se parecía más a un discurso interno, a una autoafirmación en grupo de sus propias opiniones y totalmente inamovibles. ¡Debate! Así se titulaba aquel momento del día. Cada vez que ella lo leía en el cartel de la entrada, sonreía irónicamente y entraba en la sala.

Ella opinaba poco, y cuando lo hacía se basaba en sus apuntes y en los datos que traía consigo. Cuando comenzaba a hablar con calma pero de forma decidida, los demás interrumpían constantemente. No era algo nuevo. Aquellas interrupciones no tenían como objetivo señalar lo erróneo de su opinión, sino evitar que una nueva duda asaltase la fortaleza intelectual de sus cabezas, custodiada por guardias autómatas. Como siempre, los gritos y las descalificaciones hacia la mujer pretendían reafirmar una opinión carente de fundamento pero sobrada de testosterona. Finalmente, ella quedó apartada del grupo dominante. Sus miembros reían entre ellos y hablaban de superficialidades. Aquella fue la recompensa de la mujer por haber intentado dialogar y derrumbar los dogmas que impregnaban la sala: la marginación social.

Sin embargo, cuando la mujer dejó de asistir a las reuniones, nadie retomó la conversación. El ruido del aire acondicionado era todo lo que quedó entre esas cuatro paredes. Ya no había risas, ni opiniones subidas de tono, ni discursos internos, porque ahora todo ello carecía de sentido sin un enemigo a la vista, y sus opiniones quedaron verificadas. Las vacías apariencias de sociabilidad y arraigo entre sus miembros ya no hacían falta sin la presencia de un enemigo que contemplara el despliegue de su fuerza. Así que los miembros del grupo fijaron su vista al suelo y callaron durante largos minutos, sabiendo que detrás de todo eso había algo que no funcionaba bien. Ahora había una muralla más alta en la fortaleza, custodiada por un número mayor de guardias. Victoria.

Propaganda

Una pieza más de un engranaje que no funcionaba. Él ya llevaba años sin producir para el sistema. Parado, inactivo, apartado. Todos los días salía de su apartamento en el centro de la ciudad para tener contacto con la realidad. Mientras bajaba en el ascensor del edificio, escuchaba la radio. Cuando pedía un capuchino en el bar de la esquina, ojeaba las diferentes noticias que la aplicación del móvil había personalizado para él. Al sentarse en el parque a tomar el sol, leía el último número de su revista económica preferida.

Antes de que su mujer llegara de trabajar, volvía al apartamento y encendía la televisión. Le maravillaban todos aquellos números verdes bailando en la pantalla. Cifras económicas optimistas, un futuro brillante para los jóvenes, la última reforma exitosa. Exactamente lo que los medios llevaban diciéndole todo el día. El país iba bien, la economía aún mejor. Pronto volvería a ser aquel engranaje tan necesario para la sociedad.

—¿Ya estás viendo esa porquería? —le decía su mujer al volver del trabajo. Se refería al debate económico televisivo de todas las tardes.
—No es ninguna porquería. Los números son realmente buenos. Seguro que salimos de ésta en muy poco tiempo.

Su mujer estaba cansada de discutir por algo que sin ninguna duda les había hecho un daño enorme, pero él estaba cada vez más sumido en aquella fuente de información. Necesitaba beber del optimismo de las cifras como el aire que respiraba. Necesitaba explicarlo todo con una razón objetiva y desinteresada. Después de un silencio de varios minutos, ella dijo:

—Me han bajado el sueldo.
—Eso seguro que es debido a la flexibilidad temporal que permite…
—¿Escuchas algo de lo que te digo?
—Solo es cuestión de tiempo. Es una reforma necesaria que todos…

Su mujer salió de la sala sin querer oír nada más. La televisión seguía sonando y los expertos opinaban sobre la nueva reforma que iba a traer más flexibilidad al mercado. Era un paso necesario para poder recuperar derechos en un futuro. ¡Tenía tanta lógica! ¡No era posible que todos los expertos se equivocaran! ¿Por qué ella no quería entenderlo? Había que pensar en el bien común.

Meses después, él siguió bajando al mismo parque. En el camino, le pareció ver a más gente pidiendo dinero por la calle y recordaba las plazas algo mejor conservadas, pero creyó que no eran más que ilusiones de un pasado borroso. Hacía varias semanas que su mujer le había dejado. Ahora vivía del poco dinero que sus padres tenían ahorrado puesto que las prestaciones por desempleo habían desaparecido completamente. Gracias a gente como él, la recesión no había provocado una alteración en el orden. ¡Menos mal! Porque todo iba mejor cada día, las cifras seguían en verde y las reformas funcionaban. Abrió el último número de la revista económica y sin dudarlo, se metió su dosis diaria.

Idealista

Seguí conduciendo por aquella carretera mal asfaltada mientras mi coche daba un tumbo tras otro. Un bache me cogió por sorpresa y una de las ruedas acabó incrustada en un agujero que nadie se había dignado a arreglar todos esos años. Enfurruñado, me bajé del coche y observé el paisaje ante mí. Las únicas luces que llegaban a la carretera provenían de las industrias contaminantes que expulsaban toda la suciedad al aire. Un pequeño y mugriento río me separaba de tan necesaria actividad económica. El resto del destrozado camino era un completo misterio.

Y sin embargo, allí estaba de nuevo, visitando la ciudad en la que había crecido. ¿Siempre fue así? Me cuesta creer que esta ciudad de mala muerte me provocase tanta añoranza cuando pude escapar de sus garras. Quizás mi joven yo tenía la capacidad de ignorar todos estos detalles negativos que sabía que no podía cambiar, o siendo idealistas, creía que algún día tendría algún puesto importante que le permitiese hacer la vida mejor a los vecinos. ¿El bache de la carretera? Recuerdo que mi primer coche acabó destrozado a los dos años por el mal estado de las carreteras. Y me lo tomé con humor. ¿El paisaje? A mi joven yo no le importó cuando la industria creó empleos contaminantes en la ciudad. Y me lo tomé con humor. ¿El mugriento río? Un daño colateral. Y sí, me lo tomé con humor.

Me he convertido en lo que no quise convertirme. El idealismo ha desaparecido por completo y ahora la vida me parece demasiado ajetreada como para luchar. He decidido no soñar y escapar a otro lugar donde pueda respirar un aire más puro, donde no falte iluminación, donde las carreteras estén bien asfaltadas y donde el agua sea cristalina. Aún me queda esperanza como para pensar que un joven idealista como yo llegará a este agujero y pinchará una rueda. Después de eso, se lo tomará con humor y se consolará sabiendo que aquello se arreglará de alguna manera en un futuro. Lo que no sabrá es que seguramente se convierta en un hombre ajetreado como yo, preso de la rutina y del camino correcto a seguir en la vida, esclavo de la corriente de opinión mayoritaria y de la ideología del sentido común único. Todo aquel idealismo se pudrirá junto con la suciedad que lleva el río. Y la esperanza volverá a surgir. Alguien más arreglará este desastre mientras yo me siento en el sofá a ver cómo ocurre.