Norte

Alcancé las luces del norte en una fría noche de verano. La temperatura era demasiado baja para los que estamos acostumbrados al sur, pero era una sensación agradable, un respiro de un caluroso verano mediterráneo. Aquella playa era un pequeño refugio, solitaria y alejada de todo lo que conocía. Los colores del atardecer aún pintaban tímidamente el Mar del Norte, el cual se abría ante mí con orgullo. Respiré hondo y cerré los ojos, dejando que el viento acariciase mi pelo, y me imaginé a mí mismo dentro de un mapa del continente.

Imaginé las costas escandinavas, las playas escocesas, el perfil rocoso de los paisajes norteños y las nieves del invierno. También imaginé las leyendas que se cuentan de padres a hijos desde hace milenios en este lugar, su mitología y la magia que imbuyen las montañas, los bosques y sus gentes. Y ahí estaba yo, más al norte de lo que había estado nunca en mi vida, queriendo hablar con los nativos del lugar, conocerlos, aprender de ellos y escribir sobre sus costumbres. Quería poner mi pequeño granito de arena para contar las historias de la tierra que tanto amaban. Pero era hora de marchar, así que abrí los ojos y caminé de vuelta mientras la última luz del atardecer desaparecía detrás de mí.

La gran pantalla

Todo se resume en aquella sensación: la repentina clarividencia de que hemos hecho oídos sordos a la cuestión. Nuestro protagonista se encontraba caminando por una ciudad cualquiera. Es indiferente en qué punto cardinal estaba, qué país era o qué idioma se hablaba en él. De hecho, ni siquiera sabemos el nombre del sujeto, ya que es irrelevante en esta historia.

La clarividencia vino a su mente como una ráfaga de aire helado, como la sensación de caernos justo antes de despertar del sueño. Una vez levantó la cabeza de su teléfono móvil pudo verse a sí mismo, en una de las grandes pantallas promocionales de la gran avenida en la que caminaba. La lluvia era fuerte y la sucia humareda de la contaminación se mezclaba con el humo proveniente de las docenas de establecimientos de comida rápida. Sin embargo, la tecnología proveniente de estas nuevas pantallas se aseguraban de su visibilidad en estos entornos.

El caminante cerró la última aplicación móvil que estaba utilizando y analizó el contenido de la gran pantalla. Su foto de perfil en las redes sociales acompañaba a una retahíla de información sobre él: estudios, trabajo, inclinación política, preferencias sexuales, religión y hábitos de consumo. Su mente seguía intentando comprender cómo era posible que toda aquella información apareciera de forma pública, ante la mirada fugaz de aquellos que caminaban por la acera y se atrevían a apartar la mirada de sus móviles unos breves segundos. La gran pantalla alteró su contenido y su cara se agrandó. La información adicional desapareció y el anuncio incluyó la bandera de su país, el candidato político al que tenía un 73% de posibilidades de votar según sus hábitos y costumbres, y un eslogan prefabricado de la campaña electoral del correspondiente partido. Nuestro protagonista quedó aturdido. No era la primera vez que veía un anuncio similar, pero su teléfono móvil le ayudaba a no pensar demasiado sobre su entorno físico; él prefería la realidad de su pequeña pantalla. Por varios instantes, incluso se sintió especial, hasta que el anunció desapareció y otra persona ocupó su lugar. Este nuevo individuo tenía un 82% de posibilidades de votar al candidato del partido opositor, según los datos de su perfil.

En ese momento, el caminante comenzó a pensar sobre sus decisiones individuales y sobre las decisiones colectivas que la sociedad estaba tomando, sobre el uso de datos, sobre la privacidad y el derecho a la intimidad. Sí, en efecto, nosotros éramos la nueva moneda, el nuevo cheque. Nosotros éramos el mismo producto que intercambiábamos como si de mercancía se tratara, y lo peor de todo, es que entre tecla y tecla, entre ignorancia y sedación voluntaria, habíamos dado nuestro permiso para ello. Una cascada de sentimientos brotó en la mente de nuestro protagonista, formando docenas de caminos posibles en sus pensamientos, con sus centenares de bifurcaciones: el origen y la razón que había conducido hasta este momento, los cientos de casos aislados de falta de privacidad que acabaron siendo la norma, el adormilamiento de las masas, las maneras de revertirlo, las formas de entenderlo, las opciones para cambiar algo. Palabras como democracia, justicia, intimidad, privacidad, derechos.

Un sonido. Un sonido que duraba un segundo. Breve, alegre, adictivo. El caminante había recibido una notificación de una de sus redes sociales. Volvió a agachar la cabeza y siguió caminando. Ya pensaría sobre ello otro día.

Metrópoli

Es otra de esas calurosas noches de verano, en las que parece que ni siquiera la oscuridad de la madrugada ofrece la más mínima brisa. Me encuentro fumando un cigarrillo en la terraza de mi casa, observando la ciudad desde las alturas mientras el humo asciende lentamente al cielo y distorsiona el luminoso espectáculo que tengo delante. Una enorme autopista corta la ciudad de norte a sur con su interminable flujo de luces. ¿Alguna vez os habéis preguntado hacia dónde se dirigen todos esos coches a las dos de la madrugada? Aunque lo mismo podría decir cualquiera que viera mis fugaces destellos mientras doy una calada tras otra.

Cuando la ciudad me vio caminar mis primeros pasos sobre ella, yo estaba dubitativo. Me acababa de mudar de un tranquilo pueblo de las afueras a una capital, una gran ciudad. Todo ese choque de gentes y baile de luces me resultaba extraño, desconocido. Sin embargo, conforme pasaban las semanas, el sonido de la autopista comenzó a provocar un efecto relajante en mí. Me parecía curioso cómo un susurro proveniente del tráfico, de un concepto creado artificialmente por la mano del hombre, se me asemejase a un efecto casi somnífero, como si de algo natural se tratara.

Ahora mismo me costaría imaginar un silencio absoluto en mis noches. Uno de esos silencios tan comunes viviendo en un lugar en las afueras, en los que cada movimiento parece no estar acompañado por una base que lo modela, como es el caso de la arteria que conecta esta ciudad. Ese murmullo constante, parte similar al viento y parte similar al agradable sonido con el que te quedas dormido mientras viajas en autobús.

No sé si puede existir en verdad una preferencia por vivir en una ciudad antes que estar rodeado de naturaleza. Al fin y al cabo, somos poco más que animales conscientes. Hasta hacía poco, creía que todos aquellos que lo decían no habían saboreado lo que es de verdad vivir lejos de la civilización. Pero ahora, no estoy muy seguro de ello, ya que amo estas vistas, amo este paisaje de luz y amo esta ciudad tan llena de historias que contar.

Acabo el cigarrillo con mi última calada y siento la primera brisa desde hace horas. Quizás ha sido el pensar en el frío de mi tierra natal, o quizás ha sido otra cosa completamente diferente, no lo sé. Dirijo mi mirada hacia la autopista una última vez antes de volver a entrar en casa, deseando que el susurro nunca se apague.

Dogma

No recuerdo el momento en que lo aceptamos todo como algo normal. No lo recuerdo. ¿Ha habido un momento así? ¿Es posible identificar el salto que dimos en algún punto concreto? ¿O es que parte de nuestra naturaleza más primitiva? Sabes de lo que hablo, pero quizás tengamos miedo a salir del dogma, a admitir que hay algo que hacemos mal, a tener la valentía y a esforzarnos lo suficiente para cambiar las cosas e incluso simplemente para reconocer que hay algo que no está bien. Claro que no es nada fácil dado que conlleva quemar casi todos los puentes que hemos tendido.

¿Cuándo lo aceptamos todo? Dime. ¿Cuándo comenzamos a vender nuestra personalidad al mejor postor para no estar solos? ¿Cuándo comenzamos a ir a cenas y fiestas estúpidas simulando ser quien no somos para sentirnos aceptados? ¿Cuándo comenzamos a meter a desconocidos y desconocidas en nuestra cama con la creencia de que alguien nos entendería de esa manera? ¿Cuándo comenzamos a sonreír en momentos en los que no nos apetecía? ¿Cuándo nos dijimos a nosotros mismos que pasar medio día pegado a una pantalla era algo que queríamos hacer en la vida? ¿Cuándo demonios aceptamos que era importante lo que la persona al otro lado de la mesa pensara de nosotros?

Estamos perdiendo generaciones enteras de gente auténtica por la promesa y la mentira de la felicidad cuando remas en la misma dirección. Estamos perdiendo el verdadero amor o la verdadera amistad por no poder ver más allá de los gilipollas con los que nos rodeamos a diario. Estamos perdiendo la pasión más revolucionaria por ser políticamente correctos y no ofender a nadie. Estamos dejando escapar los mejores momentos de creatividad y sobriedad por no ser capaces de aguantarnos a nosotros mismos y necesitar sacar el móvil cada cinco minutos para apagar esa voz crítica. Esa voz que te dice que hay algo que no funciona y que no vas a hacer nada por cambiarlo.

Así que la próxima vez que veas a alguien que se sale del camino, que rema a contracorriente, que piensa antes de hablar, que no necesita sonreír si no le apetece o que tiene unos gustos diferentes, mi consejo es el siguiente: cállate la puta boca y respeta. Él o ella no tiene la culpa de que tú no seas capaz de salirte de la aceptación de una mayoría de idiotas por miedo a encontrarte con quién eres en realidad. O puedes hacer lo que has estado haciendo hasta ahora: puedes seguir riendo las gracias de todos los que te rodean, puedes seguir siendo el payaso que necesita un chiste cada diez minutos porque no es capaz de hablar de nada más, puedes intentar aparentar ser la persona más feliz y exitosa del mundo mientras lloras cada noche antes de dormir o puedes negar que antes de morir te vas a arrepentir de nunca haber sido tú mismo y de haber vivido una vida dedicada a la aceptación de los demás. Y cuando vuelvas a señalar al rarito por hacer exactamente lo mismo que tú no te atreves a hacer piensa lo siguiente: tener conciencia propia en un mundo en guerra contra la razón, es una de las cosas más valientes que nadie puede hacer hoy en día.

Yo sigo buscando a esa persona rara de la que hablo. Ojalá aparezca para que pueda señalarla hasta que consiga pensar exactamente como yo, porque seguramente mi pensamiento alternativo es el acertado. Si te piensas que estaba en contra de los dogmas, te has equivocado. Y eso te pasa paradójicamente por pensar que hay alguien que no los tiene. Mi dogma es ir en contra de los dogmas, a cualquier precio.

Viaje

Eran como una flor creciendo lentamente en la maceta de un balcón, cuyo apartamento dispone de vistas al ajetreo diario de la ciudad. Eran como la mujer que lee en el metro en hora punta mientras la mayoría de los pasajeros se dirigen a ver un partido. Como un faro en medio de un huracán mientras los marineros intentan llegar a tierra firme. Como un elefante en medio de la sabana mientras la naturaleza sigue su curso y el cazador devora a su presa. Eran la definición de calma antes, durante y después de la tormenta.

En aquel momento, la pareja de ancianos se encontraba en el aeropuerto, sentada en bancos contiguos. Él leía un artículo de una revista de viajes que acababa de comprar hacía varios minutos y ella configuraba su cámara digital para el próximo destino a visitar. Los viajeros se cruzaban con los ancianos y de vez en cuando incluso mantenían conversaciones esporádicas con ellos. Siempre respondían sosegadamente y con una sonrisa auténtica en sus rostros. Si el tema de conversación no les interesaba, simplemente se despedían educadamente.

No era la primera vez que el periodista reparaba en ellos. Su escala del vuelo pasaba por el mismo aeropuerto y aún quedaban varias horas para que despegara el siguiente avión. Los observó detenidamente mientras tomaba un refresco y cayó en la cuenta de que tenía una pequeña libreta guardada en el bolsillo de la chaqueta. Apartó la mirada de la pareja y se quedó pensativo varios segundos hasta que tomó la decisión de hablar con ellos. Dejó el billete y la propina en la mesa y se dirigió a ellos. Había un asiento vacío al lado del anciano, así que se sentó allí. El silencio duró varios minutos hasta que el anciano giró la cabeza y vio que el periodista tenía un bolígrafo en la mano.

—¿Me lo presta? —dijo él con una sonrisa.
—¿Qué…? ¿Disculpe? —respondió el periodista sorprendido. No esperaba que ellos fueran a iniciar la conversación.
—El bolígrafo. Para el crucigrama.

El anciano señaló el crucigrama de la revista aún a completar y esperó pacientemente.

—Ah, sí, claro. Tome.

Éste lo aceptó con gratitud y pasó varios minutos rellenando los huecos. Cuando acabó, volvió a entregarle el bolígrafo.

—Gracias, muchas gracias. La verdad es que no ha sido nada difícil —dijo el anciano con una pequeña risa.
—¡Qué rapidez!
—He hecho muchos de estos. Por cierto, ¿trabaja usted en el Canal 4?
—¿Cómo lo sabe?
—Cuando vuelva a tener el bolígrafo en sus manos, lo sabrá —respondió con cierto sarcasmo.

Era cierto, el bolígrafo del periodista era de su propia oficina.

—Ah, claro, seré estúpido —dijo él mientras volvía a guardarlo.
—No se preocupe, los aeropuertos son lugares para la confusión. Nosotros ya estamos acostumbrados a ello.
—¿Hacia dónde se dirigen?
—Hacia Londres, ¿y usted?
—Yo también, creo que íbamos en el mismo vuelo.
—No lo cree, lo sabe. —Una sonrisa apareció de nuevo en su rostro arrugado.
—¿Cómo dice? —preguntó perplejo el periodista.
—Le hemos observado antes de que usted lo hiciera a nosotros.
—¿Por qué motivo?
—Vamos a Londres, como bien sabe. Aunque usted no era el motivo principal de nuestra visita, nos hemos enterado en el vuelo.
—¿Cómo lo saben?
—No pasa usted precisamente desapercibido, señor Reese.

John Reese, periodista del Canal 4 desde hacía dos décadas, era difícil de pasar por alto. Sus numerosos artículos criticando a diferentes gobiernos, destapando casos de corrupción y evasión fiscal y sacando los colores a más de una gran empresa eran motivos de una difícil e indeseada fama que recaía en su vida diaria. Después de varios segundos en silencio, dijo:

—Debería haberlo sabido. ¿Por qué se han interesado ustedes por mí?
—¿Por qué se ha interesado usted por nosotros? —dijo por primera vez la anciana guardando la cámara en su funda. Era la primera vez que se dirigía a Reese y lo hacía con la misma tranquilidad que su marido.
—Está bien. Contestaré primero. Dado que me conocen lo suficiente, saben los campos en los que me suelo centrar a la hora de grabar los reportajes y escribir mi columna, pero este último viaje me ha hecho recapacitar. Me dirijo a Londres para asistir a una convención anual sobre periodismo y quiero llevar algo nuevo. Creo que mi trabajo ha ayudado a muchas personas pero también me ha labrado muchos enemigos. No es fácil exigir a personas con tanto poder que den ciertas explicaciones a alguien a quien no le gustaría tener que darlas.
—Y quiere algo nuevo en su carrera, algo fresco, quizás más humano —volvió a hablar la anciana.

Reese se disponía a seguir hablando pero contuvo la tentación de hacerlo, dado que no estaba trabajando y su costumbre profesional le incitaba a soltar una gran disertación sobre todo aquello. Cerró la boca cuando se dio cuenta de que la tenía abierta y asintió con una leve sonrisa. Después, dijo:

—¿Y cuál es su razón?

La mujer siguió hablando pausadamente, con un acento bastante neutro y de origen poco perceptible.

—Es posible que éste sea nuestro último viaje.
—¿Cómo dice? —preguntó el periodista.
—En efecto, la salud de mi marido empeora por momentos y no sabemos hasta qué punto podremos volver a volar de nuevo. Tenemos pensado comprar una pequeña casita en Londres y vivir el resto de nuestros días allí.

Reese miró al anciano, quien asintió como si aquello fuera algo totalmente irrelevante. Su mujer siguió hablando:

—Verá, nos conocimos viajando. De hecho, nos conocimos en el aeropuerto de Gatwick en Londres hace más de 40 años. Nos enamoramos poco después y concebimos una vida viajando juntos. Pero no nos confunda, no somos como aquellos adictos a viajar que no pueden posar su inquieto trasero más de un mes seguido en el mismo sitio.

Su marido comenzó a reír pero ella continuó hablando:

—Hemos vivido muchas aventuras y también hemos estado mucho tiempo en el mismo lugar, haciendo una vida y embaucándonos de la cultura de ese lugar antes de movernos otra vez. Hemos conocido a gente de todas las culturas, religiones e ideologías. Hemos comido miles de manjares diferentes, cruzado cientos de ríos, hablando decenas de idiomas y bailado muchísimas danzas tradicionales.

John Reese lo entendió al instante.

—Y ustedes quieren que todo eso quede plasmado en algún lugar, por eso me buscaban.
—Exacto. No ha sido algo que hayamos pensado demasiado, pero se nos ocurrió a la vez, y cuando usted apareció por estos lares decidimos querer contar nuestra historia. Venga con nosotros a Londres; hay mucho que contar, señor Reese. Estoy segura de que podrá hacer algo útil con toda nuestra experiencia. A nosotros no nos queda mucho tiempo, pero si podemos hacer que el mundo se sienta un poco más unido mirando más allá de las fronteras, habrá valido la pena. Todo el lujo de este mundo es totalmente inservible si no lo compartimos con las personas a las que queremos y eso es lo que la mayoría de la gente anhela, incluso si no lo saben: alguien a quien contar cómo nos ha ido el día antes de dormir. En nuestro caso, queremos compartir todo lo que hemos aprendido viajando. Si podemos dar voz a las miles de personas que han deseado y desean un mundo más sencillo y con menos muros, seremos felices con ello y estaremos en paz el resto de nuestros días.

La pareja de ancianos sonrió al periodista y éste se la devolvió. Era la primera sonrisa sincera que mostraba desde hacía semanas.

Legado

Un día más en la calle y otra lluvia torrencial que no amainaba. El gentío andaba por la acera con su acostumbrado y urgente paso de ciudad. Sombras borrosas de personas en largos abrigos y paraguas pasaban a miles, desde el amanecer hasta que las calles morían de nuevo. El hombre de la larga barba pasaba desapercibido entre las miradas rápidas de los transeúntes, mientras las pocas monedas de su plato resonaban con escasa esperanza de poder llenar la tripa aquel día.

Él se sentaba en el mismo rincón todos los días. Dormía allí, comía allí y disfrutaba de la compañía de su fiel perro, quien nunca lo abandonaba a pesar de que él también estaba hambriento, y a veces incluso comía más que el propio hombre. En ocasiones cambiaba de calle para probar suerte en una nueva esquina, pero las caras seguían siendo igual de borrosas. Las miradas seguían siendo escurridizas, demasiado acostumbradas a las penurias de este tipo, con sentimientos que el individualismo creciente enterraba en lo más profundo. Sin embargo, él nunca se tomaba nada como algo personal; a veces incluso se preguntaba si él no haría lo mismo de estar en su misma situación. Era una pregunta difícil de responder y que requería apartar por completo todo el ego y la ética que uno podría tener.

«Espero que no», se decía él repetidas veces.

El hombre de la larga barba dormía a intervalos. Las pesadillas y el frío eran difíciles de congeniar para poder dormir de noche del tirón. Algunos vecinos de la calle consideraban al hombre como parte de la escena urbana. Sabían que siempre estaría allí, pidiendo una moneda más. En cierto momento, comenzaron a sospechar de él. En una época en la que pudo llenar su plato de dinero suficiente para poder comer copiosamente, tanto él como su perro, e incluso comprar varios libros, el hombre parecía estar cada vez más delgado. Esto atrajo las sospechas de los vecinos, quienes aseguraban que todo el dinero lo gastaba en bebida y que mientras nadie lo veía, se emborrachaba por las noches para ahuyentar el frío, conciliar el sueño y olvidar todo lo posible. Incluso había gente que aseguraba haberle visto en la tienda de licores comprando varias botellas de ron.

A partir de ese momento, el plato comenzó a estar cada vez más vacío. En una época de escasez, los vecinos no estaban dispuestos a alimentar los vicios de nadie que no fueran ellos mismos, lo que por supuesto, era más aceptable que los vicios del resto. Así pues, el hombre de la larga barba había bajado de peso hasta que comenzó a afectarle a la salud. Muchos de los transeúntes comenzaron a pensar que se lo merecía, por gastarse el dinero en bebida en vez de en alimentarse como era debido.

Un día, el hombre de la larga barba no permaneció en su mismo rincón de la calle. La gente comenzó a fijarse en tan extraño acontecimiento, después de meses, e incluso años de verlo allí. Comenzaron a hacerse miles de preguntas, alimentados por la curiosidad.

—Mamá, ¿dónde ha ido el señor de la barba? —preguntó el hijo de una de las vecinas que se negó a darle dinero durante meses.
—No lo sé, hijo. Pero si lo ves, no te acerques a él.
—¿Por qué?
—Es un borracho. No quiero que hables con él, ¿entendido?
—Vale.

El niño, en su bendita inocencia, no creyó a su madre. Así que un día, jugando en los columpios, preguntó a sus amigos a ver si lo habían visto en algún otro lugar. Uno de ellos aseguró haberle visto en una especie de oficina de una calle a la que a veces solía ir y pedir dinero. La calle estaba cerca, así que se dirigió allí después de pasar una tarde jugando. Cuando dejó de correr, leyó el título de una de las tiendas que allí se encontraban: «Tienda de licores».

«Oh no, mamá tenía razón…»

El niño desistió en su empeño de buscar al hombre creyendo que había gastado todo su dinero restante en alcohol, hasta que de pura casualidad lo vio subiendo a un autobús. En ese preciso momento, el conductor le estaba negando la entrada al mismo porque no podía viajar con su perro. Nadie lo ayudó. El niño no quiso hablar con él, pensando que los había engañado a todos. Así que vio como desaparecía definitivamente cruzando la esquina en un mar de gente. Pero algo había en el suelo, algo había caído de la gabardina del hombre. Se acercó a la estación de autobuses y leyó el papel; era un recibo de una transferencia bancaria de varios miles destinada a un orfanato. Había estado donando todo su dinero a ayudar a niños y niñas con problemas, no a beber con desenfreno como todo el mundo sospechaba. En el papel, había una observación escrita:

«A mi no me queda mucho tiempo, pero estos niños tienen todo un futuro por delante. Cuídenlos como se merecen y tendrán el mejor regalo que la generación venidera pueda soñar».

El umbral del silencio

El que calla, otorga. El silencio es oro. Hay multitud de refranes en estas situaciones, los cuales muchos de ellos no consiguen ni arañar la superficie del verdadero valor del silencio, algo tan necesario y tan natural que muchas veces se nos niega.

Aquella noche nos reunimos varios en una mesa de madera, en un local tradicional al que siempre solíamos hacer visita. Lo típico: cervezas en la mano, el humo de los cigarros en el aire, risas exageradas y una ebullición de sonidos y olores que impregnaban el ambiente, creando ese entorno tan natural para muchos de nosotros a estas alturas. Aquel día me levanté de la cama buscando algo más. No me malinterpretes, quería ver a los míos y pasar un buen rato como el que más, pero no quería pasar por el rito de siempre para poder hacerlo. Al final, decidí probar suerte con la esperanza de sacar algo positivo de todo aquello.

Todos estos pensamientos quedaron apartados por conversaciones de calentamiento para la acción de verdad, la cual vendría poco después. Y admito que actué un poco autómata al principio, siguiendo las conversaciones de los demás y riéndome por lo que veía en las pantallas de sus móviles. Pero aquella noche me fijé en Alicia. Mirada apartada, leve sonrisa y muecas de duda casi imperceptibles. Fue cuando su mirada se juntó con la mía que entendí que no era el único que tenía esa sensación. Al menos, ahora volvía a sentirlo. Los pensamientos sumergidos volvieron a emerger a la superficie.

Nuestras miradas se cruzaron durante varios minutos entre conversación y conversación. Las palabras y las risas seguían fluyendo entre todos pero el volumen de las conversaciones fue bajando paulatinamente. Al principio creímos que era producto del alcohol, del humo o de cualquier otra cosa pero cuando todos quedamos mudos, ni siquiera nos asustamos. Alicia ya no tenía ninguna mueca en su rostro. Su expresión corporal dictaba una normalidad propia de cualquiera que hiciera aquello cada día y en forma de rutina. Los demás intentaron hablar, pero sus palabras quedaban ahogadas en un pequeño suspiro. Justo después de aquello, los demás clientes y trabajadores del local salieron en una silenciosa estampida. Y nosotros nos quedamos allí.

Y no hay mucho más que decir, valga la redundancia. Creo que fue la única vez que estuvimos todos juntos y en silencio por primera vez en nuestra vida. Tantas excursiones, tantos conciertos, tantas experiencias vividas que fue en aquel momento, bajo un manto de silencio y un lenguaje corporal que no daba lugar a la mentira, cuando pudimos leernos sinceramente y sin superficialidades. En vez de asustarnos, permanecimos un largo rato observando nuestras miradas y lenguaje corporal, algo a lo que nunca habíamos prestado atención. Alicia sonreía; estaba satisfecha con la situación. Por primera vez, entendimos. Entendimos todo: nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras fortalezas. Ya no había lugar para palabras superficiales ni caretas que mostrar al resto. Así que yo también sonreí, puesto que esa sensación era todo lo que necesitaba en aquel momento.

Cuando volvimos a hablar, las palabras sonaron más veraces, más incisivas, más auténticas. A partir de ese momento, las caretas desaparecieron y las palabras recobraron su significado, dejando de ser esclavas de la costumbre tribal y de la duda social.

Ya no volveríamos a ser los mismos de antes, ya que cruzamos el umbral del silencio todos juntos. Y como suele decir otro refrán: no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.