Leyenda (parte 3)

La tienda del desconocido emitía unas sombras que bailaban al son de la luz de la pequeña hoguera. Alfred se acercó a la tienda de nuevo, junto con Rowan que lo seguía con la daga en alto. Volvieron a repetir la acción y se apostaron a ambos lados de la entrada para sorprender al desconocido.

–Uno, dos… ¡Tres!

Los dos hombres apartaron los pliegues de la tienda de un empujón y entraron en ella. Rowan se quedó temblando con la daga en alto y Alfred bajó su espada ante la sorpresa de lo que estaban viendo.

–Novato, dime que no estoy viendo lo que estoy viendo.
–¿Eso es una pregunta?

En la tienda no había absolutamente nadie. El caldero y la hoguera seguían en su sitio, tal y como lo habían dejado, pero el hombre de la antorcha se había esfumado. Apenas pudieron pronunciar una palabra durante varios segundos hasta que Rowan despertó de su ensimismamiento y le dijo a Alfred:

–¿Has leído lo que pone el pergamino?
–No.
–Hazlo.

Alfred miró al joven. Su rostro expresaba un sentimiento contradictorio, no acostumbrado a recibir órdenes de Rowan. Pero la excepcionalidad de la situación hizo que su rostro se relajara y abriera el pergamino. Su rugosa textura era agradable al tacto; parecía un documento bastante antiguo.

–¿Qué dice?
–¡No son más que estupideces!

Alfred tiró el pergamino cerca del caldero. Rowan lo cogió del suelo y lo leyó.

–Aquí dice que este lugar tiene propiedades mágicas y que los designios del tiempo no obedecen las leyes naturales.
–¿Qué significa ese montón de palabras? ¡No son más que fantasías de algún loco!
–No lo sé, Alfred. Pero, ¿te has fijado en el material con el que está hecho el pergamino?
–Tengo cosas más importantes que pensar ahora mismo que en eso.
–Es realmente antiguo y muy poco probable que se pueda conservar en este estado sin las técnicas apropiadas.

Alfred miró a su alrededor y buscó pacientemente entre los diferentes utensilios de dentro de la tienda.

–No hay nada más aquí.
–Enséñame dónde estaba el pergamino.

Rowan guardó el pergamino en uno de sus bolsillos y el veterano le enseñó un baúl. El joven lo examinó.

–Es imposible que se haya conservado tan bien aquí dentro, a no ser que lo hayan introducido aquí recientemente o…
–O… ¿Qué? –preguntó Alfred impacientándose.
–¿Y si dice la verdad?
–¿La verdad? ¡No son más que un montón de cuentos! ¿Cómo puede ser eso verdad?

Rowan incluso llegó a arrepentirse de formular la pregunta. Alfred siguió hablando:

–No tenemos más opción que acercanos y entrar en su barco. Es posible que allí encontremos respuesta de algún tipo.

Ambos sabían que lo que acababa de ocurrir no era un fenómeno natural, pero no podían quedarse allí eternamente. Con un movimiento de cabeza, Rowan siguió al veterano mientras ambos seguían con sus armas en alto. Anduvieron por la orilla un par de minutos hasta que dieron con otra escalera similar a las de su propio navío.

–¡Espera! –dijo el joven–, ¡este es nuestro navío!
–¿Cómo dices?
–¡Fíjate! Esta escalera de cuerda es exactamente la misma que compré en Lisboa. ¿Lo recuerdas?

Alfred se giró hacia Rowan dispuesto a gritarle como ya había hecho tantas veces. El movimiento de sus labios se interrumpió por una expresión de asombro.

–¿Qué ocurre, Alfred?
–¿Dónde está nuestro barco?

Rowan se giró también. Observó las huellas que entraban y salían de la tienda. No se habían equivocado de dirección: el navío había desaparecido.

–De acuerdo –dijo el joven–, ¿qué está pasando aquí?

Continúa en la cuarta parte…

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Leyenda (parte 2)

El barco de los dos norteños se deslizó suavemente por las aguas tranquilas y cristalinas, alejándose todo lo posible del segundo navío. Amarraron en la costa y permanecieron observando la escena, agachados detrás de los barriles y tablones de madera que aún no se habían perdido en el mar. Alfred estuvo en silencio, pero concentrado en los sonidos de aquel extraño lugar. Ni siquiera parecía existir fauna, solo una lluvia constante y ligera.

–¿Quiénes son? –preguntó Rowan.
–No consigo ver ninguna marca en el navío, ni banderas, ni velas. Está demasiado oscuro. Tenemos que acercarnos.
–¿Acercarnos? ¿Para qué?
–Nuestro barco no podría soportar otro viaje por alta mar. Solo tienes que ver su estado.

Rowan permaneció con la boca abierta, dispuesto a refutar el argumento del norteño hasta que decidió que no le faltaba razón. Miró detrás de sí y confirmó el lamentable estado del navío.

–¿Qué pasa si están armados? –preguntó de nuevo.

Alfred rebuscó entre las cajas circundantes y abrió una de ellas con una patada.

–¿Tienes que ser así para todo?
–Algún día lo agradecerás, novato.
–Bueno, ¿cuál es tu plan?
–Éste es el primer paso –dijo mientras extraía una espada corta–, y éste es el segundo. ¡Tuyo!

Rowan acertó a coger la pequeña daga por el mango.

–¡Podrías haberme cortado! ¡No sé usar estas cosas!
–¿Aún no recuerdas el trato de Lisboa?
–Yo no llamaría trato clavarle una daga a tu comprador en la pierna después de aceptar el dinero.
–Ya, puedes que tengas razón. Pero era más seguro así.

Rowan suspiró mirando al cielo.

–¿Qué vamos a hacer? ¿Robar el barco sin más?
–¿Tienes alguna otra idea?
–Quizás… ¿Hablar?

Alfred siguió buscando objetos para poder utilizar como arma, hasta que desistió en su empeño y miró a su compañero.

–Hablar… Podemos intentarlo.
–La siguiente vez que hagas un trato con alguien, procura no clavarle nada metálico.
–Lo intentaré.

Bajaron por una pequeña escalera de cuerda hasta la arena mojada de la playa. Sus botas se llenaron de agua salada mientras avanzaban hacia el segundo navío. Alfred daba señas de permanecer en silencio hasta que llegaron a una roca cercana.

–¿Consigues ver algo más? –preguntó Rowan.
–No veo marcas de ningún tipo. Parece un barco construido en el sur de Europa, pero no veo nada más.
–Me refería a alguien que respire.

Alfred esgrimió una mueca de cansancio a su compañero.

–El navío parece en buen estado y hay humo saliendo de aquella parte del barco y también en la playa. No estoy seguro, pero creo que hay una pequeña tienda asentada en la playa.
–¿Humo?
–Posiblemente la cena.
–Me muero de hambre.
–Vamos.

Corrieron agazapados hacia la tienda y se apostaron en su entrada: Alfred a la izquierda y Rowan a la derecha. El veterano hizo señas a su compañero para entrar a la vez. Una, dos… ¡Tres! Con la espada en alto, abrieron los pliegues de la tienda y entraron. No había nadie pero un pequeño caldero reposaba sobre una hoguera mientras el agua hervía con algo parecido a sopa.

–¡Busca algo que nos sirva! ¡Rápido! –dijo Alfred.

Alfred rebuscó entre los baúles y los ropajes, intentando encontrar alguna pista de quiénes eran y qué hacían allí. Encontró una pequeño pergamino pero al abrirlo, Rowan susurró:

–¡Alfred! ¡Alfred! ¡Viene alguien! ¡Vámonos!
–Espera, espera…
–¡No hay tiempo!
–¡Mierda! ¡Vámonos!

Alfred cogió el pergamino sin dudar y salió de la tienda. Los dos hombres corrieron playa adentro y se ocultaron detrás de varias palmeras. Un hombre con antorcha se dirigió a la tienda, la apagó y entró dentro.

–¿Has encontrado algo? –preguntó el veterano.
–Nada, ¿y tú?
–Un pergamino. Hay algo escrito pero no me ha dado tiempo a leerlo.
–¿Ni siquiera una marca?
–No.

Alfred desenrolló el pergamino pero no pudo ver nada. La noche era completamente oscura.

–¿Y ahora qué? –preguntó Rowan.
–Lo haremos a tu manera. Hablaremos con el hombre de la tienda.

Continúa en la tercera parte…

Leyenda (parte 1)

Los dos navegantes despertaron cuando el navío se tambaleó violentamente; había dado con una enorme roca que sobresalía de un pequeño río. El primer hombre provenía de las tierras del norte y estaba más avezado en la piratería y la navegación. Sus sentidos estaban entrenados para situaciones similares y no dudó en ponerse de pie de un salto, mirando a su alrededor para contemplar la escena. El segundo hombre tardó más en despertarse y lo hizo tímidamente y con una constante queja. Él era mucho más joven e inexperto.

–Por el amor de Dios, ¿dónde estamos? –dijo el joven.

El primer hombre mantuvo una expresión serena y concentrada, intentando entender su situación actual, mirando las estrellas, el sol que estaba a punto de ocultarse y la luna que asomaba con recelo en un cielo repleto de nubes y lluvia intermitente. El barco se encontraba navegando por un pequeño río rodeado de dos enormes acantilados.

–¿No es eso…? ¿Son ruinas, Alfred? –preguntó el muchacho.
–Lo son, Rowan.
–¿Dónde estamos?

Alfred, el avezado navegante, siguió observando los acantilados y los edificios en ruinas. Incluso en ese estado, eran imponentes. Se erguían por encima de los acantilados, brillando bajo la tenue luz de la luna mientras el agua de la lluvia repiqueteaba por sus destruidos muros. Toda la escena daba una sensación de relajación y soledad absoluta, como guardianes eternos que no deseaban ser molestados por extranjeros de épocas más modernas.

–Cállate, Rowan. No deberíamos estar aquí.
–¿Aquí? ¿Dónde es aquí? Apenas puedo mantenerme en pie, creo que me he roto el tobillo y el agua no deja de…

Sin previo aviso, Alfred corrió hacia el joven y agarró su cuello con fuerza mientras éste intentaba soltarse con un gruñido ahogado.

–Escúchame, joven insensato. No levantes la voz en este lugar, ¿entendido? ¡Silencio!

El joven intento zafarse de la fuerte mano del navegante pero no pudo, así que miró sus ojos y observó un atisbo de miedo por primera vez en todo el viaje. Habían recorrido las costas de España y Portugal como comerciantes partiendo de Irlanda, hasta que una tormenta los había dejado inconscientes y al borde de la muerte. Alfred soltó su mano y dejó que Rowan cayera en la madera del barco. Éste miró a su guía, asustado por pronunciar una palabra más ante aquellos ojos que lo miraban con desdicha. Alfred suspiró.

–Disculpa, pero no puedes hablar alto en este lugar. Muestra más respeto. Este no es lugar para niños.

Rowan se levantó de nuevo y una sombra oscureció todo su cuerpo. El barco estaba cruzando un enorme puente que unía los dos acantilados. Un trueno sonó a lo lejos.

–¿Qué es este lugar? –preguntó Rowan.
–Solo está en las leyendas. Es una tierra antigua que existió hace miles de años bajo diferentes nombres perdidos entre manuscritos y libros antiguos.
–¿Cómo sabes que estamos aquí?
–Observa bien a tu alrededor.

Rowan se acercó a proa mientras el barco seguía su lento pero cadente ritmo.

–¿Qué ves, muchacho?
–Ruinas, piedras, puentes.
–No seas ignorante. Fíjate bien en la arquitectura, en la altura de los edificios, en la composición.

El río se ensanchó antes de que Rowan pudiera responder y los acantilados dieron paso a una visión mucho más magnánima de aquella tierra baldía. Los edificios que habían dejado atrás parecían meros puestos de avanzada en comparación con lo que tenían delante.

–Alfred…

El barco aumentó su velocidad a la par que las aguas del río y se introdujeron en una nueva zona, rodeada de torres que alcanzaban el cielo y edificios imposibles para la tecnología de la época. Pocos minutos después, el río acababa en una tranquila y larga costa con un palacio en ruinas, más majestuoso que cualquier palacio, iglesia o catedral que los europeos fuesen capaces de construir.

–Alfred. No estamos solos.
–Ya lo veo. No podemos ocultarnos aquí, no bajo esta luz.

Otro navío estaba amarrado en la costa pero no se veía movimiento alguno.

–¿Qué vamos a hacer?
–Hablar. Si hay alguien aquí, ya sabe que venimos.

Continúa en la segunda parte…

Elementos

Me senté frente al mar. Las olas estaban demasiado calmadas, el viento apenas soplaba y no se veía ninguna nube en esa noche tan espléndida. La arena de la playa estaba templada y nadie amenazaba mi particular tranquilidad.

Así que decidí cambiar todo eso y comencé a alterar mi entorno. Usé mis poderes para dibujar la naturaleza a mi antojo. Creé olas de cinco metros, un viento atronador que lo cubrió todo bajo una tormenta de arena y de un cielo despejado apareció una tormenta terrible. Los elementos me cubrieron y danzaron a mi alrededor.

—Así está mejor.

Sirenas

Era como una voz que cabalgaba con el viento. Atrapada en el sonido y el eco de las olas que rompían fuertemente contra el casco de la nave. Los marineros y guerreros ni siquiera despertaron por el extraño sonido, pero uno de ellos permaneció despierto. Se acercó a proa intentando vislumbrar algo entre la niebla y la oscuridad de la noche. La única luz emanaba de lo poco que las nubes permitían mostrarse a la luna. La voz se hizo más fuerte y más aguda, diferenciándose poco a poco del viento. El navío siguió su rumbo y el marinero empuñó su lanza en una mano y una antorcha en la otra.

–¿De quién son estas aguas? –gritó al aire.

Ninguno de los marineros despertó por el grito, ni siquiera cuando el hombre de la lanza lo intentó avisando del inminente peligro.

–¿Cuáles es vuestro designio? ¡Contestad y lo cumpliremos! ¡No queremos una batalla!

La voz que cabalgaba el viento se hizo aún más fuerte y fue alcanzando un volumen que hizo revolverse a las aguas. El resto de la tripulación seguía durmiendo. El navío cruzaba ahora entre un paso estrecho rodeado de rocas cuando unas siluetas aparecieron por todas partes. Miraban desde las rocas, se movían entre ellas e incluso había algunas rodeando el barco bajo el agua. El marinero bajó la lanza, anticipando que sería inútil mostrar resistencia hacia tal número. Una de las siluetas emergió lentamente del agua y de un solo salto, llegó a la proa del barco. El hombre retiró la antorcha para poder ver el rostro de la sirena, una bella criatura con ojos sin pupilas y piel azulada.

–Eres nuestro –dijo ella con una sonrisa.

Al amanecer, los marineros y guerreros dormidos despertaron en las arenas de una isla desierta. Entre la confusión, pudieron ver un barco que escapaba hacia el horizonte, dibujando su silueta en el anaranjado sol. La sombra de un hombre observaba impasible desde el más alto de los mástiles.