Bailes de fuego

Siluetas bailando alrededor de la hoguera. Chispas del fuego desvaneciéndose en el cielo nocturno. Aún recuerdo aquellas maravillosas noches de verano en las que no tenía cabida nuestra vida cotidiana. Una vez ascendíamos la ladera de la montaña, el aire fresco y la infinidad de estrellas del firmamento eclipsaban todo nuestro ser social. La naturaleza y la luz del fuego exteriorizaban nuestro lado más animal, más primitivo. Hacíamos el amor hasta terminar la noche, hasta los primeros rayos de sol. Bailábamos y bailábamos alrededor de la hoguera hasta que nuestros cansados cuerpos no respondían. La luz del amanecer apagaba nuestra mente y músculos y el crepitar de las últimas llamas se convertía en nuestra canción para dormir.

Al despertar con el sol del mediodía, bajábamos la ladera de la montaña sin decir ni una palabra. El día no era para nosotros, pero la noche volvería, y con ella nuestro animal interior volvería a bailar bajo las estrellas.

Retroceder

Los veía cada día. Grupos interminables de personas andando por el camino con paso firme, pero sin demasiada prisa. Avanzando por el camino asfaltado con la cabeza cabizbaja y los sentidos apagados. Nunca pude ver cuál era su destino pero aquellos individuos me suscitaban curiosidad y envidia, a pesar de sus infelices caras. Mientras yo miraba desde mi ventana acompañado de los míos, aquellas mujeres y aquellos hombres me señalaban con el dedo por no moverme.

Un día, salí con ellos y agaché mi cabeza. Ya era parte de la manada. Seguía sin ver el final del camino, el destino de aquel grupo, pero ya era irrelevante. A pesar de haber dejado atrás a los míos, ellos ya no me señalaron nunca más.

La escalera

El edificio parecía más pequeño por fuera. Nada más abrir la puerta, no encontré otra cosa que una gran escalera ascendiendo hasta un techo al que la vista no llegaba. Subí las escaleras sin pausa. Cada peldaño que tomaba se traducía en una meta de mi vida. Algo me decía que podía detenerme en uno de esos peldaños a saborear cada uno de esos momentos, pero me negaba. Quería más, era adictivo. Más metas a cumplir, más objetivos. Mis pies no paraban, ascendían por la escalera cada vez más rápido y yo intentaba encontrar el peldaño definitivo en el cual estaría completamente satisfecho. Aquel peldaño en el que yo tendría el control, en el que no necesitaría más para poder saborear la completa felicidad.

Soy un necio. No importa cuántos peldaños subiera, siempre habría otro más. Siempre habría una razón para la insatisfacción. Ambición, control, felicidad. Debería haber comprendido al abrir la puerta que esta escalera no tiene fin.

Conocimiento

Viento y niebla que apenas otorgaba visión a varios pasos. Por fin llegó a la puerta de madera, que tantéo con los ojos cerrados por el frío aire que entraba en ellos. Al abrir la puerta encontró al ermitaño, quien estaba leyendo un gran y viejo tomo lleno de polvo.

–¡Oh! ¡Un visitante! –dijo con una amable sonrisa.

El visitante se quitó su abrigo y lo colgó sobre una percha cercana. Saludó y no apartó la vista del ermitaño en ningún momento. Él le dijo:

–Ven conmigo. Aquí tienes el mundo a tu disposición.

El visitante siguió al ermitaño, que caminaba encorvado y con una lentitud casi irritante. El ermitaño se dio cuenta de la exasperación de su visita.

–Tienes que tener más paciencia, hombre. Aquí dentro el tiempo se detiene, incluso yo diría que viaja atrás en el tiempo, ya sabes, muchos libros de acontecimientos pasados y muchos libros con sueños de futuro.

Llegaron a una gran sala circular llena de libros que se perdían hacia un techo que la vista apenas llegaba a discernir.

–Aquí tienes, visitante. Tómate tu tiempo, estos libros son tan tuyos como míos. El conocimiento pertenece a todos, ¿no crees?
–Supongo.
–Estaré en la entrada leyendo. Si necesitas algún tomo en especial, solo tienes que decírmelo.
–A decir verdad…

El visitante anduvo varios pasos mientras tocaba cubiertas de libros viejas y ásperas, ubicados en docenas de estanterías de la sala. Cuando terminó, sacudió levemente sus dedos llenos de polvo.

–¿Has leído todos estos libros? –dijo el visitante.
–En efecto, todos y cada uno de ellos. Conozco las civilizaciones de nuestro pasado, conozco sus herramientas, su historia, sus celebridades, sus sueños.
–¿Y qué has aprendido?
–Que la raza humana es capaz de cosas tan horribles como maravillosas.
–¿Y cómo lo sabes?

El ermitaño abrió un poco más sus ojos, hasta que el visitante pudo por fin articular una frase mirando sus pupilas.

–¿Cómo sabes de lo que somos capaces?
–Todos estos libros contienen la verdad.
–También contienen la mentira, viejo.
–¿Cómo dices?
–¿Qué es un libro, más que los pensamientos e ideas de sus autores?
–Es un medio de conocimiento.
–¿Y quién dice que ese conocimiento sea verdadero, viejo? ¿Quién decide quién tiene que saberlo y quién no? ¿Dónde está el poder?

El ermitaño parecía confundido por primera vez. El visitante siguió hablando:

–Para haber leído tanto, no pareces muy perspicaz. Te has convertido en un saco de huesos con muchos datos en la cabeza y una muy escasa intuición.

Se oyeron varios pasos amortiguados en la entrada que iban haciéndose cada vez más claros. Dos hombres encapuchados aparecieron detrás del ermitaño. Éste, se dio la vuelta y les dijo:

–No recuerdo haberles invitado a mi casa.

Sin previo aviso, un largo cuchillo atravesó su corazón. El visitante lo extrajo de su cuerpo y dejó que el hombre se desangrara en el suelo.

–Este es el conocimiento que te ofrezco yo ahora, viejo. A partir de este momento, yo decido lo que la gente quiere saber. El poder del conocimiento y el conocimiento del poder.

Tiró el cuchillo junto al cadáver del ermitaño.

–Quemadlo todo.

Lluvia

Cuatro paredes y lluvia interminable. El agua recorría los cristales de las ventanas como si fueran pequeñas cascadas, desapareciendo debajo de la repisa con un goteo constante y un ruido delicioso. La primera vez que entraste por aquella puerta no me había imaginado que esta habitación sería el único lugar en el que iba a querer estar. La pequeña niebla que venía del norte pronto se transformó en una tormenta, la cual no dejó de traer lluvia y más lluvia. Pero tú permanecías allí. El mundo desaparecía lentamente y yo lo ignoraba. El último día, ni siquiera era capaz de ver la calle de debajo de aquella habitación. El agua entraba por debajo de la puerta, las goteras se convertían en pequeños ríos improvisados y ráfagas de lluvia y viento rompieron las ventanas, salpicando nuestros cuerpos. La habitación pronto desapareció entre el agua. Pero nuestros labios permanecieron sellados entre besos con sabor a lluvia.