Arroyo

El sol de aquel día era abrasador. Nada más salir del coche, una ráfaga de aire caliente me cubrió por completo y mi mano sufrió con el contacto de la puerta al cerrarla. Estaba cansado de autopistas, paisajes de cemento y olor a gasolina. Sin duda, mi destino no era el lugar en el que me había detenido, y es posible que amargas consecuencias me esperasen si no llegaba a tiempo a la ciudad, pero no me importaba.

Mis zapatos gozaron del contacto de la hierba y el aire, aunque caliente, ofrecía un respiro más natural. No era la primera vez que veía aquel arroyo desde la carretera pero esta vez consideré necesario detenerme allí. Como en piloto automático, había pasado los últimos meses navegando entre bosques de hierro y asfalto. Había olvidado lo que se sentía al volver estar en comunión con la naturaleza.

Dirigí mis pasos hacia el sonido del arroyo cercano, el cual atravesaba todo el pequeño valle. El arroyo se abría paso fuerte y orgulloso entre múltiples obstáculos naturales. No se detenía ante nada, fuera cual fuera el inconveniente. Existía ajeno a todo lo que le rodeaba; una única dirección guiaba su corriente. Un designio que era imposible arrebatarle.

Me agaché a observar el paso del agua e introduje mi mano en ella. En ese momento deseé poder tener las maravillosas cualidades del arroyo. Deseé poder ser agua, abriéndose paso indiferentemente en una vida que no dejaba de gritar.

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La barca

La barca rompía el curso natural del agua con una delicadez exquisita. El reflejo del cielo y de la vegetación cercana se cortaba y difuminaba cada vez que el hombre introducía el remo en la superficie cristalina. El entorno estaba bañado en tonos de azul y verde oscuro y el cielo no amenazaba alterar la tranquilidad del lugar. No se veía tierra, más bien eran pantanos y lodazales imposibles de caminar en ellos.

El viaje del hombre había durado más tiempo del que podía recordar. Partió al alba hacía ya demasiadas lunas, con provisiones suficientes para poder llevar a cabo aquella misión. Recogía agua dulce de la lluvia, comía predominantemente pescado y usaba sus provisiones cuando su estómago le exigía algo diferente. No obstante, la tranquilidad del lugar no parecía contagiar al viajero; algo no encajaba.

Su travesía fue un medio de escape de una vida turbulenta, compañías poco agraciadas y aspiraciones materialistas. Esperaba acabar remando hacia su nuevo destino, lleno de gloria, nuevas oportunidades y un aire fresco que le llenara los pulmones al despertarse cada mañana. Su obsesión por alcanzar la felicidad hizo que cada día remase más y más fuerte, ignorando los puertos cercanos llenos de maravillas e historias que contar, pasando de largo por torres de blanca caliza llenas de conocimiento milenario y desatendiendo los lejanos saludos de marineros y taberneros dispuestos a ayudarlo.

Su odisea estuvo colmada de experiencias enriquecedoras que podrían haber durado más de una vida, mas no se detuvo en ninguna. Brazada tras brazada, la barca dio la vuelta al mundo. Por supuesto que algo no encajaba; el viajero estaba cruzando los lodazales de su pueblo natal. Había vuelto a su tierra, una tierra que irremediablemente le había vuelto a atrapar en su fango. Irónicamente, su empeño por eludir todo aquello le había atrapado aún más.

La barca se detuvo en medio del lodazal y el hombre saltó al agua. Las corrientes y las ondas creadas en la superficie volvieron a su cauce natural en pocos segundos.

Vigilia

Mentiría si dijera que no he querido permanecer navegando en las mareas de mis sueños más de una noche. En aquellas corrientes de pensamiento que se entrecruzan, como afluentes de un río que tiene como destino acabar en el mar. Nuestro océano, una visión interminable de todos nuestros anhelos, victorias y derrotas en la vida, mas es demasiado grande para sentirnos cómodos en él. El río de los sueños y sus afluentes nos ofrecen una visión más simplista de la vida y un control mucho más férreo de nuestras emociones. Es cómodo, es seguro y es predecible. Pero al igual que la vigilia, las corrientes de Morfeo pueden ser conquistadas por horribles pesadillas. Despierta y no sigas corriendo. Siempre hay un monstruo al acecho, tanto en el río como en el océano. Y ese monstruo somos nosotros.

Megalópolis

Anduvo descalza sintiendo la frescura de la fría hierba en los pies, cegándose por la luz de los rayos del sol atravesando las ramas en flor y escuchando el sonido del arroyo cercano.

La ciudad acababa en ese mismo lugar, donde la naturaleza comenzaba y no tenía fin. El paisaje que se abría ante ella era el más hermoso que había podido observar: un cielo azul pintado de montañas, árboles, ríos y fauna salvaje. Todos los sentidos se encontraban igualmente excitados y relajados; existía en ella un nuevo horizonte, una nueva y posible comunión con la naturaleza. Sin embargo, la mujer miró atrás y vio la megalópolis. Los rascacielos y el humo de la industria lo cubrían todo sin excepción.

Algo le oprimió el pecho. Odiaba la gran ciudad, odiaba sus costumbres, las prisas, la mala calidad del aire, los trabajos precarios, las tiendas saturadas, la comida procesada y los gritos de la gente. Sin embargo, era su hogar y siempre lo había sido. La libertad se encontraba a un solo paso más, pero aquel sinfín de cemento hizo lo que ninguna cárcel y lo que ningún sistema consiguió: vivir en una cárcel sin muros, una cárcel de la que nunca querrías escapar.

Aurora boreal

Mi memoria falla. Después de tantos años de vida, ni siquiera recuerdo tu nombre. Sé que estás ahí, sé que eres parte de mi viaje. Aún puedo ver tu silueta caminando por las frías playas de Noruega. Aún tengo la visión de una cabaña y el sonido de las olas. Una fragancia, una sonrisa, una voz que se pierde en un eco inseguro. ¿Quién eres?

Me despierto solo en una habitación y escucho las olas del mar, la única compañía sin la cual me volvería completamente loco. No puedo recordar lo más simple de mi ser. Lo intento cada día pero los detalles de mi vida se evaporan lentamente. Sin embargo, permanece la fragancia, permanece la sonrisa, la silueta, la voz. No es ninguna bendición. Quiero saber quién eres, quiero conocer el poder que tiene tu existencia sobre mi mente moribunda, la razón por la que aparezcas ahora y no antes, saber si alguna vez estuviste en esta cabaña. ¿Caminaste a mi lado? ¿Me viste envejecer? ¿Reíste conmigo sin motivo alguno?

Salgo de mi cabaña cubierto de toda la ropa que he podido encontrar y camino por la playa, en un afán de encontrar respuestas. Observo la aurora boreal, contemplo ensimismado el cadencioso movimiento del intenso color verde y dejo que mi mente divague. Pienso en la silueta, pienso en la voz, intento hacer memoria de un pasado que quizás ya haya desaparecido por completo, o que quizás nunca ocurrió. Es posible que la demencia haya acabado con mi razón, pero sigo intentándolo. Las luces del cielo siguen moviéndose ajenas a mi misión. Cierro los ojos como he hecho ya tantas veces, pero esta vez algo me golpea. Algo renace en lo más profundo de mi ser, la memoria se reconstruye, las sensaciones vuelven a surgir y mi luz interior se multiplica como la espuma. Te conozco, te he conocido… Y te seguiré conociendo.

La silueta soy yo. Mi fragancia, mi sonrisa, mi voz. Soy yo, ¡yo! ¡Siempre he sido yo! ¿Cómo he podido olvidarme de esta manera? ¿Cómo es posible que mi propio ser olvide quién es? ¿Tan enfermo y viejo estoy? Incluso vuelvo a recordar mi nombre. Con una sonrisa, vuelvo a mirar las olas del mar, donde el agua refleja las luces norteñas y pienso que el amor de tu vida nunca se olvida. Lo que no te cuentan es que ese amor de cuentos y hadas eres tú mismo. Por favor, no me abandones otra vez.

***

A la mañana siguiente, me despierto y tengo la sensación de que algo ocurrió la noche anterior. Sigo recordando una silueta, pero nada más. Seguro que no era nada importante, así que salgo de la cabaña y sigo esperando a que algún día finalmente lo descubra. Mientras tanto, espero a que llegue la noche y así poder contemplar la aurora boreal una vez más. Quizás algún día recuerde tu nombre. Quizás algún día escuche tu voz de nuevo.