Vigilia

Mentiría si dijera que no he querido permanecer navegando en las mareas de mis sueños más de una noche. En aquellas corrientes de pensamiento que se entrecruzan, como afluentes de un río que tiene como destino acabar en el mar. Nuestro océano, una visión interminable de todos nuestros anhelos, victorias y derrotas en la vida, mas es demasiado grande para sentirnos cómodos en él. El río de los sueños y sus afluentes nos ofrecen una visión más simplista de la vida y un control mucho más férreo de nuestras emociones. Es cómodo, es seguro y es predecible. Pero al igual que la vigilia, las corrientes de Morfeo pueden ser conquistadas por horribles pesadillas. Despierta y no sigas corriendo. Siempre hay un monstruo al acecho, tanto en el río como en el océano. Y ese monstruo somos nosotros.

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Megalópolis

Anduvo descalza sintiendo la frescura de la fría hierba en los pies, cegándose por la luz de los rayos del sol atravesando las ramas en flor y escuchando el sonido del arroyo cercano.

La ciudad acababa en ese mismo lugar, donde la naturaleza comenzaba y no tenía fin. El paisaje que se abría ante ella era el más hermoso que había podido observar: un cielo azul pintado de montañas, árboles, ríos y fauna salvaje. Todos los sentidos se encontraban igualmente excitados y relajados; existía en ella un nuevo horizonte, una nueva y posible comunión con la naturaleza. Sin embargo, la mujer miró atrás y vio la megalópolis. Los rascacielos y el humo de la industria lo cubrían todo sin excepción.

Algo le oprimió el pecho. Odiaba la gran ciudad, odiaba sus costumbres, las prisas, la mala calidad del aire, los trabajos precarios, las tiendas saturadas, la comida procesada y los gritos de la gente. Sin embargo, era su hogar y siempre lo había sido. La libertad se encontraba a un solo paso más, pero aquel sinfín de cemento hizo lo que ninguna cárcel y lo que ningún sistema consiguió: vivir en una cárcel sin muros, una cárcel de la que nunca querrías escapar.

Aurora boreal

Mi memoria falla. Después de tantos años de vida, ni siquiera recuerdo tu nombre. Sé que estás ahí, sé que eres parte de mi viaje. Aún puedo ver tu silueta caminando por las frías playas de Noruega. Aún tengo la visión de una cabaña y el sonido de las olas. Una fragancia, una sonrisa, una voz que se pierde en un eco inseguro. ¿Quién eres?

Me despierto solo en una habitación y escucho las olas del mar, la única compañía sin la cual me volvería completamente loco. No puedo recordar lo más simple de mi ser. Lo intento cada día pero los detalles de mi vida se evaporan lentamente. Sin embargo, permanece la fragancia, permanece la sonrisa, la silueta, la voz. No es ninguna bendición. Quiero saber quién eres, quiero conocer el poder que tiene tu existencia sobre mi mente moribunda, la razón por la que aparezcas ahora y no antes, saber si alguna vez estuviste en esta cabaña. ¿Caminaste a mi lado? ¿Me viste envejecer? ¿Reíste conmigo sin motivo alguno?

Salgo de mi cabaña cubierto de toda la ropa que he podido encontrar y camino por la playa, en un afán de encontrar respuestas. Observo la aurora boreal, contemplo ensimismado el cadencioso movimiento del intenso color verde y dejo que mi mente divague. Pienso en la silueta, pienso en la voz, intento hacer memoria de un pasado que quizás ya haya desaparecido por completo, o que quizás nunca ocurrió. Es posible que la demencia haya acabado con mi razón, pero sigo intentándolo. Las luces del cielo siguen moviéndose ajenas a mi misión. Cierro los ojos como he hecho ya tantas veces, pero esta vez algo me golpea. Algo renace en lo más profundo de mi ser, la memoria se reconstruye, las sensaciones vuelven a surgir y mi luz interior se multiplica como la espuma. Te conozco, te he conocido… Y te seguiré conociendo.

La silueta soy yo. Mi fragancia, mi sonrisa, mi voz. Soy yo, ¡yo! ¡Siempre he sido yo! ¿Cómo he podido olvidarme de esta manera? ¿Cómo es posible que mi propio ser olvide quién es? ¿Tan enfermo y viejo estoy? Incluso vuelvo a recordar mi nombre. Con una sonrisa, vuelvo a mirar las olas del mar, donde el agua refleja las luces norteñas y pienso que el amor de tu vida nunca se olvida. Lo que no te cuentan es que ese amor de cuentos y hadas eres tú mismo. Por favor, no me abandones otra vez.

***

A la mañana siguiente, me despierto y tengo la sensación de que algo ocurrió la noche anterior. Sigo recordando una silueta, pero nada más. Seguro que no era nada importante, así que salgo de la cabaña y sigo esperando a que algún día finalmente lo descubra. Mientras tanto, espero a que llegue la noche y así poder contemplar la aurora boreal una vez más. Quizás algún día recuerde tu nombre. Quizás algún día escuche tu voz de nuevo.

Agujas de reloj

Enfundado en mis ropas de invierno, con los guantes en los bolsillos de los pantalones y mi postura cabizbaja, esperaba como todas las noches a que el metro llegara a la estación. Días, semanas y meses, como un hámster que corre dentro de su rueda, como un pez que se deja arrastrar por la corriente, como una polilla hacia la luz de la llama. Pero aquella noche sentí algo. No era nada físico; era una inexplicable sensación que provenía de mi interior, abriendo mis ojos, despertando mis músculos e irguiendo mi espalda. Mi yo del futuro me observaba a través de las mareas del tiempo. No había palabras, solo un sentimiento. El tren llegó pero no subí a él. Decidí cambiar de rumbo y ver hasta dónde podría llevarme este nuevo camino que se había abierto ante mí. Decidí despertar y hacer de mi tiempo un compañero, no un mero espectador. Las agujas del reloj: el sonido de la vida y un eco de la muerte.

Sonora

El calor sofocante del desierto de Sonora era peor de lo que me había imaginado. Este vasto desierto, compartido por Estados Unidos y México, parecía no tener fin. Conduje mi coche durante kilómetros, durante horas interminables, escapando del bullicio de la ciudad y el sinsentido de los lazos humanos que allí me esperaban a la vuelta. Quizás encontrara algo bajo este sol abrasador.

Después de dos días recorriendo bares, pequeñas tiendas y aldeas apartadas de la civilización, me propuse conducir más hacia el sureste, hacia la frontera con México. Una carretera mal asfaltada me guiaba hacia un horizonte interminable y borroso debido a las altas temperaturas. Entre esa niebla de arena, vi algo que me llamó la atención. Parecía un pueblo lleno de música, con gente comiendo y bebiendo bajo una actividad sin desenfreno. Giré el volante y me detuve en un aparcamiento de gravilla improvisado. Nada más bajé del coche, eché de menos el aire golpeando mi rostro. Entré en la primera taberna que se me cruzó por el camino, donde un enorme cartel recibía a los visitantes y a los forasteros:

«Un único día, para una vida única».

¿A qué se refería? En el momento, pensé que se trataba de una jerga o alguna costumbre de la zona que yo ignoraba. Me acerqué a la barra y la gente de allí fue tremendamente agradable. Bebí whisky y tequila de gran calidad, degusté unos manjares deliciosos, conocí gente maravillosa manteniendo conversaciones trascendentales. Me sentía en una nube de jolgorio y todos mis sentidos estaban concentrados en la felicidad de aquel momento. Era otra persona, en otro tiempo totalmente diferente, con un pasado que quedaba demasiado lejos de mis pensamientos. No había más dolor, ni más preocupaciones.

Y de pronto, más arena. Viento abrasador. El sabor pastoso del alcohol de la noche anterior. Me levanté de la arena y comprobé que aún conservaba todo y que no me habían asaltado. Mi coche estaba allí, con una puerta abierta y la luz del amanecer reflejándose en la carrocería. ¿Qué había ocurrido? Saqué mi móvil y no vi mensajes nuevos, ni notas, ni fotos. Así que decidí regresar a por respuestas. Recordaba el camino pero el GPS no era muy preciso por aquellos lares. Una hora después, vislumbré las marcas de mis ruedas cuando giré el volante la noche anterior. La gravilla aplastada por el peso de mi coche seguía estando allí. Pero ni rastro del pueblo. Había desaparecido por completo. Anduve por la zona, apartando arbustos e intentando ver algo más que tierra, arena y gravilla. Estaba seguro de que era el lugar.

Horas después, abandoné mi misión, rindiéndome ante la razón e intentando no hacer más preguntas que no podía responder. Paré en un gran acantilado cerca de la carretera, mientras observaba pequeños remolinos de arena formándose hasta donde alcanzaba la vista. De pronto, recordé el cartel de aquella taberna:

«Un único día, para una vida única».

Así que a eso se refería: solo un día de felicidad para todos los forasteros que pasaban por allí. Eso era todo. Supongo que en mi destino estaba crear el segundo, y no pararía hasta encontrarlo. No me conformo con un día, ni con una única vez. Volveré a encontrar ese lugar, esté donde esté, hasta que el calor del desierto me consuma.