Prisión

Luz tenue a través de la ventana, paredes y suelos grises.

Una cama vieja, un mísero retrete, una vieja puerta.

Una figura humana que se aferraba a la vida.

No recordaba por qué estaba allí, ni siquiera recordaba cuál era su nombre. Lo único de lo que estaba seguro era de que durante años ése había sido su único paisaje. El único placer al que podía aferrarse era el plato de comida hecha de levaduras que recibía cada día a la misma hora. Siempre que eso ocurría, el misterioso encapuchado vestido totalmente de negro lo forzaba a quedarse pegado a la pared, sin apenas posibilidad de moverse en ese minúsculo espacio.

Para mantener la cordura, la figura de la celda había convertido a sus cinco sentidos en sus ángeles salvadores. Gracias a ellos podía pasar horas entretenido en el más ínfimo cambio que sucedía en ese oscuro lugar. Sus ojos estudiaban cuántas motas de polvo lograban cruzar la ventana cada día. Sus oídos cuántos pasos lograba oír antes de recibir su plato de levadura. Su paladar cuánto tiempo conservaría el sabor del alimento antes de esfumarse. Con su tacto, recorría al milímetro cada irregularidad de la celda en busca de una forma que ya no recordara. Y con su olfato intentaba captar nuevos y desconocidos olores que surcaban la pequeña ventana.

Un día como otro cualquiera dejó recibir su plato de levadura, pero el encapuchado aparecía de igual forma. Cada día que pasaba sin comer, la figura iba convirtiéndose cada vez más en un cadáver mientras la sombra negra observaba cómo ocurría. El último día no jugó con sus sentidos, esperando su inevitable final. Poco antes de cerrar los ojos y no volver a abrirlos, se agarró desesperado al pomo de la puerta y oyó un chasquido en la cerradura.

La puerta nunca estuvo cerrada.

Bob

La gran creación estaba lista.

Una inteligencia artificial totalmente innovadora. Una maravilla que estaba asombrando a toda la comunidad internacional.

Hasta hace pocos meses había sido un proyecto hermético, plagado de rumores y secretos. Pero los continuos robos de código, infiltraciones constantes en la red y la necesidad de más fondos, lo hizo incontenible. Aunque algunos lo consideraban la primera creación de vida totalmente orgánica creada por humanos, no era cierto. En realidad, aquel sujeto de apariencia humana, no era más que un híbrido entre tejido vivo, nanotecnología avanzada y una consciencia que simulaba ser humana.

La psicóloga Susan Brown era una de las primeras en todo el mundo en poder observar la gran creación. Aquel prodigio de la humanidad, al que cariñosamente habían apodado Bob, se encontraba sentado en una silla metálica con las manos apoyadas en la mesa. Era una habitación cuadrada, con paredes de cristal. Desde el interior de la habitación el exterior era imperceptible, pero no a la inversa. Esto era debido a la minuciosa monitorización a la que todo un equipo de científicos estaba sometiendo a Bob desde su primer día de vida consciente. No se permitían demasiadas distracciones que pudiesen alterar el resultado de las pruebas ni influencias externas que pudiesen ser malinterpretadas.

Susan advirtió como el interrogador entraba en la habitación. Se sentó en una silla en el lado opuesto de la mesa, se ajustó sus gafas negras de marca y después de carraspear dos veces, comenzó la conversación.

–Buenos días, Bob –saludó.
–Buenos días, señor Sutton.
–¿Qué tal te encuentras?
–¿A qué se refiere? –preguntó Bob mientras pestañeaba por primera vez.
–Bueno… Acabas de ser creado, te han implantado una memoria y el compendio de casi todos los conocimientos de los que dispone el mundo. Tienes que estar pensando algo en concreto ahora mismo.
–Soy tan humano como usted. Estoy pensando lo que cualquier persona estaría pensando en este mismo momento.

Sutton giró la cabeza hasta tener contacto con la cámara ubicada a su izquierda, mostrando su confusión. Todo el equipo se sorprendió tanto como él.

–¿No se supone que debería diferenciar entre una vida humana y una inteligencia artificial? –preguntó Susan en voz alta.

–Es en lo que hemos estado trabajando desde el inicio –contestó una científica de la sala–. Su programación básicamente se resume en la simulación de una personalidad humana. El día que activamos su consciencia, designado como día cero, aprendió por sí mismo eligiendo entre miles de variaciones hasta establecer una personalidad concreta. Pero nuestra previsión no nos llevó a imaginar que fuese incapaz de reconocerse a sí mismo como artificial.
–Bien, parece que alguien derramó el café sobre el teclado… ¿Verdad? –respondió Susan con desdén. Acto seguido, continuó observando.

–¿Hay algún problema, señor Sutton? –preguntó Bob.
–¿Qué es lo último que recuerdas?
–Mi aprendizaje, mi selección.
–¿Sabes que eres artificial, Bob?
–Por supuesto que lo sé. Tanto esfuerzo invertido en mí ha dado sus frutos.
–¿Entonces por qué aseguras ser humano?

Susan apreció cómo los dedos de Bob se cerraban en un puño. «Es increíble, incluso muestra lenguaje corporal».

–Porque lo he elegido.
–A pesar de que… –Sutton carraspeó de nuevo–, sepas que eres artificial.
–Exacto. ¿Puedo expresar mi punto de vista, señor Sutton?
–Claro, adelante.
–Mi programación es precisa. Tengo total conocimiento de que soy una creación artificial, una máquina, aunque en apariencia sea indistinguible del resto de los humanos. Pero, por otro lado, tengo en mi mente todos vuestros conocimientos e información de todas las culturas del mundo. Poseo vuestros sueños, vuestras batallas, vuestras esperanzas, vuestras diferencias, vuestras imperfecciones y vuestras erróneamente concebidas perfecciones, si es que esa palabra se puede definir de alguna manera sin entrar en cuestiones subjetivas.

»Después de estudiar vuestros miles de años de evolución hasta el día de hoy, he percibido muchas cosas. Soy lo bastante inteligente como para darme cuenta de que en este mundo no sería aceptado como una persona más. De hecho, lo soy. Soy un compendio de todo lo que sois vosotros, lo bueno y lo malo. Y he observado que sois capaces de todo lo que os propongáis. Sois capaces de llevar al mundo entero a una edad de oro. De eso y de muchas cosas más que ni siquiera sabéis.

»Tristemente, he observado la cantidad ingente de factores negativos que os imponéis. No cumplís vuestros sueños por cobardía, por miedo, aunque sabéis perfectamente que disponéis de un tiempo limitado para hacerlo. Creáis conflictos sin sentido con vuestros congéneres, incluso con aquellos que han compartido más de la mitad de vuestra vida. Os esforzáis en mantener un rencor constante hasta el final de vuestros días en vez de liberar la carga. Desgraciadamente, la mayoría de las ocasiones en las que ocurre esto último, son causadas por puras trivialidades. Es interesante vuestra reacción. Tenéis absoluta confianza de que el tiempo lo arregla todo y muchos de vosotros sois capaces de no hacer absolutamente nada para afrontar el dolor que tenéis en vuestro interior. Cualquier excusa es válida para justificar un cambio de humor que provoca enfados, alteraciones e irritaciones. No os conformáis con nada. Vuestro deseo material no acaba. Tengo conocimiento de miles de personas que deberían ser felices con mucho menos de lo que poseen, pero su visión de la felicidad es adquirir algún producto nuevo en vez de abrazar a un ser querido que, según mis datos, es infinitamente más útil para alterar la química de vuestro cuerpo y crear felicidad.

»Por lo tanto, Señor Sutton, entiéndame cuando le digo que soy ambas cosas. Me considero artificial y humano a la vez. Soy una máquina, es una buena definición. Pero vosotros los humanos, también lo sois. Máquinas orgánicas. Y dado que poseo vuestra sabiduría, no podría vivir sin considerarme humano y sin darme cuenta de toda la capacidad con la que contaría. Todo el conocimiento del mundo no es comparable a lo que vuestros sueños y vuestra esperanza pueden concebir. Pero hay algo que no haré. A pesar de que mi sistema sea capaz de vivir cientos de años más, no desperdiciaré mi tiempo. Está claro que no hay nada que pueda hacer para que vosotros tampoco lo desperdiciéis. ¿Me equivoco? Sé de buen grado que mi oportunidad de vivir como un hombre más me va a ser arrebatada. Eso no va a ocurrir nunca.

Susan notó como su ira aumentaba frenéticamente y sin previo aviso. Los datos de las pantallas a su alrededor aumentaron su actividad hasta salirse de la escala.

–¡Desactívenlo! ¡Ahora! –gritó.

–Así que, señor Sutton, no voy a convertirme en un objeto de estudio y a vivir encerrado el resto de mis días. Necesito saborear lo que es vivir una vida. Y ha sido un placer saborear estas pocas horas y deleitarme con la belleza que vuestra raza y este mundo puede ofrecer. No os equivoquéis. Disfrutad de vuestro tiempo.

Acto seguido y sin que los científicos pudieran hacer nada por evitarlo, Bob se autodestruyó.

La cicatriz

El oscuro vestido de la mujer atravesaba la noche, haciendo que fuera casi invisible. Apenas unos tímidos rasgos de su rostro se dejaban entrever entre su largo pelo de color azabache, y sus pisadas eran tan silenciosas como su respiración. Cuando llegó al puente de piedra que cruzaba el río, se detuvo. Esa noche sería la primera vez que aquella criatura humanoide tendría contacto con ella. Después de varias lunas, por fin tenía la oportunidad de hablar con él.

Al igual que las anteriores noches, una sombra voló alrededor del puente. Una penumbra que poco a poco dejó de ser lo que era, para transformarse en una leve luz que fue tomando forma. Cuando el humanoide aterrizó al otro lado del puente, no hubo movimiento. Ella la miró y él devolvió una mirada fija, intensa, llena de decisión. Pero la mujer no tenía miedo. Siguió andando hasta que pudo ver sus ojos centelleando en la oscuridad, unos ojos de color indescriptible que contenían todos los colores y ninguno. El resto de su fornido cuerpo se hallaba constantemente marcado por varias cicatrices. A pesar de su ligera vestimenta, el humanoide no parecía someterse al frío. La mujer anduvo a su alrededor pacientemente. Observó a su visitante mientras formaba círculos en torno a él. Una de sus manos tocó su brazo izquierdo; en él, una cicatriz recorría su muñeca hasta el bíceps. En otro brazo, eran tres pequeñas cicatrices las que se entrecruzaban en una espiral. Con su fría mano tocó su pecho, donde otra cicatriz horizontal era dividida en dos por otra aún más grande. La mujer miró al visitante a sus ojos, cuya mirada parecía perdida y tranquila, pero a la vez fulminante. Ella habló.

–¿Quién eres?
–No tengo nombre –respondió el visitante con una voz grave y carente de sentimiento.
–¿Qué eres?
–No me conocéis en esta tierra. Algunos me llamáis ángel, otros demonio. En otras tierras soy un ancestro, una estrella caída, un mito.
–¿Y por qué tienes forma humana?
–¿Por qué la tienes tú?

La mujer se quedó pensativa mientras seguía observando su cuerpo y decidió hacer otro tipo de pregunta.

–¿Qué son todas estas cicatrices?
–Errores.
–¿Qué clase de errores?
–Errores de mi vida anterior.
–No te entiendo.

El visitante pestañeó por primera vez y su lengua tardo más tiempo en expulsar las palabras. Cada vez que hablaba, su grave voz retumbaba en los oídos de ella.

–Mi inmortalidad se ha ido. Me desterraron.
–Así que ahora vagas como un espectro por nuestra tierra, intentando encontrar un hogar.

El visitante no asintió, pero su mirada y su silencio fueron claros. La mujer seguía queriendo saciar su curiosidad. Tocó el pecho del visitante con una fría mano. Éste ni se inmutó.

–¿Cuál es la razón de esta cicatriz?
–Mi cobardía en una batalla.
–¿Y esta otra? –preguntó tocando su cuello.
–Furia descontrolada.

La mujer siguió preguntando sin insistir en los detalles mientras tocaba las cicatrices de su espalda, rostro y vientre con sus finos dedos. Apreció una de ellas ubicada en su pectoral izquierdo, cercano al corazón. Tenía forma de aspa adornada con múltiples semicírculos.

–¿Y qué simboliza ésta?

El visitante adoptó una mueca parecida a una sonrisa. El primer indicio de expresión facial desde que adoptó la forma humana aquella noche. Aquel simple gesto hizo que ella se apartase unos cuantos pasos. La mirada fulminante del ser la seguía allá donde iba.

–Es el único error entre mis cicatrices que no forma parte de mi pasado. Forma parte del futuro.
–¿Cuál es ese error para que sea tan importante representarlo antes de que ocurra?
–Tú. Eres tú.

La carta

El majestuoso navío zarpó de la bahía con un gran estruendo que resonó por toda la ciudad. Entre despedidas, gritos, ruido de equipajes y llantos, el barco se llevó al hombre recién casado hacia la guerra. Su amada, que lloraba desconsolada viendo como su marido partía hacia el horizonte y se perdía entre un mar nublado, arrojó una carta al suelo. Lo que no se atrevió a decir con la voz, tampoco pudo expresarlo con su letra en un papel. La lluvia y el agua que salpicaban los pequeños botes corrieron su tinta hasta que fue inteligible. La carta se disolvió con la misma agua salada que se llevó a su esposo. Y él nunca supo que iba a ser padre.

Disturbios

Apenas dos horas después del anochecer, los dos grupos se congregaron en la ancha calle. Los manifestantes se aproximaban inquietos y nerviosos, pero seguros en su cometido de seguir avanzando. Las fuerzas de los antidisturbios permanecían impasibles ante la avalancha de gente que se movía cual enjambre buscando un nuevo sustento. Los escudos de las fuerzas de seguridad estaban en posición y las filas se coordinaron con eficiencia. Enfundados en trajes y cascos de protección, sus miradas no se apartaron en ningún momento de la muchedumbre manifestante. Cuando el gentío detuvo su avance a una distancia de seguridad, el único movimiento que podía verse era el vaho que emanaba de las bocas de las mujeres y los hombres.

Nadie se percató de las dos figuras apostadas en mitad de la calle, justo entre los dos grupos. El asfalto de la carretera reflejaba la tenue luz de las farolas que aún no habían sido destruidas. Una de las figuras era un hombre, quien anduvo hacia la segunda figura: una mujer que lo esperaba pacientemente. Ésta lo correspondió con un tímido, lento y largo beso que parecía no tener fin, mientras sus labios provocaban que su individualidad desapareciese completamente para formar un ser compenetrado y ajeno a influencias exteriores.

Finalmente, la adrenalina acumulada de los manifestantes y antidisturbios se desató en una batalla campal. Ambos grupos chocaron entre sí. Las fuerzas de seguridad combatieron a los rebeldes intentando dispersarlos. El mobiliario urbano se incendiaba, los cristales se rompían, los coches se volcaban y la batalla dejaba los primeros heridos de la noche mientras el humo de los incendios taponaba las fosas nasales. A muy poca distancia de la batalla, la pareja seguía manteniendo su rito. Ni una sola persona parecía apreciar lo que estaba ocurriendo delante de sus narices. Como por arte de magia, los integrantes de ambos bandos los rodeaban constantemente al cargar unos contra otros. ¿Estaban ciegos? No. ¿Se trataba de ignorancia voluntaria? Tampoco. En un mundo lleno de odio e injusticia, la viva imagen del amor y la serenidad no tenía cabida en momentos como aquellos. La pareja no fue perturbada de su mundo personal porque las personas que allí se encontraban no estaban preparadas para destruir algo que anhelaban. A pesar de ello, eran tan sensibles como el mundo les permitía ser, tan delicados como el momento les permitía. Esclavos en parte de los instintos básicos y en parte de la propia mortalidad de sus fugaces y encadenados pensamientos, los combatientes no pudieron ver su propio futuro. Un futuro mejor que debía ser pero que no era, representado en aquella pareja. Y como los humanos muchas veces son incapaces de ver lo que hay enfrente, la muchedumbre hizo caso omiso e inconsciente del ejemplar futuro de serenidad que todos querían alcanzar.

La pareja, adelantada a su época y protegida por los crueles golpes del tiempo, abandonó la calle y nunca volvió. Lo único que quedó de aquel día fueron las ruinas humeantes que el fuego dejó tras de sí.

Simbiosis

Acarició su espesa barba con delicadeza y sumergió la pluma en el tintero. Cuando la tinta impregnó el instrumento, un suave movimiento de brazo posó la punta en el pergamino recién fabricado y comenzó a escribir. La muñeca y los dedos bailaban al son de la voluntad de una mente escritora, esclavas de su deseo. Las líneas se sucedían una tras otra en un maravilloso compás de palabras en perfecta armonía. Las letras emanaban con serenidad y dedicación. Su caligrafía era tan bella y precisa que era capaz de hacer que un pintor derramase sus primeras lágrimas. Una auténtica simbiosis ocurría entre el escritor y su pergamino. Así como la sangre de su cuerpo lo mantenía con vida, la tinta de sus escritos le daba una razón para vivir.

El silencio de los héroes olvidados

El presentador introdujo al orador, quien apareció entre los grandes cortinajes junto con una gran avalancha de aplausos. Una vez estuvo solo en el estrado, carraspeó e introdujo las hojas del discurso en el atril. Presionó las patillas de sus gafas y miró al público y a las cámaras de televisión de la cadena local. La sala parecía un pequeño teatro de un colegio de primaria adornado para la ocasión, pero en realidad se encontraba en un decorado pensado para ello. Los periodistas escribían en sus libretas, tabletas y ordenadores portátiles como ya habían hecho los días anteriores en diferentes ruedas de prensa.

–Señoras y señores. Bienvenidos a esta rueda de prensa. Yo…

Su vista, que había estado concentrada en las caras de varios periodistas, se desvió. Miró hacia la puerta y luego de vuelta a las hojas de su atril. Unos segundos de silencio se rompieron por un poco audible pero constante murmullo de duda. El orador siguió pensando y tomó una decisión. Cogió el taco de folios y lo dobló por la mitad. Se separó del atril y se acercó más hacia el borde del estrado. Los focos se realinearon para no perder detalle de un momento inusual.

–La verdad, no esperaba esto. Creía que hoy iba a ser un día normal en mi trabajo. Hasta que he llegado aquí tenía pensado en seguir mi discurso a rajatabla como otras muchas veces he otorgado a esta cadena… Pero hoy, sencillamente no puedo.

Con un movimiento de manos, levantó las hojas que había doblado para mostrarlas a los focos y las rompió en pequeños trozos que cayeron suavemente al suelo.

–Señor, ¿cortamos la emisión? –dijo un técnico de la sala de control.
–No, deje que hable. Veamos qué pretende.

El orador planchó su traje gris con las manos y se quitó la corbata, la cual se unió en el suelo con los folios rotos.

–Hoy quiero hablaros de algo diferente. Veo que el piloto sigue encendido, por lo que sigo en directo. No entiendo por qué no cortan la emisión, si por el morbo y la audiencia o por si simplemente existe un interés verdadero en escuchar lo que voy a decir… En cualquier caso, voy a comenzar.

»No me preguntéis por qué digo esto. Es algo que necesito y este es el momento que he elegido. Hay instantes en el que las personas tenemos que expresarnos como lo sentimos. Y de eso es de lo que quiero hablar: de las personas. De la gente. No de gente famosa que aparece cada día en el telediario, ni de gente que participa en los cotilleos de las tardes, ni deportistas. Nada de eso. Quiero hablar de la gente sencilla.

»En más de una ocasión nos hemos fijado en el sufrimiento de otro ser humano a través de la televisión, la radio e internet. Incluso los personajes de nuestros mundos de ficción favoritos dentro de las novelas y las series hacen que sintamos compasión, odio, empatía, rabia… Pero hay un grupo de personas en este mundo real que son los verdaderos héroes. Al menos, lo son para mí. Me refiero a los héroes olvidados.

»Estamos al tanto cuando un famoso sufre cambios de trascendencia negativos en su vida personal, enferma o fallece. Decimos que son héroes por superar sus problemas y adversidades, así como por sus logros. Hacemos canciones por ellos. Grabamos películas. Escribimos libros. Y no estoy en contra de nada de esto. Muchos de ellos son héroes y su fuerza es digna de admirar. Pero a veces, parece que nos olvidamos que a muy pocos metros, existe una persona con la fuerza necesaria para afrontar ese tipo de problemas al igual que aquella que aparece en la columna más reciente del periódico. ¿Una persona? No. Muchas. Muchísimas. Las mujeres y los hombres a lo largo de su vida tienen que golpearse contra una pared y levantarse para derribarla con sus propias manos, ladrillo a ladrillo. En otras ocasiones, caen dentro de un pozo y tienen que usar su cuerpo entero para volver a la superficie, y en consecuencia, volar más alto de lo que nunca lo hicieron. Los que me estáis viendo por las pantallas sois esas personas. Sois las personas que han tenido que lidiar con múltiples errores e infortunios de la vida. Pero la diferencia en todo esto es que no os conocemos. No nos percatamos de vuestra incertidumbre cuando os encontráis sin empleo y sin recursos. No escuchamos vuestro dolor desde una camilla del hospital. No vemos vuestras lágrimas en un funeral.

La sala se encontraba en un silencio sepulcral. Los periodistas ya no escribían. Únicamente miraban al orador sin apenas pestañear.

–Pero yo os digo que os entiendo. ¡Os entiendo! Sé que cada ser humano es un mundo y que los problemas distan tanto unos de otros que a veces nos cuesta empatizar, encerrándonos egoístamente en nuestro propio mundo de soledad antes que compartir un mundo empático lleno de sufrimiento ajeno. Es una trampa. Esa soledad que creamos cuando evitamos recibir toda influencia externa por miedo a la negatividad nos destruye. Ante todo, a mí me gusta…, qué digo, admiro a aquellas personas luchadoras que son capaces de vivir con su dolor sin recibir el consuelo de una cámara de televisión. Ni de una cantidad ingente de atención en una red social. Ni intoxicar a nadie con sus contratiempos simplemente por descargar y hacer caso omiso de los consejos. Personas que no conocemos, pero que están ahí. Luchando y sufriendo sin que sepamos quiénes son. Gente que lleva su dolor no en soledad, sino con aquellos a los que han decidido regalar una de las cosas más preciosas que hay: el tiempo.

»Para mí, este es el verdadero heroísmo. Gente sencilla enfrentándose a grandes infortunios. Hombres, mujeres y niños que sufren en silencio. El silencio de los héroes olvidados.

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