Vigilia

Mentiría si dijera que no he querido permanecer navegando en las mareas de mis sueños más de una noche. En aquellas corrientes de pensamiento que se entrecruzan, como afluentes de un río que tiene como destino acabar en el mar. Nuestro océano, una visión interminable de todos nuestros anhelos, victorias y derrotas en la vida, mas es demasiado grande para sentirnos cómodos en él. El río de los sueños y sus afluentes nos ofrecen una visión más simplista de la vida y un control mucho más férreo de nuestras emociones. Es cómodo, es seguro y es predecible. Pero al igual que la vigilia, las corrientes de Morfeo pueden ser conquistadas por horribles pesadillas. Despierta y no sigas corriendo. Siempre hay un monstruo al acecho, tanto en el río como en el océano. Y ese monstruo somos nosotros.

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Megalópolis

Anduvo descalza sintiendo la frescura de la fría hierba en los pies, cegándose por la luz de los rayos del sol atravesando las ramas en flor y escuchando el sonido del arroyo cercano.

La ciudad acababa en ese mismo lugar, donde la naturaleza comenzaba y no tenía fin. El paisaje que se abría ante ella era el más hermoso que había podido observar: un cielo azul pintado de montañas, árboles, ríos y fauna salvaje. Todos los sentidos se encontraban igualmente excitados y relajados; existía en ella un nuevo horizonte, una nueva y posible comunión con la naturaleza. Sin embargo, la mujer miró atrás y vio la megalópolis. Los rascacielos y el humo de la industria lo cubrían todo sin excepción.

Algo le oprimió el pecho. Odiaba la gran ciudad, odiaba sus costumbres, las prisas, la mala calidad del aire, los trabajos precarios, las tiendas saturadas, la comida procesada y los gritos de la gente. Sin embargo, era su hogar y siempre lo había sido. La libertad se encontraba a un solo paso más, pero aquel sinfín de cemento hizo lo que ninguna cárcel y lo que ningún sistema consiguió: vivir en una cárcel sin muros, una cárcel de la que nunca querrías escapar.

Agujas de reloj

Enfundado en mis ropas de invierno, con los guantes en los bolsillos de los pantalones y mi postura cabizbaja, esperaba como todas las noches a que el metro llegara a la estación. Días, semanas y meses, como un hámster que corre dentro de su rueda, como un pez que se deja arrastrar por la corriente, como una polilla hacia la luz de la llama. Pero aquella noche sentí algo. No era nada físico; era una inexplicable sensación que provenía de mi interior, abriendo mis ojos, despertando mis músculos e irguiendo mi espalda. Mi yo del futuro me observaba a través de las mareas del tiempo. No había palabras, solo un sentimiento. El tren llegó pero no subí a él. Decidí cambiar de rumbo y ver hasta dónde podría llevarme este nuevo camino que se había abierto ante mí. Decidí despertar y hacer de mi tiempo un compañero, no un mero espectador. Las agujas del reloj: el sonido de la vida y un eco de la muerte.

Elementos

Me senté frente al mar. Las olas estaban demasiado calmadas, el viento apenas soplaba y no se veía ninguna nube en esa noche tan espléndida. La arena de la playa estaba templada y nadie amenazaba mi particular tranquilidad.

Así que decidí cambiar todo eso y comencé a alterar mi entorno. Usé mis poderes para dibujar la naturaleza a mi antojo. Creé olas de cinco metros, un viento atronador que lo cubrió todo bajo una tormenta de arena y de un cielo despejado apareció una tormenta terrible. Los elementos me cubrieron y danzaron a mi alrededor.

—Así está mejor.

Retroceder

Los veía cada día. Grupos interminables de personas andando por el camino con paso firme, pero sin demasiada prisa. Avanzando por el camino asfaltado con la cabeza cabizbaja y los sentidos apagados. Nunca pude ver cuál era su destino pero aquellos individuos me suscitaban curiosidad y envidia, a pesar de sus infelices caras. Mientras yo miraba desde mi ventana acompañado de los míos, aquellas mujeres y aquellos hombres me señalaban con el dedo por no moverme.

Un día, salí con ellos y agaché mi cabeza. Ya era parte de la manada. Seguía sin ver el final del camino, el destino de aquel grupo, pero ya era irrelevante. A pesar de haber dejado atrás a los míos, ellos ya no me señalaron nunca más.