Leyenda (parte 3)

La tienda del desconocido emitía unas sombras que bailaban al son de la luz de la pequeña hoguera. Alfred se acercó a la tienda de nuevo, junto con Rowan que lo seguía con la daga en alto. Volvieron a repetir la acción y se apostaron a ambos lados de la entrada para sorprender al desconocido.

–Uno, dos… ¡Tres!

Los dos hombres apartaron los pliegues de la tienda de un empujón y entraron en ella. Rowan se quedó temblando con la daga en alto y Alfred bajó su espada ante la sorpresa de lo que estaban viendo.

–Novato, dime que no estoy viendo lo que estoy viendo.
–¿Eso es una pregunta?

En la tienda no había absolutamente nadie. El caldero y la hoguera seguían en su sitio, tal y como lo habían dejado, pero el hombre de la antorcha se había esfumado. Apenas pudieron pronunciar una palabra durante varios segundos hasta que Rowan despertó de su ensimismamiento y le dijo a Alfred:

–¿Has leído lo que pone el pergamino?
–No.
–Hazlo.

Alfred miró al joven. Su rostro expresaba un sentimiento contradictorio, no acostumbrado a recibir órdenes de Rowan. Pero la excepcionalidad de la situación hizo que su rostro se relajara y abriera el pergamino. Su rugosa textura era agradable al tacto; parecía un documento bastante antiguo.

–¿Qué dice?
–¡No son más que estupideces!

Alfred tiró el pergamino cerca del caldero. Rowan lo cogió del suelo y lo leyó.

–Aquí dice que este lugar tiene propiedades mágicas y que los designios del tiempo no obedecen las leyes naturales.
–¿Qué significa ese montón de palabras? ¡No son más que fantasías de algún loco!
–No lo sé, Alfred. Pero, ¿te has fijado en el material con el que está hecho el pergamino?
–Tengo cosas más importantes que pensar ahora mismo que en eso.
–Es realmente antiguo y muy poco probable que se pueda conservar en este estado sin las técnicas apropiadas.

Alfred miró a su alrededor y buscó pacientemente entre los diferentes utensilios de dentro de la tienda.

–No hay nada más aquí.
–Enséñame dónde estaba el pergamino.

Rowan guardó el pergamino en uno de sus bolsillos y el veterano le enseñó un baúl. El joven lo examinó.

–Es imposible que se haya conservado tan bien aquí dentro, a no ser que lo hayan introducido aquí recientemente o…
–O… ¿Qué? –preguntó Alfred impacientándose.
–¿Y si dice la verdad?
–¿La verdad? ¡No son más que un montón de cuentos! ¿Cómo puede ser eso verdad?

Rowan incluso llegó a arrepentirse de formular la pregunta. Alfred siguió hablando:

–No tenemos más opción que acercanos y entrar en su barco. Es posible que allí encontremos respuesta de algún tipo.

Ambos sabían que lo que acababa de ocurrir no era un fenómeno natural, pero no podían quedarse allí eternamente. Con un movimiento de cabeza, Rowan siguió al veterano mientras ambos seguían con sus armas en alto. Anduvieron por la orilla un par de minutos hasta que dieron con otra escalera similar a las de su propio navío.

–¡Espera! –dijo el joven–, ¡este es nuestro navío!
–¿Cómo dices?
–¡Fíjate! Esta escalera de cuerda es exactamente la misma que compré en Lisboa. ¿Lo recuerdas?

Alfred se giró hacia Rowan dispuesto a gritarle como ya había hecho tantas veces. El movimiento de sus labios se interrumpió por una expresión de asombro.

–¿Qué ocurre, Alfred?
–¿Dónde está nuestro barco?

Rowan se giró también. Observó las huellas que entraban y salían de la tienda. No se habían equivocado de dirección: el navío había desaparecido.

–De acuerdo –dijo el joven–, ¿qué está pasando aquí?

Continúa en la cuarta parte…

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Leyenda (parte 2)

El barco de los dos norteños se deslizó suavemente por las aguas tranquilas y cristalinas, alejándose todo lo posible del segundo navío. Amarraron en la costa y permanecieron observando la escena, agachados detrás de los barriles y tablones de madera que aún no se habían perdido en el mar. Alfred estuvo en silencio, pero concentrado en los sonidos de aquel extraño lugar. Ni siquiera parecía existir fauna, solo una lluvia constante y ligera.

–¿Quiénes son? –preguntó Rowan.
–No consigo ver ninguna marca en el navío, ni banderas, ni velas. Está demasiado oscuro. Tenemos que acercarnos.
–¿Acercarnos? ¿Para qué?
–Nuestro barco no podría soportar otro viaje por alta mar. Solo tienes que ver su estado.

Rowan permaneció con la boca abierta, dispuesto a refutar el argumento del norteño hasta que decidió que no le faltaba razón. Miró detrás de sí y confirmó el lamentable estado del navío.

–¿Qué pasa si están armados? –preguntó de nuevo.

Alfred rebuscó entre las cajas circundantes y abrió una de ellas con una patada.

–¿Tienes que ser así para todo?
–Algún día lo agradecerás, novato.
–Bueno, ¿cuál es tu plan?
–Éste es el primer paso –dijo mientras extraía una espada corta–, y éste es el segundo. ¡Tuyo!

Rowan acertó a coger la pequeña daga por el mango.

–¡Podrías haberme cortado! ¡No sé usar estas cosas!
–¿Aún no recuerdas el trato de Lisboa?
–Yo no llamaría trato clavarle una daga a tu comprador en la pierna después de aceptar el dinero.
–Ya, puedes que tengas razón. Pero era más seguro así.

Rowan suspiró mirando al cielo.

–¿Qué vamos a hacer? ¿Robar el barco sin más?
–¿Tienes alguna otra idea?
–Quizás… ¿Hablar?

Alfred siguió buscando objetos para poder utilizar como arma, hasta que desistió en su empeño y miró a su compañero.

–Hablar… Podemos intentarlo.
–La siguiente vez que hagas un trato con alguien, procura no clavarle nada metálico.
–Lo intentaré.

Bajaron por una pequeña escalera de cuerda hasta la arena mojada de la playa. Sus botas se llenaron de agua salada mientras avanzaban hacia el segundo navío. Alfred daba señas de permanecer en silencio hasta que llegaron a una roca cercana.

–¿Consigues ver algo más? –preguntó Rowan.
–No veo marcas de ningún tipo. Parece un barco construido en el sur de Europa, pero no veo nada más.
–Me refería a alguien que respire.

Alfred esgrimió una mueca de cansancio a su compañero.

–El navío parece en buen estado y hay humo saliendo de aquella parte del barco y también en la playa. No estoy seguro, pero creo que hay una pequeña tienda asentada en la playa.
–¿Humo?
–Posiblemente la cena.
–Me muero de hambre.
–Vamos.

Corrieron agazapados hacia la tienda y se apostaron en su entrada: Alfred a la izquierda y Rowan a la derecha. El veterano hizo señas a su compañero para entrar a la vez. Una, dos… ¡Tres! Con la espada en alto, abrieron los pliegues de la tienda y entraron. No había nadie pero un pequeño caldero reposaba sobre una hoguera mientras el agua hervía con algo parecido a sopa.

–¡Busca algo que nos sirva! ¡Rápido! –dijo Alfred.

Alfred rebuscó entre los baúles y los ropajes, intentando encontrar alguna pista de quiénes eran y qué hacían allí. Encontró una pequeño pergamino pero al abrirlo, Rowan susurró:

–¡Alfred! ¡Alfred! ¡Viene alguien! ¡Vámonos!
–Espera, espera…
–¡No hay tiempo!
–¡Mierda! ¡Vámonos!

Alfred cogió el pergamino sin dudar y salió de la tienda. Los dos hombres corrieron playa adentro y se ocultaron detrás de varias palmeras. Un hombre con antorcha se dirigió a la tienda, la apagó y entró dentro.

–¿Has encontrado algo? –preguntó el veterano.
–Nada, ¿y tú?
–Un pergamino. Hay algo escrito pero no me ha dado tiempo a leerlo.
–¿Ni siquiera una marca?
–No.

Alfred desenrolló el pergamino pero no pudo ver nada. La noche era completamente oscura.

–¿Y ahora qué? –preguntó Rowan.
–Lo haremos a tu manera. Hablaremos con el hombre de la tienda.

Continúa en la tercera parte…

Leyenda (parte 1)

Los dos navegantes despertaron cuando el navío se tambaleó violentamente; había dado con una enorme roca que sobresalía de un pequeño río. El primer hombre provenía de las tierras del norte y estaba más avezado en la piratería y la navegación. Sus sentidos estaban entrenados para situaciones similares y no dudó en ponerse de pie de un salto, mirando a su alrededor para contemplar la escena. El segundo hombre tardó más en despertarse y lo hizo tímidamente y con una constante queja. Él era mucho más joven e inexperto.

–Por el amor de Dios, ¿dónde estamos? –dijo el joven.

El primer hombre mantuvo una expresión serena y concentrada, intentando entender su situación actual, mirando las estrellas, el sol que estaba a punto de ocultarse y la luna que asomaba con recelo en un cielo repleto de nubes y lluvia intermitente. El barco se encontraba navegando por un pequeño río rodeado de dos enormes acantilados.

–¿No es eso…? ¿Son ruinas, Alfred? –preguntó el muchacho.
–Lo son, Rowan.
–¿Dónde estamos?

Alfred, el avezado navegante, siguió observando los acantilados y los edificios en ruinas. Incluso en ese estado, eran imponentes. Se erguían por encima de los acantilados, brillando bajo la tenue luz de la luna mientras el agua de la lluvia repiqueteaba por sus destruidos muros. Toda la escena daba una sensación de relajación y soledad absoluta, como guardianes eternos que no deseaban ser molestados por extranjeros de épocas más modernas.

–Cállate, Rowan. No deberíamos estar aquí.
–¿Aquí? ¿Dónde es aquí? Apenas puedo mantenerme en pie, creo que me he roto el tobillo y el agua no deja de…

Sin previo aviso, Alfred corrió hacia el joven y agarró su cuello con fuerza mientras éste intentaba soltarse con un gruñido ahogado.

–Escúchame, joven insensato. No levantes la voz en este lugar, ¿entendido? ¡Silencio!

El joven intento zafarse de la fuerte mano del navegante pero no pudo, así que miró sus ojos y observó un atisbo de miedo por primera vez en todo el viaje. Habían recorrido las costas de España y Portugal como comerciantes partiendo de Irlanda, hasta que una tormenta los había dejado inconscientes y al borde de la muerte. Alfred soltó su mano y dejó que Rowan cayera en la madera del barco. Éste miró a su guía, asustado por pronunciar una palabra más ante aquellos ojos que lo miraban con desdicha. Alfred suspiró.

–Disculpa, pero no puedes hablar alto en este lugar. Muestra más respeto. Este no es lugar para niños.

Rowan se levantó de nuevo y una sombra oscureció todo su cuerpo. El barco estaba cruzando un enorme puente que unía los dos acantilados. Un trueno sonó a lo lejos.

–¿Qué es este lugar? –preguntó Rowan.
–Solo está en las leyendas. Es una tierra antigua que existió hace miles de años bajo diferentes nombres perdidos entre manuscritos y libros antiguos.
–¿Cómo sabes que estamos aquí?
–Observa bien a tu alrededor.

Rowan se acercó a proa mientras el barco seguía su lento pero cadente ritmo.

–¿Qué ves, muchacho?
–Ruinas, piedras, puentes.
–No seas ignorante. Fíjate bien en la arquitectura, en la altura de los edificios, en la composición.

El río se ensanchó antes de que Rowan pudiera responder y los acantilados dieron paso a una visión mucho más magnánima de aquella tierra baldía. Los edificios que habían dejado atrás parecían meros puestos de avanzada en comparación con lo que tenían delante.

–Alfred…

El barco aumentó su velocidad a la par que las aguas del río y se introdujeron en una nueva zona, rodeada de torres que alcanzaban el cielo y edificios imposibles para la tecnología de la época. Pocos minutos después, el río acababa en una tranquila y larga costa con un palacio en ruinas, más majestuoso que cualquier palacio, iglesia o catedral que los europeos fuesen capaces de construir.

–Alfred. No estamos solos.
–Ya lo veo. No podemos ocultarnos aquí, no bajo esta luz.

Otro navío estaba amarrado en la costa pero no se veía movimiento alguno.

–¿Qué vamos a hacer?
–Hablar. Si hay alguien aquí, ya sabe que venimos.

Continúa en la segunda parte…

El lobo blanco (parte 2)

Eran espejos. Espejos por todas partes. Los había de todos los tamaños y formas, colgados por el techo, las paredes o reposando en el suelo. La habitación era enorme. Anduve hasta el centro de la sala, el único lugar donde no había ningún objeto a varios pasos. Miré al suelo y pude apreciar la cara de un lobo grabada en ella. El lobo que había entrado conmigo correteó por la sala hasta que llegó a un gran sillón ubicado en el fondo e iluminado por varias antorchas. Allí, el animal me miró con curiosidad. Casi parecía que sabía todo lo que estaba ocurriendo. Su mirada me transmitía una atención perpleja, aunque no agresiva. Ni un gruñido, ni un gesto. En un momento de duda y nerviosismo pensé en echar a correr y volver a bajar las escaleras del castillo, atravesar el pueblo y coger el primer tren de vuelta pero ese pensamiento se desvaneció cuando los espejos comenzaron a mostrar imágenes. No era mi propia silueta ni el reflejo de nada más. Era mi propia vida. Escenas que apenas recordaba y que no recordaría si no fuese por aquel momento. Los espejos mostraban sucesos de mi niñez, aventuras de mi adolescencia y dramas de mi adultez. Las escenas cambiaban rápidamente y parecían borrosas, como cuando se sueñan acontecimientos propios pero vividos en tercera persona. Lo que más me inquietó del todo es que varios de los espejos mostraban una persona más anciana que yo, con momentos que yo no recordaba…, pero que recordaría. Aquel rostro era el mío. Era mi yo anciano. Sucesos que aún no habían ocurrido.

–¡Ya basta! –grité.

El lobo blanco me volvió a mirar y esta vez su mirada era completamente diferente.

–No sé quién eres, o lo que eres. Solo sé que tú no eres un lobo común. Hay algo de raro en ti. ¿Por qué he oído pisadas antes de abrir la puerta? ¿Quién me ha escrito la nota que apareció en la nieve? Tengo la sensación de conocerte, sin embargo, pareces un simple animal. ¿Qué es es todo esto? ¡Quiero una respuesta!

La criatura detuvo todo movimiento corporal unos segundos, hasta que por fin su musculatura y pelaje comenzaron a transformarse en algo diferente. Sus ojos cambiaban, la forma de su cuerpo se alteraba entre espasmos y sus miembros evolucionaban a algo diferente. Segundos después, la figura de un hombre cubierto de blancos ropajes se encontraba ante mí. Con una extraordinaria normalidad, se sentó tranquilamente sobre el sillón de aquella enigmática habitación.

–Hola, Alexander.
–Debo suponer que has sido tú quien ha escrito la nota.
–En efecto.
–¿Qué es este lugar?
–Es el lugar de los perdidos.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Alexander frunciendo el ceño.
–Sabes tan bien como yo lo que quiero decir.

Dentro de él, sabía que tenía la respuesta, aunque no lograba llegar a ella, la había enterrado hace mucho bajo engaños y mentiras.

–Explícamelo.

La figura anduvo unos pasos alrededor de la sala de los espejos, observando cada una de las escenas presentes, pasadas y futuras.

–¿Qué ves aquí?
–Mi… vida. ¿Mi futuro?
–Tu vida. Exacto.
–¿Cómo es posible que esté viendo cosas que aún no han sucedido?
–Eso solo lo eliges tú.
–¿A qué te refieres? –preguntó extrañado.

La figura se detuvo y miró al hombre con sus pálidos ojos.

–Alexander, ¿hace cuánto tiempo que abandonaste?
–¿Abandonar? ¿Yo?

La figura sonrió maliciosamente mostrando una dentadura más propia de un lobo que de un ser humano.

–Es increíble como puedes engañarte a ti mismo a sabiendas de que sabes la respuesta correcta a eso.

El rostro de Alexander esgrimió una mueca.

–¿Por qué estoy aquí?
–Soy tu lobo blanco.
–¿Mi lobo blanco?
–Así es –dijo mostrando una sonrisa más amable que la anterior–, yo mismo elegí serlo.
–No lo entiendo. ¿Y qué significa eso?
–Hace tiempo que abandonaste. Hace tiempo que tus ambiciones murieron. Hace tiempo que no sueñas. ¿Es eso cierto?

Alexander se mantuvo en silencio.

–No hace falta que digas nada. Ya lo sabes. Haces culpable a los demás de tus fracasos, cada día entras en una espiral de derrota más profunda y te niegas a aceptar que los errores de tu vida hayan sido provocados por ti en gran medida.
–Dudo que tú seas capaz de juzgar cuáles son los errores de mi vida, ¿no crees?
–No sé si soy capaz o no soy capaz. Nosotros, los lobos blancos, incitamos a aquellos perdidos como tú a venir aquí, a esta sala de espejos. La influencia que podemos provocaros desde aquí es muy escasa. Se necesitan muchos años para que al final decidáis venir aquí. Por eso llevo tanto tiempo esperándote.
–¿Y qué quieres de mí?
–Quiero que dejes tus penas y tus quejas y vuelvas a comenzar… Uniéndote a nosotros.

Alexander volvió a mirarlo a los ojos con aire dubitativo.

–¿Unirme a vosotros?
–En efecto.
–¿Sois muchos?
–Los necesarios.
–Necesito saber qué implicaría unirme a vosotros.
–Si te unes a nuestra hermandad tendrás un nuevo comienzo entre nosotros. Ayudarás a gente como tú que vaga sin rumbo por el mundo.
–Gente como yo…

El lobo blanco volvió a esgrimir aquella sonrisa enigmática.

–Exacto, como tú. Si aceptas. No voy a obligarte. Estás en tu derecho de dar la vuelta y marcharte.

Alexander paseó por la habitación observando aquellos espejos de su vida.

–Mi vida en el futuro… ¿Sería la que estoy viendo en algunos de estos espejos?
–Solo si te marchas. Si te unes a la hermandad, no tendrás un futuro como humano… Del todo. Las visiones de estos espejos no se harán realidad. A partir de ahí, tú mismo forjarás tu futuro.
–¿Qué ocurre si me marcho después de ver los espejos? ¿No se supone que una vez que veo el futuro puedo cambiarlo?
–Eso no funciona así, Alexander.
–Me estás hablando del destino.
–Si quieres usar esa palabra… Los humanos tenéis esa necesidad de etiquetarlo todo.
–No creo en el destino.
–Eso escapa bajo mi control. Yo no controlo los espejos ni las escenas que se muestran en él.
–¿Y quién lo hace?
–No lo sé. Algunos lo saben. Yo no, ni quiero saberlo. No es mi trabajo.

Alexander paseó varios minutos por la sala mientras pensaba en su próxima decisión.

–¿Qué ocurrirá si acepto?
–Te unirás a la hermandad. Gozarás de nuestros poderes. Ayudarás a los errantes.
–¿Y ya está?
–No puedo contarte más. Lo verás cuando entres. Pero recuerda, no hay vuelta atrás. Dejarás de ser todo lo que eras. Olvidarás tu pasado. Olvidarás a aquellos con quien alguna vez has hablado. Lo dejarás todo. Renacerás en un lobo blanco. No podemos esperar más tiempo. ¿Cuál es tu elección, Alexander?

Mucho tiempo después…

Un hombre seguía a aquel misterioso animal por la costa. La luz de la luna dejaba entrever su hermoso pelaje blanco. Le suplicaba entre jadeos que aguardase, exigiendo respuestas. La nota que había encontrado hacía pocos minutos le animaba a seguir al animal, que parecía escabullírsele a cada paso que daba. El hombre se preguntaba el por qué de la nota y el por qué de aquel misterioso lugar que tanto le atraía. Cuando quiso darse cuenta, el camino de la costa terminaba en un pequeño y ruinoso castillo en medio del bosque. El lobo blanco había desaparecido entre las ramas, pero pudo encontrar una figura humana paseando en el vestíbulo de aquel enigmático edificio. La figura finalmente se dio la vuelta y el hombre pudo ver su sincera pero misteriosa sonrisa, reflejada en varios de los espejos de aquella sala. Las primeras palabras de aquel ser retumbaron en la estancia con una voz grave y hermosa.

–Bienvenido. Mi nombre es Alexander.

El lobo blanco (parte 1)

Nada más detenerse el tren, bajé por la pequeña escalera hasta que mis botas hicieron contacto con el frío suelo de la estación. No sé si alguien más viajaba en alguno de los vagones. Lo único que sabía es que esa parada solitaria me llamaba por algún motivo. Anduve varios pasos hasta cruzar la salida y me encontré en un pequeño pueblo de apariencia abandonado. Ignoraba si los ruidos que oía de fondo eran personas. Las casas estaban cubiertas de nieve y la mitad de las farolas de la calle no irradiaban luz alguna. No parecía haber ninguna actividad reciente ¿Qué era aquel lugar? ¿Por qué lo había dejado todo para ir hasta allí? Un sentimiento ajeno a la razón me invadió hace tiempo, una necesidad, una corazonada. No sabría cómo llamarlo. Lo único que sabía es que llegó un momento en el que el deseo eclipsó toda razón y me llevó hasta allí. A pesar de mi largo abrigo, guantes, bufanda y mis inseparables botas, me sentía completamente desnudo. Pensé y medité. Al final, pude percatar que unos ojos brillantes y salvajes me miraban desde el final de la calle.

Eran los ojos de un lobo, con una mirada penetrante aunque calmada. No vi agresividad en sus ojos, sino compasión. Aquella criatura provocaba en mí una extraña calma que me animaba a seguir andando por aquella calle. Intenté seguirlo conforme mi abrigo ondeaba entre el viento y los pequeños copos de nieve que arrastraba consigo. El temporal aumentó su fuerza y apenas me mantenía en pie. El lobo parecía totalmente ajeno a las condiciones del invierno y seguía mirándome sin apartar la mirada. Intenté acercarme a él, pero cuando llegué al final de la calle dio la vuelta y desapareció rápidamente por la esquina, perdiéndose entre las casas abandonadas y la nieve. El viento cesó en su empeño de llevarme consigo y por fin pude llegar al lugar donde había estado la criatura. Mi sorpresa fue mayúscula cuando pude reparar en un objeto que parecía ser un pequeño y viejo pergamino que sobresalía tímidamente entre la nieve, desafiando con su amarillento color el blanco y negro del lugar. Así que me agaché y lo cogí, sin saber si verdaderamente quería leer su contenido. Tenía miedo.

Necesitaba sentir el tacto del pergamino. Así que me quité los guantes y sentí el arrugado papel en la llama de mis dedos. Lo que más me extrañó era que el papel parecía tan caliente como mi propio cuerpo. ¿Cómo era posible? Ni siquiera dejándolo de nuevo en la nieve parecía enfriarse. Tardé varios segundos en reaccionar. Intentaba buscar la explicación lógica a todo ello y parecía que cuanto más lo pensaba, más incógnitas me creaba. Así que dejé de pensar y me dejé llevar. Desenrollé con cuidado el pergamino todo lo que pude, intentando no romperlo. La letra parecía escrita por alguien que amaba la escritura. Aquella bella caligrafía me dejó sorprendido, porque incluso las imperfecciones de la tinta parecían realizadas para adornar la belleza del conjunto. El pergamino decía así:

«Por fin estás aquí. Te he estado esperando mucho tiempo. Tú no lo sabes, pero llevo años imaginando este momento. Sigue al lobo blanco».

Leí de nuevo la nota intentando encontrar palabras nuevas en las frases que había leído previamente, intentando asimilar lo que decía. Volví a enrollar el pergamino, me puse los guantes y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo. El frío comenzaba a hacerse más partícipe aún, así que decidí moverme hacia la calle por la cual el lobo había desaparecido dejando un rastro de huellas en la nieve.

Seguí las pisadas a través de un pueblo que parecía no tener fin, sin poder observar movimiento humano. Lo único que se movía entre la nieve y la niebla, eran pequeños animales e insectos que correteaban alegremente, totalmente ajenos a mi presencia. Los edificios estaban destartalados y las fábricas parecían haber sido abandonadas hacía ya mucho tiempo. Las huellas del lobo eran extrañas, era como si la nieve no se atreviera a volver a posarse sobre ellas.

Llegué a una calle más ancha que el resto, todas confluían allí. Una gran escalera de piedra comenzaba a extenderse sin fin. ¿Dónde estaba el ser que había escrito ese pergamino? ¿Por qué me esperaba a mí? Yo no era más que una persona como otra cualquiera, con sus propias ambiciones y preocupaciones. Nunca imaginé que alguien pudiera llevar tanto tiempo esperándome. ¿Y por qué? Las huellas seguían escaleras arriba y yo las seguí. Anduve subiendo durante muchos minutos hasta que el pueblo que debía ver desde las alturas comenzaba a desaparecer entre la ventisca y la niebla. Mi campo de visión se reducía. Cuando llegué al último peldaño, las huellas del lobo desaparecieron. Unas huellas humanas continuaban el camino hacia un castillo oculto entre la niebla. ¿Serían las de aquel enigmático ser?

La niebla no me dejaba ver gran cosa, pero ahí estaba. La gran puerta de piedra del castillo custodiada por el tan escurridizo lobo blanco. Me miraba con esos ojos inexpresivos. Temía que en cualquier momento su expresión corporal cambiase totalmente y se abalanzase sobre mí, pero ahí permaneció, con la lengua fuera y las orejas caídas. Dado que la niebla ya cubría del todo las escaleras y era muy peligroso volver por ellas, decidí que no tenía nada que perder. Me acerqué con cautela mientras mis botas resonaban entre el leve ruido del viento de aquellas alturas. Me detuve a un par de metros del lobo e intenté no mantener demasiado contacto visual. No quería despertar instintos agresivos en el animal. Dio la vuelta y se alejó varios metros para dejar que me acercara a la entrada. Tanteé con la mano la pesada puerta de piedra y empujé con suavidad para ver si se movía. Nada. Estaba cerrada a cal y canto.

—¿Y ahora qué? —me dije.

Una pisada.
Paré todo movimiento de mi cuerpo e intenté escuchar entre el viento.
Otra pisada. Y otra más.

No cabía duda. Había alguien dentro del castillo y se acercaba a la puerta. Las bisagras de la puerta emitieron un quejido chirriante. Segundos después, el gran pomo que simulaba la cara de un lobo comenzó a moverse. Cuando la puerta por fin se abrió fue como si la temperatura cambiase mágicamente y el frío que me estaba helando los huesos se desvaneciera para dejar paso a un ambiente más cerrado. El caliente y cargado aire me golpeó la cara y sentí por primera vez desde que cogí el tren que llevaba demasiadas capas de ropa. La oscuridad del interior se disimuló con la nieve que traía consigo el furioso viento. Sentía dolor en los ojos. El súbito cambio hizo que la incómoda sensación se calmara un poco. Di varios pasos para entrar en el castillo mientras perdía de vista al lobo blanco por el rabillo del ojo. Puse mi mano con cuidado delante de mí mientras atravesaba la puerta, por miedo a encontrarme con algún peligro que no sabría definir. De repente, oí un portazo tremendo y la puerta se cerró. Allí se encontraba el lobo blanco. No le había visto siquiera entrar, pero allí estaba. Seguía mirándome con aquellos ojos inexpresivos. Cuando mi cuerpo se fue calentando, fui quitándome el abrigo y alguna capa de ropa más intentando no llamar demasiado la atención del animal. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y empecé a fijarme en el salón que me rodeaba. No era del todo modesto, pero tampoco era el enorme castillo que contaban en los cuentos cuando eras niño. Una escalera subía a un segundo piso y había varias estanterías con libros iluminadas pobremente por unos viejos candelabros. La arquitectura parecía bastante antigua y los muebles muy viejos. El lobo blanco corrió hacia la puerta de mi derecha y se movió inquietamente a su lado, como aguardando algo con inquietud. Esta vez no hizo falta esperar nada. Se abrió por si sola y el lobo entró. Fue al acercarme y observar el interior de la habitación cuando reconocí algo al instante.

Continúa en la segunda parte…