Viaje

Eran como una flor creciendo lentamente en la maceta de un balcón, cuyo apartamento dispone de vistas al ajetreo diario de la ciudad. Eran como la mujer que lee en el metro en hora punta mientras la mayoría de los pasajeros se dirigen a ver un partido. Como un faro en medio de un huracán mientras los marineros intentan llegar a tierra firme. Como un elefante en medio de la sabana mientras la naturaleza sigue su curso y el cazador devora a su presa. Eran la definición de calma antes, durante y después de la tormenta.

En aquel momento, la pareja de ancianos se encontraba en el aeropuerto, sentada en bancos contiguos. Él leía un artículo de una revista de viajes que acababa de comprar hacía varios minutos y ella configuraba su cámara digital para el próximo destino a visitar. Los viajeros se cruzaban con los ancianos y de vez en cuando incluso mantenían conversaciones esporádicas con ellos. Siempre respondían sosegadamente y con una sonrisa auténtica en sus rostros. Si el tema de conversación no les interesaba, simplemente se despedían educadamente.

No era la primera vez que el periodista reparaba en ellos. Su escala del vuelo pasaba por el mismo aeropuerto y aún quedaban varias horas para que despegara el siguiente avión. Los observó detenidamente mientras tomaba un refresco y cayó en la cuenta de que tenía una pequeña libreta guardada en el bolsillo de la chaqueta. Apartó la mirada de la pareja y se quedó pensativo varios segundos hasta que tomó la decisión de hablar con ellos. Dejó el billete y la propina en la mesa y se dirigió a ellos. Había un asiento vacío al lado del anciano, así que se sentó allí. El silencio duró varios minutos hasta que el anciano giró la cabeza y vio que el periodista tenía un bolígrafo en la mano.

—¿Me lo presta? —dijo él con una sonrisa.
—¿Qué…? ¿Disculpe? —respondió el periodista sorprendido. No esperaba que ellos fueran a iniciar la conversación.
—El bolígrafo. Para el crucigrama.

El anciano señaló el crucigrama de la revista aún a completar y esperó pacientemente.

—Ah, sí, claro. Tome.

Éste lo aceptó con gratitud y pasó varios minutos rellenando los huecos. Cuando acabó, volvió a entregarle el bolígrafo.

—Gracias, muchas gracias. La verdad es que no ha sido nada difícil —dijo el anciano con una pequeña risa.
—¡Qué rapidez!
—He hecho muchos de estos. Por cierto, ¿trabaja usted en el Canal 4?
—¿Cómo lo sabe?
—Cuando vuelva a tener el bolígrafo en sus manos, lo sabrá —respondió con cierto sarcasmo.

Era cierto, el bolígrafo del periodista era de su propia oficina.

—Ah, claro, seré estúpido —dijo él mientras volvía a guardarlo.
—No se preocupe, los aeropuertos son lugares para la confusión. Nosotros ya estamos acostumbrados a ello.
—¿Hacia dónde se dirigen?
—Hacia Londres, ¿y usted?
—Yo también, creo que íbamos en el mismo vuelo.
—No lo cree, lo sabe. —Una sonrisa apareció de nuevo en su rostro arrugado.
—¿Cómo dice? —preguntó perplejo el periodista.
—Le hemos observado antes de que usted lo hiciera a nosotros.
—¿Por qué motivo?
—Vamos a Londres, como bien sabe. Aunque usted no era el motivo principal de nuestra visita, nos hemos enterado en el vuelo.
—¿Cómo lo saben?
—No pasa usted precisamente desapercibido, señor Reese.

John Reese, periodista del Canal 4 desde hacía dos décadas, era difícil de pasar por alto. Sus numerosos artículos criticando a diferentes gobiernos, destapando casos de corrupción y evasión fiscal y sacando los colores a más de una gran empresa eran motivos de una difícil e indeseada fama que recaía en su vida diaria. Después de varios segundos en silencio, dijo:

—Debería haberlo sabido. ¿Por qué se han interesado ustedes por mí?
—¿Por qué se ha interesado usted por nosotros? —dijo por primera vez la anciana guardando la cámara en su funda. Era la primera vez que se dirigía a Reese y lo hacía con la misma tranquilidad que su marido.
—Está bien. Contestaré primero. Dado que me conocen lo suficiente, saben los campos en los que me suelo centrar a la hora de grabar los reportajes y escribir mi columna, pero este último viaje me ha hecho recapacitar. Me dirijo a Londres para asistir a una convención anual sobre periodismo y quiero llevar algo nuevo. Creo que mi trabajo ha ayudado a muchas personas pero también me ha labrado muchos enemigos. No es fácil exigir a personas con tanto poder que den ciertas explicaciones a alguien a quien no le gustaría tener que darlas.
—Y quiere algo nuevo en su carrera, algo fresco, quizás más humano —volvió a hablar la anciana.

Reese se disponía a seguir hablando pero contuvo la tentación de hacerlo, dado que no estaba trabajando y su costumbre profesional le incitaba a soltar una gran disertación sobre todo aquello. Cerró la boca cuando se dio cuenta de que la tenía abierta y asintió con una leve sonrisa. Después, dijo:

—¿Y cuál es su razón?

La mujer siguió hablando pausadamente, con un acento bastante neutro y de origen poco perceptible.

—Es posible que éste sea nuestro último viaje.
—¿Cómo dice? —preguntó el periodista.
—En efecto, la salud de mi marido empeora por momentos y no sabemos hasta qué punto podremos volver a volar de nuevo. Tenemos pensado comprar una pequeña casita en Londres y vivir el resto de nuestros días allí.

Reese miró al anciano, quien asintió como si aquello fuera algo totalmente irrelevante. Su mujer siguió hablando:

—Verá, nos conocimos viajando. De hecho, nos conocimos en el aeropuerto de Gatwick en Londres hace más de 40 años. Nos enamoramos poco después y concebimos una vida viajando juntos. Pero no nos confunda, no somos como aquellos adictos a viajar que no pueden posar su inquieto trasero más de un mes seguido en el mismo sitio.

Su marido comenzó a reír pero ella continuó hablando:

—Hemos vivido muchas aventuras y también hemos estado mucho tiempo en el mismo lugar, haciendo una vida y embaucándonos de la cultura de ese lugar antes de movernos otra vez. Hemos conocido a gente de todas las culturas, religiones e ideologías. Hemos comido miles de manjares diferentes, cruzado cientos de ríos, hablando decenas de idiomas y bailado muchísimas danzas tradicionales.

John Reese lo entendió al instante.

—Y ustedes quieren que todo eso quede plasmado en algún lugar, por eso me buscaban.
—Exacto. No ha sido algo que hayamos pensado demasiado, pero se nos ocurrió a la vez, y cuando usted apareció por estos lares decidimos querer contar nuestra historia. Venga con nosotros a Londres; hay mucho que contar, señor Reese. Estoy segura de que podrá hacer algo útil con toda nuestra experiencia. A nosotros no nos queda mucho tiempo, pero si podemos hacer que el mundo se sienta un poco más unido mirando más allá de las fronteras, habrá valido la pena. Todo el lujo de este mundo es totalmente inservible si no lo compartimos con las personas a las que queremos y eso es lo que la mayoría de la gente anhela, incluso si no lo saben: alguien a quien contar cómo nos ha ido el día antes de dormir. En nuestro caso, queremos compartir todo lo que hemos aprendido viajando. Si podemos dar voz a las miles de personas que han deseado y desean un mundo más sencillo y con menos muros, seremos felices con ello y estaremos en paz el resto de nuestros días.

La pareja de ancianos sonrió al periodista y éste se la devolvió. Era la primera sonrisa sincera que mostraba desde hacía semanas.

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La barca

La barca rompía el curso natural del agua con una delicadez exquisita. El reflejo del cielo y de la vegetación cercana se cortaba y difuminaba cada vez que el hombre introducía el remo en la superficie cristalina. El entorno estaba bañado en tonos de azul y verde oscuro y el cielo no amenazaba alterar la tranquilidad del lugar. No se veía tierra, más bien eran pantanos y lodazales imposibles de caminar en ellos.

El viaje del hombre había durado más tiempo del que podía recordar. Partió al alba hacía ya demasiadas lunas, con provisiones suficientes para poder llevar a cabo aquella misión. Recogía agua dulce de la lluvia, comía predominantemente pescado y usaba sus provisiones cuando su estómago le exigía algo diferente. No obstante, la tranquilidad del lugar no parecía contagiar al viajero; algo no encajaba.

Su travesía fue un medio de escape de una vida turbulenta, compañías poco agraciadas y aspiraciones materialistas. Esperaba acabar remando hacia su nuevo destino, lleno de gloria, nuevas oportunidades y un aire fresco que le llenara los pulmones al despertarse cada mañana. Su obsesión por alcanzar la felicidad hizo que cada día remase más y más fuerte, ignorando los puertos cercanos llenos de maravillas e historias que contar, pasando de largo por torres de blanca caliza llenas de conocimiento milenario y desatendiendo los lejanos saludos de marineros y taberneros dispuestos a ayudarlo.

Su odisea estuvo colmada de experiencias enriquecedoras que podrían haber durado más de una vida, mas no se detuvo en ninguna. Brazada tras brazada, la barca dio la vuelta al mundo. Por supuesto que algo no encajaba; el viajero estaba cruzando los lodazales de su pueblo natal. Había vuelto a su tierra, una tierra que irremediablemente le había vuelto a atrapar en su fango. Irónicamente, su empeño por eludir todo aquello le había atrapado aún más.

La barca se detuvo en medio del lodazal y el hombre saltó al agua. Las corrientes y las ondas creadas en la superficie volvieron a su cauce natural en pocos segundos.

Aurora boreal

Mi memoria falla. Después de tantos años de vida, ni siquiera recuerdo tu nombre. Sé que estás ahí, sé que eres parte de mi viaje. Aún puedo ver tu silueta caminando por las frías playas de Noruega. Aún tengo la visión de una cabaña y el sonido de las olas. Una fragancia, una sonrisa, una voz que se pierde en un eco inseguro. ¿Quién eres?

Me despierto solo en una habitación y escucho las olas del mar, la única compañía sin la cual me volvería completamente loco. No puedo recordar lo más simple de mi ser. Lo intento cada día pero los detalles de mi vida se evaporan lentamente. Sin embargo, permanece la fragancia, permanece la sonrisa, la silueta, la voz. No es ninguna bendición. Quiero saber quién eres, quiero conocer el poder que tiene tu existencia sobre mi mente moribunda, la razón por la que aparezcas ahora y no antes, saber si alguna vez estuviste en esta cabaña. ¿Caminaste a mi lado? ¿Me viste envejecer? ¿Reíste conmigo sin motivo alguno?

Salgo de mi cabaña cubierto de toda la ropa que he podido encontrar y camino por la playa, en un afán de encontrar respuestas. Observo la aurora boreal, contemplo ensimismado el cadencioso movimiento del intenso color verde y dejo que mi mente divague. Pienso en la silueta, pienso en la voz, intento hacer memoria de un pasado que quizás ya haya desaparecido por completo, o que quizás nunca ocurrió. Es posible que la demencia haya acabado con mi razón, pero sigo intentándolo. Las luces del cielo siguen moviéndose ajenas a mi misión. Cierro los ojos como he hecho ya tantas veces, pero esta vez algo me golpea. Algo renace en lo más profundo de mi ser, la memoria se reconstruye, las sensaciones vuelven a surgir y mi luz interior se multiplica como la espuma. Te conozco, te he conocido… Y te seguiré conociendo.

La silueta soy yo. Mi fragancia, mi sonrisa, mi voz. Soy yo, ¡yo! ¡Siempre he sido yo! ¿Cómo he podido olvidarme de esta manera? ¿Cómo es posible que mi propio ser olvide quién es? ¿Tan enfermo y viejo estoy? Incluso vuelvo a recordar mi nombre. Con una sonrisa, vuelvo a mirar las olas del mar, donde el agua refleja las luces norteñas y pienso que el amor de tu vida nunca se olvida. Lo que no te cuentan es que ese amor de cuentos y hadas eres tú mismo. Por favor, no me abandones otra vez.

***

A la mañana siguiente, me despierto y tengo la sensación de que algo ocurrió la noche anterior. Sigo recordando una silueta, pero nada más. Seguro que no era nada importante, así que salgo de la cabaña y sigo esperando a que algún día finalmente lo descubra. Mientras tanto, espero a que llegue la noche y así poder contemplar la aurora boreal una vez más. Quizás algún día recuerde tu nombre. Quizás algún día escuche tu voz de nuevo.

Legado

Un día más en la calle y otra lluvia torrencial que no amainaba. El gentío andaba por la acera con su acostumbrado y urgente paso de ciudad. Sombras borrosas de personas en largos abrigos y paraguas pasaban a miles, desde el amanecer hasta que las calles morían de nuevo. El hombre de la larga barba pasaba desapercibido entre las miradas rápidas de los transeúntes, mientras las pocas monedas de su plato resonaban con escasa esperanza de poder llenar la tripa aquel día.

Él se sentaba en el mismo rincón todos los días. Dormía allí, comía allí y disfrutaba de la compañía de su fiel perro, quien nunca lo abandonaba a pesar de que él también estaba hambriento, y a veces incluso comía más que el propio hombre. En ocasiones cambiaba de calle para probar suerte en una nueva esquina, pero las caras seguían siendo igual de borrosas. Las miradas seguían siendo escurridizas, demasiado acostumbradas a las penurias de este tipo, con sentimientos que el individualismo creciente enterraba en lo más profundo. Sin embargo, él nunca se tomaba nada como algo personal; a veces incluso se preguntaba si él no haría lo mismo de estar en su misma situación. Era una pregunta difícil de responder y que requería apartar por completo todo el ego y la ética que uno podría tener.

«Espero que no», se decía él repetidas veces.

El hombre de la larga barba dormía a intervalos. Las pesadillas y el frío eran difíciles de congeniar para poder dormir de noche del tirón. Algunos vecinos de la calle consideraban al hombre como parte de la escena urbana. Sabían que siempre estaría allí, pidiendo una moneda más. En cierto momento, comenzaron a sospechar de él. En una época en la que pudo llenar su plato de dinero suficiente para poder comer copiosamente, tanto él como su perro, e incluso comprar varios libros, el hombre parecía estar cada vez más delgado. Esto atrajo las sospechas de los vecinos, quienes aseguraban que todo el dinero lo gastaba en bebida y que mientras nadie lo veía, se emborrachaba por las noches para ahuyentar el frío, conciliar el sueño y olvidar todo lo posible. Incluso había gente que aseguraba haberle visto en la tienda de licores comprando varias botellas de ron.

A partir de ese momento, el plato comenzó a estar cada vez más vacío. En una época de escasez, los vecinos no estaban dispuestos a alimentar los vicios de nadie que no fueran ellos mismos, lo que por supuesto, era más aceptable que los vicios del resto. Así pues, el hombre de la larga barba había bajado de peso hasta que comenzó a afectarle a la salud. Muchos de los transeúntes comenzaron a pensar que se lo merecía, por gastarse el dinero en bebida en vez de en alimentarse como era debido.

Un día, el hombre de la larga barba no permaneció en su mismo rincón de la calle. La gente comenzó a fijarse en tan extraño acontecimiento, después de meses, e incluso años de verlo allí. Comenzaron a hacerse miles de preguntas, alimentados por la curiosidad.

—Mamá, ¿dónde ha ido el señor de la barba? —preguntó el hijo de una de las vecinas que se negó a darle dinero durante meses.
—No lo sé, hijo. Pero si lo ves, no te acerques a él.
—¿Por qué?
—Es un borracho. No quiero que hables con él, ¿entendido?
—Vale.

El niño, en su bendita inocencia, no creyó a su madre. Así que un día, jugando en los columpios, preguntó a sus amigos a ver si lo habían visto en algún otro lugar. Uno de ellos aseguró haberle visto en una especie de oficina de una calle a la que a veces solía ir y pedir dinero. La calle estaba cerca, así que se dirigió allí después de pasar una tarde jugando. Cuando dejó de correr, leyó el título de una de las tiendas que allí se encontraban: «Tienda de licores».

«Oh no, mamá tenía razón…»

El niño desistió en su empeño de buscar al hombre creyendo que había gastado todo su dinero restante en alcohol, hasta que de pura casualidad lo vio subiendo a un autobús. En ese preciso momento, el conductor le estaba negando la entrada al mismo porque no podía viajar con su perro. Nadie lo ayudó. El niño no quiso hablar con él, pensando que los había engañado a todos. Así que vio como desaparecía definitivamente cruzando la esquina en un mar de gente. Pero algo había en el suelo, algo había caído de la gabardina del hombre. Se acercó a la estación de autobuses y leyó el papel; era un recibo de una transferencia bancaria de varios miles destinada a un orfanato. Había estado donando todo su dinero a ayudar a niños y niñas con problemas, no a beber con desenfreno como todo el mundo sospechaba. En el papel, había una observación escrita:

«A mi no me queda mucho tiempo, pero estos niños tienen todo un futuro por delante. Cuídenlos como se merecen y tendrán el mejor regalo que la generación venidera pueda soñar».

Sonora

El calor sofocante del desierto de Sonora era peor de lo que me había imaginado. Este vasto desierto, compartido por Estados Unidos y México, parecía no tener fin. Conduje mi coche durante kilómetros, durante horas interminables, escapando del bullicio de la ciudad y el sinsentido de los lazos humanos que allí me esperaban a la vuelta. Quizás encontrara algo bajo este sol abrasador.

Después de dos días recorriendo bares, pequeñas tiendas y aldeas apartadas de la civilización, me propuse conducir más hacia el sureste, hacia la frontera con México. Una carretera mal asfaltada me guiaba hacia un horizonte interminable y borroso debido a las altas temperaturas. Entre esa niebla de arena, vi algo que me llamó la atención. Parecía un pueblo lleno de música, con gente comiendo y bebiendo bajo una actividad sin desenfreno. Giré el volante y me detuve en un aparcamiento de gravilla improvisado. Nada más bajé del coche, eché de menos el aire golpeando mi rostro. Entré en la primera taberna que se me cruzó por el camino, donde un enorme cartel recibía a los visitantes y a los forasteros:

«Un único día, para una vida única».

¿A qué se refería? En el momento, pensé que se trataba de una jerga o alguna costumbre de la zona que yo ignoraba. Me acerqué a la barra y la gente de allí fue tremendamente agradable. Bebí whisky y tequila de gran calidad, degusté unos manjares deliciosos, conocí gente maravillosa manteniendo conversaciones trascendentales. Me sentía en una nube de jolgorio y todos mis sentidos estaban concentrados en la felicidad de aquel momento. Era otra persona, en otro tiempo totalmente diferente, con un pasado que quedaba demasiado lejos de mis pensamientos. No había más dolor, ni más preocupaciones.

Y de pronto, más arena. Viento abrasador. El sabor pastoso del alcohol de la noche anterior. Me levanté de la arena y comprobé que aún conservaba todo y que no me habían asaltado. Mi coche estaba allí, con una puerta abierta y la luz del amanecer reflejándose en la carrocería. ¿Qué había ocurrido? Saqué mi móvil y no vi mensajes nuevos, ni notas, ni fotos. Así que decidí regresar a por respuestas. Recordaba el camino pero el GPS no era muy preciso por aquellos lares. Una hora después, vislumbré las marcas de mis ruedas cuando giré el volante la noche anterior. La gravilla aplastada por el peso de mi coche seguía estando allí. Pero ni rastro del pueblo. Había desaparecido por completo. Anduve por la zona, apartando arbustos e intentando ver algo más que tierra, arena y gravilla. Estaba seguro de que era el lugar.

Horas después, abandoné mi misión, rindiéndome ante la razón e intentando no hacer más preguntas que no podía responder. Paré en un gran acantilado cerca de la carretera, mientras observaba pequeños remolinos de arena formándose hasta donde alcanzaba la vista. De pronto, recordé el cartel de aquella taberna:

«Un único día, para una vida única».

Así que a eso se refería: solo un día de felicidad para todos los forasteros que pasaban por allí. Eso era todo. Supongo que en mi destino estaba crear el segundo, y no pararía hasta encontrarlo. No me conformo con un día, ni con una única vez. Volveré a encontrar ese lugar, esté donde esté, hasta que el calor del desierto me consuma.