El faro

Un mundo a conquistar,
cabalgamos entre mareas
que solo el tiempo
va a recordar.

Guardianes de un faro,
somos la sombra
de una época,
el grano de arena
de una playa sin fin,
un mero suspiro
en una tormenta.

Y aun así
el mundo es nuestro,
cada día nos pertenece,
cada noche nos acoge.

Sabemos
que nuestra estancia es efímera
nuestra voluntad finita
y nuestros latidos contados,
mas tenemos un mundo a conquistar,
guardianes de un faro.

Miénteme,
y dime que el mundo
recordará nuestra luz.

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Megalópolis

Anduvo descalza sintiendo la frescura de la fría hierba en los pies, cegándose por la luz de los rayos del sol atravesando las ramas en flor y escuchando el sonido del arroyo cercano.

La ciudad acababa en ese mismo lugar, donde la naturaleza comenzaba y no tenía fin. El paisaje que se abría ante ella era el más hermoso que había podido observar: un cielo azul pintado de montañas, árboles, ríos y fauna salvaje. Todos los sentidos se encontraban igualmente excitados y relajados; existía en ella un nuevo horizonte, una nueva y posible comunión con la naturaleza. Sin embargo, la mujer miró atrás y vio la megalópolis. Los rascacielos y el humo de la industria lo cubrían todo sin excepción.

Algo le oprimió el pecho. Odiaba la gran ciudad, odiaba sus costumbres, las prisas, la mala calidad del aire, los trabajos precarios, las tiendas saturadas, la comida procesada y los gritos de la gente. Sin embargo, era su hogar y siempre lo había sido. La libertad se encontraba a un solo paso más, pero aquel sinfín de cemento hizo lo que ninguna cárcel y lo que ningún sistema consiguió: vivir en una cárcel sin muros, una cárcel de la que nunca querrías escapar.

Aurora boreal

Mi memoria falla. Después de tantos años de vida, ni siquiera recuerdo tu nombre. Sé que estás ahí, sé que eres parte de mi viaje. Aún puedo ver tu silueta caminando por las frías playas de Noruega. Aún tengo la visión de una cabaña y el sonido de las olas. Una fragancia, una sonrisa, una voz que se pierde en un eco inseguro. ¿Quién eres?

Me despierto solo en una habitación y escucho las olas del mar, la única compañía sin la cual me volvería completamente loco. No puedo recordar lo más simple de mi ser. Lo intento cada día pero los detalles de mi vida se evaporan lentamente. Sin embargo, permanece la fragancia, permanece la sonrisa, la silueta, la voz. No es ninguna bendición. Quiero saber quién eres, quiero conocer el poder que tiene tu existencia sobre mi mente moribunda, la razón por la que aparezcas ahora y no antes, saber si alguna vez estuviste en esta cabaña. ¿Caminaste a mi lado? ¿Me viste envejecer? ¿Reíste conmigo sin motivo alguno?

Salgo de mi cabaña cubierto de toda la ropa que he podido encontrar y camino por la playa, en un afán de encontrar respuestas. Observo la aurora boreal, contemplo ensimismado el cadencioso movimiento del intenso color verde y dejo que mi mente divague. Pienso en la silueta, pienso en la voz, intento hacer memoria de un pasado que quizás ya haya desaparecido por completo, o que quizás nunca ocurrió. Es posible que la demencia haya acabado con mi razón, pero sigo intentándolo. Las luces del cielo siguen moviéndose ajenas a mi misión. Cierro los ojos como he hecho ya tantas veces, pero esta vez algo me golpea. Algo renace en lo más profundo de mi ser, la memoria se reconstruye, las sensaciones vuelven a surgir y mi luz interior se multiplica como la espuma. Te conozco, te he conocido… Y te seguiré conociendo.

La silueta soy yo. Mi fragancia, mi sonrisa, mi voz. Soy yo, ¡yo! ¡Siempre he sido yo! ¿Cómo he podido olvidarme de esta manera? ¿Cómo es posible que mi propio ser olvide quién es? ¿Tan enfermo y viejo estoy? Incluso vuelvo a recordar mi nombre. Con una sonrisa, vuelvo a mirar las olas del mar, donde el agua refleja las luces norteñas y pienso que el amor de tu vida nunca se olvida. Lo que no te cuentan es que ese amor de cuentos y hadas eres tú mismo. Por favor, no me abandones otra vez.

***

A la mañana siguiente, me despierto y tengo la sensación de que algo ocurrió la noche anterior. Sigo recordando una silueta, pero nada más. Seguro que no era nada importante, así que salgo de la cabaña y sigo esperando a que algún día finalmente lo descubra. Mientras tanto, espero a que llegue la noche y así poder contemplar la aurora boreal una vez más. Quizás algún día recuerde tu nombre. Quizás algún día escuche tu voz de nuevo.

Agujas de reloj

Enfundado en mis ropas de invierno, con los guantes en los bolsillos de los pantalones y mi postura cabizbaja, esperaba como todas las noches a que el metro llegara a la estación. Días, semanas y meses, como un hámster que corre dentro de su rueda, como un pez que se deja arrastrar por la corriente, como una polilla hacia la luz de la llama. Pero aquella noche sentí algo. No era nada físico; era una inexplicable sensación que provenía de mi interior, abriendo mis ojos, despertando mis músculos e irguiendo mi espalda. Mi yo del futuro me observaba a través de las mareas del tiempo. No había palabras, solo un sentimiento. El tren llegó pero no subí a él. Decidí cambiar de rumbo y ver hasta dónde podría llevarme este nuevo camino que se había abierto ante mí. Decidí despertar y hacer de mi tiempo un compañero, no un mero espectador. Las agujas del reloj: el sonido de la vida y un eco de la muerte.

Estrellas

Solo un hogar al que volver,
un fuego que avivar,
un ídolo al que rezar
y unos ojos que adorar.

Fría noche de invierno,
estrellas que se apagan,
un sol que no da calor
y unos ojos que amar.

Una mirada
que atraviesa continentes,
y derriba
montañas de historia,
que otorga luz
en la oscuridad,
y brinda la vida
donde antes
solo había muerte.

Tus ojos serán mis estrellas,
la única luz que necesito
a partir de esta noche
y todos los días.