Bailes de fuego

Siluetas bailando alrededor de la hoguera. Chispas del fuego desvaneciéndose en el cielo nocturno. Aún recuerdo aquellas maravillosas noches de verano en las que no tenía cabida nuestra vida cotidiana. Una vez ascendíamos la ladera de la montaña, el aire fresco y la infinidad de estrellas del firmamento eclipsaban todo nuestro ser social. La naturaleza y la luz del fuego exteriorizaban nuestro lado más animal, más primitivo. Hacíamos el amor hasta terminar la noche, hasta los primeros rayos de sol. Bailábamos y bailábamos alrededor de la hoguera hasta que nuestros cansados cuerpos no respondían. La luz del amanecer apagaba nuestra mente y músculos y el crepitar de las últimas llamas se convertía en nuestra canción para dormir.

Al despertar con el sol del mediodía, bajábamos la ladera de la montaña sin decir ni una palabra. El día no era para nosotros, pero la noche volvería, y con ella nuestro animal interior volvería a bailar bajo las estrellas.

Piloto automático

Primera salida a la derecha,
cambiar los torpes pasos,
girar la vida en otro sentido,
caminar por la misma carretera.

Segunda salida a la izquierda,
rayos de sol cegando el rostro,
promesas de novedad,
caminando por la misma carretera.

Última salida,
la carretera acaba allí
y otra empieza.

El pasado se desvanece,
abrazo al libre albedrío,
carretera de elección propia,
voluntad,
decisión
y futuro.

Pero el piloto automático
nunca se apagó.

Retroceder

Los veía cada día. Grupos interminables de personas andando por el camino con paso firme, pero sin demasiada prisa. Avanzando por el camino asfaltado con la cabeza cabizbaja y los sentidos apagados. Nunca pude ver cuál era su destino pero aquellos individuos me suscitaban curiosidad y envidia, a pesar de sus infelices caras. Mientras yo miraba desde mi ventana acompañado de los míos, aquellas mujeres y aquellos hombres me señalaban con el dedo por no moverme.

Un día, salí con ellos y agaché mi cabeza. Ya era parte de la manada. Seguía sin ver el final del camino, el destino de aquel grupo, pero ya era irrelevante. A pesar de haber dejado atrás a los míos, ellos ya no me señalaron nunca más.

Producto

Calles que se cruzan y revuelven,
ciudades que laten sin pausa,
organismos de cemento,
con criaturas sin rostro
reflejándose en escaparates
allá donde la vista alcanza.

Anuncios luminosos,
publicidad totalitaria
que compra el miedo,
importa felicidad,
adquiere el propósito,
define el futuro.

Eres un producto,
una etiqueta,
factura,
un número más
en un enorme cuaderno
que no tiene título.

Estás a la venta
y tú ni siquiera lo sabes.

Propaganda

Una pieza más de un engranaje que no funcionaba. Él ya llevaba años sin producir para el sistema. Parado, inactivo, apartado. Todos los días salía de su apartamento en el centro de la ciudad para tener contacto con la realidad. Mientras bajaba en el ascensor del edificio, escuchaba la radio. Cuando pedía un capuchino en el bar de la esquina, ojeaba las diferentes noticias que la aplicación del móvil había personalizado para él. Al sentarse en el parque a tomar el sol, leía el último número de su revista económica preferida.

Antes de que su mujer llegara de trabajar, volvía al apartamento y encendía la televisión. Le maravillaban todos aquellos números verdes bailando en la pantalla. Cifras económicas optimistas, un futuro brillante para los jóvenes, la última reforma exitosa. Exactamente lo que los medios llevaban diciéndole todo el día. El país iba bien, la economía aún mejor. Pronto volvería a ser aquel engranaje tan necesario para la sociedad.

—¿Ya estás viendo esa porquería? —le decía su mujer al volver del trabajo. Se refería al debate económico televisivo de todas las tardes.
—No es ninguna porquería. Los números son realmente buenos. Seguro que salimos de ésta en muy poco tiempo.

Su mujer estaba cansada de discutir por algo que sin ninguna duda les había hecho un daño enorme, pero él estaba cada vez más sumido en aquella fuente de información. Necesitaba beber del optimismo de las cifras como el aire que respiraba. Necesitaba explicarlo todo con una razón objetiva y desinteresada. Después de un silencio de varios minutos, ella dijo:

—Me han bajado el sueldo.
—Eso seguro que es debido a la flexibilidad temporal que permite…
—¿Escuchas algo de lo que te digo?
—Solo es cuestión de tiempo. Es una reforma necesaria que todos…

Su mujer salió de la sala sin querer oír nada más. La televisión seguía sonando y los expertos opinaban sobre la nueva reforma que iba a traer más flexibilidad al mercado. Era un paso necesario para poder recuperar derechos en un futuro. ¡Tenía tanta lógica! ¡No era posible que todos los expertos se equivocaran! ¿Por qué ella no quería entenderlo? Había que pensar en el bien común.

Meses después, él siguió bajando al mismo parque. En el camino, le pareció ver a más gente pidiendo dinero por la calle y recordaba las plazas algo mejor conservadas, pero creyó que no eran más que ilusiones de un pasado borroso. Hacía varias semanas que su mujer le había dejado. Ahora vivía del poco dinero que sus padres tenían ahorrado puesto que las prestaciones por desempleo habían desaparecido completamente. Gracias a gente como él, la recesión no había provocado una alteración en el orden. ¡Menos mal! Porque todo iba mejor cada día, las cifras seguían en verde y las reformas funcionaban. Abrió el último número de la revista económica y sin dudarlo, se metió su dosis diaria.