Ecos de trinchera

Batalla del Somme
1916, Primera Guerra Mundial

El joven británico despertó entre el sabor de la sangre y el olor del humo. Tanteó su uniforme, se palpó los brazos y las piernas. Todo parecía seguir en su sitio, aunque le costaba reunir las suficientes fuerzas para levantarse. Seguía en la trinchera de su unidad, sentado sobre una de las paredes de tierra donde colgaban varios objetos personales de los soldados y armamento destrozado que nunca había llegado a utilizarse. La trinchera se extendía durante muchos metros a ambos lados. El final no llegaba a verse debido a las constantes nubes de humo de artillería y sacudida de tierra que la batalla había dejado previamente tras de sí. Los cadáveres de sus compañeros yacían a lo largo de toda la línea.

Cuando consiguió levantarse, paseó por la trinchera buscando un rifle que aún funcionara y munición de los uniformes de los caídos. Parecía que la carnicería se había pausado unos instantes, salvo por el lejano retumbar de disparos inconexos. Anduvo varios minutos por la trinchera hasta que recogió uno de los rifles de manos de un soldado muerto. Cogió la munición y la introdujo en el uniforme. Por fin, escaló la trinchera, no sin antes observar el campo de batalla que se desplegaba ante él y asegurarse de que no cometía una locura. Sus botas estaban destrozadas y del uniforme colgaban trozos de tela quemada. Atravesó el campo hasta que se detuvo en el perímetro alemán. No parecía haber nadie con vida. Corrió todo lo rápido que pudo hasta introducirse en las filas enemigas, o lo que quedaban de ellas. Paseó por las trincheras, observando fotografías, utensilios de cocina, armamento, mesas, cartas y comida en mal estado. Una sensación de empatía lo embargó. Todas las trincheras le parecían iguales, ya fuesen británicas o alemanas. Cada soldado colgaba las fotos de su familia, sus hijos, sus esposas, sus amigos, sus hijos. Jugaban a las cartas y a diferentes juegos mientras esperaban con incertidumbre su destino antes de la batalla. Tenían aficiones diversas, sueños diferentes. Seguramente más de un soldado alemán hubiese compartido la afición del joven británico por la pesca y la escalada. Quizás otro soldado de su pelotón hubiese compartido el gusto por el ajedrez con uno alemán. Quizás varios de ellos habrían alcanzado algo grande en vida, quién sabe. Sin previo aviso, una serie de disparos llegaron desde el otro lado de la trinchera. Al fondo, entre el humo, un soldado alemán gravemente herido y con el rostro manchado de sangre le disparaba sin cesar con su rifle. Éste, se cubrió como pudo entre las paredes de la trinchera e intentó escapar, pero una bala le alcanzó en el costado. La sangre comenzó a emanar y teñir el uniforme de rojo. El británico estaba cansado de la batalla y el dolor le impedía poder concentrarse en su objetivo así que se negó a luchar.

–¡Alto! –le dijo en inglés–. ¡Para! ¡No dispares!

El soldado alemán volvió a disparar con su rifle y la bala se incrustó con un silbido en la tierra de la trinchera. El británico levantó más fervientemente las manos para pedirle que se detuviera.

–¡Para, por favor! ¡Detente, joder!

Cuando terminó de hablar se dio cuenta de que el soldado alemán, que cojeaba y apenas podía ver, intentaba recargar su rifle inútilmente. Se le había agotado la munición y andaba a la búsqueda de alguna caja. Apenas prestaba atención al británico, lo único a lo que su atención estaba enfocada era a recargar su arma para poder destruir a su enemigo. El británico salió de su cobertura y lo observó durante varios segundos, mientras su enemigo buscaba desesperadamente y con gran ansia algo con lo que acabar su trabajo. En ese momento, sintió pena. Volvió a gritarle desde la distancia, acercándose poco a poco con las manos en alto, sujetando su rifle en una de ellas.

–¡Eh! ¡Escúchame de una vez!

No pudo entender el alemán que brotó de sus labios, pero lo que decía no parecía estar destinado a su persona.

–Voy a tirar el rifle, ¿vale? ¡Mírame! ¡Mírame aquí! ¡No quiero hacerte daño!

El rifle cayó en la tierra mientras seguía avanzando. La herida de su costado seguía sangrando levemente, pero ya manchaba gran parte superior de su uniforme.

–No voy a hacerte daño, deja de hacer lo que estás haciendo. ¡Ya basta! ¡Ya basta, maldita sea!

Nada más pronunciar estas palabras y ver como el rifle abandonaba las manos del británico, el soldado alemán se levantó sin previo aviso y cargó contra él con la bayoneta de su rifle en alto. El británico tuvo que apartarse en la estrecha trinchera y apoyarse sobre uno de los laterales para esquivar el metal. Nada más evadir su ataque, le golpeó con gran fuerza en el torso y lo lanzó contra el otro lateral. El rifle del alemán seguía en sus manos, así que se lo quitó y le golpeó con la culata en la cara, esperando aturdirle para que desistiese en su empeño. Le cogió de la cara ensangrentada con ambas manos y le habló.

–¡Despierta! ¡Despierta ya! ¡Se ha acabado! ¡No tienes por qué hacer esto! ¡Nadie va a ganar esta batalla!

El alemán estaba en trance, aturdido y desorientado. Habló con una suave voz que el británico no pudo entender. Parecían balbuceos o delirios sin sentido.

–¿Te acuerdas de tu infancia antes de la guerra? –le siguió hablando–. Ya sé que no puedes entenderme, pero tienes que recordar. ¡Recuerda, por favor! ¡Recuerda a tus padres! ¡Tus estudios! ¡Lo que querías ser antes de alistarte! ¡Recuerda!

El alemán ralentizó sus respiraciones y su mirada en blanco pasó a ser una mirada expresiva. Le preguntó algo tranquilamente, y después comprendió algún tipo de petición o clemencia. El soldado británico se separó de él y se apoyó al otro lateral de la trinchera, respirando con dificultad conforme el dolor de la herida iba en aumento. Creía haberlo convencido hasta que el sonido de la artillería alemana se aproximó desde el frente. A pesar de estar herido, el alemán pudo oírlo perfectamente. Su rostro comenzó a expresar esperanza y nerviosismo. De su uniforme, sacó su pistola y apuntó a su enemigo con ella. Dudó varios segundos.

–No te has dado cuenta –comenzó a decirle el británico sabiendo que no le entendía–, pero mientras peleábamos he dejado una granada sin anilla a tus pies.

El alemán, confuso, siguió apuntándole con el arma.

–Es posible que explote, es posible que no. No sé si ni siquiera funciona. Pero sabía que ninguno de los dos nos íbamos a salvar por mucho que intentara convencerte. Esta batalla ha sido un error. Nadie saldrá victorioso de aquí y ambos bandos no seremos más que polvo y tierra. Aquí no hay gloria. No hay nada. Solo muerte.

Pocos segundos después, se oyó un último eco surcando las trincheras de la Batalla del Somme: un disparo y una explosión.

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