Victoria

Ella siempre tomaba apuntes. Constantemente. Escribía y escribía mientras miraba a los demás cómo hablaban, cómo sus labios se movían y cómo gesticulaban exageradamente, como si eso afirmase su opinión y despejase toda duda de su veracidad. Los gritos eran algo común. Aquellas personas no hablaban para opinar, no hablaban para escuchar y ni siquiera hablaban para solucionar nada. Aquello se parecía más a un discurso interno, a una autoafirmación en grupo de sus propias opiniones y totalmente inamovibles. ¡Debate! Así se titulaba aquel momento del día. Cada vez que ella lo leía en el cartel de la entrada, sonreía irónicamente y entraba en la sala.

Ella opinaba poco, y cuando lo hacía se basaba en sus apuntes y en los datos que traía consigo. Cuando comenzaba a hablar con calma pero de forma decidida, los demás interrumpían constantemente. No era algo nuevo. Aquellas interrupciones no tenían como objetivo señalar lo erróneo de su opinión, sino evitar que una nueva duda asaltase la fortaleza intelectual de sus cabezas, custodiada por guardias autómatas. Como siempre, los gritos y las descalificaciones hacia la mujer pretendían reafirmar una opinión carente de fundamento pero sobrada de testosterona. Finalmente, ella quedó apartada del grupo dominante. Sus miembros reían entre ellos y hablaban de superficialidades. Aquella fue la recompensa de la mujer por haber intentado dialogar y derrumbar los dogmas que impregnaban la sala: la marginación social.

Sin embargo, cuando la mujer dejó de asistir a las reuniones, nadie retomó la conversación. El ruido del aire acondicionado era todo lo que quedó entre esas cuatro paredes. Ya no había risas, ni opiniones subidas de tono, ni discursos internos, porque ahora todo ello carecía de sentido sin un enemigo a la vista, y sus opiniones quedaron verificadas. Las vacías apariencias de sociabilidad y arraigo entre sus miembros ya no hacían falta sin la presencia de un enemigo que contemplara el despliegue de su fuerza. Así que los miembros del grupo fijaron su vista al suelo y callaron durante largos minutos, sabiendo que detrás de todo eso había algo que no funcionaba bien. Ahora había una muralla más alta en la fortaleza, custodiada por un número mayor de guardias. Victoria.

Sirenas

Era como una voz que cabalgaba con el viento. Atrapada en el sonido y el eco de las olas que rompían fuertemente contra el casco de la nave. Los marineros y guerreros ni siquiera despertaron por el extraño sonido, pero uno de ellos permaneció despierto. Se acercó a proa intentando vislumbrar algo entre la niebla y la oscuridad de la noche. La única luz emanaba de lo poco que las nubes permitían mostrarse a la luna. La voz se hizo más fuerte y más aguda, diferenciándose poco a poco del viento. El navío siguió su rumbo y el marinero empuñó su lanza en una mano y una antorcha en la otra.

–¿De quién son estas aguas? –gritó al aire.

Ninguno de los marineros despertó por el grito, ni siquiera cuando el hombre de la lanza lo intentó avisando del inminente peligro.

–¿Cuáles es vuestro designio? ¡Contestad y lo cumpliremos! ¡No queremos una batalla!

La voz que cabalgaba el viento se hizo aún más fuerte y fue alcanzando un volumen que hizo revolverse a las aguas. El resto de la tripulación seguía durmiendo. El navío cruzaba ahora entre un paso estrecho rodeado de rocas cuando unas siluetas aparecieron por todas partes. Miraban desde las rocas, se movían entre ellas e incluso había algunas rodeando el barco bajo el agua. El marinero bajó la lanza, anticipando que sería inútil mostrar resistencia hacia tal número. Una de las siluetas emergió lentamente del agua y de un solo salto, llegó a la proa del barco. El hombre retiró la antorcha para poder ver el rostro de la sirena, una bella criatura con ojos sin pupilas y piel azulada.

–Eres nuestro –dijo ella con una sonrisa.

Al amanecer, los marineros y guerreros dormidos despertaron en las arenas de una isla desierta. Entre la confusión, pudieron ver un barco que escapaba hacia el horizonte, dibujando su silueta en el anaranjado sol. La sombra de un hombre observaba impasible desde el más alto de los mástiles.

Bailes de fuego

Siluetas bailando alrededor de la hoguera. Chispas del fuego desvaneciéndose en el cielo nocturno. Aún recuerdo aquellas maravillosas noches de verano en las que no tenía cabida nuestra vida cotidiana. Una vez ascendíamos la ladera de la montaña, el aire fresco y la infinidad de estrellas del firmamento eclipsaban todo nuestro ser social. La naturaleza y la luz del fuego exteriorizaban nuestro lado más animal, más primitivo. Hacíamos el amor hasta terminar la noche, hasta los primeros rayos de sol. Bailábamos y bailábamos alrededor de la hoguera hasta que nuestros cansados cuerpos no respondían. La luz del amanecer apagaba nuestra mente y músculos y el crepitar de las últimas llamas se convertía en nuestra canción para dormir.

Al despertar con el sol del mediodía, bajábamos la ladera de la montaña sin decir ni una palabra. El día no era para nosotros, pero la noche volvería, y con ella nuestro animal interior volvería a bailar bajo las estrellas.

Retroceder

Los veía cada día. Grupos interminables de personas andando por el camino con paso firme, pero sin demasiada prisa. Avanzando por el camino asfaltado con la cabeza cabizbaja y los sentidos apagados. Nunca pude ver cuál era su destino pero aquellos individuos me suscitaban curiosidad y envidia, a pesar de sus infelices caras. Mientras yo miraba desde mi ventana acompañado de los míos, aquellas mujeres y aquellos hombres me señalaban con el dedo por no moverme.

Un día, salí con ellos y agaché mi cabeza. Ya era parte de la manada. Seguía sin ver el final del camino, el destino de aquel grupo, pero ya era irrelevante. A pesar de haber dejado atrás a los míos, ellos ya no me señalaron nunca más.

Propaganda

Una pieza más de un engranaje que no funcionaba. Él ya llevaba años sin producir para el sistema. Parado, inactivo, apartado. Todos los días salía de su apartamento en el centro de la ciudad para tener contacto con la realidad. Mientras bajaba en el ascensor del edificio, escuchaba la radio. Cuando pedía un capuchino en el bar de la esquina, ojeaba las diferentes noticias que la aplicación del móvil había personalizado para él. Al sentarse en el parque a tomar el sol, leía el último número de su revista económica preferida.

Antes de que su mujer llegara de trabajar, volvía al apartamento y encendía la televisión. Le maravillaban todos aquellos números verdes bailando en la pantalla. Cifras económicas optimistas, un futuro brillante para los jóvenes, la última reforma exitosa. Exactamente lo que los medios llevaban diciéndole todo el día. El país iba bien, la economía aún mejor. Pronto volvería a ser aquel engranaje tan necesario para la sociedad.

—¿Ya estás viendo esa porquería? —le decía su mujer al volver del trabajo. Se refería al debate económico televisivo de todas las tardes.
—No es ninguna porquería. Los números son realmente buenos. Seguro que salimos de ésta en muy poco tiempo.

Su mujer estaba cansada de discutir por algo que sin ninguna duda les había hecho un daño enorme, pero él estaba cada vez más sumido en aquella fuente de información. Necesitaba beber del optimismo de las cifras como el aire que respiraba. Necesitaba explicarlo todo con una razón objetiva y desinteresada. Después de un silencio de varios minutos, ella dijo:

—Me han bajado el sueldo.
—Eso seguro que es debido a la flexibilidad temporal que permite…
—¿Escuchas algo de lo que te digo?
—Solo es cuestión de tiempo. Es una reforma necesaria que todos…

Su mujer salió de la sala sin querer oír nada más. La televisión seguía sonando y los expertos opinaban sobre la nueva reforma que iba a traer más flexibilidad al mercado. Era un paso necesario para poder recuperar derechos en un futuro. ¡Tenía tanta lógica! ¡No era posible que todos los expertos se equivocaran! ¿Por qué ella no quería entenderlo? Había que pensar en el bien común.

Meses después, él siguió bajando al mismo parque. En el camino, le pareció ver a más gente pidiendo dinero por la calle y recordaba las plazas algo mejor conservadas, pero creyó que no eran más que ilusiones de un pasado borroso. Hacía varias semanas que su mujer le había dejado. Ahora vivía del poco dinero que sus padres tenían ahorrado puesto que las prestaciones por desempleo habían desaparecido completamente. Gracias a gente como él, la recesión no había provocado una alteración en el orden. ¡Menos mal! Porque todo iba mejor cada día, las cifras seguían en verde y las reformas funcionaban. Abrió el último número de la revista económica y sin dudarlo, se metió su dosis diaria.