El fin del mundo

Paseo en mitad de los tumultos, entre el olor a ceniza, edificios ardiendo a muy pocas calles y grupos de personas corriendo. No escapan de nada en concreto y tampoco tienen un destino fijo. Únicamente quieren ser parte de la obra, aunque sea como teloneros. Solo que no hay ningún público que les aplauda, ni lo habrá.

Ciertamente, esta ciudad no es lo que antaño fue. Viví en ella demasiados años y pequé de ingenuo pensando que volvería a sentir aunque fuera una ínfima parte de lo que me hizo feliz hacía una década. Ni siquiera sabemos definir la felicidad y todos queremos alcanzarla. No queremos aceptar que la vida no puede vivirse en un permanente estado de tranquilidad o de éxtasis, que es necesario el conflicto, el movimiento, explorar lo desconocido. Sin duda, hemos perfeccionado el arte de engañarnos a nosotros mismos hasta límites insospechados.

Recuerdo esta calle. Recuerdo la distribución de las farolas, los edificios bajos, el ancho arcén. Recuerdo cómo hace años paseábamos todos por aquí, ajenos a los retos del futuro. No éramos conscientes de nada, pero tampoco queríamos serlo. El presente era suficiente y el futuro no llegaría. Pero todo llega, sobre todo para aquellos que nunca se preparan.

La calle sigue siendo prácticamente la misma, pero está vacía, está demasiado silenciosa, le falta color, algo que no sabría explicar. Algo que hace preguntarme si todos los sentimientos que guardamos de los lugares no son más que constructos del momento, de nuestro yo inconsciente de aquella época, y nada más. Si todo es así, esta calle permanecerá vacía. No puedo cambiarla.

Lo que sí recuerdo a la perfección es la tienda de instrumentos que hacía esquina antes de la plaza. Aquí sigue, inmutable e impasible. Me extraña que siga abierta con todos los tumultos a tan poca distancia, pero entro de todas maneras. Pruebo varias guitarras durante unos minutos y finalmente me decanto por una. Doy las gracias al hombre y salgo a la calle con ella.

Más personas corriendo de aquí allá, sonidos de cristales rotos y sirenas de policía a lo lejos. Sigo hasta la plaza; está vacía. Me siento en un banco, de cara a un improvisado público: edificios hasta donde llega la vista. Algunos de ellos arden, otros de ellos están llenos de gente en las ventanas, observando como su particular fin del mundo llega de la mano de aquellos que dicen querer mejorarlo.

Afino las cuerdas y pruebo varios acordes. Comienzo a improvisar una canción melancólica, pero a la vez llena de esperanza. Para mi sorpresa, una mujer se sienta a mi lado y saca su propia guitarra. Me mira sin decir una sola palabra y espera a que comience a tocar de nuevo, así que me pongo a ello.

Durante media hora, nuestros acordes resuenan entre las calles vacías, completando la orquesta urbana. No decimos una sola palabra. Al final, ella se marcha y yo me quedo contemplando el firmamento. Ambos lo entendimos: siempre puede haber música, siempre puede haber belleza y esperanza. Incluso en el fin del mundo.

Génesis (capítulo 3)

La gran proyección del mundo de Génesis seguía irradiando su particular color azulado, reflejándose en las paredes de metal de la nave. Sería una bella estampa, pensó el embajador, si dos cadáveres de los miembros de la expedición no estuvieran desangrándose en el frío suelo.

El embajador se apresuró a protegerse en una de las mamparas que encontró cerca de él. Aunque tenía formación militar, sus labores políticas y su trabajo de despacho le habían convertido en un hombre acomodado y falto de resistencia física. Mientras comprobaba que ningún disparo le hubiese alcanzado, y que todas las funciones de su traje respondían correctamente, agudizó su sentido auditivo. Zack parecía estar caminando de un lado a otro del puente de mando.

¿Qué estaría haciendo ese maldito loco? ¿Por qué no acababa con él? Es cierto que toda esta misión fue sospechosa desde un principio, pero se aseguró de acallar esa voz interior, la cual muchas veces no hace sino arrojar una luz de sabiduría que la propia mente consciente se niega a aceptar. Medio millón de créditos era un pago demasiado alto para una expedición imperial tan sencilla, incluso para estudiar un navío que no tiene fecha de registro, y no recordaba haber visto ningún sello imperial en ninguna misión con una naturaleza parecida. Los sellos imperiales estaban reservados comúnmente a labores de diplomacia en momentos críticos, operaciones extraoficiales y acciones militares importantes. El embajador no podía creer que un pago de cinco ceros no le haya dejado ver que aquí había gato encerrado; demasiados años de obedecer a funcionarios superiores, demasiados años de no cuestionar nada en su pequeña burbuja de privilegios. El pago no era más que un intento por no preguntar demasiado, y funcionó. A su vez, se dio cuenta de que la solicitud de Zack para incorporarse al equipo, o como quiera que se llamase, había sido manipulada. Aquello significaba que trabajaba para el gabinete del emperador, directa o indirectamente.

Ninguno de estos pensamientos tenía utilidad en ese momento, así que el embajador echó un último vistazo al holograma antes de moverse nuevamente. Observó la esfera; tantos detalles, tanta agua, tanta belleza. Había alguien que estaba dispuesto a conspirar para hacerse con esta información, y esa persona no era alguien a quien convenía contradecir.

«Parece que no eres solo una leyenda al fin y al cabo», pensó sin apartar la mirada de su superficie.

Aprovechando que Zack se encontraba en el rincón opuesto del puente de mando, el embajador consiguió arrastrarse hasta el cadáver del historiador. Extrajo toda la información que su IA había analizado y almacenado. Es posible que no entendiera nada, pero sus dos compañeros habían muerto por ello. Intentó comunicarse con la nave de partida, pero todas las comunicaciones estaban siendo bloqueadas. Hackear el sistema imperial era algo de gran dificultad y comportaba un largo tiempo entre cuatro paredes. Estaba seguro de que Zack estaba recibiendo ayuda del exterior, él solo no podría haber planificado toda la operación.

Esperó varios minutos, se ocultó entre toda la maquinaria del enorme puente de mando, cambió de posición, intentó confundir a su enemigo. Pero este parecía no estar mínimamente interesado en él. Todo cambió cuando se encontraron en un pasillo libre de obstáculos. Ambos quedaron mirándose a través de los cascos del traje durante varios segundos y respondieron a la vez. Forcejearon intentando evitar que cualquiera de las armas fuera disparada, aunque varias descargas rebotaron en el suelo y en el techo con un gran estruendo. El embajador podría no estar en forma, pero era un hombre grande, y aún conservaba la fuerza de su pasado militar. Propinó un puñetazo en el casco de Zack, que se rompió parcialmente, y otro, y otro. El último de ellos hizo que se golpeara contra una pared del pasillo y fue en ese momento cuando aprovechó para agarrar su cuello desde detrás con ambos brazos.

—¿Qué has hecho, desgraciado?

Zack intentó responder, pero no pudo. Los fuertes brazos de su enemigo le impedían el paso del aire. En su defecto, señaló a Génesis. El embajador no entendió lo que quería decir, hasta que su dedo señaló a varios sitios más. Pudo ver varios dispositivos ubicados aquí y allá. Dirigió sus ojos de nuevo, esta vez con la vista amplificada por el traje, al holograma. El mismo dispositivo, emplazado a un lado del pedestal; tenía que haberlo colocado cuando toda la expedición estaba analizándolo después del encendido. Ese canalla lo tenía todo pensado. Eran explosivos de gran alcance y si solo uno de ellos explotaba, crearía una reacción en cadena que haría estallar toda la nave.

El traje del embajador registró un aumento repentino de las pulsaciones. Su mente funcionaba a la velocidad de la luz. Golpeó la cabeza de Zack contra la pared y este cayó al suelo inconsciente. Corrió hasta la puerta del puente de mando y volvió hasta el punto de inicio de la expedición, pero era demasiado tarde. No había tiempo para desactivar todos los explosivos, y tampoco lo había para enviar un rescate. Es más, puede que el transporte imperial que tenía que recogerlos también estuviera participando en la conspiración.

Intentó comunicarse con alguien. El bloqueo seguía en pie y la información que había recopilado del análisis de la IA no podía atravesarlo. Pasó los pocos segundos que le quedaban analizando todos los datos e intentando enviarlos fuera de aquella maldita nave.

«Vamos, vamos, una señal, algo. ¡Algo!».

Poco después, a varios miles de kilómetros de distancia, una enorme bola de luz pudo verse desde el puente del transporte imperial. La nave y todos los que permanecían en el interior, junto con el holograma de Génesis, habían dejado de existir.

Mucho tiempo después

A varios años luz de distancia de los sucesos de Génesis, un pequeño observatorio sin importancia en una colonia imperial descifró un mensaje de voz inquietante, que contenía a su vez una gran cantidad de datos. El mensaje parecía estar cifrado y contenía múltiples interferencias que fueron depuradas durante meses. Finalmente, el pequeño equipo pudo limpiarlo todo lo humanamente posible hasta hacer posible la escucha del mensaje de voz y la lectura de los datos.

«Me llamo Marcus, soy un embajador imperial con número de registro 1449 del sector 7-B. Por favor, alguien tiene que saberlo. Fui el líder de una expedición a una nave ancestral que vagaba sin rumbo por el espacio y completamente abandonada. Todo iba bien hasta que… Hasta que encendimos aquel holograma. Por favor, esto no es una broma. El holograma contiene una representación a gran escala del planeta Génesis. Uno de mis compañeros, un historiador imperial, analizó toda la información y la recopiló en su base de datos, que estoy mandando con este mensaje. Él está muerto, como lo estaré yo en pocos segundos.

Según la IA, la representación de Génesis en el holograma coincide casi en su totalidad: los continentes, los mares, los polos, las islas, casi todo coincide a la perfección. No solo eso, el holograma contenía información adicional sobre este mundo. La nave ancestral parece ser que fue una de las primeras que se adentró en espacio profundo. Creo que sabían que nunca más iban a volver, así que guardaron toda su historia y una representación de su planeta natal en forma de holograma. Desconozco cuál fue el paradero de su tripulación, pero la nave siguió viajando en piloto automático durante miles de años.

Toda la filosofía del imperio es una mentira. Toda nuestra historia está manipulada. Estos datos contienen la verdad. La humanidad no nació en nuestra capital actual, el Imperio no fue el primero que alcanzó las estrellas. La vida ya existía en nuestros mundos antes de su creación. La vida se originó en Génesis, somos los hijos de aquellos aventureros que se esparcieron por las estrellas en naves como esta.

Y, por eso, el emperador y todo su séquito han mandado asesinar a mis dos compañeros y el traidor ha colocado cargas explosivas en la nave para destruirla. Estaba todo planeado. Si toda esta información, si todos los datos que envío junto con mi voz llegan a alguna parte del imperio y salen a la luz, todos sus pilares de mentiras se derrumbarán como un castillo de naipes. Su poder y su justificación no se sustentarán.

Algunas fuentes llaman a Génesis con otro nombre: Tierra. Nuestros antepasados hicieron todo lo posible para conservar una imagen de nuestro mundo de origen, incluso a cientos de años luz de distancia. Creo que deberíamos honrarlos con la verdad. Por favor, que alguien…»

No había más. El observatorio que recibió el mensaje no informó a las autoridades imperiales pertinentes. Aún se conserva, a la espera de decidir qué hacer con él.

Génesis (capítulo 2)

Los tres militares, cada uno de ellos especializados en su propio campo, trabajaron juntos para encontrar el «botón de encendido» de aquella misteriosa plataforma. El proceso formativo de la academia militar exigía unos mínimos en conocimientos técnicos, aunque el ingeniero les llevaba años de ventaja.

El embajador podía tomarse la libertad de contemplar el trabajo de sus tres subordinados en calidad de representante imperial, lo cual le otorgaba una variedad de poderes y privilegios que todos daban por sentado. Sin embargo, él entendía que en la mayoría de las ocasiones era un peón más, como otro cualquiera entre las filas del imperio. Eso sí, con dos ceros extra en el importe de su nómina cada mes.

Mientras la expedición montaba una pequeña base de operaciones con la misión de desentrañar la razón de ser del pedestal, el embajador repasó una vez más la base de datos en aras de encontrar algo que se pareciera remotamente. Nada.

—¿Alguna novedad con su IA? —le preguntó al historiador.
—Ninguna, señor. No hay relación con la escritura, estructura o tecnología de la nave. Mi IA sigue buscando, pero dudo mucho que encuentre nada. Seguirá en bucle hasta que la detenga.
—Déjela activada. Ingeniero, ¿cómo va el encendido?
—Estamos intentando acoplar la toma de entrada de energía a una de nuestras células. Lo tendremos en breve —respondió este.

Zack se encargaba de la parte más mecánica de la operación. El embajador suponía que un experto en demoliciones debía tener un amplio conocimiento en ingeniería y mecánica, y no solo estar capacitado para reventarlo todo. En aquellos momentos es cuando comprendía lo inútil que resultaba ser un burócrata del gobierno en un trabajo de campo y lo ignorante que se sentía cuando no consultaba la base de datos.

—Está listo —dijo Zack.

Una extraña sensación recorrió el cuerpo del embajador justo en ese momento. No recordaba haberle oído hablar desde que salieron de la nave de transporte. Su voz era grave y parecía estar carcomida por años de tabaco u otras sustancias. Decidió no preguntar; su ficha le capacitaba más que de sobra, al igual que al resto.

—Bien, aléjense de la plataforma y no se acerquen bajo ninguna circunstancia. Ingeniero, ¿puede encenderlo a distancia?
—Sí, solo tengo que dar la orden para ello.

El grupo se distanció de la estructura y la encararon en fila.

—Hágalo.

Sin mediar palabra, el ingeniero activó la célula de energía dando la orden desde su mismo traje. Las imágenes del proceso aparecían en el interior de los cascos de todos ellos.

—10 %… 20 %…
—Con cuidado, no queremos sobrecargarlo. No sabemos cómo reaccionará.
—Sí, señor. No detecto radiación de ningún tipo y todo parece normal.
—Continúe.

«40 %… 60 %…»

Cuando la barra de progreso llegó al 75 %, algo ocurrió en el puente de mando. El embajador se tornó y giró la cabeza en repetidas ocasiones para hallar la fuente del cambio. Parecía haber más luz. Al final, pudo observar que la iluminación provenía de la parte superior de la plataforma y alcanzaba casi el techo, pero se apagaba y encendía intermitentemente.

—¿Qué es eso? —preguntó.
—No lo sé, señor. ¿Un holograma?
—Siga.

Conforme el pedestal recibió más energía, el holograma comenzó a estabilizarse. Era inmenso y las formas aleatorias e inconexas se juntaron para definirse con detalle en una gran esfera. El color azul de algunos segmentos pasó a verde, naranja, blanco y otros colores.

—Historiador, ¿le dice algo su IA?
—Nada, señor. Sigue en blanco.
—Ingeniero, complete el proceso —le dijo el embajador imaginando el resultado.

«100 %».

El holograma esférico alcanzaba los cinco metros de diámetro. La expedición permaneció impasible, mientras la luz se reflejaba en todos los rincones del gran puente de mando, a la vista de cualquier persona que se encontrase en él. Era la imagen de un gran planeta, lleno de agua, con enormes continentes separados por un gran mar.

—Tenía usted razón —le dijo el embajador al historiador mientras caminaba alrededor del planeta—, es como si fuera un ídolo dentro de un templo.
—¿Es lo que creo que es? —dijo el ingeniero.
—No puede ser —respondió el historiador.

Zack caminó por el lado opuesto del holograma mientras observaba aquel mundo con detenimiento y dijo:

—¿Qué ocurre?

El embajador comenzó a hablar sin bajar la vista del enorme holograma.

—Es una representación de una leyenda, una historia perdida de la que solo quedan fragmentos. Según los escritos, se trataría de nuestro mundo de origen. Nuestro planeta natal.
—¿Nuestro mundo de origen? —preguntó Zack.

Aunque extrañado por su repentina curiosidad, el embajador siguió hablando y le respondió, esta vez mirándole a través del holograma.

—En efecto. Se trataría de Génesis, o como algunos lo llaman en las historias: Tierra. Contradice la explicación oficial del origen de nuestra sociedad, y por eso fue calificado como fantasía.

El historiador se acercó un poco más al holograma.

—La IA confirma que se trataría de Génesis, señor. Es un 93,74 % idéntica a los fragmentos que se conservan en las historias, pero este nivel de detalle no se conserva en ningún archivo. Estoy seguro de que el holograma contiene información que podría enseñarnos más, sería sin duda algo que…

No tuvo tiempo de acabar la frase, ya que Zack había levantado su arma y le había disparado en la cabeza mientras hablaba. Su cuerpo cayó desplomado. El arma apuntó entonces al historiador, quien intentó apartarse sin éxito ya que recibió su otra descarga mortal. El embajador, confuso, reaccionó con rapidez, levantó su arma y descargó una lluvia de disparos sobre Zack, quien corrió a resguardarse detrás de una consola.

Fue incapaz de explicar nada de lo que estaba sucediendo y después de que la adrenalina corriera por su torrente sanguíneo, no era lo más apremiante. Sin embargo, algo se le pasó por la mente: el holograma, Génesis, el sello imperial de su orden, Zack. Todo estaba conectado y había sido planeado desde un principio.

Génesis (capítulo 1)

Las grandes puertas metálicas se abrieron con un quejumbroso chirrido. El ingeniero del equipo siguió leyendo los datos de la antigua pantalla ubicada a un lateral, atento a cualquier indicio de problemas. Todo estaba en orden.

—Buen trabajo —dijo el embajador sin apartar la mirada del interior de la estancia.
—Gracias, señor.

El embajador lideraba un equipo de tres militares: un ingeniero, un historiador y un experto en demoliciones al que se referían por el nombre de Zack, pero ni siquiera estaban seguros de su nombre. Su superior no conocía su procedencia con exactitud, aunque se refería a él como uno de los más capacitados para hacer estallar todo por los aires si las cosas se ponían feas. El embajador no sabía si esto le tranquilizaba o le ponía aún más nervioso, pero aceptó su solicitud de todas maneras una vez se abrió el proceso de selección.

La expedición se había formado por los cuatro miembros sin apenas papeleo, después de recibir una transmisión cuya señal era tan débil que los ojeadores del mundo más cercano aún se preguntaban cómo no la habían pasado por alto entre toda la estática. Sea como fuere, el embajador imperial establecido en dicho planeta recibió una orden firmada por los jefes de sector y con un sello que provenía del propio gabinete del emperador. Tanto la información de los ojeadores como la orden constataron que se trataba de una señal lanzada desde una nave de la que no se tenía ninguna información técnica disponible. Era tan primitiva que no existían registros en la base de datos actual. Incluso los primeros navíos registrados en la misma disponían de una tecnología infinitamente superior.

El sello de la orden no mentía: alguien, incluso puede que el propio emperador, consideraba que esta nave tenía información de incalculable valor. Los primeros datos indicaban que llevaba vagando por el espacio desde hacía miles de años. El embajador no entendía cuál era el motivo de remover un pasado tan lejano del que apenas se conservaban mitos y leyendas dignas de cualquier cuento de hadas. ¿Qué utilidad podría tener? ¿No había mayores problemas que atender? Pero órdenes eran órdenes y el equipo recibió un generoso pago de medio millón de créditos de manera adelantada. Las respuestas podían esperar.

Las instrucciones eran claras: acceder al navío mediante vainas lanzadas desde un transporte imperial, realizar una exploración rápida, extraer todos los datos posibles de los sistemas y volver junto con las grabaciones al punto de partida.

—Señor, no recibo nada nuevo. Esta tecnología no responde a ninguno de mis intentos para conectarme a la nave remotamente. Parece que si algún día tuvo alguna IA conectada a los sistemas, agotó su célula de energía hace mucho tiempo. Tendremos que encontrar el puente de mando y acceder a su base de datos de forma manual —dijo el ingeniero.
—¿Sabemos quién la construyó? ¿Alguna denominación? —preguntó el embajador mientras intentaba que sus ojos se acomodasen a la oscuridad del interior.
—Los grabados del exterior de la puerta no son reconocibles y la base de datos imperial no es capaz de establecer ninguna conexión con las lenguas actuales. Dicho lo cual, se parece mucho a una de las escrituras ancestrales. Intentaré que la IA establezca un patrón lógico —respondió el historiador.

La base de datos imperial contenía toda la información de las sociedades humanas actuales conectadas en tiempo real. Era una maravilla tecnológica que comprendía todo el saber humano pasado y presente al alcance de cualquier persona conectado con un implante.

—De acuerdo. Parece que solo tenemos una solución. Visión nocturna y adelante.

Zack se levantó, escasamente animado por la perspectiva de mover las piernas y encontrar algo de acción. No le interesaba demasiado la historia, pero tenía que admitir que algo de aquella nave resultaba de gran atractivo, incluso extrañamente inquietante. Había pasado toda su vida en el ejército y había visto todo tipo de naves y arquitectura imperiales. La premisa de poder ver una nave de los ancestros desde su interior no era algo que ocurriese todos los días.

La expedición cruzó las grandes puertas en silencio, salvo por el pisar metálico de los trajes de protección. La gravedad se mantenía estable dentro de los pasillos de la nave y el oxígeno, aunque escaso, seguía estando presente.

—Detecto una fuente de energía, señor —dijo el ingeniero—. Allí, tercer pasillo a la derecha y después, todo recto.

Mientras hablaba, un camino apareció vislumbrado en los mapas holográficos del interior del casco de cada miembro.

—¿Alguna información de interés hasta el momento?
—No, señor. Parece que la nave se ha mantenido en un estado de éxtasis hasta que comenzó a emitir la señal. La poca energía restante se está utilizando en mantener la gravedad artificial, la iluminación y el oxígeno, pero no recomiendo quitarnos los cascos.
—Entendido.

El grupo siguió caminando. Dejaron atrás los tres pasillos y giraron hacia la derecha. El camino que tenían delante era notablemente más ancho que el resto de la nave y el techo se abría en una pequeña cúpula. Al final del pasillo, una nueva puerta, similar a la de la entrada.

—Ingeniero, hágase cargo de…

La puerta emitió un chirrido y comenzó a abrirse automáticamente.

—No he dicho nada.
—Según los registros de modelos antiguos, este podría ser el puente de mando, señor. Sugiero precaución —advirtió el historiador.
—De acuerdo. Entren con cautela y aseguren la zona. No toquen nada sin mi permiso expreso.

La expedición llegó al puente de mando. Al cruzar la puerta, la estancia creció hasta convertirse en una segunda bóveda. El grupo alzó la cabeza para comprender las dimensiones, pero la tímida iluminación era engañosa. Numerosos paneles de control arcaicos, algunos de ellos destrozados, adornaban un paisaje metálico lleno de cables, botones, ranuras y computadoras. Sin embargo, no fue aquello lo que llamó la atención del grupo.

El embajador llegó al centro de la estancia y observó detenidamente. En el suelo, una gran base circular de unos diez metros de diámetro despertaba cuestiones acerca de su naturaleza. Después de peinar todo el puente de mando, el grupo acabó reuniéndose a su alrededor.

—¿Alguno de ustedes sabe qué es esto?

Ninguno dijo nada hasta que el historiador propuso una teoría.

—Señor, sea lo que sea, me recuerda a un ídolo siendo adorado en un templo. Está ubicado en el centro de la estancia como si fuera necesario tenerlo a la vista en todo momento.

El ingeniero aprovechó para confirmar sus sospechas.

—La base tiene acceso directo a la fuente de energía. Es posible que podamos encenderlo.
—¿Qué hay de la energía? —preguntó el embajador.
—No he visto ninguna forma más de acceder a los datos de la nave. Los controles no están operativos, y aunque lo estuvieran, no tendría muy claro cómo extraer la información de ellos. Parece que esto, sea lo que sea, es la única pista de la información que contiene la nave y a mi parecer, se trata de un holograma de gran antigüedad.

«¿Qué demonios está buscando el imperio?», se preguntó el embajador en recuerdo del sello de su orden.

—De acuerdo, desactiven su visión nocturna y enciéndalo. Es hora de saber por qué estamos aquí.

Siervos

Al igual que el pastor
junto al rebaño,
lo mismo que un tirano
con su esclavo.

No es amor
lo que hacia ti sienten,
no es tu coraje
lo que desean;
tu silencio meramente,
tu complacencia,
una oda al fanatismo.

El momento en el que te levantes,
el instante en el que hables,
cuando tu valía abraces,
tu dignidad defiendas
gritando que nunca más,
ellos,
créeme,
marcharán.

Porque nadie quiere tu voz
ni tu amor propio;
solo ovejas,
solamente siervos.

Reloj de arena

Reloj de arena,
orquesta silenciosa,
ópera serena
de una vida azarosa,
mortalidad en vela,
eternidad que no llega.

Rosedale

Y te digo la verdad. Puede que no me creas, pero es la pura verdad. No recuerdo cómo acabé aquí. Mi recuerdo más lejano es el olor de la hierba recién cortada y unas caras desconocidas mirándome con el azul del cielo detrás de ellas. Me miraban con una expresión neutra, asegurándose de que no estuviera herido pero reticentes de ir más allá. Estaba tirado en la tierra, tenía la boca seca y mis pensamientos navegaban en un océano sin agua. Mi mente no conseguía establecer ninguna conexión, así que me esforcé en pedir ayuda. Sentí unas manos que me agarraban de las axilas y me ayudaban a caminar. Una vez de pie, pude observar mis alrededores: un granero con un fogoso color rojo, un campo de maíz hasta donde alcanzaba la vista, varias casas de madera y unos cuantos animales de granja mirándome con escaso interés. Varios niños correteaban alrededor mientras los adultos intentaban alejarlos. Quise decir algo más, quise darles a entender que no era ninguna amenaza, pero todas mis fuerzas se habían agotado al pedir ayuda.

El segundo recuerdo es similar, aunque en vez de varias caras, solo había una mirándome. Detrás de aquel anciano rostro, únicamente pude ver la madera del techo de aquel ático, la cual dejaba entrever unos tímidos rayos de sol. Después de todo este tiempo, aún recuerdo lo primero que me dijo:

—Menuda fiesta has tenido, chico. Ya pensábamos que no despertarías.

Mi mente volvió a intentar establecer una relación con algún evento pasado, pero una barrera invisible permanecía entre el primer recuerdo de la granja y el resto de mi vida, fuera cual fuera.

—¿Dónde…? ¿Dónde…? —intenté decir, pero mi garganta aún estaba irritada.
—No te esfuerces, chico. Aún estás muy débil. Estás en la granja de los Sullivan, en Rosedale.—¿Rosedale?

El anciano me miró en silencio y al ver que mi expresión no cambiaba, decidió seguir hablando.

—Sí, hijo. En la Península Superior de Míchigan. ¿Eres de por aquí? ¿Canadiense, tal vez?

La barrera invisible me golpeó de nuevo, provocándome un fuerte dolor de cabeza al intentar atravesarla. Cerré los ojos ante las fuertes migrañas.

—No… No lo sé. No recuerdo de dónde soy.
—Por tu acento, diría que no eres de aquí. Y tampoco canadiense. ¿Qué puedes recordar?
—Nada.
—¿Nada?
—No.
—¿Y tu familia? ¿Amigos? No llevabas identificación encima.
—No lo sé.

Volví a abrir los ojos, pero no supe qué más decir. Cuanto más me esforzaba, más me mareaba. Decidí seguir la corriente de aquella situación, confiando en que mis pensamientos se ordenaran tarde o temprano y pudiese volver a recordar. Entonces el anciano me dijo su nombre: Elijah. Era el propietario de la granja familiar, llevando un estilo de vida que había cambiado muy poco desde las generaciones de sus antepasados.

—Descansa, hijo. No te preocupes, estás en buenas manos.

Los días siguientes conocí a todos los integrantes de la familia: A Katherine, la mujer de Elijah; a sus hijos, a los hijos de estos y a varios integrantes de aquella pequeña y pacífica comunidad. Incluso uno de los nietos de Elijah fue a visitarme a aquella habitación del ático. Me habló sobre su maestra y me dijo que no entendía por qué aprendía todas esas cosas si él lo único que quería hacer era cuidar de la granja y de los animales. Le respondí que el saber no ocupa lugar y que era un don. Nada más soltar esas palabras, me di cuenta de lo irónico de mi propia situación y me reí para mis adentros.

Pasaron las semanas y pude levantarme de la cama durante varias horas al día. Elijah y su familia me enseñaron la granja, los animales, el granero rojo y toda su cosecha. Cuando me sentí lo suficientemente fuerte, comencé a ayudarlos todo lo posible. Los primeros días fueron desgarradores, no solo por el esfuerzo físico, sino porque temía que mi amnesia no fuera para corto plazo. El calor húmedo de Míchigan dio paso a un fuerte frío invernal que duró muchos meses y la primavera volvió a hacer su aparición. Nadie de fuera de la granja había preguntado por mí en aquel tiempo y no hacía sino cuestionarme cuál sería mi pasado. ¿Habría hecho algo terrible? ¿Habría sufrido un accidente? ¿Alguien me había hecho esto a propósito? La oscuridad y el frío del invierno no ayudaron a mis ánimos ni a despejar mis dudas, pero el sol de la primavera ofreció un agradable respiro. Me estaba acostumbrando a mi nueva vida y las preguntas de mi pasado, aunque no desaparecían, podían quedar relegadas a un segundo plano durante bastante tiempo.

Por fin, volvió el verano, el calor, la humedad sofocante, los largos días. Llevaba un año viviendo con los Sullivan. Elijah se encontraba dando de comer a los caballos junto al granero y me vio cruzar el campo.

—¡Ethan! ¡Ven!

Ethan es el nombre que ellos me pusieron. Es un nombre de origen bíblico que significa «duro» o «fuerte». Ellos creían que llamarme así me proporcionaría la voluntad para seguir viviendo con fortaleza.

—Hola, Elijah —lo saludé mientras veía cómo daba de comer a uno de sus hermosos caballos.—Ya llevas un año aquí, hijo. Parece que fue ayer cuando te encontramos.
—No tengo palabras para agradeceros todo lo que habéis hecho por mí.
—Ni lo menciones. Estás ganando tu sustento. Además, le gustas a mi familia y a la gente de por aquí. No puedo pedir más de alguien. Escucha, Ethan. Me gustaría preguntarte…

Conocía la pregunta antes de que la formulara.

—No, Elijah. Sigo sin recordar nada. Dudo mucho que pueda volver a hacerlo.
—¿Te preocupa?
—¿A qué te refieres?
—¿De verdad quieres recordar?

Nadie me había hecho esa pregunta durante el año que pasé con los Sullivan. Llegué a planteármela fugazmente, pero nunca me había detenido a desarrollar su respuesta. Entendí perfectamente lo que Elijah quería decirme. También era una muestra de su cariño por mí. Era posible para él que si yo recordaba mi vida pasada, podría decidir marcharme de Rosedale. Aquello me gustaba: las preciosas puestas de sol, la tranquilidad infinita, la naturaleza, la cercanía de la gente, la simplicidad de aquella vida. Era un día a día duro, pero reconfortante. La respuesta que le di a Elijah fue natural y sincera, surgida de sentimientos encontrados dentro de aquellos pensamientos fugaces. En ese mismo momento, sentí como el océano volvía a tener agua.

—No, no quiero recordar.

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