Pilares de barro

Vuela alto,
vuela conmigo
y observa.

Aquella criatura tan frágil,
llamada ser humano
alzando su mano al cielo,
construyendo su imperio en la tierra.

Pilares de barro y fango,
adorando al sol y a las estrellas,
desde los desiertos más inhóspitos
hasta las cumbres más heladas.

Cuando la última luz del día desaparece,
aquellos pájaros sin alas
claman su deseo de volar,
mas la noche llega
y su imperio de fango
sobrevive un día más.

Vuela conmigo,
vuela alto,
abre tus alas al sol
y derriba tus pilares de barro.

Hagamos que nuestra sombra
permanezca para siempre
en este mundo mortecino.

Polvo y cerveza

Pedía lo mismo de siempre en aquel local. Un pub lleno del constante ruido de las conversaciones, golpes de vasos y risas intermitentes que rebotaban en mi cabeza mientras la cerveza bajaba por mi gaznate. Me sentaba en la esquina del bar un par de horas hasta que el alcohol alcanzaba su punto máximo, esperando el mismo destino de siempre.

Sin previo aviso, la gente comenzaba a desvanecerse en el mismo sitio en el que estaban sentados. Uno por uno y sin pausa, desaparecían sin explicación alguna. Las bebidas se secaban, las mesas se pudrían, la luz se apagaba y los camareros se esfumaban. Incluso el olor cambiaba. Pero mi bebida seguía ahí, la cual terminaba de un trago como si fuese la primera que tomaba en toda la noche. A la misma hora de la madrugada, el pub siempre volvía a su estado natural: un local abandonado y desprovisto de clientes.

Me aferraba con orgullo al pasado, esperando que algún día todo volviera a ser como antes. Esperando que algún día la gente no se desvaneciera, que el local recuperase su antiguo esplendor y que los míos volvieran a la barra. Cada fin de semana me acercaba a la misma esquina del pub pero todo acababa convirtiéndose en polvo. Tenía la vana esperanza de que sin mover un dedo quizás volvería a disfrutar de una compañía etílica que un día llamé amistad. Sabía que aquella ilusión no era más que una trampa. Una vez conoces la verdad y la razón de tu felicidad pasada, es imposible sentirla al completo de una manera tan natural como antaño.

El local se quedó a oscuras y yo salí de él, apagando de nuevo la voz racional de mi mente que me avisaba de la futilidad de todo aquello. El próximo fin de semana volvería con mis recuerdos. Todo aquello me resultaba más fácil que crear nuevos. Era cómodo, era un engaño, era una ilusión. Pero era mi ilusión, y en mi ilusión mando yo.

La rueda de la historia

El día de la celebración. Las papeletas volaban por todas partes, las calles se llenaban de pintadas y los eslóganes se colgaban en los balcones de las casas, cual recordatorios de la simpleza del nuevo poder dominante. Pan, trabajo, futuro. Las premisas y promesas de la nueva clase que ejercía su poder preocupados por el bien del pueblo.

Al abrir la puerta de mi edificio me encontré con un grupo de jóvenes simpatizantes que no tenían ni idea de lo que significaba haber cambiado de poder establecido. Toda revolución inspira un aire fresco hasta que se muerde su propia cola. Me gritaron varias consignas aprendidas de su nuevo panfleto, el cual no conocían hacía apenas una semana. Anduve sin prisa pero sin pausa entre la multitud extasiada por el baile de colores y el contagio de las emociones primarias. Una nueva pertenencia a un grupo social, un nuevo escalón al que poder acceder, un nuevo sentido del día a día.

La procesión de soldados y vehículos continuaba en una fila que parecía no tener fin, mientras los ingenieros instalaban estatuas del nuevo líder en las plazas más emblemáticas de la ciudad. Aquellos edificios que aún pecaban de estar vacíos de significado ideológico se llenaron de carteles enormes de propaganda donde aparecían mujeres y hombres de diversa clase y oficio entregándose en cuerpo y alma al desarrollo de su pueblo. Llaves inglesas, probetas de laboratorio y rifles. Todo valía para exaltar la voluntad del pueblo. Cuando llegué al centro de la plaza principal de la ciudad, uno de los altos dignatarios del partido realizaba un discurso utilizando palabras genéricas pero llenas de emoción, acordes con el momento y exageradas por un lenguaje corporal digno de una obra de teatro antigua.

«Paz, orden, desarrollo, país, pueblo, fuerza».

Otro grupo de soldados cacheaba a la multitud de la plaza en busca del mínimo rastro de amenaza. Me alejé de la multitud que rodeaba al hombre del partido y crucé el puente de la ciudad, deteniéndome en el centro. Desde allí podía ver toda la celebración. Soy un hombre viejo y no puedo sino decir que los seres humanos tenemos una memoria selectiva e interesada. No es la primera vez que las botas de los soldados resonaban entre las calles de esta ciudad, pero actuamos como si nuestros nuevos salvadores fuesen mejores que los antiguos. Creo que en cierto momento de nuestra historia, nos cansamos de llevar las riendas de nuestro propio destino y cedemos nuestra libertad de elección a quienes sepan cuidarla mejor que nosotros. Una vez reconocemos a nuestro poder dominante, el cual por supuesto nos representa, olvidamos lo que ha ocurrido en anteriores ocasiones y preferimos olvidarlo. La esperanza también se sirve en plato caliente. Esta vez será la buena, esta vez saldremos victoriosos. Es preciso borrar todo rastro de memoria en un momento en que las emociones a flor de piel nos aseguran que esto sí puede funcionar. Ahora sí.

La última pancarta se colgó sobre el puente en el que estaba y un oficial exigió ver mi documento de identidad.

Circule.

Crucé el puente y un grupo de cazas en perfecta formación sobrevoló la ciudad con un ruido ensordecedor. Entré en el bar de la esquina, mi santuario desde que tengo memoria. Los vasos aún se tambaleaban por el paso de los aviones. Pedí una cerveza y miré la televisión, donde glorificaban el nuevo movimiento creado por y para la paz, por y para el pueblo. Bebí media cerveza de un trago y observé las calles desde una de las ventanas del local. Y allí me quedé hasta la noche, esperando a que la rueda de la historia volviese a girar. Y cuando lo hiciera, nuestra memoria haría desaparecer otra valiosa lección, como cualquier panfleto que aquel día acabó pisoteado por botas militares.

Agua y metal

La puerta acorazada se abrió automáticamente cuando la figura humanoide se acercó a ella. El sonido de la lluvia se hizo más audible mientras la luz de un día nublado entraba al búnker, dejando al descubierto el mal estado de las grises paredes, la suciedad de la construcción y los años de inactividad humana.

El estéril exterior daba su triste bienvenida al humanoide, una máquina de metal que asemejaba pertenecer a la raza humana pero que nunca había sido completada en su construcción. Su inteligencia artificial procesó cientos de patrones y caminos posibles, analizó sus posibles variantes, probabilidades de éxito y de fracaso, contradicciones y subrutinas psicológicas. Su objetivo programado era conseguir imitar lo más auténticamente posible a una persona en su misma situación. Dio varios pasos hasta encontrarse entre dos árboles muertos y dejó que la lluvia repiqueteara con un tranquilo pero cadente sonido en su cuerpo de metal gris. Alzó su brazo y abrió la palma de su mano. Las gotas de lluvia formaban pequeños charcos en los recovecos de metal.

El robot utilizó toda la capacidad de sus procesadores para imitar la sensación del placer de la lluvia después de años de aislamiento en un búnker. Sus ojos artificiales observaron ensimismados el agua que caía en su mano y su inteligencia artificial defectuosa no pudo entender la falta del sentido del tacto en la piel. Los ojos procesaban agua sobre metal, pero su programación interna quería sentir el frescor del agua en sus manos desnudas, como cualquier otra persona.

Ante tal contradicción entre lo orgánico y lo artificial, su procesamiento quedó estancado en un bucle y la energía de su núcleo se agotó rápidamente. La figura robótica quedó inmóvil como una estatua, con la lluvia golpeando su mano abierta y con el inalcanzable deseo de sentir lo mismo que un humano.

Anhelo

Me detuve
en el anhelo de querer amarte,
sintiendo que no quería tu todo,
únicamente
aquella mitad que yo necesitaba.

Porque solo deseaba
parar el tiempo y dejar de correr,
evitar abrir esa puerta
en la que me brindases todo tu ser,
alejarme de ese momento
en que la novedad envejece
y la vejez se convierte
en una prisión
de sentimientos contradictorios.

Sí, yo te quería.
Te quería como el primer hombre
que observó las estrellas,
deseando llegar a ellas
y amando su luz,
pero que nunca jamás
despegó sus pies de la tierra.