Agua y metal

La puerta acorazada se abrió automáticamente cuando la figura humanoide se acercó a ella. El sonido de la lluvia se hizo más audible mientras la luz de un día nublado entraba al búnker, dejando al descubierto el mal estado de las grises paredes, la suciedad de la construcción y los años de inactividad humana.

El estéril exterior daba su triste bienvenida al humanoide, una máquina de metal que asemejaba pertenecer a la raza humana pero que nunca había sido completada en su construcción. Su inteligencia artificial procesó cientos de patrones y caminos posibles, analizó sus posibles variantes, probabilidades de éxito y de fracaso, contradicciones y subrutinas psicológicas. Su objetivo programado era conseguir imitar lo más auténticamente posible a una persona en su misma situación. Dio varios pasos hasta encontrarse entre dos árboles muertos y dejó que la lluvia repiqueteara con un tranquilo pero cadente sonido en su cuerpo de metal gris. Alzó su brazo y abrió la palma de su mano. Las gotas de lluvia formaban pequeños charcos en los recovecos de metal.

El robot utilizó toda la capacidad de sus procesadores para imitar la sensación del placer de la lluvia después de años de aislamiento en un búnker. Sus ojos artificiales observaron ensimismados el agua que caía en su mano y su inteligencia artificial defectuosa no pudo entender la falta del sentido del tacto en la piel. Los ojos procesaban agua sobre metal, pero su programación interna quería sentir el frescor del agua en sus manos desnudas, como cualquier otra persona.

Ante tal contradicción entre lo orgánico y lo artificial, su procesamiento quedó estancado en un bucle y la energía de su núcleo se agotó rápidamente. La figura robótica quedó inmóvil como una estatua, con la lluvia golpeando su mano abierta y con el inalcanzable deseo de sentir lo mismo que un humano.

Anhelo

Me detuve
en el anhelo de querer amarte,
sintiendo que no quería tu todo,
únicamente
aquella mitad que yo necesitaba.

Porque solo deseaba
parar el tiempo y dejar de correr,
evitar abrir esa puerta
en la que me brindases todo tu ser,
alejarme de ese momento
en que la novedad envejece
y la vejez se convierte
en una prisión
de sentimientos contradictorios.

Sí, yo te quería.
Te quería como el primer hombre
que observó las estrellas,
deseando llegar a ellas
y amando su luz,
pero que nunca jamás
despegó sus pies de la tierra.

Labios sellados

Habla tu mirada
y gritan tus ojos,
pero callan tus labios
y permanecen sellados.

Quiero escuchar tu voz,
que rías conmigo,
o que llores en mi hombro.

Habla,
grita,
ama,
odia,
¡pero reacciona!

Te veo en tu mirada,
te conozco en tus ojos.
Estás ahí,
sé que estás.

No puedes engañarme más,
no necesitas engañarte más,
porque he visto tus ojos,
un fugaz destello,
un imperceptible movimiento.

Sé que tienes miedo
y que te asalta la duda,
las cadenas son difíciles de quebrar,
y más aún
que su opinión deje de importar.

Habla tu mirada
y gritan tus ojos.
Tus labios siguen sellados
y el mundo ha ganado.

Diferentes

La mujer de la gabardina roja está apoyada en la esquina del vagón del tren. Permanece cabizbaja mientras su pulgar desliza actualizaciones y noticias en su móvil. En un segundo incierto se da cuenta de que ha adoptado una mala postura y se pone recta, guardando su aparato en el bolso. Observa a los demás, que mantienen la misma postura que tenía ella hace cinco segundos. Se fija en un hombre con traje negro que sonríe como un idiota ante la pantalla de su móvil.

«Yo no estoy tan enganchada como esta gente. ¿Qué imagen estamos dando como sociedad? Tenemos que hablar más entre nosotros, leer más y dejarnos de tanta red social».

Pocos minutos después, el hombre del traje negro observa a la mujer de la gabardina roja desde su asiento. Él también tiene su móvil en la mano pero se fija en su postura cabizbaja y su sonrisa hacia la luz de la pantalla, que hace que sus dientes adopten un color más blanco y azulado.

«Qué ridículo. Yo utilizo el móvil para cosas más importantes. Seguro que ella está mirando cualquier tontería sin sentido. Es una pena. Todos tendríamos que hablar más entre nosotros y acabar con estos silencios tan incómodos».

Cuando el tren para en la estación, la mujer de la gabardina y el hombre del traje chocan para poder salir antes. Ambos se procuran una sarta creativa de insultos y malas caras que se olvidarán en los próximos cinco minutos. La mujer abandona la estación por la salida 1 y el hombre por la salida 2. A pesar del encuentro, mantienen su opinión respecto al silencio del tren y respecto a los demás viajeros. Una sabrosa sensación de pensamiento a contracorriente.

«No soy como ellos. Soy especial».

Bandera

–Dos más por el este, un grupo de cinco a seis por el suroeste.
–Captado. No les voy a poder ver bien hasta que amanezca.
–¿A qué están esperando?
–No lo sé, pero mantente alerta.

Los dos compañeros de armas compartieron la ración de aquella noche debido a la escasez de suministros. Sus miradas se perdían en el vacío de sus pensamientos. Llevaban combatiendo en esa guerra más de diez años.

–¿Tienes la bandera?
–Lista y dispuesta.

Cuando empezaba a salir el sol, sus disparos iluminaron los edificios que ya estaban cubiertos de la tenue luz anaranjada del amanecer. Cuando solo quedaron ellos, plantaron la bandera en la cima del edificio más alto. Todo aquel territorio era un campo de ruinas, ciudades reducidas a la nada, un entorno natural convertido en desierto.

Uno de los soldados le dijo al otro:

–Victoria. ¡Por fin!

El otro no esgrimió ninguna mueca.

–¿Qué significa esto?

El soldado de la bandera miró al segundo con cara de estupefacción, incluso con una leve mueca de sorpresa, pero rápidamente adoptó el mismo semblante que su compañero. Miró la bandera ondeando al leve viento y respondió:

–No tengo ni idea. ¿Seguimos?
–Seguimos.