La gasolinera

El sonido de las ruedas sobre el asfalto hizo que la mujer del mostrador levantara la vista del libro que estaba leyendo. En el exterior, un nuevo cliente se bajaba de su coche y entraba por la puerta de la gasolinera.

—¿Tiene cargador para este móvil?
—Allí está. Tercera estantería, justo antes de la ventana.

El desconocido comparó dos cargadores antes de decidirse por uno y aprovechó a coger algo de picar para el viaje. El sol ya se estaba poniendo y varias luces automáticas se encendieron, haciendo que el lugar tomara un nuevo matiz. El viajero se extrañó de tanta oscuridad; aún no era tan tarde en esa época del año. Se acercó al mostrador, donde la mujer le cobró todo lo que llevaba en la mano. El reloj marcaba las 16:34.

El hombre volvió a su coche y arrancó, aún extrañado por la inusual oscuridad. Dos horas más tarde, el sonido de las ruedas sobre el asfalto volvió a sonar entre la penumbra y el hombre volvió a la misma gasolinera. Nada más entró en el edificio, se detuvo. Era el mismo lugar, pero él había conducido hacia el este. Era imposible. Se acercó al mostrador y preguntó dónde estaba.

La mujer sonrió y las luces que habían estado encendidas desde un principio se apagaron sin previo aviso. El reloj comenzó a pasar minutos y horas cada vez más rápido. Las luces recobraban su intensidad y volvían a apagarse, emitiendo fogonazos que impedían al viajero ver nada claro. Cuando la locura paró, abrió los ojos como si de un sueño se tratara, intentando discernir los detalles para poder completar su caótico puzle mental. El reloj marcaba las 14:30 y el sol volvía a estar en lo alto. Esa era la hora en la que había salido de casa. Ahora no había nadie en el mostrador y el lugar estaba abandonado: ni cargadores, ni comida, ni estanterías. No había ni rastro de la mujer.

Asustado y confuso, el viajero salió corriendo del edificio y pisó el acelerador hacia el oeste, de vuelta a casa. Al salir de la región, volvió a pasar por alto el letrero de bienvenida del pueblo, del cual solo se podía leer lo siguiente:

«Abandonado en 1959».

Anuncios

Statu quo

Era una sala pequeña rodeada de cristales tintados e iluminada por una sola lámpara que caía del techo. La estancia se componía de colores grises, un completo silencio salvo del ruido del extractor de aire y el humo de un puro a medio apagar en el borde de la mesa de metal. Los dos sujetos sentados a ambos lados esperaban pacientemente a cumplir su rol.

El hombre con traje preguntó al paciente:

—¿Qué es lo que ves aquí?

Mostró una de las láminas que tenía preparadas para realizar el famoso test de Rorschach y el paciente observó las difusas manchas con detenimiento. Casi sin pestañear, volvió a mirar a los ojos del psicólogo y respondió tras varios segundos manteniendo una sonrisa irónica.

—Yo, bailando en la playa mientras bebo caipiriña y disfruto de las vistas de un bonito atardecer.

La sonrisa dejó paso a una expresión totalmente seria que se ubicaba entre la expectación y el desprecio. El psicólogo mostró una mueca, imaginando que el paciente no era precisamente cooperativo.

—¿Qué ves aquí? —preguntó mostrando otra lámina.
—Arcoíris y gatitos rodeándome mientras salgo totalmente cuerdo de aquí —contestó sin apenas detenerse a mirarlo.
—¿Y aquí?
—Una barbacoa celebrándolo en el jardín de mi casa.

El psicólogo guardó las láminas junto a las otras que tenía preparadas, en un brusco movimiento que daba a entender su desazón. Agarró el puro a medio apagar y le dio otra calada mientras la cara de ambos se iluminaba en un fugaz destello.

—Dime, Owen —dijo éste—, ¿por qué no quieres cooperar?
—Cooperar, ¿con usted?
—Sí, con nosotros.

La expresión de Owen cambió a incredulidad pero a la vez erguía un semblante serio, casi amenazante. Su voz era grave y ronca.

—¿Cooperar, doctor? ¿Cooperaron ustedes al sacarme de mi apartamento delante de mi familia?
—Ya hemos pedido disculpas por eso, Owen. No creo que sea momento de volver a sacarlo. Nuestro informe decía que era posible que estuviese ocurriendo algo violento dentro de su casa. El algoritmo no suele fallar nunca.

La expresión de Owen ya no mostraba incredulidad, únicamente desprecio.

—Jamás pondría un dedo encima a mi familia ni a nadie, a diferencia de lo que hicieron ustedes con ellos para evitar que me sacaran de allí.

El doctor se recostó en la silla, derrotado por esa pequeña batalla dialéctica de la que no tendría ninguna posibilidad de ganar. Sabía perfectamente que los servicios de seguridad no habían actuado con proporción. Tras varios segundos de incómodo silencio, el psicólogo cruzó las manos y acercó su rostro al del paciente.

—¿Por qué no dejas que te ayudemos, Owen?
—¿Ayudarme? ¿Cuándo he pedido ayuda?
—Nuestros informes…
—Sus informes no valen nada —le interrumpió Owen.
—¿Por qué dices eso?
—No he hecho daño a nadie. No sé por qué estoy aquí. Solo quiero volver a casa con mi familia.
—Estás aquí porque nuestro algoritmo ha revelado que hay un 92,5% de posibilidades de que…

La sonora carcajada de Owen volvió a interrumpir al doctor.

—¡El famoso algoritmo! ¡Estoy aquí por un cálculo automático de un programa informático!
—Sí, Owen, pero escucha…
—No, me va a escuchar usted a mí ahora, doctor. No sé qué clase de persona se cree que es usted para invadir mi privacidad y encerrarme en este tugurio por orden de una maldita máquina, pero sí le diré algo: yo no he pedido esto, yo no quiero esto. Es más, yo no necesito esto. Usted está sentado ahí, con su cheque anual de 6 cifras intentando dar lecciones a los demás sobre lo que necesitan y no necesitan porque tiene un certificado que así lo dice, cuando no tiene ni idea de las penurias que una persona de mi estatus socioeconómico ha tenido que vivir. ¿Esta sucia sala es como pretende ayudarme, es esa su definición de ayuda? Creo que simplemente quiere someterme al rebaño en el que se siente inseguro de ver a alguien que piensa diferente. Además, quién soy yo para dudar del todopoderoso algoritmo que clasifica la salud mental de los ciudadanos, ¿verdad? ¿Es éste el brillante y maduro futuro sobre el que hablaban las novelas de ciencia ficción de finales del siglo XX? ¿O es más el inicio de una distopía totalitaria que ni siquiera es capaz de admitir que está apoyando ahora mismo? Yo estaré encerrado aquí, pero usted está encerrado en una cárcel social que está ayudando a mantener en nombre de alguien a quien ni siquiera conoce, en nombre de un sistema que no da absolutamente nada por usted y ni siquiera es capaz de verlo. ¿Quiere identificar a un loco? ¡Mírese al espejo, joder!

El doctor separó sus manos y volvió a apoyar su espalda sobre la silla. Ningún paciente había hablado tan abiertamente sobre el algoritmo. Se suponía que todos respetaban el juicio de algo tan puramente calculado, tan lógico, tan carente de toda emoción humana que prejuzga todo lo que ve. Owen esperó un par de minutos mientras el doctor terminaba su puro y lo apagaba del todo en el cenicero.

—Dígame entonces, doctor. Si el algoritmo detecta todos aquellos que no son adeptos al statu quo, ¿por qué el test de Rorschach?

El doctor guardó todo en su maletín y antes de salir por la puerta, le contestó:

—Quería darte una oportunidad de hablar, Owen. Tienes razón, en todo. El algoritmo falla y la sociedad es el virus en sí, pero no está diseñado para detectar fallos internos. Nos volveremos a ver… Muy pronto.

Agua y metal

La puerta acorazada se abrió automáticamente cuando la figura humanoide se acercó a ella. El sonido de la lluvia se hizo más audible mientras la luz de un día nublado entraba al búnker, dejando al descubierto el mal estado de las grises paredes, la suciedad de la construcción y los años de inactividad humana.

El estéril exterior daba su triste bienvenida al humanoide, una máquina de metal que asemejaba pertenecer a la raza humana pero que nunca había sido completada en su construcción. Su inteligencia artificial procesó cientos de patrones y caminos posibles, analizó sus posibles variantes, probabilidades de éxito y de fracaso, contradicciones y subrutinas psicológicas. Su objetivo programado era conseguir imitar lo más auténticamente posible a una persona en su misma situación. Dio varios pasos hasta encontrarse entre dos árboles muertos y dejó que la lluvia repiqueteara con un tranquilo pero cadente sonido en su cuerpo de metal gris. Alzó su brazo y abrió la palma de su mano. Las gotas de lluvia formaban pequeños charcos en los recovecos de metal.

El robot utilizó toda la capacidad de sus procesadores para imitar la sensación del placer de la lluvia después de años de aislamiento en un búnker. Sus ojos artificiales observaron ensimismados el agua que caía en su mano y su inteligencia artificial defectuosa no pudo entender la falta del sentido del tacto en la piel. Los ojos procesaban agua sobre metal, pero su programación interna quería sentir el frescor del agua en sus manos desnudas, como cualquier otra persona.

Ante tal contradicción entre lo orgánico y lo artificial, su procesamiento quedó estancado en un bucle y la energía de su núcleo se agotó rápidamente. La figura robótica quedó inmóvil como una estatua, con la lluvia golpeando su mano abierta y con el inalcanzable deseo de sentir lo mismo que un humano.

El muelle

Paz absoluta. Comía mi ración enlatada una noche más bajo la mirada de las estrellas en el pequeño muelle de madera. Hacía tiempo que la plaga había exiliado a todas las gentes de este pequeño pueblo costero. Todas las casas, ya fueran de los pescadores o de los más ricos, habían sido abandonadas hacía mucho tiempo y eso dejaba a mi disposición todos los víveres que podría necesitar durante meses. Llegué al punto de perder la cuenta de cuántas semanas habían transcurrido desde el inicio del exilio, aunque dejé de darle vueltas. El tiempo no tenía mucho sentido en una situación como la mía; no había reuniones que atender, facturas que pagar ni compromisos a los que acudir.

El muelle de madera no era solo un lugar acogedor para cenar y gozar de la paz absoluta, también era un punto estratégico desde donde podía observar la entrada y la salida del pueblo, que cruzaba la misma carretera de una punta a otra. Aquella noche observé a una persona entrando por la carretera a pie. Era la primera persona que veía entrar al pueblo desde que lo llamé mi hogar. Mi cuerpo sufrió un espasmo involuntario al querer levantarme del muelle y gritar, gritar para que aquella persona supiese que no estaba sola. Nadie podría verme desde el pueblo a esas horas de la noche a no ser que encendiese mi linterna para hacer señas, pero detuve mi movimiento al instante. La sombra de aquella persona estuvo indagando casa por casa buscando suministros. Solo esperaba que no se llevara los víveres más valiosos que tenía ocultos en la casa de la colina. Finalmente pude ver que caminaba hacia la salida del pueblo y mi mano volvió a realizar aquel movimiento automático para avisar al desconocido antes de que fuese tarde, pero hice que parara.

Cuando la sombra se fue, abrí una cerveza y la bebí contemplando el mar nocturno con la melodía del agua chocando contra la madera. Sin ruido de coches, sin gritos, sin la estridente televisión hablando a todas horas, sin la artificial vida ajetreada que habíamos creado. No, solo la naturaleza y yo. Había hecho bien.

Hegalia

La noche que las grandes naves del Enemigo se posaron sobre la atmósfera de su planeta natal, el pánico cundió por las calles, las ciudades ardían, los saqueos no dejaban un solo comercio en pie y miles de familias veían como sus lazos tan fuertemente arraigados desaparecían tras el humo. Los atacantes tenían por fama no haberse retirado de ningún asedio y de someter incontables mundos a su dominio.

Así vio Aewel la caída de su hogar. Piloto de la reserva, siempre mediocre en las pruebas y entrenada por el ejército como último recurso debido a la escasez del presupuesto, jamás pensó que tendría que recurrir a tales conocimientos para ponerlos en práctica. Una vez el sol del amanecer fue sepultado bajo millones de toneladas de los grandes cruceros de guerra, los ejércitos de Hegalia plantaron cara por última vez al gran Enemigo, comúnmente llamado así por las costumbres adquiridas durante generaciones. La inteligencia artificial de muchos de los escuadrones permitían a los vehículos aéreos y de defensa batallar con aquellas moles de diferentes aleaciones (que incluso los hegalianos desconocían) sin ningún tipo de control humano. Otros escuadrones con maquinaria más obsoleta no tuvieron tanta suerte y fue preciso una llamada a filas casi bajo obligación. Una vez los ancianos padres de Aewel vieron como los soldados hegalianos se la llevaban por la puerta de casa, supieron que sería la última vez que verían su rostro. Los escudos de fase que protegían las ciudades no aguantarían más de un par de días.

El plácido sueño de los habitantes desapareció. Los bombardeos y armas de ambos ejércitos convertían la noche en día, y no había una sola hora que algún interceptor enemigo cayese sobre algún barrio de la capital. En la última noche del planeta, los desesperados líderes hegalianos crearon un escuadrón cargado de armas de destrucción de enorme potencial que lanzaron contra varios de los cruceros de guerra. La contaminación y la liberación de energía provocada por aquellas armas provocó la inestabilidad de los escudos de las ciudades que afectaron más a los propios hegalianos que al invasor. Observaron con incredulidad cómo los cruceros aún seguían sin un rasguño y cómo las ciudades caían una tras otra en una sinfonía de autodestrucción sin posibilidad de vuelta atrás.

Aewel fue la única que vio la verdad. Al fallar la detonación de su arma, se dirigió hacia el cielo, atravesando la atmósfera del planeta mientras las nubes desaparecían a su lado a una velocidad vertiginosa. Ni siquiera en ese momento supo cuál era su propósito: rendirse, impactar contra un crucero o intentar escapar de algún modo a otro continente en asedio.

Una vez en la oscuridad del espacio, los cruceros de guerra desaparecieron como por arte de magia dejando a la vista una ínfima parte de la flota que mandaba señales de luz hacia el planeta. Fue una trampa. Los colosales cruceros de guerra que se vislumbraban desde las ciudades no eran más que proyecciones holográficas y la táctica del Enemigo funcionó. Y ellos lo sabían. Sabían que en su desesperación, las gentes de aquel lugar usarían armas que acabarían impactando colateralmente contra su propia gente, con el único fin de intentar mantener su orgullo y hacer el máximo daño posible al invasor. Aewel observó y comprendió la astucia del enemigo. Habían conseguido lo que ningún otro ejército de aquel sector había hecho: exterminar Hegalia bajo el uso del engaño. El planeta quedó convertido en un páramo radiactivo y una cultura entera desapareció de la noche a la mañana.