Agua y metal

La puerta acorazada se abrió automáticamente cuando la figura humanoide se acercó a ella. El sonido de la lluvia se hizo más audible mientras la luz de un día nublado entraba al búnker, dejando al descubierto el mal estado de las grises paredes, la suciedad de la construcción y los años de inactividad humana.

El estéril exterior daba su triste bienvenida al humanoide, una máquina de metal que asemejaba pertenecer a la raza humana pero que nunca había sido completada en su construcción. Su inteligencia artificial procesó cientos de patrones y caminos posibles, analizó sus posibles variantes, probabilidades de éxito y de fracaso, contradicciones y subrutinas psicológicas. Su objetivo programado era conseguir imitar lo más auténticamente posible a una persona en su misma situación. Dio varios pasos hasta encontrarse entre dos árboles muertos y dejó que la lluvia repiqueteara con un tranquilo pero cadente sonido en su cuerpo de metal gris. Alzó su brazo y abrió la palma de su mano. Las gotas de lluvia formaban pequeños charcos en los recovecos de metal.

El robot utilizó toda la capacidad de sus procesadores para imitar la sensación del placer de la lluvia después de años de aislamiento en un búnker. Sus ojos artificiales observaron ensimismados el agua que caía en su mano y su inteligencia artificial defectuosa no pudo entender la falta del sentido del tacto en la piel. Los ojos procesaban agua sobre metal, pero su programación interna quería sentir el frescor del agua en sus manos desnudas, como cualquier otra persona.

Ante tal contradicción entre lo orgánico y lo artificial, su procesamiento quedó estancado en un bucle y la energía de su núcleo se agotó rápidamente. La figura robótica quedó inmóvil como una estatua, con la lluvia golpeando su mano abierta y con el inalcanzable deseo de sentir lo mismo que un humano.

El muelle

Paz absoluta. Comía mi ración enlatada una noche más bajo la mirada de las estrellas en el pequeño muelle de madera. Hacía tiempo que la plaga había exiliado a todas las gentes de este pequeño pueblo costero. Todas las casas, ya fueran de los pescadores o de los más ricos, habían sido abandonadas hacía mucho tiempo y eso dejaba a mi disposición todos los víveres que podría necesitar durante meses. Llegué al punto de perder la cuenta de cuántas semanas habían transcurrido desde el inicio del exilio, aunque dejé de darle vueltas. El tiempo no tenía mucho sentido en una situación como la mía; no había reuniones que atender, facturas que pagar ni compromisos a los que acudir.

El muelle de madera no era solo un lugar acogedor para cenar y gozar de la paz absoluta, también era un punto estratégico desde donde podía observar la entrada y la salida del pueblo, que cruzaba la misma carretera de una punta a otra. Aquella noche observé a una persona entrando por la carretera a pie. Era la primera persona que veía entrar al pueblo desde que lo llamé mi hogar. Mi cuerpo sufrió un espasmo involuntario al querer levantarme del muelle y gritar, gritar para que aquella persona supiese que no estaba sola. Nadie podría verme desde el pueblo a esas horas de la noche a no ser que encendiese mi linterna para hacer señas, pero detuve mi movimiento al instante. La sombra de aquella persona estuvo indagando casa por casa buscando suministros. Solo esperaba que no se llevara los víveres más valiosos que tenía ocultos en la casa de la colina. Finalmente pude ver que caminaba hacia la salida del pueblo y mi mano volvió a realizar aquel movimiento automático para avisar al desconocido antes de que fuese tarde, pero hice que parara.

Cuando la sombra se fue, abrí una cerveza y la bebí contemplando el mar nocturno con la melodía del agua chocando contra la madera. Sin ruido de coches, sin gritos, sin la estridente televisión hablando a todas horas, sin la artificial vida ajetreada que habíamos creado. No, solo la naturaleza y yo. Había hecho bien.

Hegalia

La noche que las grandes naves del Enemigo se posaron sobre la atmósfera de su planeta natal, el pánico cundió por las calles, las ciudades ardían, los saqueos no dejaban un solo comercio en pie y miles de familias veían como sus lazos tan fuertemente arraigados desaparecían tras el humo. Los atacantes tenían por fama no haberse retirado de ningún asedio y de someter incontables mundos a su dominio.

Así vio Aewel la caída de su hogar. Piloto de la reserva, siempre mediocre en las pruebas y entrenada por el ejército como último recurso debido a la escasez del presupuesto, jamás pensó que tendría que recurrir a tales conocimientos para ponerlos en práctica. Una vez el sol del amanecer fue sepultado bajo millones de toneladas de los grandes cruceros de guerra, los ejércitos de Hegalia plantaron cara por última vez al gran Enemigo, comúnmente llamado así por las costumbres adquiridas durante generaciones. La inteligencia artificial de muchos de los escuadrones permitían a los vehículos aéreos y de defensa batallar con aquellas moles de diferentes aleaciones (que incluso los hegalianos desconocían) sin ningún tipo de control humano. Otros escuadrones con maquinaria más obsoleta no tuvieron tanta suerte y fue preciso una llamada a filas casi bajo obligación. Una vez los ancianos padres de Aewel vieron como los soldados hegalianos se la llevaban por la puerta de casa, supieron que sería la última vez que verían su rostro. Los escudos de fase que protegían las ciudades no aguantarían más de un par de días.

El plácido sueño de los habitantes desapareció. Los bombardeos y armas de ambos ejércitos convertían la noche en día, y no había una sola hora que algún interceptor enemigo cayese sobre algún barrio de la capital. En la última noche del planeta, los desesperados líderes hegalianos crearon un escuadrón cargado de armas de destrucción de enorme potencial que lanzaron contra varios de los cruceros de guerra. La contaminación y la liberación de energía provocada por aquellas armas provocó la inestabilidad de los escudos de las ciudades que afectaron más a los propios hegalianos que al invasor. Observaron con incredulidad cómo los cruceros aún seguían sin un rasguño y cómo las ciudades caían una tras otra en una sinfonía de autodestrucción sin posibilidad de vuelta atrás.

Aewel fue la única que vio la verdad. Al fallar la detonación de su arma, se dirigió hacia el cielo, atravesando la atmósfera del planeta mientras las nubes desaparecían a su lado a una velocidad vertiginosa. Ni siquiera en ese momento supo cuál era su propósito: rendirse, impactar contra un crucero o intentar escapar de algún modo a otro continente en asedio.

Una vez en la oscuridad del espacio, los cruceros de guerra desaparecieron como por arte de magia dejando a la vista una ínfima parte de la flota que mandaba señales de luz hacia el planeta. Fue una trampa. Los colosales cruceros de guerra que se vislumbraban desde las ciudades no eran más que proyecciones holográficas y la táctica del Enemigo funcionó. Y ellos lo sabían. Sabían que en su desesperación, las gentes de aquel lugar usarían armas que acabarían impactando colateralmente contra su propia gente, con el único fin de intentar mantener su orgullo y hacer el máximo daño posible al invasor. Aewel observó y comprendió la astucia del enemigo. Habían conseguido lo que ningún otro ejército de aquel sector había hecho: exterminar Hegalia bajo el uso del engaño. El planeta quedó convertido en un páramo radiactivo y una cultura entera desapareció de la noche a la mañana.

Hogar

El humo de la cena ascendía hasta el cielo. El pequeño e improvisado jardín de la casa sería la cocina aquella noche. El aroma de la comida haciéndose hizo que la mujer saliera de la casa construida por escombros de metal, con un libro en la mano y sus gafas ralladas en la otra.

–¿Otra vez leyendo ese libro? ¿Es que no te cansas de él? –le dijo el hombre mientras removía el caldo de la cena.
–Solo es la cuarta vez que me leo éste. Además, ¿hace cuánto que no lees?
–Hace… –intentó responder él mientras su mirada se perdía entre pensamientos.
–Te pillé.

Ella se sentó en la silla de delante. Aspiró el aroma con una mueca placentera, volvió a abrir el libro y se puso sus gafas ralladas.

–¿Y bien? –dijo él.
–¿Y bien qué?
–He visto tu cara. Te gusta.
–Bueno… Es un comienzo. No tengo esperanzas en que sepas cocinar del todo la carne de depredador pero…
–Estará bueno y lo sabes.

Ella sonrió con rabia juguetona, sabía que la mueca la había delatado. Poco después, el hombre sirvió la carne con especias de la montaña. Esta vez se sentaron en un asiento de metal improvisado y se apoyaron el uno en el otro. Contemplaron las estrellas, que esta noche brillaban con una luz desacostumbrada.

–He estado pensando… ¿Y si nunca vienen a por nosotros? –dijo ella.
–Vendrán, sé que vendrán.
–¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que la señal se transmitió correctamente antes de estrellarnos? ¿Cómo sabes que conocen este mundo y que…?

Él puso un dedo en sus labios y ella entendió lo que él quería transmitirle: no tiene sentido preocuparse por algo que no puedes controlar. La mujer, embarazada de 6 meses, tenía en su vientre al primer humano que nacería en ese planeta ignorado. Ambos se quedaron mirando a las estrellas intentando discernir cuál de ellas sería el Sol, un insignificante punto luminoso entre un mar de millones de estrellas. El hogar.

–Comamos, se enfría la cena.

Amanecer

Amaneció con una bola de fuego cayendo del cielo. La resplandeciente luz se abrió camino a través de las pocas nubes del nuevo día y acabó estrellándose con un gran estruendo que resonó a través de la selva. Los incendios que provocó aquel objeto se apagaron gracias a los drones de reparación automatizados que aún funcionaban. El objeto permaneció inmóvil durante varias horas mientras los árboles de la selva bailaban al son del viento y las exóticas criaturas mordían el casco del metal, aún caliente.

Finalmente, una figura humana abrió la compuerta y cayó al suelo. Sangraba abundantemente de un brazo hasta que se inyectó la medicina para casos como aquellos. La mujer consiguió levantarse y andar varios pasos hasta la playa cercana. Era la primera humana que veía aquel paisaje, adornada ahora con los numerosos colores del atardecer, el gigante de gas que orbitaba y las dos lunas que podían verse en ese preciso momento. Era un espectáculo maravilloso y tremendamente único al que decidió prestar toda su atención, independientemente del estado de la nave, que ya había enviado una señal de socorro automática.

La piloto consumió una ración de emergencia y se quedó dormida toda la noche. Abrió los ojos esperando tocar la agradable textura de su cama de la nave orbital. Pero sus manos se hundieron en la arena y comenzó a recordar dónde estaba. Abrió un bolsillo del traje y extrajo el comunicador, que le proporcionó información en tiempo real mediante hologramas en realidad aumentada. Algo no cuadraba. La fecha actual mostraba ser 15 de agosto, pero debería ser 16 de agosto. 15 de agosto era la fecha de su aterrizaje accidentado. Mientras lo pensaba, el amanecer volvió a mostrar una bola de fuego cayendo del cielo y se estrelló exactamente en el mismo lugar de la selva. La piloto guardó su comunicador y corrió hacia la nueva nave. Los drones ya estaban apagando cualquier rastro de incendio y desperfectos graves. Ella abrió la compuerta desde el exterior y se vio a sí misma inconsciente. Fecha que mostraba el panel de la nueva nave: 15 de agosto.